Dos obras me recuerdan a José Luis Díaz Reyes (Almendralejo, 1984). La primera, un dibujo de J. H. Füssli, El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (ca. 1778-80) donde le vemos abrumado ante lo que a diario desaparece, poco antes de tomar cartas en el asunto.

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La segunda, su encomiable reacción, en la figura de Grecia expirante entre las ruinas de Missolonghi, óleo de E. Delacroix (1826), exhortándonos a apoyar su lucha: la salvaguarda del patrimonio.

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Díaz pide una caña antes de empezar a hablar, y tiene carrete. El alma de la Arte en ruinas acude a nuestra cita en Mérida para darme a conocer la acción que lleva a cabo, gratis et amore, desde que a finales del 2016 naciese la web en la que expone y denuncia la irreparable pérdida monumental que se da en Extremadura.
Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca, en 2014 migró para buscarse la vida (“tierra de conquistadores, no nos quedan más cojones…”), dando con sus huesos en Inglaterra. Fue en Londres donde tomó conciencia de las distintas soluciones de reaprovechamiento que podían darse a edificios e infraestructuras que, tiempo ha, dejaron de cumplir su función, reciclándose para cubrir otras necesidades, evitando así su pérdida. Cuando regresó a España, pensó que en su comunidad autónoma podría hacerse algo similar. Un buen día, cogió el coche y, cámara en mano, empezó a recorrer antiguos edificios venidos a menos o por completo abandonados, “muriéndose de risa”. Él, confeso amateur, se documenta previamente para saber el terreno que pisa, retrata los edificios con gusto y sube el resultado de los periplos a internet -y una síntesis en redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter)- a fin de enseñar y concienciarnos a todos (empezando por las administraciones), puesto que a todos nos compete. “El principal objetivo de Arte en ruinas era visibilizar, que la gente supiera al menos dónde están esos edificios porque eran muy difíciles de encontrar y siguen siéndolo”.
Oyéndolo hablar de la miríada de lugares que ya ha visitado, pareciera que su tierra fuese un país entero. Una de sus primeras exploraciones fue la Ermita de la Encarnación en Arroyo San Serván. Antes de ir, no encontró referencias escritas, ni testimonios -“la gente no sabía dónde estaba”-, ni siquiera, en nuestra actual sociedad de la imagen, fotografías. Pero gracias a su reportaje -he aquí un influencer cultural- ahora otros acuden a verla, “por lo menos no se está muriendo en el olvido, aunque se va a caer, porque ya se está cayendo, pero la gente la ha visitado”. Con posterioridad, mediante Google Analytics, ve el impacto que tienen sus publicaciones y, para mi sorpresa, me informa que los yacimientos arqueológicos de la antigüedad suscitan menos interés que las iglesias, castillos y conventos medievales. Afortunadamente, él no es clasista con sus ruinas.

Ermita de la Encarnación en Arroyo San Serván – José Luis Díaz Reyes ©
Tras mucho deambular, atesora una ingente cantidad de material gráfico y notas de campo, bibliografía aparte. Cuando el tiempo se lo permite, va dándolo a conocer, a cuentagotas. Conviene recordarlo, no vive de ello, sino de su trabajo en la cooperativa de industrias creativas Wazo, aunque procura compaginar la devoción con el oficio y, si ha de hacer un viaje laboral, lo aprovecha para escaparse y visitar algo más. La gente le escribe para revelarle nuevos enclaves y a partir de ello ha creado una larga lista de sitios “exclusivamente en ruinas” que tiene pendientes, aunque, asevera, con todo una año de dedicación plena no le bastaría (!). Tras esa afirmación, miro por el rabillo del ojo a Inés Ponce, su compañera, para ver cómo reacciona, pero ésta añade que, a veces, yendo a un sitio -suelen hacerlo juntos y ella se encarga de la logística- han descubierto otro y otro más…como aquella vez cerca del convento de la Parra, cuando dieron con la ermita de San Pedro. “No das abasto. Parece una cosa positiva pero en realidad es muy negativa. Hay un montón de patrimonio al que no se le está sacando ningún tipo de provecho, ni cultural, ni económico”.
Existen algunas excepciones. La recuperación del ruinoso convento de la Coria en Trujillo por la Fundación Xavier Salas y su reconversión en un polivalente espacio museístico y cultural, o el de San Antonio de Almendralejo, que tras la desamortización se transformó en fábrica y hoy es una universidad popular dotada de biblioteca. Su región alberga tantísimo patrimonio que es muy complicado conservarlo. ¿A quién compete su custodia y conservación? El reciclaje de propiedades con valor histórico suscita el problema de la ingente inversión a realizar para su puesta en valor. ¿Quién desembolsa el dinero?, ¿la administración pública o el sector privado? En la década de los ochenta, la Junta invirtió una suma importante en rehabilitar los castillos más emblemáticos -en ocasiones mediante restauraciones bárbaras, “pero por lo menos se mantuvieron vivos”-; sin embargo, no se les sacó partido. Es complicado que algo se mantenga si ni siquiera se cobra la entrada por verlo y ese dinero se destina a su conservación, pero en nuestro país la autogestión está mal vista, a diferencia de lo que ocurre en el vecino Portugal con el mismo tipo de construcciones. Además, reconozcámoslo, en España nos cuesta pagar por la cultura, la queremos gratis, o no la queramos.
Evidentemente, lo ideal sería que el ayuntamiento de turno fuese el encargado de salvaguardar los bienes de su municipio, aunque se antoja difícil con las míseras partidas que el Estado destina a estos fines o la catadura y educación de la mayor parte de nuestros políticos, meros gestores de la res publica con cierta tendencia, sean del color que sean, a saquear el erario. En relación a ello, Díaz cita el ejemplo de la ermita del Santo Cristo de Talaván y sus frescos, donde se representan a unos curiosos ‘ángeles malos’ -como él los llama-, tocados con lo que pudieran ser corozas inquisitoriales. Sin embargo, el edificio, hasta hace poco, se encontraba “en una situación de vergüenza”.

Ermita del Santo Cristo de Talaván – José Luis Díaz Reyes ©
Tras su reportaje, varias personas -algunas de allende nuestras fronteras- se han puesto en contacto con él para pedirle más información a fin de visitar el conjunto y la asociación Talaván. Historia Viva ha conseguido revertir la situación, presionando al regidor… Ambos estamos de acuerdo en que si la concienciación a nivel cultural no alcanza a los gobernantes, “que hablan un lenguaje completamente distinto al nuestro”, habría que hacerles ver que la restauración de ciertos inmuebles con solera pudiera ser un motor económico para el lugar, pero aquellos suelen adolecer de una grave falta de miras.
Por otro lado, la iniciativa privada también suscita polémicas. Díaz, que conoce el paño, trae a colación otros dos casos. La familia Bosé compró el convento Rocamador para transformarlo en un hotel rural. Luego vinieron mal dadas y hoy por hoy está cerrado, “pero al menos no se cayó”, de momento. El otro ejemplo, quizá más paradigmático y sangrante, es el del convento de San Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar, un fantástico edificio del siglo XV que se descomponía mientras sus propietarios pleiteaban con la administración. El gobierno regional, al menos en este caso, se ha implicado, habida cuenta del flagrante delito que se estaba cometiendo, eso sí, tras haber salido en los papeles, “Hispania Nostra dio mucha caña”.

Convento de san Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar – José Luis Díaz Reyes ©
“Es muy difícil que la Junta invierta y arregle todo, hay mucho patrimonio que se está perdiendo, muchos de los sitios a los que voy a ver van a desaparecer”. En ocasiones, bienintencionadas iniciativas particulares se pierden en el laberinto burocrático de los organismos, especialmente diseñados para desquiciar. Entre unos y otros, la casa sin barrer.
Antes de ensombrecernos, pedimos otra ronda y arreglamos el mundo. Pese a enrocarse en manifestar la suma complejidad del asunto, el entrevistado tiene un carácter jovial y no cae en el pesimismo. Considerando su experiencia, da gusto hablar con él de todos los temas que ponemos sobre la mesa: Airbnb, la gentrificación o los tornos que regulan el acceso a Venecia, también dotada de nuevo un fielato. Aun a sabiendas de que no vamos a dar con la solución, ambos somos idealistas y proponemos modelos gestión y turismo sostenible, cuyo tránsito revierta en el arte, la infraestructura y progreso de los territorios… Asociaciones o cooperativas pueden ejercer de lobbies de presión ante las autoridades, proponiendo eventos asociados a los sitios históricos -como el propio Festival de Teatro Clásico de Mérida- o rutas -culturales, gastronómicas, literarias, etc.- que los enlacen y lleven a pasar un fin de semana por zonas desconocidas o menos trilladas que el casco viejo de Cáceres.

José Luis Díaz Reyes ©
Pronto volvemos a su guerra y lanza un envite a mi desconcierto mentando una iglesia salmantina transformada en Zara. Veo su apuesta y la subo a una toledana, en discoteca, con el DJ sobre el altar mayor y sus fieles, a ciertas horas, en modo Eyes Wide Shut. En ambos casos el edificio se ha salvado, incluso ahora va más gente… “Extremadura es una región de por sí rural, y dentro existen zonas que aún lo son más. Hay que ser solidario”. Las patrias de Cortés y Pizarro, Medellín y Trujillo, hace diez años se deshacían y hay que ver cómo están en el presente, “porque vieron que había una posibilidad económica y de crecimiento”. Su cercanía con respecto a la A5 también contribuyó al desarrollo, pero de la Regina romana al castillo de Trevejo hay casi de 300 kilómetros y aún mucho por hacer, empezando por llevar, de una vez, la alta velocidad, enlazando Madrid con Lisboa. Al margen de Plasencia, Coria o Zafra, nadie conoce Hijoviejo, La Mata o Magacela -“uno de los pueblos con más encanto”- a los que, dada su proximidad, uno podría escaparse un fin de semana, pero no hay infraestructura para acoger a visitantes y, tarde o temprano, acabarán desapareciendo. “Hay zonas que son imposibles de salvar con el turismo”, como la Serena, “que a nivel patrimonial es donde más iglesias hay por metro cuadrado, pero se están perdiendo”; otras, como la Siberia, “la gran desconocida”, “espabilan a nivel cultural”, pero no es la tónica.
Acercándonos con peligro, de nuevo, al desánimo, aprovecho la ocasión para alabar la gran calidad de las fotografías que acompañan los post de Arte en ruinas. Hoy día, cualquier persona armada con un móvil dispara, pero la mayor parte de las imágenes de su web son muy impactantes, “estéticamente, es algo que valoro mucho”. “Tengo algunas destrezas”, reconoce, y desembocamos en Piranesi y la belleza romántica del pasado. Nuestro interlocutor retrata las ruinas no como osamentas descarnadas, sino con el cariño propio de un amante hacia su modelo, sacando lo mejor de la decadencia. Composición, la lenta búsqueda del mejor encuadre, el cálculo de la luz y la velocidad de obturación no le son ajenas, tampoco el manejo de una vieja Zenit soviética analógica. Y juega con ventaja, él trabaja en desiertos…
Tras despedirnos con la promesa de volver a quedar la próxima vez que vayamos por su zona, le regalo La piel del tambor de Pérez-Reverte, para que siga con sus iglesias. De regreso al hotel pienso que, aparte de ser quintos y colegas, somos almas gemelas recorriendo caminos similares -las Vidas paralelas de Plutarco-, el mismo arte en ruinas, aunque, paradójicamente, él se especializó en contemporáneo. Sea como fuere tenemos gustos afines y tal vez coincidamos en el Womad o ante un café del Quinto Cecilio -“allí se está de lujo”-, después de dar cuenta de un pollo asado a la orilla del Anas a su paso por la antigua Metellinum.

Una cosa es luchar, ingenuamente, contra el inexorable paso del tiempo y otra, muy distinta, es no hacer nada frente al colapso debido a la parsimonia o negligencia de terceros. Meses después de nuestra entrevista, Díaz ha dado un paso adelante, tratando de publicar un libro, Arte en Ruinas. Guía del patrimonio olvidado de Extremadura, con el Top Ten de sus reportajes en la web. “En 2016 partí de la premisa de que lo iba a hacer de todas maneras”, de forma altruista, sin ningún tipo de financiación. Sin embargo, su labor social y cultural, fuera de los circuitos institucionales, implica una gran inversión económica en la investigación previa, los viajes y estancias, la difusión, el mantenimiento web… y por ello, este verano, ha creado un proyecto de micro-mecenazgo a través de Verkami con el objeto de que su trabajo pueda ser más conocido, visibilizando el desastre antes de que sea demasiado tarde. Estoy seguro que mi amigo, el último Monuments Man, no está haciendo un brindis al sol…
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Ángel Carlos Pérez Aguayo
19 de julio de 2019