«Y aquellos planes qué no hicimos porque sé que no hay destino alguno que nos siente bien. No es contigo en el camino es caminar solo, conmigo, y que te vengas tú también…»
Beret, Cóseme
El mejor viaje de 2025 fue el que no hice. Desde el preciso instante en que evacuamos a Ana de Turquía supe que tendría que volverme antes de lo previsto. Ya es extraño que caiga alguien al inicio de un periplo con la suficiente gravedad como para repatriarle -aún más raro que fuera del sufrido staff y el habitual binomio benemérito no se reconstruyera-, pero es inconcebible en Pausanias hacer regresar al grupo solo, máxime con una escala de por medio. Carlitos pa’casa, modo Elcano. Así somos, para lo bueno y para lo malo. Adiós exploración de Jonia: el nuevo museo arqueológico de Esmirna, Bayraklı, Yeşilova, Yassıtepe, Manisa, Akpınar, Clazomene, Eritras, Colofón, Metrópolis, Teos… habrían de esperar.
Sylvain Tesson afirmó en una entrevista: «Mi viaje primero lo sueño, después lo hago y, al final, lo revivo». Afortunado él, que cuando regresa puede escribirnos libros. Dadas las circunstancias, únicamente desarrollé la fase onírica, lo de plasmarlas a posteriori sobre un papel, con nuestro acuciante calendario, ni hablamos; este historiador sólo tiene oralidad et verba volant, scripta manent.
Hasan Bey me sirvió un whisky mientras me lo pintaba precioso: tras una extenuante jornada de prospección, tomaríamos un té a media tarde en Focea y, para llegar a sus predios en Urla, en vez de coger la autopista de circunvalación, tomaríamos el último ferry que cruza la bahía. Lo llevaba imaginando desde que los vi surcando el vinoso ponto al ocaso del pasado 9 de enero desde la acrópolis de la vieja Esmirna, aunque para cualquier helenófilo embarcarse en ese puerto maldito y surcar el Egeo tiene su aquel. Por fin iba a disfrutar de la hospitalidad de mi cicerone, dragomán y ya, después de tantas vivencias juntos, amigo, alojándome en la «casita del jardín» y, sentados bajo la afamada parra de su porche, entregarnos cada noche al rakı y las mezes.
Pero todo ocurre por algo. Nuestro particular Dunkerque nos costó un Potosí, pero hice dos vuelos en primera, amortizando la barra libre como un pirata sabedor de que al llegar a mi domicilio estaría de Rodríguez; Dios aprieta pero no ahoga, Él es grande.
Por lo general, asociamos la palabra Mesopotamia -esto es, la tierra regada por el Éufrates y el Tigris– a las antiguas civilizaciones que en ésta surgieron y se desarrollaron desde los albores de la Historia, puesto que allí, precisamente, se inventó la escritura, allá por el III Milenio antes de nuestra Era: Sumer, al sur, Akad, en el centro, y al norte, Asiria, cuyos centros de poder se localizaban en las fronteras actuales de Iraq.
Sin embargo, desde hace unas pocas décadas, el panorama está cambiando, y mucho, tanto en lo relativo al tiempo, la antigüedad aumenta, como en lo concerniente al espacio geográfico, que también se ve ampliado de forma sustantiva con respecto a los márgenes en los que tradicionalmente se circunscribía este amanecer. Si bien las referidas corrientes fluviales no han dejado de desembocar en el Golfo Pérsico -base del arco denominado Creciente Fértil-, ambas tienen su nacimiento en las montañas de Anatolia y justo allí, al sudeste de Turquía, los descubrimientos y excavaciones de una serie de nuevos yacimientos arqueológicos –Göbekli y KarahanTepe, Sayburç, NevaliÇori, Çanöyü, Hasankeyf, etc.- están enriqueciendo nuestro conocimiento acerca de la prehistoria reciente, al tiempo que poniendo en cuestión los paradigmas interpretativos más básicos que de ésta se hicieron en el siglo pasado relativos a la sedentarización de nuestra especie y su principal motivación, siendo para ello un factor determinante el surgimiento de una más que controvertida «religión» que giraba en torno a supuestas Diosas Madre de raigambre paleolítica.
Partiendo de una definición clara y científica del concepto «Neolítico» y, sobre todo, de la «Revolución» a éste asociada, es nuestra voluntad con la impartición de este ciclo de conferencias poner de relieve los nuevos hallazgos realizados en los referidos enclaves turcos a fin de ponderar si aún tiene validez el paradigma o si de una vez por todas, deberíamos afrontar el gran reto de reescribir la (pre)historia…
PROGRAMA
Sesión 1: Miércoles 14 de enero, 11:00 – 13: 00
Revolucionando el (viejo)paradigma neolítico
John Lubbock acuñó el término «Neolítico» en el siglo XIX y, una centuria después, Vere Gordon Childe la expresión «Revolución Neolítica», proveyéndola de un significado y características que, a tenor de lo exhumado en Turquía durante los últimos decenios, conviene detenerse a repensar.
Sesión 2: Miércoles 21 de enero, 11:00 – 13: 00
¡Dichoso Göbekli Tepe!, ¿qué puede ser y qué no es?
Desde su descubrimiento en 1994, Göbekli Tepe es el más popular de cuantos yacimientos conforman el proyecto de investigación Taş Tepeler (Las Colinas de Piedra). Sin embargo, su merecida fama como el asombroso centro ceremonial que fue ha dado pie a innúmeras y absurdas mistificaciones sobre su construcción y uso.
Sesión 3: Miércoles 28 de enero, 11:00 – 13: 00
La deliberada virilidad de Karahan Tepe
Bastante menos conocida que Göbekli Tepe, la colina donde se yergue Karahan -en la cual se han descubierto similares recintos circulares de piedra, pilares en forma de T y esculturas exentas-, supone un contexto ideal para replantear el debate en torno a la espiritualidad neolítica en la Alta Mesopotamia.
Sesión 4: Miércoles 4 de febrero, 11:00 – 13: 00
¿La clave está en Sayburç?
El comparativamente más pequeño asentamiento localizado en este arrabal de Sanliurfa no deja de arrojar sorpresas desde el comienzo de su más reciente excavación, algunas deparadas hace tan solo unos meses, como el hallazgo de cráneos y otros huesos humanos en una cavidad dentro de uno de los círculos de piedras. ¿Acaso eran (también) selectas tumbas monumentales?
Sesión 5: Miércoles 11 de febrero, 11:00 – 13: 00
El arraigo definitivo: Nevali Çori y Çanöyü
Coetáneos a los tres yacimientos anteriores, los poblados de Nevali Çori y Çanöyü presentan similares materiales y ciertas concomitancias edilicias con éstos. ¿Pudieron ser sus pobladores los constructores de los grandes recintos ceremoniales que están saliendo a la luz?
Sesión 6: Miércoles 18 de febrero, 11:00 – 13:00
…y el Tigris sepultó Hasankeyf
A finales del pasado 2021, las aguas del Tigris se contuvieron en la presa de Ilisu, sumergiendo con ello la milenaria Hasankeyf y, con ésta, uno de los enclaves neolíticos más antiguos e importantes de todo el país. Sirva la historia de su excavación y salvaguarda patrimonial para loar -¡si acaso fuese necesario!- el trabajo en pos del pasado (de toda la Humanidad) de quienes ejercen la arqueología.
Paralipómenos
Este primer ciclo de conferencias dedicadas a la Alta Mesopotamia se impartirá de forma estrictamente presencial en un aula de MSL Formación escogida a tales efectos, sita en la calle Marqués de Ahumada, nº 7, 1ª planta (Madrid).
El precio de asistir a este ciclo de 6 conferencias, de un total de 12 horas, es de 200 €, cuyo pago se realizará en efectivo el primer día del mismo, el miércoles 14 de enero de 2026.
Cada uno lleva la espera, y sus nervios, lo mejor que puede, pienso, mientras por el rabillo del ojo la veo haciendo scrolling como una posesa.
Cuenta Donald L. Miller en Los amos del aire (Desperta Ferro, 2024) que eran, precisamente, esos momentos de espera previos a las misiones, los que peor llevaban las dotaciones de los B-17, las tristemente célebres «Fortalezas Volantes» que arrasaron Alemania desde el aire y en éste, a su vez, fueron exterminadas durante la Segunda Guerra Mundial. Aguardar incluso era peor que estar en el cielo helados y expuestos a los antiaéreos y a los más veloces aviones del enemigo. Allí, al menos, había qué hacer.
Sabela ha vuelto al frente, 10 horas de guardia nocturna en urgencias; hay que cotizar más, la vida está cara. Que yo me quede a solas con los nenos, a estas alturas, debería estar chupado, pero no. Mijalis aún es lactante -aunque cene cinta de lomo- e inevitablemente echará de menos a su madre… y a sus fertilísimas tetas. De eso no tengo. Ante eso, sólo puedo estar -¡qué importante es estar!-, acompañar, acunar, cantar y contar los mismos cuentos mil veces, mientras el flak -es decir, el sueño- nos agujerea el fuselaje y desquicia los nervios; con el bebé ni siquiera podemos (debemos) fumar.
Hasta el desarrollo de los cazas de escolta de largo alcance, los B-17 volaban solos rumbo al Reich. El navegante trazaba la ruta desde el sudeste inglés: vamos, soltamos y volvemos -¡qué fácil se escribe!-. 8, 10, 12 horas solos, sin otra cobertura que las propias ametralladoras, tratando de permanecer al abrigo de la formación cerrada hasta que empezase la fiesta al otro lado del Canal y todo se desbaratara.
El libro versa sobre el 100º Grupo de Bombardeo de la 8ª Fuerza Aérea yankee, el cual, durante el propio conflicto, fue conocido como el «Sangriento 100°»: el 77% de sus integrantes falleció, desapareció en combate, fue herido o cayó prisionero tras saltar en paracaídas. Una de sus peores misiones fue la de Münster, tras la cual sólo un avión regresó a la base…
Antes de irse al hospital, nos conjuramos. 11 horas sin escolta:
En la Primera Guerra Mundial, se llamó a filas a los estudiantes de Oxford y Cambridge como oficiales, creyendo que un historiador (Graves), arqueólogo (Lawrence), abogado (Sassoon) o filólogo (Tolkien) era lo suficientemente listo para no dejarse matar y su distinguido ejemplo inspiraría a la soldadesca. Tras su instrucción, eran enviados al frente como tenientes. Y claro, palmaban a mansalva en las trincheras.
Al Dr. Robles se le reclutó a inicios de 2024 como guía de Pausanias tras años buscando New Entry. Antes de presentárnoslo, el jefe nos imploró comportarnos y no espantarle. Por supuesto, tras estrecharle la mano, a fin de testar la pasta, le serví un lingotazo de raki a las 09:00 de la mañana. Lo rechazó; mi suspiro retumbó en Fitur:
-Joder con el nuevo, a éste se lo follan vivo.
Agendé su móvil con la abreviatura Pvt. (Private = soldado raso); el rango y nuestro respeto habría de ganárselo, en combate.
En su infinita sabiduría, Matteo y Jesús se encargaron de formarle, llevándoselo de corista para aprender el oficio. A lo sumo, soltando un poco la correa, le permitían irse de maniobras con el Dr. Alonso, ese angelito, pero nada de viajar con Carlos, ¡peligro!, «no vayamos a perderle, como a Laura» [sic]. El chico -tenía 28 años- promete. Reconozco que en los informes de inteligencia que recibí todo eran elogios y, se dice, se cuenta, en la Autónoma aún se flagelan por escapárseles, mas decidió no descarnarse las rodillas. Ole.
Próximo a cumplir un año en la agencia, por primera vez los generales destinaron a tres guías al British Museum; aún era preferible apoquinar el trío que dejarnos a solas, mandando a Fernandito de canguro (!). Y oigan, ¡lo que sabe!, da gusto oírle con tanta erudición como desparpajo, replicando a quien osa exclamar «¡este museo es una mierda!» con un «quien calla es cómplice». Y al salir del cole, en los abrevaderos no se quedaba atrás, buscando el equilibrio entre apolíneo y dionisíaco. Un fenómeno.
Contemplándole actuar, con su entusiasmo, vi nuestro reflejo, empezando a dar tumbos por el mundo, cuando éramos soldados…y jóvenes.
¡Bienvenido a Vietnam, Ltn. (Lieutenant = Teniente) Robles!
«No prever lo posible y lo imposible en los asuntos es signo de extrema demencia»
Juliano, fragmento 165 (transmitido en Suda, s. v. «Ἀπόνοια»)
Para mal o para bien, son pocas las personas que acuden a los Museos Arqueológicos de Estambul, aquel oasis de paz en medio del bullicio que a todas horas impera en «el más hermoso lugar del mundo, a juicio de todo el mundo» (Edmondo de Amicis dixit). Los tres pabellones que lo constituyen dan a un espacio ajardinado que hace las veces de almacén a cielo abierto, en cuyo suelo, por doquier y en aparente desorden, se exponen materiales por los que suspiraría cualquiera de nuestras colecciones de arte clásico y proximoriental.
También hay una recoleta cantina. Pese a la teórica laicidad del país, siguen sin despachar priva, pero siempre merece la pena dejarse caer aunque sea tan sólo para admirar las vistas que ofrece su terraza, afrontada hacia algunos de los grandes sepulcros de los primeros regentes del imperio romano oriental. El silencio circundante y tal panorama propician el recogimiento introspectivo, máxime si ante los densos posos de un café turco se saben escrutar los oscuros designios que nos depara el destino. Contemplando aquellas tumbas se antoja inevitable recordar lo que se susurraba al oído a quienes antaño era concedido el triunfo a fin de evitar que la gloria, siempre efímera, no se le subiera demasiado a la cabeza: memento mori, recuerda que has a morir…
Aunque no existe seguridad al respecto -casi nunca la hay y poco nos importa-, consta un relativo consenso entre la academia y la tradición a la hora de identificar el sarcófago n° 3155, el único de cantos curvos sito a la izquierda de la entrada al edificio principal, como el probable contenedor, al menos durante un tiempo, del cadáver embalsamado del último dirigente pagano de la antigüedad clásica tardía. Fallecido a resultas de una controvertida herida de guerra a la temprana edad de 32 años, con el deceso del sobrino de Constantino -en realidad, a medias, al ser hijo del hermanastro- feneció también la dinastía, tras cuatro décadas de gobierno trascendentales para la humanidad y cuyas consecuencias aún alcanzan nuestro presente.
Tan sólo una generación después de que se fundase la primera capital cristiana del mundo -mas no como tal, stricto sensu-, el mentado vástago, en el breve periodo en que acaparó el poder supremo -de noviembre del 361 a junio del 363-, paró máquinas e hizo cuanto estuvo en su mano (o le dejaron) por avivar los rescoldos de la vieja religión olímpica y, con ello, de forma colateral, de la marchita grandeza del imperio que aquel consideraba ligada a ésta. Dicho personaje, idealista y romántico hasta la utopía, se llamaba Flavio Claudio Juliano, aunque ha pasado a la historia por el calificativo que con desprecio e inquina sus enemigos de fe le otorgaron para designar a quien renegó del credo que con anterioridad profesaba: el Apóstata.
Y así, de esta manera, se le continúa denominando más de milenio y medio después de su temprano óbito. A este respecto, cabe decir que gran parte de la culpa de la denigrante perpetuación del epíteto se debe a los numerosos editores que ha tenido la, paradójicamente, muy redentora novela que le dedicó Gore Vidal en 1964. Ésta popularizó el conocimiento entre las masas del fugaz personaje, pero su título original tan sólo era Juliano, a secas, más primó la visión comercial considerándose oportuno dotarlo de la insidiosa coletilla a fin de suscitar un mayor interés en los escaparates; habida cuenta del éxito del que sigue gozando el romance, vive Dios que lo consiguieron.
De entonces a esta parte mucho es lo que ha llovido y en tiempos recientes se ha venido constatando un cambio en las tornas, señalándose, y con acierto, que nadie osó acusar de apostasía a Constantino por obrar justo a la inversa en su cambio de chaqueta, abjurando -si acaso lo hizo- del truhanesco Júpiter y su pendenciera familia por la bonhomía de Jesús y sus modélicos santos.
De manera que van siendo legión los que ya no secundan el insulto y en sus publicaciones se refieren al susodicho tan solo como Juliano II o, incluso, tratan de recomponer su denostada figura mentando al mismo como el emperador-filósofo, también el último del pasado grecolatino. De esta guisa luce en el mejor retrato que de él, en teoría, se conserva, perteneciente a la colección del Museo de Cluny. En éste posa ataviado con un pesado manto, el pallium -versión latina del himation heleno-, atributo característico del tipo escultórico de los pensadores, igual que su cuidada barba, aunque en esta escultura de mármol figure también tocado con la diadema propia de los sacerdotes del dios grecoegipcio Serapis. Como se expondrá más adelante, sus creencias eran un tanto heterodoxas y sorprendentes hasta para los cánones tradicionales que se había propuesto resucitar.
De cualquier modo, mucha filosofía tuvo que tener para sobrellevar lo que le asignaron al nacer las Moiras, hilanderas del Hado. Pese a haber llegado al mundo, hacia mayo o junio del 331, entre los mullidos paños de la púrpura constantinopolitana -de ahí el título porfirogénito de los posteriores jerarcas del imperio oriental- su primera infancia la pasó en un preventivo arresto domiciliario por pertenecer a una rama de la estirpe regente que pudiera ambicionar el trono. De hecho, pocos meses después del súbito deceso de Constantino en la primavera del 337, perdería a la mayoría de su parentela más cercana en una degollina perpetrada por el ejército de su primo, Constancio II, a la sazón, César, y en breve, Augusto. Nuestro protagonista se salvó por los pelos yendo al exilio bajo la protección y tutela de un influyente allegado materno, el obispo de Nicomedia, Eusebio, quien, es posible, administró el sacramento del bautismo al mismísimo Constantino en su lecho de muerte.
Ha de considerarse que a partir de dicho acto todos los miembros de la dinastía -él inclusive- habían sido iniciados en el cristianismo e instruidos en las Sagradas Escrituras, más no por esto se mitigó su carácter sanguinario ni, a juzgar por su proceder, fueran más píos ni muy autoexigentes con la estricta observancia del quinto mandamiento. Es más, con el tiempo proseguirían las rencillas internas y otro hijo del difunto emperador, Constantino II, sucumbiría ante las milicias de su hermano, Constante -valórese la originalidad nominal del linaje-, y éste, a su vez, caerá en la conspiración de un general arribista, Magnencio, dejando expedito el camino al nefando Constancio II, quien, años más tarde, ordenaría ejecutar al hermano de Juliano, Galo, por decapitación. Importado del Palatino romano, este modus operandi quirúrgico en la poda de retallos del árbol genealógico, pasará, a través de la corte de Bizancio, hasta el nido de víboras del harén otomano donde alcanzará su paradigmático cénit con la ley fratricida del kanunname, sancionada por los ulemas, avaros administradores de la misericordia de Alá.
Ni que decir tiene que el insigne e intrigante prelado que en un acto de piedad se hizo cargo del muchacho con siete años de edad, no tenía tiempo para instruirle, de manera que encargó su formación a un muy leído eunuco de origen escita, Mardonio. La entusiasta metodología de este peculiar pedagogo a la hora de transmitir los conocimientos -en griego, huelga decir- consiguió despertar en el joven pupilo una querencia por los grandes clásicos -quizá, el único amor de su vida- que mantuvo hasta el final de los tiempos; siempre recordó con devoción a este primer maestro. Dando tumbos entre una villa abierta a la Propóntide, Constantinopla -donde conoció al prestigioso retor Libanio, llamado a convertirse en un íntimo amigo- o en Nicomedia de Bitinia (Izmit), el niño fue creciendo hasta enviársele al destierro en la jaula dorada de la villa imperial de Macellum, en la provincia de Capadocia, cerca de su capital, Cesarea (Kayseri).
En su confinamiento, amén de los prescriptivos saberes que debía asimilar un joven destinado a recorrer el cursus honorum político, recibió de igual forma las enseñanzas cristianas de las que tanto renegaría a la postre, mientras casi a hurtadillas hallaba una válvula de escape en el estudio autodidacta de los sabios helenos. Tras un largo exilio de seis años, Constancio II le permitió regresar a la capital de oriente para poco después volverle a apartar en Nicomedia, donde estableció contacto directo con la filosofía hasta consagrarse en plenitud a su estudio. Tal vez le contasen que en las proximidades de dicha urbe, otrora, se quitó la vida el temible Aníbal Barca, pero, sobre todo, que fue en aquella donde, un par de años antes de la concesión de libertad religiosa en todo el imperio -promulgada en Mediolanum (Milán) por Constantino y Licinio-, el canceroso y terminal Galerio, notorio represor de cristianos, pocos días antes de morir -el apologista Lactancio, en su libelo De las muertes de los perseguidores (33, 7-9), afirma que pudriéndose y devorado por los gusanos-, en un gesto de contrición rubricó el Edicto de Tolerancia el 30 de abril del 311. Gracias a éste, los hostigamientos a los devotos de Jesús llegaban a su fin, siéndoles permitidas sus creencias y el derecho a erigir templos para la reunión de la comunidad de sus feligreses, las iglesias -del griego, ekklesía, asamblea-.
Siempre errando por Oriente, fue en Pérgamo, una de las más importantes cunas del helenismo, donde entró en la órbita de la principal corriente filosófica del momento, el neoplatonismo, cayendo rendido a ésta. En aquellos círculos de intelectuales que disertaban sobre las ideas acerca de la inmortalidad del alma que antaño expusieron Plotino, Porfirio -quien también firmase un tratado previo Contra los cristianos y otro acerca de la Gran Diosa Madre- y, sobre todo, Jámblico, halló a sus guías espirituales, del mismo modo que junto al heterodoxo Máximo en Éfeso, quien le inculcó la atención y sensibilidad receptiva hacia los fenómenos y señales que en forma de visiones en sueños y voces interiores empleaban las divinidades para comunicarse con los mortales. A estas alturas de la historia puede decirse que ya era un convencido pagano, aunque aún debiera guardar las formas cristianas de cara a la galería.
En el 355, durante su estancia de estudios en Atenas, tuvo ocasión de iniciarse en los misterios eleusinos del equinoccio otoñal, mientras asistía a clases compartiendo pupitre con dos de sus futuros detractores y Padres de la Iglesia, Gregorio de Nacianzo -que redactó varios enconados discursos contra él- y Basilio de Cesarea. De igual modo, a los pies de la Acrópolis volvió a frecuentar la compañía del filósofo Prisco, a quien conociese en sus tiempos pergaménicos y estimara como maestro. Éste, una vez alcanzara el poder su discípulo,formaría parte sus íntimos asesores junto con Libanio, Máximo y el galeno Oribasio, nuestras principales fuentes encomiásticas. Aparte, contamos con el testimonio del gran historiador Amiano Marcelino y el de Eunapio de Sardes, a través de la obra de su compilador, Zósimo, quien transmite gran parte de los textos que de aquel que no han alcanzado nuestro presente. Frente a éstos, sus pertinaces enemigos, amén de los dos ya citados, existe un amplísimo repertorio entre los que cabe destacar a Rufino de Aquilea, Sócrates el Escolástico, Sozomeno, Teodoreto de Ciro o Filostorgio. Pese a la brevedad de sus veinte meses de mandato, Juliano fue uno de los regidores romanos sobre el que más se escribió en vida y tras su muerte, además de ser del que mayor número de obras propias conservamos; una milagrosa mina para el historiador, siempre y cuando esté capacitado para manejar tal cúmulo de información frente a la parquedad acostumbrada.
Volviendo al Ática, quizá en aquella época de colegial llegase a albergar la cómoda idea de arraigarse en las escuelas del saber a las que afluía, mas la vida o los designios divinos -como él terminase por creer- le tenían otros planes reservados. En un clima de pronunciamientos e intentos de usurpar el poder, Constancio II, tan carente de escrúpulos como de herederos, le convocó al palacio de Mediolanum a finales de aquel mismo año para otorgarle el título de César de occidente, lo que suponía, de facto, la corregencia, amén de un pesadísimo cargo de índole militar y administrativa para alguien con nula experiencia práctica.
Acto seguido, fue destinado al convulso limes de Galia para hacer frente a una incursión masiva en el Rin de dos levantiscas tribus germanas. Los mismos alamanes y francos a los que se acudió en calidad de aliados contra Magnencio, habían tomado buena nota de las frágiles fronteras romanas para llevar a cabo sus razias. Si la intención real fue quitárselo de en medio, contra todo pronóstico no prosperó. En su primera campaña consiguió liberar Colonia Claudia Ara Agrippinensium (Köln) y obtuvo una asombrosa victoria frente a los «bárbaros» en Argentoratum (Estrasburgo) en el 357. Así pues, el filósofo demostró a sus legiones que no era tan sólo un ratón de biblioteca que leía los Comentarios de César por las noches, sino también un resuelto y competente estratega, como su antecesor, el meditabundo Marco Aurelio, al quien, según Amiano (XVI, 1, 4), trataba de emular en acciones y costumbres. A propósito de éste, consignemos que fue al único de los anteriores homólogos al que en su sátira menipea El banquete o Saturnales libraría, y sólo en parte, de la furibunda crítica a la que sometió al resto de prohombres que le habían precedido en el cargo, llevándose la parte del león biliar, como es lógico, sus dos familiares cristianos que ascendieron al trono, aunque también mostró su inquina hacia el llamado optimus princeps, Trajano -a su entender, una borracha (311c, 318c)-, y el camaleónico Octaviano, a quien compara con un hacedor de muñecos por iniciar la divinización de la parentela mediante la apoteosis (309 a-b, 332 d).
La guerra prosiguió hasta el 359, luchando con fiereza contra los chamavos en el Ijssel y el Rin, y a los salios entre el Escalda y el Mosa. Nunca se avino a la bajeza de pagar fielatos a los nativos para que permitieran el tránsito del cereal con el que se alimentaban sus huestes, aunque la inflexibilidad le supusiese que éstas rozaran el amotinamiento. Pero era tal la inusitada fortuna que parecía sonreírle -atribuida, insistimos, al favor de los dioses- que, a comienzos del 360, en sus cuarteles de Lutetia Parisorum (París), las mesnadas le aclamaron como Augusto y ante la presión que ejercieron embriagadas, aceptó el título a regañadientes…sin consultarlo con su primo.
Éste, al igual que el Senado de Roma -por aquel entonces, una antigualla más simbólica que respetable-, tacharon el acto de osado arribismo, no reconociendo legítima la autoridad otorgada por la tropa. Y así pues, el enfrentamiento no se hizo esperar. En su marcha hacia el destino, o a la muerte, como exhiben las acuñaciones del momento, obró el cambio dejándose crecer la característica barba de los filósofos, mientras que Constancio II, saliéndole al paso, falleció en las proximidades de Tarso el 3 de noviembre del 361. Aun así, poco antes de expirar, considerando que, pese a todo, su primo era el único por el que aún fluía sangre de la dinastía, le nombró sucesor, pasando a ocupar en solitario el trono del imperio. Libre de rival, le faltó tiempo para entregarse a sacrificios a los dioses olímpicos y ordenar retirar el lábaro y toda insignia de parafernalia cristiana militar.
Entró en Constantinopla un frío 11 de diciembre del año 361 a través de la puerta de Carisio (Edirnekapı),la misma por la que más de un milenio después accedería Mehmed II tras la conquista de la urbe.
Pero la herencia recibida estaba envenenada. Aunque aún no se había procedido a la partición fáctica del imperio entre los ámbitos territoriales de las provincias de oriente y occidente -acaecida tras la muerte de Teodosio I, a comienzos del 395-, existían ya dos escenarios claramente diferenciados entre sí: Un oeste latino, que a la postre abrazaría el catolicismo, frente al levante de raigambre helenística, adalid de ortodoxia; opuestos y condenados a enfrentarse hasta su separación definitiva tras el cisma entre sus iglesias. Además, todo en su conjunto estaba por igual sometido al hostigamiento continuo de distintos pueblos «bárbaros» sobre el coladero de sus débiles límites -fijados en los cursos fluviales del Rin y el Danubio y, con mayor fluctuación, del Éufrates y el Tigris-, cuyo mantenimiento devoraba insaciable unos recursos ya de por sí bastante menguados.
Pero el enemigono sólo amenazaba allende las fronteras. Otro equivalente estaba al acecho intramuros, en la propia corte, donde había que moverse con mucho tino entre personajes tan retorcidos y sinuosos como el Bósforo. Una de las medidas adoptadas nada más llegar fue la purga del excesivo servicio heredado, abarrotado de onerosos cargos del tipo praepositus sacri cubiculi –camarero mayor de las estancias palatinas-, optando por la estoica austeridad frente a la vasta camarilla de su antecesor. De igual forma, depuró cuanto pudo el pesado aparato del ceremonial áulico tomado de los persas sasánidas y su concepción intangible y etérea de la realeza. En otra nueva muestra de gran desprendimiento, legó su colección de libros para la creación de una biblioteca pública que se instalaría en el vestíbulo del palacio, pero este alarde altruista fue apreciado por muy pocos…
Desde el poder supremo trató de restaurar la religión olímpica, o un aggiornamento de la misma adecuada a su muy complejo y sofisticado entender. En realidad, quiso reactivar toda la cultura helenística indisolublemente asociada a ésta, entendida como un indefinido modus vivendi del que él ejercía, por supuesto, como Pontífice Máximo. Sin embargo, la partida estaba perdida antes de empezar. No se puede obligar a nadie a abrazar una fe mediante la imposición. Los intentos de conversión masiva, por sutiles que sean, generan más desafecto y reafirmación en las creencias que una actitud proclive hacia el cambio de fe.
Al igual que el siglo III, el IV fue una época de convulsas transformaciones. A comienzos de la centuria, los seguidores de Jesús eran perseguidos como criminales; a la conclusión, su credo sería el oficial del Estado, pasando a proscribirse a los paganos. El cristianismo, de pronto arraigo urbanita, era ya, de largo, la fe mayoritaria en todo el imperio, contando con innúmeros adeptos tanto dentro de las desfavorecidas clases populares como en el ejército, sus oficiales y demás elites, e incluso en palacio. Su preponderancia se debía, en parte, a la teórica disolución de las polares diferencias existentes entre patricios y plebeyos al instaurarse una aglutinadora y común unión -de ahí, la comunión- entre todos los prosélitos, al margen de su estatus social. El nuevo mensaje promulgaba que todas las personas eran hijas de Dios en tanto en cuanto forman parte de su Creación.
Otra cosa eran los matices, sujetos a aviesas interpretaciones que de las Sagradas Escrituras y sus exégesis hacían las distintas sectas surgidas dentro del propio cristianismo, entendido, a su vez, como una heterodoxa escisión del judaísmo. Y fue en estas tempranas disputas acerca de la naturaleza divina, la Phýsis -el prístino polvo del barro sexual de los ángeles-, y las formas de proceder en los rituales litúrgicos donde halló un filón para enfrentar a las distintas facciones en una soterrada guerra fría. Como afirma Amiano (XXII, 5, 4), Juliano era muy consciente de que «ninguna fiera es tan peligrosa para los hombres como los propios cristianos entre sí»[1].
Con este propósito, el 9 de febrero del 362 derogó el destierro de toda la clerecía que Constancio II había perseguido como herética o, en el mejor de los casos, exiliado por discrepar de la mesurada oficialidad frente a posturas más radicales que negaban la divinidad de Jesús pese a su directa filiación con el Padre. Dada la permisibilidad, se mezclaron de nuevo ortodoxos atanasianos, católicos, novacianos, donatistas, viejos arrianos, etc. no tardando demasiado en saltar las chispas, sobre todo cuando azuzó el avispero mediante concesiones a los judíos, como la reconstrucción del Templo de Salomón en Jerusalén -en ruinas desde la conquista romana del año 70-, la cual, era obvio, restaría importancia a la nueva iglesia del Santo Sepulcro que promovió santa Elena, patrona de los arqueólogos. La estrategia fue dejar que se autodestruyeran en sus virulentos debates de fe, devolviendo a los supervivientes a los estratos marginales desde los que habían medrado como uno más de tantos exotismos orientales del imperio. Incluso se les relegaba en el espacio físico de los arrabales, como ocurría en la propia Roma, donde gran parte de las prístinas comunidades vivían extramuros, algunas más allá del Tíber -es decir, en el Trastevere-, donde en su día Constantino mandase erigir sobre la más que supuesta tumba de san Pedro la primera basílica del monte Vaticano.
Lejos de vetar en su totalidad el cristianismo -como tantas veces se ha dicho-, al poco de entronizarse decretó un edicto de plena libertad religiosa revirtiendo, eso sí, todos los decretos anti paganos que sus predecesores, con el celo fanático de los conversos, habían implementado en pro de la nueva fe. En el 324, Constantino confiscó, vendió o regaló la mayoría de los terrenos pertenecientes a los templos y santuarios paganos, lo que en la práctica acarreó la suspensión de los cultos. Por su parte, Constancio II, en el 353, había prohibido todos los sacrificios nocturnos y, un año después, decretó el cierre total de los edificios consagrados a los viejos dioses paganos, condenando en el 356 a la pena de muerte a quienes practicasen ritos ajenos a la oficialidad.
Juliano, en su ánimo reinstaurador, devolvió la gestión de los espacios sagrados a sus legítimos dueños, reorganizando los consejos locales para su mantenimiento y la vuelta a las prácticas sacrificiales con el objetivo de que atrajeran de nuevo la fe hacia los olímpicos (aunque fuese al calor de la carne asada repartida tras las ceremonias). Además, retiró todos los privilegios otorgados con anterioridad a la prelatura, deshaciendo los tribunales episcopales donde la palabra de un obispo, per se, era considerada verdad. Del mismo modo, revocó todas las exenciones de servicios, prebendas y asignaciones a cargo del erario público para que –sine sacculo, et pera, et calceamentis– los enriquecidos próceres predicaran también con el ejemplo de la pobreza, asegurándose la entrada en su anhelado Reino de los Cielos. En algunos casos de corruptelas palmarias, requisó todas las propiedades de la Iglesia -como en Edesa (Sanliurfa)- y a modo de castigo a ciertos sacerdotes descarriados, los enroló en las fuerzas armadas para que reaprendiesen las privaciones purificadoras que recomendaban a sus prosélitos.
Empero, la medida adoptada más controvertida -incluso para sus panegiristas- fue la que decretó el 17 de julio del 362, según la cual se impedía a los maestros cristianos las enseñanzas de literatura clásica, retórica y gramática, entendidas como disciplinas superiores de la catequesis helenista. Pese a que el llamado Edicto de las Escuelas se perdió hace tiempo, lo conservamos en parte y reelaborado en la compilación legislativa del Codex Theodosianus. Lo que parece traslucirse de esta acción fue el temor al adoctrinamiento que pudieran ejercer los enemigos de fe por medio de su influencia educacional en la juventud. La justificación esgrimida para ello fue tan pueril como errónea, al suponer que determinadas creencias incapacitaban para comprender el sentido último de los textos paganos -empezando por Homero- y, en consecuencia, aquellas personas que profesaran otras fes, estaban incapacitadas para explicarlos, razón por la cual debían ser depuestas (casi dos siglos después, Justiniano obraría en sentido inverso, prohibiendo la enseñanza de cualquier doctrina a quien estuviese afectado por la “demencia del paganismo” [Codex Iustinianus, I.11.10.2], lo cual acarreó el cierre -aunque no definitivo- de la Academia de Atenas en el 529, tras casi un milenio de enseñanzas).
Para más inri y desconcierto de los suyos, creó que una especie de índice de autores y lecturas que, si bien no se atrevió a prohibir, sí sugirió que sólo se explicasen como contraejemplos éticos; tal fue el caso de Epicuro o el escéptico Pirrón. Por último, consciente del peligro que suponen los mártires de toda causa, prohibió de forma tajante las ejecuciones de cristianos durante su gobierno. En una época carente de persecuciones, al privarles de la muerte tormentosa, a su vez, impedía para su fastidio la vía rápida hacia la salvación y promesas ultraterrenas.
Uno de los reproches que hacía a los cristianos era su falta de moral, dado que pese los pecados -de toda laya y magnitud- que hubiesen podido cometer, con el solo trámite del arrepentimiento -acaecido, en su mayoría, en las postrimerías- obtuviesen el perdón. A su entender, esta indulgencia les eximía de toda responsabilidad en vida, cuando, por el contrario, la única guía de sus actos debía ser la emulación diaria de la benevolencia que hacia los humanos mostraban los dioses, el único camino para la salvación del alma.
Durante su principado, aunque no hubo persecución directa, sí se dieron algunos brotes aislados de violencia, en su mayoría, fruto de viejos ajustes de cuentas larvados en la época de represión. Por ejemplo, Jorge, el obispo de Alejandría, fue linchado por una vengativa muchedumbre, pero Juliano, no proclive a la aplicación de la ley del talión, haciendo gala de un descarado doble rasero, se mostró condescendiente con la turba criminal. Empero -al César lo que es del César-, cuando tuvo oportunidad no eludió despacharse a gusto con los cristianos, debiéndose a su puño y letra la filípica Contra los galileos. Es de lamentar que el texto se perdiera de antiguo, pero tal y como ocurre con las semejantes obras de Celso y Porfirio, a día de hoy conocemos gran parte de su contenido original gracias a uno de sus refutadores, el patriarca Cirilo, y eso a pesar de que su réplica también nos ha llegado bastante fragmentada. Y aun así, podemos leerle entre líneas, lanzando andanadas de argumentos racionales que vemos rebotar, sin efecto, en las inquebrantables murallas de la fe.
Sabemos la poca valoración intelectual que atribuía a sus enemigos, a los que veía como palurdos adoradores de un simple mortal de origen judío -también apóstata, a su manera, sea dicho- que tras haber sufrido la vejación suprema de la crucifixión fue divinizado por sus correligionarios. Añádase que su grotesco martirio devino en acto de conmemoración, e incluso, para mayor desconcierto y escándalo, los mismos instrumentos de éste pasaron a ser objetos de latría, algo tanto o más desconcertante que la afición de sus fieles de adorar partes más o menos corruptas y pestilentes de cuerpos u objetos de santos como reliquias.
Pero al margen de estas acciones específicas, el principal caballo de batalla para hacer frente a la preponderancia del cristianismo fue el intento de fundar en paralelo una iglesia pagana de Estado. Consciente de la buena organización clerical de sus rivales, trató de emularla creando a su vez un colegio jerarquizado, provisto de sacerdotes y pontífices cuya rectitud moral y formas de conducirse debían ser un modelo de dignitas: nada de parasitar en las tabernas o recalar en los vulgares espectáculos del circo y el teatro, ni mucho menos dejarse ver en público con aurigas, histriones, meretrices y demás chusma de la farándula. El lugar de aquellos dechados de decoro debía estar junto a los menesterosos, asistiéndoles como la filantrópica competencia, valiéndose de la persuasión para iluminar el camino a los titubeantes y traerlos de vuelta al redil o pescar adeptos en el caladero de los indoctos aún no maleados.
Estos nuevos funcionarios espirituales tenían la misión de instruir en la renovada teología que Juliano se proponía establecer, aun a sabiendas de que el politeísmo pagano, a diferencia de las religiones de los libros revelados, siempre careció de dogmas y univocidad. El viejo Júpiter y familia ocupaban el papel preponderante que la tradición les otorgaba, sin bien, ahora, Helios -la divinidad solar a la que se festejaba en Roma el 25 de diciembre-, era elevado a la categoría de numen-rey, presidiendo la cúspide del panteón dada la importancia de su potencia genésica en la Creación. Incluso le dedicó un himno en alabanza (Discurso IV) en el que, lejos de limitarse a equipararle, como antaño, con el brillante Apolo, ensalzaba su luminosidad al dotarla de un sentido metafísico y trascendente; recuérdese, porfiaba con un nuevo dios que afirmaba ser la luz del mundo frente a las tinieblas (Juan 8:12). Sobre el particular merece traer a colación el desconcertante símil que algunas voces, buscándole tres pies al gato, han establecido con el célebre faraón hereje Ajenatón (nacido Amenofis IV), creador del primer monoteísmo (conocido) de la historia en torno al astro dios, Atón.Más allá de la sugestión que pudieran suscitar las rebuscadas concordancias, a nuestro parecer, en forma y fondo las distancias son insalvables, partiendo de los dieciocho siglos -se dice pronto- que median entre ambos fenómenos subversivos.
Para confeccionar su sofisticada cosmovisión, recurrió al sincretismo vertiendo en el mismo crisol el trascendente sentido de la teosofía neoplatónica aderezada con los pensamientos escatológicos acerca de la salvación del alma de algunos cultos mistéricos, como el mitraísmo -escisión, a su vez, del también solar Ahura Mazda iranio- o de su propia experiencia iniciática en Eleusis. Por otro lado, el ritual para establecer la comunicación con los dioses, la teúrgia, aportaba el esoterismo a la mescolanza. Como era de esperar, esta sui generis reelaboración fue demasiado alambicada y abstrusa para la mayoría de sus coetáneos, así como tampoco es apta para el común de los mortales en nuestros días. Hermética y muy elitista a nivel intelectual, estaba condenada al fracaso.
A todo ello ha de sumarse un hecho que nunca debe desdeñarse: al igual que en la actualidad, la mayor parte del colectivo social era, en realidad, bastante indiferente a los asuntos divinos…siempre y cuando éstos no afectasen a su vida diaria. Así pues, aquella jerigonza pirotécnica caló poco en el pueblo llano. Es más, cosechó también la incomprensión y el rechazo por parte de los suyos, dada la acusada deriva mística y santurrona que iba adquiriendo su pensamiento y obra. En cualquier caso, su proyecto quedó en agua de borrajas; muy pronto iba a morir.
Y lo hizo a la altura de su leyenda, siempre rodeado de controversia. El 5 de marzo del 363 partió de Antioquía del Orontes (Antakya) -proverbialmente lúbrica, en la que, según los Hechos de los Apóstoles (11:26), se acuñó el término cristiano- donde había estado preparando el enfrentamiento definitivo contra los persas sasánidas, destinado a derrocar al rey Sapor II y poner en su lugar a un dócil títere de Roma, el príncipe Hormisdas.
A su espalda dejaba una urbe cuyos habitantes respiraban aliviados por el gravoso coste que les había supuesto abastecer a la corte y el ejército en un año de pésimas cosechas a causa de la sequía. Lejos de obrar considerando la carestía, Juliano, a diario, se entregaba al despilfarro en neuróticos sacrificios propiciatorios -hecatombes incluidas-, mientras que sus lotófagos legionarios se echaban a perder con tanta barbacoa pública maridada con tintorro. Nadie comprendía el afán judicial que se había tomado y mucho menos soportaba su pacatería, reprendiendo a la plebe con la altivez de un sieso puritano por concurrir a los esparcimientos circenses que él tanto detestaba. Tras marcharse de allí, comunicó desairado que a su regreso triunfal trasladaría el séquito a Tarso. También, como desquite a la mala experiencia, se retrató cual sensible incomprendido en la divertida sátira El enemigo de la barba o Misopogon, donde ajustó cuentas con sus vulgares anfitriones.
En el enfrentamiento contra Persia, frecuentemente, se ha venido señalando como un ejemplo más de la emulación que ciertos romanos intentaron de las gestas alejandrinas. No obstante, a tenor de lo que afirma en El banquete acerca del macedonio, no parecía tenerle en alta estima, restándole mérito personal a las victorias (321b, 331 a-b), aparte de achacarle ser esclavo de sus emociones y el vino (318 c, 330 b-d), algo impropio de un discípulo del mesurado Aristóteles. A lo sumo, reconozcamos ciertas concomitancias biográficas: ambos murieron, en efecto, a los 32 años, en Mesopotamia, justo en el mismo mes, y no habiendo podido cumplir la totalidad de sus proyectos.
Más de 60.000 mílites -el mayor número movilizado en todo el siglo IV- avanzaron en distintos contingentes hacia las orillas del Tigris, llamados a converger frente a Ctesifonte, la capital sasánida. Pero un cúmulo de despropósitos y malas decisiones impidieron que tomaran y saqueasen la plaza como antaño lograran Trajano o Septimio Severo. Tras un éxito inicial frente a la vanguardia enemiga, teniendo la oportunidad de asestar la puntilla y entrar a sangre y fuego, se postergó el ataque definitivo hasta el reagrupamiento general ad portas para el asedio. Desoyendo todos los presagios funestos que se cernían sobre la expedición y su propia persona, confiando en que la diosa Fortuna volviese a sonreírle como antaño hiciera en la Galia, ordenó quemar la flota y distender los ánimos celebrando su trigésimo segundo cumpleaños con varios días de juegos.
El rival aprovechó el receso para organizar el contrataque, aplicando la política de tierra quemada. Al percatarse de que el resto de las tropas no terminaba de arribar -habían fiado su marcha a un supuesto tránsfuga persa que, por supuesto, les engañó- y evidenciándose la imposibilidad de abastecerse en el arrasado entorno circundante, rendido a la evidencia, dio la orden de retirada. Entre sus recientes lecturas, salta a la vista, no debía de incluirse la Vida de Craso escrita por Plutarco, dado que repitió algunos de los errores que condujeron al desastre de Carrhae en el 53 a. n. e.
Sapor II, que poco antes se había avenido a negociar los términos de un tratado de paz, jugó sus cartas con sabiduría eludiendo el enfrentamiento directo, mientras sometía al repliegue de la larga columna romana, sofocada por el calor de la estación, a continuos hostigamientos que la iban desangrando en un constante reguero de cadáveres.
Avisado de un ataque contra su retaguardia, Juliano, sin tiempo de ponerse la cota de malla, acudió en persona para repelerlo, recibiendo durante la escaramuza una lanzada que le atravesó las costillas y perforó el hígado. En un gesto instintivo para aliviar el dolor que sufría, trató de arrancarse la punta clavada, pero al tirar de la hoja ésta le cortó los dedos y, ante el nuevo espasmo, se desplomó de su cabalgadura. Aun con todo, se le pudo asistir y no expiró in situ, sino pocas horas después, rodeado de los suyos: los filósofos Máximo y Prisco, el prefecto del pretorio Salutio -a quien se atribuye el evangelio neoplatónico Sobre los dioses y el universo– y el médico Oribasio. Era la noche del 26 al 27 de junio del año 363.
A decir de Amiano (XXV, 3, 15-23) -presente en calidad de oficial-, aguardó a la Parca disertando acerca de la inmortalidad del alma, aunque se antoja bastante improbable que habiendo sufrido una laceración hepática -y la consiguiente hemorragia abdominal de un órgano tan vascularizado-, estuviera para muchas disquisiciones o siquiera mantuviese intacta el habla. Se trata, sin duda, de un bello y erudito homenaje que guiña a la propia muerte de Sócrates, junto a sus discípulos, consignada por Platón en el diálogo Critón. Miradas desde esta perspectiva, determinadas acciones llevadas a cabo por la conminación supraterrena recuerdan, en cierto modo, a la voz del agathòs daímōn que guiaba los pasos del sabio ateniense (en relación a estos y otros aspectos de su vida, Fernando Savater -cuando se dedicaba a la filosofía- le dedicó un libro, Juliano en Eleusis). Al margen de todo ello, es seguro que no exclamó antes de expirar “¡me venciste, Galileo!”. La invectiva se debe a Teodoreto, cuya Historia de la Iglesia (III, 25), un siglo posterior a la muerte del que llama apóstata, ha gozado de un amplio recorrido.
Llegados a este punto cabría preguntarse quién fue el brazo ejecutor. Mucho se ha especulado desde la antigüedad y candidatos no faltan. Gregorio de Nacianzo, en su quinto Discurso (13), despliega varias opciones: un quintacolumnista cristiano infiltrado en su escolta, un auxiliar bárbaro, un enemigo persa… Por otra parte, en el relieve de la investidura del rey sasánida Ardashir II, sito en Taq-i Bostan (Irán) -y fechado, como pronto, en el 379,cuando ascendió al trono-, ha habido quien ha identificado el cuerpo inerte que yace a sus pies con el de Juliano -aunque luzca cota de malla, contradiciendo a Amiano (XXV, 3, 3)-, pero, con toda probabilidad, se trata de mera propaganda y antoja bastante improbable siquiera que el sucesor de Sapor II estuviese presente en la contienda dieciséis años antes y por completo imposible que fuese el mismo ejecutor.
Pero aún mucho menos verosímiles son las hilarantes alternativas que atribuyen la mortal diana a la propia mano de Dios o la Virgen, conduciendo la trayectoria del venablo hacia el considerado anticristo, o la implicación en la componenda de los santos Macario y Artemio, o Teodoro y Sergio según otras versiones cuando no es el propio san Mercurio quien desciende de los cielos para atravesarle por impío, tal y como figura en la decimoquinta Cantiga de Santa María de Alfonso X el Sabio.
Tampoco podemos descartar un accidente a consecuencia del fuego amigo, ni dejar de apuntar la amarga sorna que para él tiene fallecer en Oriente a consecuencia de un traidor entre los suyos y de una lanzada en el costado, con tan sólo unos pocos meses menos de los que antaño tuviera su odiado galileo, Jesús de Nazaret; en cualquier caso, a todas luces parece cierto que el reino de ambos no era de este mundo.
Justo así parece querer evocarlo la columna honorífica que la curia de la antigua Ancyra (Ankara) le dedicó tras su paso en el 362 y la cual aún se yergue excelsa en un solitario parque como lo que él mismo fue, un verso suelto y postrero de un tiempo periclitado (en rigor hay que decir que otros, menos románticos, han visto en la labra de su capitel las hechuras propias de la posterior época justinianea…).
Abundando en esta misma línea elegíaca, también se le ha querido hacer receptor del último oráculo délfico:
«Dile al rey que la sala bien forjada ha caído al suelo.
Febo ya no tiene refugio, ni laurel profético ni fuente que hable.
Incluso el agua de la palabra se ha extinguido»[2].
[2] Traducción de Francisco García (SCOTT, M., Delfos. Historia del centro del mundo antiguo, Barcelona, Ariel, 2015).
Para el premio Nobel de Literatura Theodor Mommsen, autor de la monumental Historia de Roma, su gobierno fue la involución a una fase ya superada; por su parte, Jean Danielou, uno de los teólogos jesuitas más influyentes de la pasada centuria, opina en su Nueva historia de la Iglesia que “el reinado de Juliano fue, afortunadamente, demasiado breve para que diera tiempo a la reacción pagana a realizar estragos profundos”. ¿Era un loco clamando en el desierto por una causa perdida?, ¿en realidad creía en esos dioses o más bien los necesitaba y abogaba por ellos como sustento de un sistema e ideología de poder amenazados por los nuevos tiempos? Nunca lo sabremos. Murió sin descendencia que perpetuara sus proyectos. Sus edictos fueron paralizados y el cristianismo volvió a ser la religión oficial del Estado. A final de siglo, Teodosio I impuso el monoteísmo radical de la ortodoxia nicena y volvió a proscribir lo pagano; los juegos olímpicos se prohibieron, el fuego eterno de Vesta fue apagado, sumiéndose todo en La edad de la penumbra a la que Catherine Nixey dedicase su polémico ensayo sobre la destrucción de la cultura clásica.
Tal y como fue su deseo en vida, el séquito imperial no se dirigió al Orontes sino a Tarso, mas con él muerto. Allí, su cuerpo fue embalsamado y se le dio sepultura en un suburbio. Joviano, quien fuese su aún más efímero sucesor, al regreso de la guerra persa en la que también participara, rindió homenaje a la tumba a su paso por Cilicia. Aún con todo, aquel polémico predecesor había gobernado el imperio romano y, como tal, merecía el consiguiente respeto: se honra al rango, no a quien que lo encarna temporalmente. Una cosa es la fe y sus apariencias y otra, bastante distinta, la política y la cruda necesidad de legitimarse en el poder mediante un vínculo justificado, máxime cuando la sucesión ha sobrevenido en campaña como una solución de emergencia. Por mucho que la patrística se esforzase con encono en vilipendiarle, Juliano nunca sufrió la damnatio memoriae.
Su sepulcro, a decir de las fuentes, contaba con un epigrama de estilo homérico -tal vez escrito por Libanio u Oribasio- del que nos han llegado dos versiones: una breve, en dos hexámetros dactílicos, transmitida por Zósimo (III, 34): “Cruzó el Tigris de caudal impetuoso y aquí yace, Juliano, que fue tan virtuoso emperador como guerrero poderoso”, y otra, el doble de larga, recogida en la Alta Edad Media en las crónicas de Jorge Cedreno (I, 539 [Bonn]) y Juan Zonaras (XIII, 13).
Años más tarde -en una fecha indeterminada, quizá a fines siglo IV o ya a mediados del V, durante el gobierno de León I-, se trasladó el cadáver a Constantinopla y fue enterrado dentro de un sarcófago de pórfido -pétreo reflejo de la púrpura imperial- en el panteón dinástico que ordenase construir el fundador sobre la cuarta colina, anejo a la hoy desaparecida iglesia de los Santos Apóstoles que yace bajo la mezquita de Mehmed II.
Pero, ¿qué argumentos invitan a pensar que es el que se expone en el exterior de los Museos Arqueológicos con el número de inventario 3155? Un pasaje del tratado del siglo X Sobre las ceremonias de la corte bizantina (II, 42) y Cedreno coinciden en hacer constar que era de pórfido y de paredes curvas, empleando para designarlas un término griego que ha venido traduciéndose como «cilíndrico» (Κυλινδροειδής). Pues bien, aquel es el único de cuantos hay allí, o en toda Estambul, que responda a estas dos particularidades, aunque carece de los versos laudatorios.
Sobre su ausencia se ha esgrimido que, tal vez, sólo estuviesen pintados en la superficie o escritos en una tabula adyacente que actuase como cartela y el inclemente tiempo se los llevó, o fueron deliberadamente borrados o, aún con mucha mayor probabilidad, sólo se pusieron en el primer sarcófago, el de Tarso -hoy perdido-, pero no en el que halló definitiva sepultura, aunque sí se preservase el recuerdo del epígrafe, escrito al poco de morir. Por otro lado, el hecho de no poseer simbología cristiana alguna llevo a R. Delbruecken 1932 a plantear la hipótesis de que su origen, más allá de ser egipcio en cuanto a material -puesto que allí estaban las canteras de pórfido-, bien pudiera ser, por cronología y pertenencia, ptolemaico (!), llegando incluso a deslizar que otrora fuese el ataúd de alguno de los últimos faraones de la dinastía macedonia; sin embargo, aunque muy sugerente, su teoría no contaba con un sólido respaldo arqueológico ni paralelos.
Muchos siglos después, en 1750, el anticuario y mercader francés J. C. Flachat encontró varios sarcófagos más dispersos por Estambul. Su informe constata vagamente que uno de ellos -hoy en paradero desconocido- era también curvilíneo, aunque no consigna la existencia de epígrafe alguno y sí la de una inequívoca cruz.
Ya durante el sultanato de Abdülmecid I (1839-1861), al que fuera su Gran Maestro Artillero, Ahmet Fethi Paşa, le dio por coleccionar antigüedades, empleando como depósito de las mismas la vieja iglesia de Santa Irene, sita en el primer patio de Topkapı y empleada hasta entonces como arsenal a su cargo, creando con ello, de facto, el germen de la Colección Imperial Otomana. Allí fueron a parar, entre otras piezas, al menos dos sarcófagos de pórfido que habían sido descubiertos en las proximidades -indeterminadas- del referido templo cristiano, siendo uno de aquellos el teórico de Juliano, de cantos curvos.
Sin embargo, en propiedad cabría decir que el traslado de los mismos fue tan sólo parcial puesto que sus dos grandes y pesadas tapaderas, halladas en el segundo patio del complejo palatino, no pudieron moverse de su ubicación al estar enredadas por las raíces de un enorme plátano, abandonándose su extracción para un tiempo más propicio. De ello tenemos constancia puesto que fue grabado en el fuste de la tercera columna del pórtico noroccidental del segundo patio, empezando a contar desde la actual entrada al Harén. La inscripción, de bella caligrafía turca y fechada el15 de junio de 1847 (1 de rayab, 1263 de la Hégira), venía informar que las dos moles de piedra se emplazaban a una distancia de unos diez metros del labrado soporte.
Pero aquellas coordenadas, propias de un mapa del tesoro, fueron desatendidas hasta que en plena Primera Guerra Mundial, la Dirección de los Museos ordenó su extracción al arqueólogo francés Jean Ebersolt, quien entibó el preciado árbol para su preservación.
Tras el consiguiente hallazgo -junto a algunos materiales arquitectónicos bizantinos- se dejó también constancia del hecho justo a continuación del mentado epígrafe, fechando esta vez el 18 de octubre de 1916 (1 de muharram, 1335 de la Hégira).
Contemplando las fotografías de la época de su excavación (1916), nos permitimos una libérrima asociación de ideas citando a continuación las palabras del propio Juliano acerca de un sueño premonitorio que compartió con Oribasio en su decimocuarta epístola escrita en la Galia:
“Me pareció ver que un elevado árbol, plantado en un triclinio muy grande, se inclinaba hacia el suelo y en su raíz brotaba un joven retoño lleno de flores. Yo estaba angustiado por el retoño, temiendo que fuera arrancado junto con el grande y entonces, al acercarme, veo al grande cortado sobre la tierra y, en cambio, al pequeño derecho y levantado de la tierra. Cuando lo vi dije angustiado: «Este árbol corre peligro de no salvar siquiera su retoño.» Y alguien que me era totalmente desconocido me dijo: «Mira con atención y tranquilízate porque, al permanecer la raíz en tierra, el más pequeño se mantiene intacto y se asentará cada vez más firme»”[3].
[3] Traducción de José García y Pilar Jiménez (Gredos, 1982).
Tras el posterior ensamblaje de sus dos partes, se trasladó a su ubicación actual en el patio de los Museos Arqueológicos de Estambul. Y ahora, acerquémonos al mismo, nunca ha estado prohibido tocarlo. Las muchas cicatrices de sus paredes cuentan parte de su historia:
Tras la toma de la ciudad por los otomanos en 1453, la iglesia de los santos Apóstoles fue demolida, construyéndose sobre su emplazamiento el gran complejo (külliye) de Mehmed II el Conquistador -Fatih, en turco, como el nombre de todo el distrito urbano que preside. Algunas malas (y desinformadas) lenguas se empeñan en afirmar que los cadáveres de los mandatarios bizantinos allí enterrados se sacaron de sus tumbas para hacer con sus huesos el mortero de cal destinado a edificar la musulmana Estambul…pero no ha de olvidarse que los turcos tan sólo pudieron rebañar los exangües despojos que habían sobrevivido a la cuarta cruzada (1204) -cristianos latinos vs cristianos ortodoxos, todo queda en familia-, en el curso de la cual toda Constantinopla fue saqueada sin escrúpulo alguno -tal y como afirma el historiador coetáneo y testigo de los hechos, Nicetas Coniata (572.79-575.58)-, inclusive los panteones reales, profanados para rapiñar los ajuares de sus tumbas y las ricas vestimentas de sus ocupantes. De hecho, nuestro sarcófago presenta en la línea de unión entre el cuerpo y su cobertura varios lascados por presión que vienen a evidenciar el intento de abrirlo mediante el uso de una palanca; frustrado aquel primer intento, al parecer, se recurrió a algún objeto contundente a modo de ariete con el que se logró fracturar uno de los lados cortos, requiriéndose para su restauración posterior el ensamblaje mediante las dos grapas aún visibles.
Ahora bien, si el supuesto sarcófago de Juliano provenía de los Santos Apóstoles, ¿cómo y cuándo terminó en la punta del Serrallo? Sobre el particular no existe respuesta. Se sabe a ciencia cierta que Mehmed Fatih se hizo construir una primera residencia en el actual barrio de Beyazıt -conocida a posteriori como el Palacio Viejo (Eski Saray)-, hoy desaparecida bajo el solar del campus universitario. Alcanzada su senectud, ordenó la erección de otra nueva (Yeni Saray) sobre la acrópolis de la antigua Bizancio, dando origen al gran conjunto palatino conocido como Topkapı. Allí aún existen varios sarcófagos antiguos cuyos cuerpos inferiores se emplearon como pilones de fuentes -véase, verbigracia, el sito junto al kiosco Bagdad-. El reciclaje de materiales clásicos y medievales fue, desde la conquista, una práctica habitual y constatada en la arquitectura estambulita. Tal vez -sólo tal vez- el cuerpo pétreo de aquel ataúd sirviese durante algún tiempo como vaso o abrevadero de acémilas -capacidad tiene su receptáculo interno-, viniendo esto a explicar también la (aparentemente) extraña separación de su pesada cobija.
Desde su traslado al patio de los Museos, su identificación ha sido objeto de una irresoluta controversia entre los especialistas. Aún así, para la mayoría, los argumentos a favor son suficientes: se non è vero, è ben trovato. Carente de cuerpo en su interior, el sarcófago se ha convertido en una suerte de cenotafio hasta el que peregrinar para leer con solemnidad algunos pasajes de la vasta obra de Juliano; la «Gran Diosa», a quien dedicara un tratado, parece quererse sumar a las honras haciendo florecer las rosas del parterre contiguo.
Sea…
Dedicado a Alicia Sánchez Baena, acuarelista, a quien cunden los viajes más que a nadie
STONE, M., Cuando Dios era mujer. Exploración histórica del antiguo culto a la Gran Diosa y la supresión de los ritos de las mujeres, Barcelona, Kairós, 2021. 427 páginas. ISBN: 978-84-9988-909-2.
Tal vez la traducción de este libro al castellano llega tarde y, a estas alturas, pudiera resultar «extraña», como afirma en el mismo prólogo Ana Pániker, más allá de la encomiable labor editorial de «rescatar autores del olvido injusto».
Desde que la versión original viera la luz en 1976, los estudios sobre la espiritualidad en la prehistoria y las distintas religiosidades de los primeros milenios antes de nuestra era se han visto muy engrandecidos, aunque por otro lado no se haya alcanzado consenso alguno que a día de hoy permita esgrimir la retahíla de aseveraciones que la autora consignó hace ya casi cincuenta años en las páginas de su obra más conocida y polémica.
Fruto de una década de investigaciones y recopilación de heterodoxos datos que, a su entender, le permitían cimentar sus hipótesis, puso por escrito la otrora controvertida teoría que recogen estas páginas: diversos pueblos patriarcales de la Edad de Bronce impusieron sus viriles númenes sobre el mundo que giraba en torno a la Diosa, relegando a ésta y, colateralmente, a las mujeres, al pasivo rol de comparsas.
Aunque el ensayo dedicado a esta atávica divinidad, su culto -«antaño universal»-, representaciones y las sociedades que la reverenciaban se retrotrae al Paleolítico Final -«en el amanecer de la religión, Dios era una mujer»-, el texto centra su enfoque, sobre todo, en el comienzo de la historia, cuando se produjo la fricción entre ambos sistemas de creencias, ya sea en Canaán, Egipto o Creta, por citar sólo algunos ejemplos analizados.
Partiendo de la premisa inicial de que la poliédrica Diosa era mucho más que el simplón coeficiente de la ecuación que de ella se ha hecho con la fertilidad -«burda simplificación de una compleja estructura teológica»- a la que redujeron los sesgos judeocristianos y androcéntricos de los eruditos, M. Stone, recurriendo a todo tipo de herramientas para rescatar su memoria, ofrece a quien la lea el panorama de un Edén perdido (e intuido) del que invita a tomar conciencia y acaso comprender muchos de los males que padecen las mujeres en nuestro presente monoteísta.
Si su lectura se aborda liberada de los rigurosos corsés de la disciplina, sin duda resulta provechosa, puesto que se trata de un hito historiográfico de la arqueología de género escrito con una sensibilidad artística que consigue despertar nuestro interés en cada capítulo, acicateándonos a indagar con mayor profundidad en muchos de los asuntos que plantean.
Ahora bien, consideramos que hubiera sido un gran acierto por parte de Kairós presentar este clásico feminista en una edición provista de un aparato crítico que lo contextualizara y actualizase, en la línea de lo que ya se ha hecho conobras que abordan cuestiones similares como La rama dorada de James Frazer, La Diosa blanca de Robert Graves -al que tanto debe-, o Diosas y dioses de la vieja Europa de Marija Gimbutas, publicado tan solo dos años antes que el texto que reseñamos y con el que reiteradamente se ha puesto en relación como una suerte de lírico epílogo.
No echó el mondongo de chiripa. Alcanzada la cumbre de la Almoloya (Murcia) tras un largo kilómetro de marcha empinada -a treinta y pico grados, sin agua, protección solar ni sombrero, fieles a nuestro precario modus operandi-, Fernando resollaba como la bestia parda que es. Reconozco que yo tampoco es que estuviera mucho mejor, de manera que senté mis reales para recuperar el (mal) aliento con otro pitillo mientras observaba en derredor para averiguar qué diantre se nos habría perdido en aquel erial; sólo faltaban los cardos que cruzan las calles en las películas del oeste. En cuando pude expresarme, aunque fuese a perdigones, quise saber el porqué de estar allí en vez de haciendo acopio en la huertica.
-¿Qui’sto? (onomatopeya inquisitiva de su benjamín, simultánea al apunte con su rechoncho índice, destinada a conocer la naturaleza del ser y función de todo cuanto le rodea, centímetro a centímetro. Era sabedor de que le reventaría).
Mi compañero, a boca seca y rojo como los tomates que deberíamos estar adquiriendo, aún no conseguía articular palabra. Tan solo se limitó a dedicarme un mohín por la gracieta y dar dos golpecitos al panel que estaba leyendo. Pese a que el inclemente sol del mediodía proyectaba su fulgor sobre éste, conseguí vislumbrar entre los destellos el pirotécnico epíteto que alguien tuvo a bien calzarle al yacimiento: la «Pompeya argárica».
¡Acabáramos!, ¡pero cuán afortunado era! Aquella misma mañana, antes de tomar el Everest de Pliego, me había llevado hasta La Bastida de Totana (Murcia), la cual, para mi anonadamiento, denominaba su propia cartelería ¡la «Troya de Occidente»! (Whisky DYC, gente sin complejos). Y entonces aquello, ole con ole. Tras procesar lo que acababa de llevarme a los ojos, sin dejar de fruncir el ceño volví a escrutar el entono tratando de dar con algún volcán, las cauponas cañís, los cadáveres rebozados con escayola o las pinturas guarras, ¡por lo menos algo sepultado bajo una erupción, si no era mucho pedir (llámenme exigente)!, pero fue en balde. Por lo que se ve, la posibilidad de contemplar lo que se ha venido identificando como «el primer parlamento europeo» -¡cuán importante es tener el primero, el más antiguo o grande!- no supone bastante acicate para subir hasta allí arriba, de manera que se consideró oportuno incentivar al personal estableciendo la equiparación con todo un referente de primer orden, a ver si colaba. Tras dar cuenta del escrito, en el que eché muy en falta la revelación de tan rebuscada similitud (más allá de que sus «grandes edificios con talleres, almacenes y lugares para la reunión quedaron sellados por incendios»), me di un garbeo para ver si daba con los parecidos… o el libro de reclamaciones. Considerando los ínfimos recursos que todas nuestras administraciones destinan a la arqueología, me alivié pensando que, seguro, eso no habría salido del erario público.
¿Pero qué nos pasa?, ¿para hacer valer lo nuestro -que es mucho, bueno e importante- siempre hemos de asemejarlo con terceros, foráneos y de campanillas? El sempiterno complejo de inferioridad que, con más alarde que vergüenza, ostentamos para con nuestra historia y patrimonio, en ocasiones, llega a alcanzar extremos aún más rocambolescos que los dos ejemplos mentados de Murcia, continúen leyendo… Lejos de contribuir a valorizarlos enclaves que se asimilan a un primer espada, este tipo de hilarantes comparaciones -siempre odiosas-, las más de las veces, obran en sentido contrario, generando falsas expectativas y los consiguientes chascos. Aunque considero que no hay maldad intrínseca en estas acciones -más allá del clickbait tras el titular sensacionalista-, reduciendo las cosas a términos tan esenciales, más que divulgar, se vulgariza, evidenciándose una palmaria falta de conocimiento por parte de quien escribe este tipo de cosas presuponiendo pareja mentecatería en quien las lee; es un consuelo (de tontos) saber que este mal lo compartimos con muchos otros países y, por una vez, no es privativo del nuestro.
Por lo que nos toca, en mis noches más patrióticas tengo sueños húmedos en los que me veo dándole la vuelta a la tortilla (muy española y mucho española) invirtiendo los términos. ¿Por qué en nuestro próximo viaje no donamos un cartel alternativo a la Almoloya del golfo de Nápoles?, ¿o resulta que el orden de los factores sí altera el producto?¿Se imaginan el pasmo de los miles de turistas ante tal enunciado o las alambicadas peroratas que habrían de realizar sus guías para explicárselo?
No obstante, en el hipotético caso de hacer dicha ofrenda (en aras de la Ciencia, con mayúscula, por supuesto), incurriríamos en un flagrante agravio comparativo dando pie a otro más de nuestros cansinos pollitos ligados al terruño, puesto que somos conscientes de que no son pocas las voces que en otras provincias sitúan o reivindican la posesión de su propia Pompeya, justo al lado de donde bajan a comprar el pan. Hay quien ve en Iruña Veleia (Vitoria) a la «Pompeya de Álava», en Ulaca (Ávila), a la «Pompeya vettona» o a Torreparedones (Córdoba) como la «Pompeya cordobesa». Por otra parte, ampliando las miras espaciotemporales, se ha reconocido en Libisosa (Albacete) a la «Pompeya ibérica», en Cástulo (Jaén) a la «Pompeya de Hispania» y en Elvira (Granada) a la «Pompeya de Al-Andalus». ¿A quién corresponde dirimir si Baelo Claudia (Cádiz), la villa de Noheda (Cuenca) o Tiermes (Soria) es la genuina «Pompeya española» si a las tres se ha designado abanderadas nacionales? Es más, chovinistas como somos, ¡hasta poseemos la mismísima «Pompeya de la prehistoria»! (del mundo mundial) en el La Garma de Omoño (Cantabria).
Y la cosa no para de crecer. Cada vez que se produce un hallazgo más o menos notorio (a ver cuándo abrimos ese melón…), pasa a engrosar la lista, aunque esté en Egipto y el contexto -ni por cronología, estructuras, materiales, destrucción, etc.- guarde relación alguna con la tristemente célebre ciudad del Vesubio, por mucho que de forma interesada se le quieran buscar tres pies al gato. Dada la existencia de tiquismiquis como Pablo Aparicio Resco (vid. La Pompeya de los tontos, 2014) que ante tales bautizos ponen el grito en el cielo, a veces, hay que reconocerlo, se intenta matizar la cosa empleando comillas o interrogantes (Magdala, «¿la Pompeya de Israel?»), incluso se recurre al diminutivo para quitar algo de peso si aparece en Verona o Lyon una «pequeña Pompeya», mas son casos excepcionales. Uno bichea en la red y hasta da con una «Pompeya de las plantas prehistóricas», otra «Pompeya de los dinosaurios», una «Pompeya de microbios» o ya, el súmmum, la «Pompeya más antigua del mundo». ¿Y qué decir de la «Pompeya del Frente Occidental», la «Pompeya de Chernóbil» o la «Pompeya de los frontones»?
Cada uno de los siempre sufridos guías que trabajamos en Pausanias. Viajes arqueológicos y culturales tenemos definido nuestro ámbito de actuación, al menos en teoría. Dado que Pompeya es el cortijo privado de Fernandito, me preocupa mucho que terceros, con mayor o menor conocimiento de causa, amplíen de continuo sus ya de por sí vastas competencias, ¡paren de una vez, tiene una familia numerosa que disfrutar! Ante la amplísima ubicuidad de la que parece gozar, cabría definir qué es y qué no la dichosa Pompeya. Como, de momento, la RAE no reconoce esta voz en su diccionario, si nos da el coco, hemos de sacar nuestras propias conclusiones. Habida cuenta de los paralelismos esgrimidos, no se antoja necesario que el sitio de marras sea de época romana, ni acabase destruido por una erupción. Salta a la vista que tan sólo es suficiente con que albergue patrimonio a granel y/o que éste haya alcanzado nuestros días en un relativo buen estado de conservación, algo, por cierto, bastante subjetivo.
Must Farm, la «Pompeya británica», tan bien preservada que dan ganas de entrar a vivir
Pero, ¿acaso la genuina es así? Señala Mary Beard en su imprescindible y desmitificador libro Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana(Crítica, 2009) que «este lugar turístico sigue intentando preservar el mito de ciudad antigua “congelada en el tiempo”, por la que podemos pasear como si todo hubiera ocurrido ayer», tal y «como afirman tantas guías y folletos». Sin embargo, a poco que se lea y recorran sus calles se hace patente que la fosilización de un instante aún hoy tangible no es cierta, no ha llegado intacta -como tampoco la tumba de Tutanjamón, aunque nos encante creerlo-. Poco tiempo después de que el desastre la asolara, la gente volvió a sus ruinas para recuperar cuantos objetos pudo bajo el lapilli, dejando, por ejemplo, el foro limpio de esculturas, por citar sólo un conocido caso. A partir de entonces, el paraje, que terminaría por conocerse como «La Cività», devino en cantera de materiales. Domenico Fontana la atravesó en parte cuando construyó el canal que derivaba las aguas del Sarno hasta Torre Annunziata a finales del Cinquecento, poco antes de que alguien perdiese la moneda de nuestro Felipe IV que salió a la luz en la Regio V durante la campaña del 2018. Las excavaciones borbónicas llevadas a cabo en el siglo XVIII, pese a su inmensa importancia para la propia historia de nuestra disciplina, en demasiadas ocasiones fueron deliberadamente destructivas. Añádase el bombardeo aliado que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial y el implacable paso del tiempo que degrada todo cuanto se exhuma, por no hablar de la dejadez en su gestión que hasta hace poco era noticia cada dos por tres. Los turistas, por supuesto, también deterioramos lo nuestro a cada paso, día tras día. Vamos, que no está nueva de paquete, y aun así es el yacimiento más importante para el estudio de la arqueología clásica.
Con la idea de este escrito en mente, el pasado 25 de agosto volvimos a pateárnosla de sol a sol, tiempo de sobra para reforzar la creencia de que no se parece en nada a la Almoloya ni a casi ninguno de los sitios con los que se ha asemejado. Ni es mejor, ni peor, tan solo diferente. Ahora bien, caben aceptarse determinados parangones -siempre y cuando se maticen tras el rimbombante titular-, dado que existen otros enclaves que, de igual manera, se vieron afectados por la acción volcánica, como la vecina Nola (Italia), la «Pompeya de la Prehistoria» -a la que también enterró el propio Vesubio, pero en la Edad de Bronce-, Cuicuilco, la «Pompeya mexicana» -honor al que también aspira San Juan Parangaricutiro-, Joya de Cerén (El Salvador), la «pequeña Pompeya maya» -en lid con León Viejo (Nicaragua) por ser la auténtica «Pompeya de América»-, etc.
En mi opinión, el paralelo menos chirriante en su comparación (que no equiparación), y sólo de algunos aspectos relativos, sobre todo, a su colapso, es el yacimiento de Akrotiri (Grecia), pese a la gran diferencia temporal -de unos 1700 años- que media entre ambos cataclismos y lo anacrónico que resulta referirse a una «Pompeya minoica» avant la lettre.
A este catastrófico diálogo se dedicó una fantástica exposición en la Escudería del Quirinal –Pompei e Santorini. L’eternità in un giorno– que tuve ocasión de ver junto a Fernando la primera y única vez que estuvimos juntos en Roma, a finales del 2019.
Por aquel entonces, aún teníamos claro cuál era el negociado de cada uno: él a Boston, yo a California, y, de vez en cuando, aliar nuestros egos en algún destino de amplio espectro (en cuyos altares libaríamos cerveza conspicuamente). Pero la COVID nos arrasó, dejándonos muchísimo peor de lo que ya traíamos de serie. Ahora, la nueva normalidad ha hecho que todo sea posible. Él explicando la Chipre de libidinoso Durrell (!) y yo de Grand Tour por sus predios napolitanos (eso sí, no soltó prenda con respecto al tugurio dónde se va con Ana a tomar tés después del cole… y seguro que también kombucha, los pillines). Espero que en un futuro próximo se retome el orden, él pueda regresar a sus piedras sobrevaloradas a que le devoren los mosquitos y yo a las doradas playas de la isla de Afrodita. Con tanta Pompeya como resulta que hay en el planeta, curro no le va a faltar, sólo espero que se haya puesto en forma porque está visto que va a viajar más que el capitán Cook.
De momento, mañana comenzamos a planificar lo que resta de año y todo el 2023, se vienen (como dicen los modernos) novedades. Suena Stonehenge, aunque está por ver si el de Salisbury o el de Bernardos (Segovia), el «Stonehenge de Castilla y León» o tal vez el de Guadalperal (Cáceres), el «Stonehenge español». La práctica totalidad de la Península Ibérica también es el corralito de Fernando y lo custodia con mucho celo frente a advenedizos intrusos, pero en el remoto caso de decantarnos por el «Stonehenge del Levante», sito en Rujm el-Hiri (Siria, en plenos Altos del Golán), él no iría como guía. Nuestros cónsules, Matteo y Jesús, en su sempiterna prudencia, nunca le destinan a oriente ante el más que factible riesgo de que el mármol le ciegue y no vuelva a ver de la misma forma esas cosas extrañas que tanto le gusta explicar; es sabido: el pato es feliz en su charca porque no conoce el mar. Egipto también sale en las quinielas, pero con lo del bicentenario del desciframiento de los jeroglíficos por Champollion y, sobre todo, los cien años que cumple en 2022 el descubrimientode la KV62, repleta de «cosas maravillosas», los vuelos y el alojamiento están imposibles, a menos que logremos hacer pasar al Señor de Sipán (Perú) por el «Tutankamon americano» (Sutton Hoo [Inglaterra] sería el «Tutankamón británico») o a la Señora de Cao como la «Cleopatra peruana»; de hecho, más temprano que tarde, deberíamos que retomar el proyecto incaico y chachapoya que el virus malogró. Un itinerario monográfico por la antigua Constantinopla también se postula como novedad para la Semana Santa, posibilitándonos de facto matar dos pájaros de un tiro y cumplir con otro anhelo visitando el barrio de Beşiktaş, cuyos recientes hallazgos han revelado el «Göbekli Tepe de Estambul».
Como adelanto, han de saber que, para este próximo invierno, ya estamos trabajando en un periplo por la Córdoba imperial y, agárrense, ¡califal! En el momento menos pensado se nos pelará el cable y ampliaremos aún más las cronologías en las que nos sentimos seguros, saltando al vacío para abarcar toda la historia del arte. ¿O acaso en el ya referido viaje la Vrbs Aeterna -la del Tíber, no a Braga, la «Roma portuguesa»-, no nos extasiamos mirando los frescos de Miguel Ángel en el Vaticano?Altamira, la «Capilla Sixtina del Paleolítico», o su rival en ello, Lascaux, tienen un limitadísimo acceso, pero ahí está la Huaca de la Luna (Perú), «la capilla Sixtina del arte moche», la cripta del Pecado Original de Matera (Italia), la «Capilla Sixtina del arte rupestre», la catedral de santa María Asunta de Cremona (Italia), «la Capilla Sixtina padana», el Panteón Real de San Isidoro de León, la «Capilla Sixtina del románico» o la sala capitular del monasterio deSanta María de Sigena (Huesca) a la que otras plumas elevan alcénit de todo el estilo europeo.
Para concluir, por supuesto, el anticlímax de toda esta moralina de curilla. Ya se lo ven venir, ¿verdad? Sí, yo también he recurrido a esos cansinos y sobados clichés cuando me encargaron redactar las guías arqueológicas de Timgad, la «Pompeya de Argelia», y Nîmes, la «Roma francesa», mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. En mi descargo sólo puedo alegar que encontré ambas expresiones citadas por las autoridades académicas que consulté para mi trabajo (quien esté libre de pecado…). Otrora, estaba convencido de que el uso de aquellos manifiestos sensacionalismos proveerían de más valor a los monumentos que debía describir (y, en consecuencia, la editorial aprobaría mi borrador, no encargándoselo a otro autor; poderoso caballero es don dinero). De hecho, pese a mi sentido arrepentimiento, lejos de enmendarme, hará unas pocas semanas, cuando escribí el texto que figura en la web de nuestro próximo viaje a la Provenza, volví a utilizar el símil con el único objetivo de atraer a más clientes a la causa (uno es vanidoso y siempre quiere que sus creaciones intelectuales tengan un rotundo éxito). Craso error, de igual calibre que cuando visitamos Comacchio (Italia) y cual esnob me refiero a ésta como la «Venecia de los pobres». Ya les dejo a ustedes buscar a cuántas urbes y poblachos, con más o menos canales -o un simple y mal regato-, se equipara con la gran ciudad de la laguna, auguro que no les faltarán ejemplos. A la Dra. Esther Rodríguez [CSIC] corresponde hacer lo propio con todas y cada una de las Atlántidas que salen a su paso construyendo Tarteso.
Corría el 30 de abril de 2021 cuando dejamos atrás la «Pompeya argárica» de regreso a la Comunidad Autónoma de la Libertad. En tiempos de pandemia -con nuestro salvoconducto laboral en los dientes, por si nos volvían a parar los picoletos-, anhelábamos hacer cualquier viaje, el que sea, aunque fuera a un fake.
Aunque no lo parezca, sonrío…
Por aquella época, El madrileño de Puchito lo petaba en la radio y a la altura de Tobarra (no sé por qué recuerdo estas cosas) sonó el primer single del disco con su pegadizo estribillo: Demasiadas mujeres, demasiadas mujeres, demasiadas mujeres… Ha llovido desde aquello. Gracias a las vacunas hemos vuelto a poder viajar, hasta hartarnos de nuevo. Si Fernando se hará o no cargo de todas y cada una de las mentadas «pompeyas», tan sólo depende de su criterio científico. Desconozco si desde que no nos vemos -5 meses y 22 días, contados como una condena- por fin ha aprendido a dosificar sus energías, aunque lo dudo mucho. Acaba de cumplir cuarenta tacos y, conociendo el paño, apuesto a que sigue amaneciendo destrozado, como aquella vez en Creta en la que afirmó haber sido apaleado por todo un equipo de fútbol de sordomudos ingleses [sic] cuando se dirigía a su habitación calentito de rakí (la narración de esa aventura se la debe a ustedes, pídansela que a mí me da la risa). Ya le visualizo desayunando una tonelada de dulcecitos con la fatua esperanza de que el azúcar galvanice su ánimo para afrontar la siguiente jornada, mientras por lo bajini rumia entre dientes: Demasiada Pompeya, demasiada Pompeya, demasiada Pompeya…mi amigo Fernando, el C. Tangana de Torrejón.
SERRALLONGA ATSET, J., Dioses con pies de barro. El desafío humano a las leyes de la naturaleza…y sus consecuencias, Barcelona, Crítica, 2020. 240 págs. ISBN 978-84-9199-254-7.
Muestran los escaparates y páginas webs de libros que el confinamiento ha sido una época fértil para la escritura. Lejos de sucumbir al hartazgo generalizado sobre todo lo que rodea al coronavirus, algunos han profundizado en el tema desde la preclara dimensión que les provee su experiencia, encontrado una musa para la reflexión sobre el horror. Tal es el caso del polifacético Jordi Serrallonga, quien en calidad de naturalista, arqueólogo, explorador, docente y “primate nómada” -como se define-, presenta una también poliédrica obra, a caballo entre la divertida historia de la teoría evolutiva, el riguroso análisis científico de la pandemia y la particular biografía de un impenitente viajero “cuyo despacho es el mundo” y al que, a tenor de lo expuesto, sólo ven sus alumnos de la Universitat Oberta de Catalunya en las raras ocasiones que cuelga el arquetípico sombrero fedora. A lo largo de todo el ensayo late machaconamente el leitmotiv que le sirve de título -una sugerencia de Carmen Esteban, editora de Crítica-, somos, como especie, Dioses con pies de barro, sujetos como todas a la imparable evolución; la intolerancia a la lactosa lo evidencia. Desde Los persas de Esquilo se viene alertando a la humanidad sobre el riesgo de desafiar las leyes de la naturaleza. Ahora bien, de entonces a esta parte hemos llegado a un punto en el que, según se afirma, ésta “nos lee la cartilla”, aunque, entiéndase, la Pachamama carece de capacidad vengativa. Ahora bien, afortunadamente, “este no es un libro específico sobre la pandemia de la COVID-19” y Serrallonga sí un artero divulgador que sabe embarcar nuestro interés en el HMS Beagle rumbo a las Galápagos con Darwin, o junto a él mismo, el verdadero protagonista del texto, buscando atentos el rastro de los invisibles pumas que, en cuanto nos encerraron en nuestras casas, camparon a sus anchas por las calles de Santiago de Chile, haciendo inevitable la comparación con la Rebelión en la granja de George Orwell. Las páginas saltan de aquí a allá entre distintos lugares del globo en los que el investigador ha trabajado, trayendo ejemplos a colación para ilustrar el último mensaje del tomo: no somos la especie elegida, sólo llevamos aquí unos 250.000 años, podemos extinguirnos como otrora hicieron los dinosaurios, mas está en nuestra mano ralentizar el (¿inevitable?) desastre, conduciendo nuestros actos de una forma más sostenible y respetuosa con el medio invadido, colonizado y arrasado. Y he aquí el principal defecto que puede reprochársele al autor, quien usa la primera persona para narrar sus maravillosas y envidiables expediciones en pos de la ciencia y el conocimiento, pero luego emplea el plural mayestático atribuyendo acciones a un colectivo genérico en el que, quizá, pudiéramos no sentirnos integrados o responsables, ni en calidad de dioses, ni como ángeles exterminadores de especies. Salvando todas las distancias -que son muchas-, en ciertos pasajes parece evidenciarse la influencia de Nigel Barley, aunque este antropólogo, alcanzado el siglo XXI, ha perdido toda la inocencia y está de vuelta, tal vez con razón.
Supongamos que Shakespeare existió. Obviemos, por un rato, todas las controversias existentes acerca de su vida y las obras que se le atribuyen, vayamos al fondo, al del tiempo, a la historia. El célebre dramaturgo la empleó para contextualizar parte de sus escritos, dándoles color de época, aunque se tomara muchas licencias artísticas que hoy nos chirrían por anacrónicas, como el hacer que un reloj diese las horas en la antigua Roma. Entiéndase, no estaba en su anhelo el hacer un relato pulcro de lo pretérito, sino mover a sus personajes, como marionetas, por un escenario remoto para hablarnos de las pulsiones de nuestra propia naturaleza, las mismas desde que existimos. Valiéndose de este revestimiento, por ejemplo, con sus enriques y ricardos denunciaba, de tapadillo, el totalitarismo monárquico, los abusos y ambiciones desmedidas de los aristócratas. Del mismo modo, en sus famosas tragedias ambientadas antaño –Macbeth, Coriolano,Julio César, etc.-, tampoco faltaba la crítica social. Ahora bien, su público debía ser inteligente y leer entre líneas, captar sutilezas e ironías, puesto que un ataque deliberado al establishment terminaría con su cabeza clavada el Puente de Londres. Sin embargo, no era la pretensión de su arte el imponer una ética, sino proporcionar al respetable un espejo donde mirarse, “mostrar” -como se afirma en Hamlet– “a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico”. William Shakespeare no tenía alma de curilla, que cada cual sacase sus propias conclusiones y actuara, si le placía, en consideración. Transcurridos tantos siglos de su muerte, ¿no es esto preferible a la imposición de una y única moral subjetiva? Quizá por ello no dejen de llevarse a escena sus obras desde el momento del estreno; este es, verdaderamente, el valor de un clásico.
Uno que, seguro, ha de conocer bien la figura del bardo de Stratford-upon-Avon, por aquello de ser filólogo y profesor de lengua, literatura inglesa y teatro isabelino en la Universidad Jaume I de Castellón, es Santiago Posteguillo, aunque, sin duda, resulta más conocida su faceta creadora de exitosas trilogías de togas y espadas. Finiquitadas las vidas de Escipión y Trajano, aprovechando el boom de la literatura de género, el autor ya va por el segundo tomo que dedica a Julia Domna quien, más allá de ser la esposa del emperador Septimio Severo y madre de los siguientes, Geta y Caracalla, tuvo vida propia. Para modelar su personaje, el autor bebe y se inspira en las fuentes clásicas que a aquella se refieren, luego añade su imaginación. Los lectores acceden al libro siendo plenamente conscientes del género narrativo que tienen entre manos, una novela, no un sesudo ensayo académico pleno de notas a pie de página y mucha cautela aseverativa. Sin embargo, tras la reciente publicación de su último libro, asistimos, ojipláticos, a un linchamiento cibernético por parte de una caterva de nuevos inquisidores que, lejos de aceptar la libertad creativa inherente al arte contemporáneo -la literatura también lo es-, se arrogan la posesión de la verdad histórica -la “realidad”, afirman (¿tras su viaje al pasado?)-, que es única y, acabáramos, coincidente con la suya. ¿Tras tantos siglos de imposiciones y cánones estrictos, de censuras, índices y quemas de libros, estamos dispuestos, de nuevo, a retroceder?
Las obras completas de Shakespeare son ideales para llevarlas a una isla desierta y no sentirse solo; condensan casi todo lo referente al ser humano y las oscuridades del alma. Cuando leemos a estos ofendiditos on line, de puro simple, no podemos evitar acordarnos de algunos dejes de los magistrales personajes del inglés, pero en burdo. Al margen de los focos de algo que consideraban propio y les ha sido usurpado, en cierto modo, nos recuerdan, enternecidos, al viejo Falstaff cuando el díscolo Harry prospera a Enrique V y queda fuera de juego. No obstante, su lengua viperina, a golpe de tweets asonantes, tiene más del antonomástico resentido porque el mundo le hizo así, Ricardo III, cuya fealdad externa no difiere de la interior. Al igual que él, consumidos por la envidia, no soportan el éxito ajeno -“nada podrá complacernos si no es la paz de no ser nada”- y lo atacan, con furia, hasta su exterminio. Para llevar a cabo su misión de purga, en aras de una más que dudosa cientificidad, precisan voces que les conminen a actuar -como a Macbeth-, y en sus redes, nuevos patíbulos de escarnio, jalean a su claque (de bots rusos, pagados) preguntándoles, de manera retórica, si, por un casual, desearían asistir al juicio sumarísimo que se disponen a hacer. Lamentablemente, la concurrencia de la platea -cuya volubilidad, por decirlo suave, también temía Shakespeare- siempre está ávida de carnaza y claman por la libra que adeuda El mercader de Venecia a Shylock. En su proceder, dan la vuelta al monólogo de Marco Antonio en Julio César, comenzando su alocución, trapaces, mentando la honra, a continuación, apuñalan. Y ahí entra escena el papel de Yago, el celoso y maledicente camarilla de Otelo, experto en emponzoñar el juicio de terceros propagando su inquina hacia la prosperidad ajena. Como acto final, antes de bajar el telón, exultantes por lo hecho, retuitean la ovación que sus palmeros prodigan a la degollina, dándoles la razón. Asistimos al espectáculo como el rey Lear, consternados por la ingratitud que muestran hacia la mano que, paradójicamente, les da de comer, puesto que el novelista acrecienta el interés sobre el mundo romano del que aquellos tratan de vivir. Y podríamos seguir, en la dramatis personae no falta arquetipo alguno.
Todo esto resulta gracioso, pero está en juego algo muy importante, la libertad artística. Llegados al siglo XXI, aquella no debería constreñirse a los estrechos límites dictados por agentes represores, bastantes tuvimos ya; otra cosa es el mercado. ¿No sería preferible que, como público, accediéramos a la cultura desprovistos de prejuicios e intereses subrepticios inculcados?, ¿acaso no es mejor que cada cual, en base a su experiencia, se forme su opinión personal? La teoría y crítica literaria existen como oficio, son necesarias, ahí teníamos a Harold Bloom -un verdadero influyente–, sugiriéndonos lecturas, con argumentos, siempre en positivo. En las antípodas, desde la negatividad, teclean los odiadores -ellos dirían haters o trolls, como, vendidos al capital y a las tendencias, hablan de fake news-, emponzoñando trabajos que, para más inri, reconocen no haber leído en su totalidad (!), despotricando con esas faltas de ortografía que tanto les desacreditan, igual que sus insultos a los lectores de Posteguillo, tachados de analfabetos (cuando ni él mismo acentúa bien).
Nuestro Cicerón de cabecera, presto a desasnar a su grey…
¿No nos enriquecería más la pluralidad? ¿Y si el tiempo que emplean en calumniar en Twitter, ociosos ellos, lo invirtiesen en redactar su versión de los hechos, su propia Julia Domna?, ¿acaso no hemos construido el relato de nuestro pasado a partir de un cúmulo de múltiples perspectivas? El primer día en la carrera de historia nos enseñan que la verdad no existe, pero sí la mentira. Suspicaces por naturaleza, instintivamente, desconfiamos de quienes se autoproclaman adalides del rigor, pontificando desde sus cátedras virtuales una revelación que, por supuesto, sólo a ellos ha sido hecha; mucho ruido y pocas nueces, que diría Shakespeare. La ciencia muere un poco cuando un cuñado de la antigüedad se permite estipularnos lo que no leer a fin de evitar daños de percepción, y aún más, cuando, amenazantes, acotan los terrenos que los literatos no deben pisar con, lo que llaman despectivamente, sus juegos.
Al final, como, supongo, se van haciendo cargo, todo suele responder a algo más prosaico, el dinero. El profesor Posteguillo convierte en superventas todo lo que produce, mientras que las publicaciones de los que le acusan de intrusismo -filfa y refritos de “historia real” [sic]-, tienen una comercialización muchísimo menor. Y aún así, cuando cambian las tornas e, irónicamente, aquellos lenguaraces son, a su vez, criticados, como toda defensa esgrimen orgullosos sus cifras de venta, como si éstas fueran un marchamo de calidad y Belén Esteban no pudiera alardear de lo mismo. ¿Es la cantidad despachada sinónimo de calidad?
Abogando y defendiendo, con vehemencia, la libertad artística y creativa frente a este tipo de esnobismo censor, ¿corremos el riesgo de convertirnos, precisamente, en aquello a lo que nos enfrentamos?, ¿No nos enseña, precisamente, el Enrique IV que uno se malea enseguida por las mismas corruptelas que se propuso combatir?, ¿ser o no ser? El caso particular de Santiago Posteguillo -con quien, huelga decir, no tenemos comisión alguna- sirve para ilustrar una situación generalizada en las redes, el microcosmos explica el macrocosmos: cuanta más libertad de expresión tenemos, peor la utilizamos. La discrepancia es lícita, faltaría, y, en ocasiones, la confrontación de ideas o planteamientos es inevitable, pero ¿por qué no debatir desde el respeto y en términos educados en lugar de difamar con tono marisabidillo?, ¿no debería ser la crítica constructiva en lugar de encaminarse al sabotaje del esfuerzo de otros? En el fascinante y necesario mundo de la divulgación histórica, donde cada cual, por el bien común, aporta su granito de arena lo mejor que puede, ¿no debería existir mayor corporativismo y apoyo mutuo en lugar de tanta lucha deshonrosa por migajas?, ¿no será mejor, damas y caballeros, que entre bomberos no nos pisásemos la manguera?
Empezó a desnudarse cuando desperté de la siesta. Metro setenta, media melenita morena, gafas polarizadas, shorts, camiseta de tirantes, chanclas. El striptease descubrió un cuerpo bronceado, tatuajes, quedándose a las puertas del completo a sólo con un tanga de distancia (que ya es recato para el Migjorn). Miraba su móvil, quizá leyendo las crónicas insulares de Jacinto Antón, sabe Dios. Volví yo a El valle feliz de Schawarzenbach como radical anticlímax. Pero a ratos miraba de reojo, a qué engañarnos. En rigor, a unos 30 metros de distancia, no atisbaba mucho más allá de las plantas de sus pies de uñas rojas, perpendiculares a mi grávida horizontalidad de sobremesa. Ella, a ratos, se daba crema; yo, rumiaba frases del tipo: “¡Con treinta años en los tell de Siria, acabaría por echar raíces! Ya que solo tenemos una vida, no podemos derrocharla ni desperdiciarla. Haríamos bien en reflexionar a tiempo…”. Al poco se levantó de un brinco, hora de trabajar, supongo. Una precisa coreografía la vistió enseguida. Guardó sus pertenencias en el bolso. Con un golpe de mano recogió la toalla, sacudiendo la arena y poniéndosela al hombro. En el codo, el casco de la moto. Cuestión de segundos, profesionalidad. Poco después, mientras contemplaba nuestro campamento dominguero -sillas, cojines, nevera (cervezas, mejillones, gazpacho, melón), sombrillas, cámara, libros…-, oí un motor perdiéndose en el rally de la Pitiusa. Me prometí que, algún día, viajaría como ella.
Aeropuerto de Budapest, febrero de 2020.
No terminé Legionario. El manual (no oficial) del soldado romano (Akal, 2010), así que desconozco el contenido reglamentario del macuto (sarcina) de los fundadores de Aquincum, origen de la perla del Danubio, pero seguro que no era tan pesado como el mío. Dado que el regalo de mi partenaire por mi cumpleaños era una escapada de ocio, limité la arqueología, estrictamente, al viejo anfiteatro; hoy como entonces lleno de fieras, perros en concreto, corriendo por la arena y deyectando.
En esta ocasión, como en tantas otras, mis intereses venían determinados por aquellos lugares que otrora recorrió en la capital húngara Patrick Leigh Fermor, peregrino de la belleza. De su ya mítico periplo por la Europa de entreguerras, desde Holanda a Constantinopla a pie, nos quedan dos nostálgicos libros, El tiempo de los regalos (1977) y Entre los bosques y el agua (1986), publicados en grueso conjunto por RBA en 2011 (a título póstumo, a partir de sus anotaciones, la misma editorial pondría a la venta El último tramo en 2014). Al comienzo de los mismos, consigna el autor el contenido de su ato para atravesar en oblicuo el continente: “un viejo abrigo militar, varios jerséis, camisas de franela gris y un par de ellas blancas para vestir, una cazadora de cuero flexible, polainas, botas claveteadas, un saco de dormir (…), cuadernos de notas y blocs de dibujo, gomas de borrar, un cilindro de aluminio lleno de lápices Venus y Golden Sovereign, un viejo libro de poemas ingleses editado en Oxford (…), el Horacio, volumen I, de Loeb”, en cuya guarda, su madre “había anotado la traducción de un breve poema de Petronio (…): «Abandona tu hogar y busca costas extranjeras, oh joven…No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal…»”.
Sin embargo yo, a mi regreso, tras sólo cinco jornadas en la urbe, portaba en mi baqueteada mochila, cosida de banderas cual capa de tuno, pero más sosita que la de Pocholo, además del citado y voluminoso tomo: los Noble encounters de Michael O’Sullivan (CEU Press, 2018), Lonely Planet -que cargo pero nunca leo-, ropa sucia, cables varios, cámara réflex, teleobjetivo, agenda, postales, estuche -con seis bolígrafos, por si fallan cinco-, pipa, almohada ergonómica, botella de agua y dos del célebre vino Tokaji para brindar por el héroe, viajero y amante a la mínima ocasión. Añádase a este incómodo lastre, mi inapropiado atavío: Timberland, con sus 14 ojales -consciente del control de acceso a la terminal y la hinchazón de pies en vuelo-, pitillos ceñiditos -ideales para esterilizarme en las estrecheces de Ryanair-, cinturón -sin necesidad alguna, gracias a las croquetas-, tupido jersey de Aran con cuello alto -hay en mí un guiri con veleidades de marino-, bufanda, gorro y, por encima de todo, el cargante plumas McMurdo, de amplísimos bolsillos rebosantes de dos móviles, libreta, portaminas, edición en octavo de Moby Dick -complemento clave para mi look de predicador- cartera, dispositivo Iqos y sus correspondientes cargas, tabaco de liar, filtros, papel, Zippo, peniques ingleses (?), florines, guía de la Casa del Terror y fotocopias explicativas de sus salas, tapones de plástico, cucharilla de helado, caja de Barkleys…Súmenle la cueva de Alí Baba que constituye mi riñonera y el contenido de la maleta que facturé, llena de exóticas cervezas locales destinadas a engrosar mi ya de por sí atestada bodega (¿cuándo me encerrará la histeria del corona virus?).
En casa de herrero, cuchillo de palo. Llevo una década ganándome la vida con esto y cada vez me lo monto peor. Una vez en destino, me sobra más de la mitad de lo que traigo y he de arrastrarlo de aquí para allá cual mula de Mario. En los suelos del Historial de la Grande Guerre de Péronne he contemplado horrorizado, con empática incomodidad, los aparatosos equipos que portaban los soldados en las trincheras.
Al parecer, anhelo superarlos. Eso sí, en cuanto regreso, me enmiendo desde el arrepentimiento y, como vanos propósitos de año nuevo, confecciono magros listados de cosas que llevar a las maniobras…aunque llegado a la víspera, invariablemente, vuelva a atestar el equipaje de inútiles por síes. ¿Qué fue de la enseñanza de la chica del Migjorn?, ¿aprobaría Paddy mi petate?, ¿acaso no me había impuesto la ligereza tras leer La vida simple de Sylvain Tesson? A punto de sucumbir a la enésima decepción conmigo mismo, hallo el lado positivo a mis cargas de sherpa: cansan, y mucho, e invariablemente me duermo en el avión…siempre y cuando, claro está, me lo permita el paisanaje que los puebla, pero eso ya es harina de otro costal…
Epílogo
Moratalaz, horas después.
Llegamos a casa como Frodo y Samsagaz alcanzaron Orodruin. Pongo Netflix, cualquier cosa vale para volver a propiciar el sueño. Venga, va, Su último deseo, que sale Dafoe. Al poco de empezar, una voz en off: “Nos movíamos rápido. Llevábamos poco equipaje. Éramos jóvenes”. Palabra.