El último ferry de Esmirna

«Y aquellos planes qué no hicimos
porque sé que no hay destino alguno
que nos siente bien.
No es contigo en el camino
es caminar solo, conmigo, y que te vengas tú también
…»

Beret, Cóseme

 

El mejor viaje de 2025 fue el que no hice. Desde el preciso instante en que evacuamos a Ana de Turquía supe que tendría que volverme antes de lo previsto. Ya es extraño que caiga alguien al inicio de un periplo con la suficiente gravedad como para repatriarle -aún más raro que fuera del sufrido staff y el habitual binomio benemérito no se reconstruyera-, pero es inconcebible en Pausanias hacer regresar al grupo solo, máxime con una escala de por medio. Carlitos pa’casa, modo Elcano. Así somos, para lo bueno y para lo malo. Adiós exploración de Jonia: el nuevo museo arqueológico de Esmirna, Bayraklı, Yeşilova, Yassıtepe, Manisa, Akpınar, Clazomene, Eritras, Colofón, Metrópolis, Teos… habrían de esperar.

Sylvain Tesson afirmó en una entrevista: «Mi viaje primero lo sueño, después lo hago y, al final, lo revivo». Afortunado él, que cuando regresa puede escribirnos libros. Dadas las circunstancias, únicamente desarrollé la fase onírica, lo de plasmarlas a posteriori sobre un papel, con nuestro acuciante calendario, ni hablamos; este historiador sólo tiene oralidad et verba volant, scripta manent.  

Hasan Bey me sirvió un whisky mientras me lo pintaba precioso: tras una extenuante jornada de prospección, tomaríamos un té a media tarde en Focea y, para llegar a sus predios en Urla, en vez de coger la autopista de circunvalación, tomaríamos el último ferry que cruza la bahía. Lo llevaba imaginando desde que los vi surcando el vinoso ponto al ocaso del pasado 9 de enero desde la acrópolis de la vieja Esmirna, aunque para cualquier helenófilo embarcarse en ese puerto maldito y surcar el Egeo tiene su aquel. Por fin iba a disfrutar de la hospitalidad de mi cicerone, dragomán y ya, después de tantas vivencias juntos, amigo, alojándome en la «casita del jardín» y, sentados bajo la afamada parra de su porche, entregarnos cada noche al rakı y las mezes.

Pero todo ocurre por algo. Nuestro particular Dunkerque nos costó un Potosí, pero hice dos vuelos en primera, amortizando la barra libre como un pirata sabedor de que al llegar a mi domicilio estaría de Rodríguez; Dios aprieta pero no ahoga, Él es grande.