En el amanecer de la religión, Dios era una mujer

STONE, M., Cuando Dios era mujer. Exploración histórica del antiguo culto  a la Gran Diosa y la supresión de los ritos de las mujeres, Barcelona, Kairós, 2021. 427 páginas. ISBN: 978-84-9988-909-2.

Tal vez la traducción de este libro al castellano llega tarde y, a estas alturas, pudiera resultar «extraña», como afirma en el mismo prólogo Ana Pániker, más allá de la encomiable labor editorial de «rescatar autores del olvido injusto».

Desde que la versión original viera la luz en 1976, los estudios sobre la espiritualidad en la prehistoria y las distintas religiosidades de los primeros milenios antes de nuestra era se han visto muy engrandecidos, aunque por otro lado no se haya alcanzado consenso alguno que a día de hoy permita esgrimir la retahíla de aseveraciones que la autora consignó hace ya casi cincuenta años en las páginas de su obra más conocida y polémica.

Fruto de una década de investigaciones y recopilación de heterodoxos datos que, a su entender, le permitían cimentar sus hipótesis, puso por escrito la otrora controvertida teoría que recogen estas páginas: diversos pueblos patriarcales de la Edad de Bronce impusieron sus viriles númenes sobre el mundo que giraba en torno a la Diosa, relegando a ésta y, colateralmente, a las mujeres, al pasivo rol de comparsas.

Aunque el ensayo dedicado a esta atávica divinidad, su culto -«antaño universal»-, representaciones y las sociedades que la reverenciaban se retrotrae al Paleolítico Final -«en el amanecer de la religión, Dios era una mujer»-, el texto centra su enfoque, sobre todo, en el comienzo de la historia, cuando se produjo la fricción entre ambos sistemas de creencias, ya sea en Canaán, Egipto o Creta, por citar sólo algunos ejemplos analizados.

Partiendo de la premisa inicial de que la poliédrica Diosa era mucho más que el simplón coeficiente de la ecuación que de ella se ha hecho con la fertilidad -«burda simplificación de una compleja estructura teológica»- a la que redujeron los sesgos judeocristianos y androcéntricos de los eruditos, M. Stone, recurriendo a todo tipo de herramientas para rescatar su memoria, ofrece a quien la lea el panorama de un Edén perdido (e intuido) del que invita a tomar conciencia y acaso comprender muchos de los males que padecen las mujeres en nuestro presente monoteísta.

Si su lectura se aborda liberada de los rigurosos corsés de la disciplina, sin duda resulta provechosa, puesto que se trata de un hito historiográfico de la arqueología de género escrito con una sensibilidad artística que consigue despertar nuestro interés en cada capítulo, acicateándonos a indagar con mayor profundidad en muchos de los asuntos que plantean.

Ahora bien, consideramos que hubiera sido un gran acierto por parte de Kairós presentar este clásico feminista en una edición provista de un aparato crítico que lo contextualizara y actualizase, en la línea de lo que ya se ha hecho conobras que abordan cuestiones similares como La rama dorada de James Frazer, La Diosa blanca de Robert Graves -al que tanto debe-, o Diosas y dioses de la vieja Europa de Marija Gimbutas, publicado tan solo dos años antes que el texto que reseñamos y con el que reiteradamente se ha puesto en relación como una suerte de lírico epílogo.

Dioses con pies de barro (y hombres puros)

           

SERRALLONGA ATSET, J., Dioses con pies de barro. El desafío humano a las leyes de la naturaleza…y sus consecuencias, Barcelona, Crítica, 2020. 240 págs. ISBN 978-84-9199-254-7.

Muestran los escaparates y páginas webs de libros que el confinamiento ha sido una época fértil para la escritura. Lejos de sucumbir al hartazgo generalizado sobre todo lo que rodea al coronavirus, algunos han profundizado en el tema desde la preclara dimensión que les provee su experiencia, encontrado una musa para la reflexión sobre el horror. Tal es el caso del polifacético Jordi Serrallonga, quien en calidad de naturalista, arqueólogo, explorador, docente y “primate nómada” -como se define-, presenta una también poliédrica obra, a caballo entre la divertida historia de la teoría evolutiva, el riguroso análisis científico de la pandemia y la particular biografía de un impenitente viajero “cuyo despacho es el mundo” y al que, a tenor de lo expuesto, sólo ven sus alumnos de la Universitat Oberta de Catalunya en las raras ocasiones que cuelga el arquetípico sombrero fedora. A lo largo de todo el ensayo late machaconamente el leitmotiv que le sirve de título -una sugerencia de Carmen Esteban, editora de Crítica-, somos, como especie, Dioses con pies de barro, sujetos como todas a la imparable evolución; la intolerancia a la lactosa lo evidencia. Desde Los persas de Esquilo se viene alertando a la humanidad sobre el riesgo de desafiar las leyes de la naturaleza. Ahora bien, de entonces a esta parte hemos llegado a un punto en el que, según se afirma, ésta “nos lee la cartilla”, aunque, entiéndase, la Pachamama carece de capacidad vengativa. Ahora bien, afortunadamente, “este no es un libro específico sobre la pandemia de la COVID-19” y Serrallonga sí un artero divulgador que sabe embarcar nuestro interés en el HMS Beagle rumbo a las Galápagos con Darwin, o junto a él mismo, el verdadero protagonista del texto, buscando atentos el rastro de los invisibles pumas que, en cuanto nos encerraron en nuestras casas, camparon a sus anchas por las calles de Santiago de Chile, haciendo inevitable la comparación con la Rebelión en la granja de George Orwell. Las páginas saltan de aquí a allá entre distintos lugares del globo en los que el investigador ha trabajado, trayendo ejemplos a colación para ilustrar el último mensaje del tomo: no somos la especie elegida, sólo llevamos aquí unos 250.000 años, podemos extinguirnos como otrora hicieron los dinosaurios, mas está en nuestra mano ralentizar el (¿inevitable?) desastre, conduciendo nuestros actos de una forma más sostenible y respetuosa con el medio invadido, colonizado y arrasado. Y he aquí el principal defecto que puede reprochársele al autor, quien usa la primera persona para narrar sus maravillosas y envidiables expediciones en pos de la ciencia y el conocimiento, pero luego emplea el plural mayestático atribuyendo acciones a un colectivo genérico en el que, quizá, pudiéramos no sentirnos integrados o responsables, ni en calidad de dioses, ni como ángeles exterminadores de especies. Salvando todas las distancias -que son muchas-, en ciertos pasajes parece evidenciarse la influencia de Nigel Barley, aunque este antropólogo, alcanzado el siglo XXI, ha perdido toda la inocencia y está de vuelta, tal vez con razón.