Cada uno lleva la espera, y sus nervios, lo mejor que puede, pienso, mientras por el rabillo del ojo la veo haciendo scrolling como una posesa.
Cuenta Donald L. Miller en Los amos del aire (Desperta Ferro, 2024) que eran, precisamente, esos momentos de espera previos a las misiones, los que peor llevaban las dotaciones de los B-17, las tristemente célebres «Fortalezas Volantes» que arrasaron Alemania desde el aire y en éste, a su vez, fueron exterminadas durante la Segunda Guerra Mundial. Aguardar incluso era peor que estar en el cielo helados y expuestos a los antiaéreos y a los más veloces aviones del enemigo. Allí, al menos, había qué hacer.
Sabela ha vuelto al frente, 10 horas de guardia nocturna en urgencias; hay que cotizar más, la vida está cara. Que yo me quede a solas con los nenos, a estas alturas, debería estar chupado, pero no. Mijalis aún es lactante -aunque cene cinta de lomo- e inevitablemente echará de menos a su madre… y a sus fertilísimas tetas. De eso no tengo. Ante eso, sólo puedo estar -¡qué importante es estar!-, acompañar, acunar, cantar y contar los mismos cuentos mil veces, mientras el flak -es decir, el sueño- nos agujerea el fuselaje y desquicia los nervios; con el bebé ni siquiera podemos (debemos) fumar.
Hasta el desarrollo de los cazas de escolta de largo alcance, los B-17 volaban solos rumbo al Reich. El navegante trazaba la ruta desde el sudeste inglés: vamos, soltamos y volvemos -¡qué fácil se escribe!-. 8, 10, 12 horas solos, sin otra cobertura que las propias ametralladoras, tratando de permanecer al abrigo de la formación cerrada hasta que empezase la fiesta al otro lado del Canal y todo se desbaratara.
El libro versa sobre el 100º Grupo de Bombardeo de la 8ª Fuerza Aérea yankee, el cual, durante el propio conflicto, fue conocido como el «Sangriento 100°»: el 77% de sus integrantes falleció, desapareció en combate, fue herido o cayó prisionero tras saltar en paracaídas. Una de sus peores misiones fue la de Münster, tras la cual sólo un avión regresó a la base…
Antes de irse al hospital, nos conjuramos. 11 horas sin escolta:
«No prever lo posible y lo imposible en los asuntos es signo de extrema demencia»
Juliano, fragmento 165 (transmitido en Suda, s. v. «Ἀπόνοια»)
Para mal o para bien, son pocas las personas que acuden a los Museos Arqueológicos de Estambul, aquel oasis de paz en medio del bullicio que a todas horas impera en «el más hermoso lugar del mundo, a juicio de todo el mundo» (Edmondo de Amicis dixit). Los tres pabellones que lo constituyen dan a un espacio ajardinado que hace las veces de almacén a cielo abierto, en cuyo suelo, por doquier y en aparente desorden, se exponen materiales por los que suspiraría cualquiera de nuestras colecciones de arte clásico y proximoriental.
También hay una recoleta cantina. Pese a la teórica laicidad del país, siguen sin despachar priva, pero siempre merece la pena dejarse caer aunque sea tan sólo para admirar las vistas que ofrece su terraza, afrontada hacia algunos de los grandes sepulcros de los primeros regentes del imperio romano oriental. El silencio circundante y tal panorama propician el recogimiento introspectivo, máxime si ante los densos posos de un café turco se saben escrutar los oscuros designios que nos depara el destino. Contemplando aquellas tumbas se antoja inevitable recordar lo que se susurraba al oído a quienes antaño era concedido el triunfo a fin de evitar que la gloria, siempre efímera, no se le subiera demasiado a la cabeza: memento mori, recuerda que has a morir…
Aunque no existe seguridad al respecto -casi nunca la hay y poco nos importa-, consta un relativo consenso entre la academia y la tradición a la hora de identificar el sarcófago n° 3155, el único de cantos curvos sito a la izquierda de la entrada al edificio principal, como el probable contenedor, al menos durante un tiempo, del cadáver embalsamado del último dirigente pagano de la antigüedad clásica tardía. Fallecido a resultas de una controvertida herida de guerra a la temprana edad de 32 años, con el deceso del sobrino de Constantino -en realidad, a medias, al ser hijo del hermanastro- feneció también la dinastía, tras cuatro décadas de gobierno trascendentales para la humanidad y cuyas consecuencias aún alcanzan nuestro presente.
Tan sólo una generación después de que se fundase la primera capital cristiana del mundo -mas no como tal, stricto sensu-, el mentado vástago, en el breve periodo en que acaparó el poder supremo -de noviembre del 361 a junio del 363-, paró máquinas e hizo cuanto estuvo en su mano (o le dejaron) por avivar los rescoldos de la vieja religión olímpica y, con ello, de forma colateral, de la marchita grandeza del imperio que aquel consideraba ligada a ésta. Dicho personaje, idealista y romántico hasta la utopía, se llamaba Flavio Claudio Juliano, aunque ha pasado a la historia por el calificativo que con desprecio e inquina sus enemigos de fe le otorgaron para designar a quien renegó del credo que con anterioridad profesaba: el Apóstata.
Y así, de esta manera, se le continúa denominando más de milenio y medio después de su temprano óbito. A este respecto, cabe decir que gran parte de la culpa de la denigrante perpetuación del epíteto se debe a los numerosos editores que ha tenido la, paradójicamente, muy redentora novela que le dedicó Gore Vidal en 1964. Ésta popularizó el conocimiento entre las masas del fugaz personaje, pero su título original tan sólo era Juliano, a secas, más primó la visión comercial considerándose oportuno dotarlo de la insidiosa coletilla a fin de suscitar un mayor interés en los escaparates; habida cuenta del éxito del que sigue gozando el romance, vive Dios que lo consiguieron.
De entonces a esta parte mucho es lo que ha llovido y en tiempos recientes se ha venido constatando un cambio en las tornas, señalándose, y con acierto, que nadie osó acusar de apostasía a Constantino por obrar justo a la inversa en su cambio de chaqueta, abjurando -si acaso lo hizo- del truhanesco Júpiter y su pendenciera familia por la bonhomía de Jesús y sus modélicos santos.
De manera que van siendo legión los que ya no secundan el insulto y en sus publicaciones se refieren al susodicho tan solo como Juliano II o, incluso, tratan de recomponer su denostada figura mentando al mismo como el emperador-filósofo, también el último del pasado grecolatino. De esta guisa luce en el mejor retrato que de él, en teoría, se conserva, perteneciente a la colección del Museo de Cluny. En éste posa ataviado con un pesado manto, el pallium -versión latina del himation heleno-, atributo característico del tipo escultórico de los pensadores, igual que su cuidada barba, aunque en esta escultura de mármol figure también tocado con la diadema propia de los sacerdotes del dios grecoegipcio Serapis. Como se expondrá más adelante, sus creencias eran un tanto heterodoxas y sorprendentes hasta para los cánones tradicionales que se había propuesto resucitar.
De cualquier modo, mucha filosofía tuvo que tener para sobrellevar lo que le asignaron al nacer las Moiras, hilanderas del Hado. Pese a haber llegado al mundo, hacia mayo o junio del 331, entre los mullidos paños de la púrpura constantinopolitana -de ahí el título porfirogénito de los posteriores jerarcas del imperio oriental- su primera infancia la pasó en un preventivo arresto domiciliario por pertenecer a una rama de la estirpe regente que pudiera ambicionar el trono. De hecho, pocos meses después del súbito deceso de Constantino en la primavera del 337, perdería a la mayoría de su parentela más cercana en una degollina perpetrada por el ejército de su primo, Constancio II, a la sazón, César, y en breve, Augusto. Nuestro protagonista se salvó por los pelos yendo al exilio bajo la protección y tutela de un influyente allegado materno, el obispo de Nicomedia, Eusebio, quien, es posible, administró el sacramento del bautismo al mismísimo Constantino en su lecho de muerte.
Ha de considerarse que a partir de dicho acto todos los miembros de la dinastía -él inclusive- habían sido iniciados en el cristianismo e instruidos en las Sagradas Escrituras, más no por esto se mitigó su carácter sanguinario ni, a juzgar por su proceder, fueran más píos ni muy autoexigentes con la estricta observancia del quinto mandamiento. Es más, con el tiempo proseguirían las rencillas internas y otro hijo del difunto emperador, Constantino II, sucumbiría ante las milicias de su hermano, Constante -valórese la originalidad nominal del linaje-, y éste, a su vez, caerá en la conspiración de un general arribista, Magnencio, dejando expedito el camino al nefando Constancio II, quien, años más tarde, ordenaría ejecutar al hermano de Juliano, Galo, por decapitación. Importado del Palatino romano, este modus operandi quirúrgico en la poda de retallos del árbol genealógico, pasará, a través de la corte de Bizancio, hasta el nido de víboras del harén otomano donde alcanzará su paradigmático cénit con la ley fratricida del kanunname, sancionada por los ulemas, avaros administradores de la misericordia de Alá.
Ni que decir tiene que el insigne e intrigante prelado que en un acto de piedad se hizo cargo del muchacho con siete años de edad, no tenía tiempo para instruirle, de manera que encargó su formación a un muy leído eunuco de origen escita, Mardonio. La entusiasta metodología de este peculiar pedagogo a la hora de transmitir los conocimientos -en griego, huelga decir- consiguió despertar en el joven pupilo una querencia por los grandes clásicos -quizá, el único amor de su vida- que mantuvo hasta el final de los tiempos; siempre recordó con devoción a este primer maestro. Dando tumbos entre una villa abierta a la Propóntide, Constantinopla -donde conoció al prestigioso retor Libanio, llamado a convertirse en un íntimo amigo- o en Nicomedia de Bitinia (Izmit), el niño fue creciendo hasta enviársele al destierro en la jaula dorada de la villa imperial de Macellum, en la provincia de Capadocia, cerca de su capital, Cesarea (Kayseri).
En su confinamiento, amén de los prescriptivos saberes que debía asimilar un joven destinado a recorrer el cursus honorum político, recibió de igual forma las enseñanzas cristianas de las que tanto renegaría a la postre, mientras casi a hurtadillas hallaba una válvula de escape en el estudio autodidacta de los sabios helenos. Tras un largo exilio de seis años, Constancio II le permitió regresar a la capital de oriente para poco después volverle a apartar en Nicomedia, donde estableció contacto directo con la filosofía hasta consagrarse en plenitud a su estudio. Tal vez le contasen que en las proximidades de dicha urbe, otrora, se quitó la vida el temible Aníbal Barca, pero, sobre todo, que fue en aquella donde, un par de años antes de la concesión de libertad religiosa en todo el imperio -promulgada en Mediolanum (Milán) por Constantino y Licinio-, el canceroso y terminal Galerio, notorio represor de cristianos, pocos días antes de morir -el apologista Lactancio, en su libelo De las muertes de los perseguidores (33, 7-9), afirma que pudriéndose y devorado por los gusanos-, en un gesto de contrición rubricó el Edicto de Tolerancia el 30 de abril del 311. Gracias a éste, los hostigamientos a los devotos de Jesús llegaban a su fin, siéndoles permitidas sus creencias y el derecho a erigir templos para la reunión de la comunidad de sus feligreses, las iglesias -del griego, ekklesía, asamblea-.
Siempre errando por Oriente, fue en Pérgamo, una de las más importantes cunas del helenismo, donde entró en la órbita de la principal corriente filosófica del momento, el neoplatonismo, cayendo rendido a ésta. En aquellos círculos de intelectuales que disertaban sobre las ideas acerca de la inmortalidad del alma que antaño expusieron Plotino, Porfirio -quien también firmase un tratado previo Contra los cristianos y otro acerca de la Gran Diosa Madre- y, sobre todo, Jámblico, halló a sus guías espirituales, del mismo modo que junto al heterodoxo Máximo en Éfeso, quien le inculcó la atención y sensibilidad receptiva hacia los fenómenos y señales que en forma de visiones en sueños y voces interiores empleaban las divinidades para comunicarse con los mortales. A estas alturas de la historia puede decirse que ya era un convencido pagano, aunque aún debiera guardar las formas cristianas de cara a la galería.
En el 355, durante su estancia de estudios en Atenas, tuvo ocasión de iniciarse en los misterios eleusinos del equinoccio otoñal, mientras asistía a clases compartiendo pupitre con dos de sus futuros detractores y Padres de la Iglesia, Gregorio de Nacianzo -que redactó varios enconados discursos contra él- y Basilio de Cesarea. De igual modo, a los pies de la Acrópolis volvió a frecuentar la compañía del filósofo Prisco, a quien conociese en sus tiempos pergaménicos y estimara como maestro. Éste, una vez alcanzara el poder su discípulo,formaría parte sus íntimos asesores junto con Libanio, Máximo y el galeno Oribasio, nuestras principales fuentes encomiásticas. Aparte, contamos con el testimonio del gran historiador Amiano Marcelino y el de Eunapio de Sardes, a través de la obra de su compilador, Zósimo, quien transmite gran parte de los textos que de aquel que no han alcanzado nuestro presente. Frente a éstos, sus pertinaces enemigos, amén de los dos ya citados, existe un amplísimo repertorio entre los que cabe destacar a Rufino de Aquilea, Sócrates el Escolástico, Sozomeno, Teodoreto de Ciro o Filostorgio. Pese a la brevedad de sus veinte meses de mandato, Juliano fue uno de los regidores romanos sobre el que más se escribió en vida y tras su muerte, además de ser del que mayor número de obras propias conservamos; una milagrosa mina para el historiador, siempre y cuando esté capacitado para manejar tal cúmulo de información frente a la parquedad acostumbrada.
Volviendo al Ática, quizá en aquella época de colegial llegase a albergar la cómoda idea de arraigarse en las escuelas del saber a las que afluía, mas la vida o los designios divinos -como él terminase por creer- le tenían otros planes reservados. En un clima de pronunciamientos e intentos de usurpar el poder, Constancio II, tan carente de escrúpulos como de herederos, le convocó al palacio de Mediolanum a finales de aquel mismo año para otorgarle el título de César de occidente, lo que suponía, de facto, la corregencia, amén de un pesadísimo cargo de índole militar y administrativa para alguien con nula experiencia práctica.
Acto seguido, fue destinado al convulso limes de Galia para hacer frente a una incursión masiva en el Rin de dos levantiscas tribus germanas. Los mismos alamanes y francos a los que se acudió en calidad de aliados contra Magnencio, habían tomado buena nota de las frágiles fronteras romanas para llevar a cabo sus razias. Si la intención real fue quitárselo de en medio, contra todo pronóstico no prosperó. En su primera campaña consiguió liberar Colonia Claudia Ara Agrippinensium (Köln) y obtuvo una asombrosa victoria frente a los «bárbaros» en Argentoratum (Estrasburgo) en el 357. Así pues, el filósofo demostró a sus legiones que no era tan sólo un ratón de biblioteca que leía los Comentarios de César por las noches, sino también un resuelto y competente estratega, como su antecesor, el meditabundo Marco Aurelio, al quien, según Amiano (XVI, 1, 4), trataba de emular en acciones y costumbres. A propósito de éste, consignemos que fue al único de los anteriores homólogos al que en su sátira menipea El banquete o Saturnales libraría, y sólo en parte, de la furibunda crítica a la que sometió al resto de prohombres que le habían precedido en el cargo, llevándose la parte del león biliar, como es lógico, sus dos familiares cristianos que ascendieron al trono, aunque también mostró su inquina hacia el llamado optimus princeps, Trajano -a su entender, una borracha (311c, 318c)-, y el camaleónico Octaviano, a quien compara con un hacedor de muñecos por iniciar la divinización de la parentela mediante la apoteosis (309 a-b, 332 d).
La guerra prosiguió hasta el 359, luchando con fiereza contra los chamavos en el Ijssel y el Rin, y a los salios entre el Escalda y el Mosa. Nunca se avino a la bajeza de pagar fielatos a los nativos para que permitieran el tránsito del cereal con el que se alimentaban sus huestes, aunque la inflexibilidad le supusiese que éstas rozaran el amotinamiento. Pero era tal la inusitada fortuna que parecía sonreírle -atribuida, insistimos, al favor de los dioses- que, a comienzos del 360, en sus cuarteles de Lutetia Parisorum (París), las mesnadas le aclamaron como Augusto y ante la presión que ejercieron embriagadas, aceptó el título a regañadientes…sin consultarlo con su primo.
Éste, al igual que el Senado de Roma -por aquel entonces, una antigualla más simbólica que respetable-, tacharon el acto de osado arribismo, no reconociendo legítima la autoridad otorgada por la tropa. Y así pues, el enfrentamiento no se hizo esperar. En su marcha hacia el destino, o a la muerte, como exhiben las acuñaciones del momento, obró el cambio dejándose crecer la característica barba de los filósofos, mientras que Constancio II, saliéndole al paso, falleció en las proximidades de Tarso el 3 de noviembre del 361. Aun así, poco antes de expirar, considerando que, pese a todo, su primo era el único por el que aún fluía sangre de la dinastía, le nombró sucesor, pasando a ocupar en solitario el trono del imperio. Libre de rival, le faltó tiempo para entregarse a sacrificios a los dioses olímpicos y ordenar retirar el lábaro y toda insignia de parafernalia cristiana militar.
Entró en Constantinopla un frío 11 de diciembre del año 361 a través de la puerta de Carisio (Edirnekapı),la misma por la que más de un milenio después accedería Mehmed II tras la conquista de la urbe.
Pero la herencia recibida estaba envenenada. Aunque aún no se había procedido a la partición fáctica del imperio entre los ámbitos territoriales de las provincias de oriente y occidente -acaecida tras la muerte de Teodosio I, a comienzos del 395-, existían ya dos escenarios claramente diferenciados entre sí: Un oeste latino, que a la postre abrazaría el catolicismo, frente al levante de raigambre helenística, adalid de ortodoxia; opuestos y condenados a enfrentarse hasta su separación definitiva tras el cisma entre sus iglesias. Además, todo en su conjunto estaba por igual sometido al hostigamiento continuo de distintos pueblos «bárbaros» sobre el coladero de sus débiles límites -fijados en los cursos fluviales del Rin y el Danubio y, con mayor fluctuación, del Éufrates y el Tigris-, cuyo mantenimiento devoraba insaciable unos recursos ya de por sí bastante menguados.
Pero el enemigono sólo amenazaba allende las fronteras. Otro equivalente estaba al acecho intramuros, en la propia corte, donde había que moverse con mucho tino entre personajes tan retorcidos y sinuosos como el Bósforo. Una de las medidas adoptadas nada más llegar fue la purga del excesivo servicio heredado, abarrotado de onerosos cargos del tipo praepositus sacri cubiculi –camarero mayor de las estancias palatinas-, optando por la estoica austeridad frente a la vasta camarilla de su antecesor. De igual forma, depuró cuanto pudo el pesado aparato del ceremonial áulico tomado de los persas sasánidas y su concepción intangible y etérea de la realeza. En otra nueva muestra de gran desprendimiento, legó su colección de libros para la creación de una biblioteca pública que se instalaría en el vestíbulo del palacio, pero este alarde altruista fue apreciado por muy pocos…
Desde el poder supremo trató de restaurar la religión olímpica, o un aggiornamento de la misma adecuada a su muy complejo y sofisticado entender. En realidad, quiso reactivar toda la cultura helenística indisolublemente asociada a ésta, entendida como un indefinido modus vivendi del que él ejercía, por supuesto, como Pontífice Máximo. Sin embargo, la partida estaba perdida antes de empezar. No se puede obligar a nadie a abrazar una fe mediante la imposición. Los intentos de conversión masiva, por sutiles que sean, generan más desafecto y reafirmación en las creencias que una actitud proclive hacia el cambio de fe.
Al igual que el siglo III, el IV fue una época de convulsas transformaciones. A comienzos de la centuria, los seguidores de Jesús eran perseguidos como criminales; a la conclusión, su credo sería el oficial del Estado, pasando a proscribirse a los paganos. El cristianismo, de pronto arraigo urbanita, era ya, de largo, la fe mayoritaria en todo el imperio, contando con innúmeros adeptos tanto dentro de las desfavorecidas clases populares como en el ejército, sus oficiales y demás elites, e incluso en palacio. Su preponderancia se debía, en parte, a la teórica disolución de las polares diferencias existentes entre patricios y plebeyos al instaurarse una aglutinadora y común unión -de ahí, la comunión- entre todos los prosélitos, al margen de su estatus social. El nuevo mensaje promulgaba que todas las personas eran hijas de Dios en tanto en cuanto forman parte de su Creación.
Otra cosa eran los matices, sujetos a aviesas interpretaciones que de las Sagradas Escrituras y sus exégesis hacían las distintas sectas surgidas dentro del propio cristianismo, entendido, a su vez, como una heterodoxa escisión del judaísmo. Y fue en estas tempranas disputas acerca de la naturaleza divina, la Phýsis -el prístino polvo del barro sexual de los ángeles-, y las formas de proceder en los rituales litúrgicos donde halló un filón para enfrentar a las distintas facciones en una soterrada guerra fría. Como afirma Amiano (XXII, 5, 4), Juliano era muy consciente de que «ninguna fiera es tan peligrosa para los hombres como los propios cristianos entre sí»[1].
Con este propósito, el 9 de febrero del 362 derogó el destierro de toda la clerecía que Constancio II había perseguido como herética o, en el mejor de los casos, exiliado por discrepar de la mesurada oficialidad frente a posturas más radicales que negaban la divinidad de Jesús pese a su directa filiación con el Padre. Dada la permisibilidad, se mezclaron de nuevo ortodoxos atanasianos, católicos, novacianos, donatistas, viejos arrianos, etc. no tardando demasiado en saltar las chispas, sobre todo cuando azuzó el avispero mediante concesiones a los judíos, como la reconstrucción del Templo de Salomón en Jerusalén -en ruinas desde la conquista romana del año 70-, la cual, era obvio, restaría importancia a la nueva iglesia del Santo Sepulcro que promovió santa Elena, patrona de los arqueólogos. La estrategia fue dejar que se autodestruyeran en sus virulentos debates de fe, devolviendo a los supervivientes a los estratos marginales desde los que habían medrado como uno más de tantos exotismos orientales del imperio. Incluso se les relegaba en el espacio físico de los arrabales, como ocurría en la propia Roma, donde gran parte de las prístinas comunidades vivían extramuros, algunas más allá del Tíber -es decir, en el Trastevere-, donde en su día Constantino mandase erigir sobre la más que supuesta tumba de san Pedro la primera basílica del monte Vaticano.
Lejos de vetar en su totalidad el cristianismo -como tantas veces se ha dicho-, al poco de entronizarse decretó un edicto de plena libertad religiosa revirtiendo, eso sí, todos los decretos anti paganos que sus predecesores, con el celo fanático de los conversos, habían implementado en pro de la nueva fe. En el 324, Constantino confiscó, vendió o regaló la mayoría de los terrenos pertenecientes a los templos y santuarios paganos, lo que en la práctica acarreó la suspensión de los cultos. Por su parte, Constancio II, en el 353, había prohibido todos los sacrificios nocturnos y, un año después, decretó el cierre total de los edificios consagrados a los viejos dioses paganos, condenando en el 356 a la pena de muerte a quienes practicasen ritos ajenos a la oficialidad.
Juliano, en su ánimo reinstaurador, devolvió la gestión de los espacios sagrados a sus legítimos dueños, reorganizando los consejos locales para su mantenimiento y la vuelta a las prácticas sacrificiales con el objetivo de que atrajeran de nuevo la fe hacia los olímpicos (aunque fuese al calor de la carne asada repartida tras las ceremonias). Además, retiró todos los privilegios otorgados con anterioridad a la prelatura, deshaciendo los tribunales episcopales donde la palabra de un obispo, per se, era considerada verdad. Del mismo modo, revocó todas las exenciones de servicios, prebendas y asignaciones a cargo del erario público para que –sine sacculo, et pera, et calceamentis– los enriquecidos próceres predicaran también con el ejemplo de la pobreza, asegurándose la entrada en su anhelado Reino de los Cielos. En algunos casos de corruptelas palmarias, requisó todas las propiedades de la Iglesia -como en Edesa (Sanliurfa)- y a modo de castigo a ciertos sacerdotes descarriados, los enroló en las fuerzas armadas para que reaprendiesen las privaciones purificadoras que recomendaban a sus prosélitos.
Empero, la medida adoptada más controvertida -incluso para sus panegiristas- fue la que decretó el 17 de julio del 362, según la cual se impedía a los maestros cristianos las enseñanzas de literatura clásica, retórica y gramática, entendidas como disciplinas superiores de la catequesis helenista. Pese a que el llamado Edicto de las Escuelas se perdió hace tiempo, lo conservamos en parte y reelaborado en la compilación legislativa del Codex Theodosianus. Lo que parece traslucirse de esta acción fue el temor al adoctrinamiento que pudieran ejercer los enemigos de fe por medio de su influencia educacional en la juventud. La justificación esgrimida para ello fue tan pueril como errónea, al suponer que determinadas creencias incapacitaban para comprender el sentido último de los textos paganos -empezando por Homero- y, en consecuencia, aquellas personas que profesaran otras fes, estaban incapacitadas para explicarlos, razón por la cual debían ser depuestas (casi dos siglos después, Justiniano obraría en sentido inverso, prohibiendo la enseñanza de cualquier doctrina a quien estuviese afectado por la “demencia del paganismo” [Codex Iustinianus, I.11.10.2], lo cual acarreó el cierre -aunque no definitivo- de la Academia de Atenas en el 529, tras casi un milenio de enseñanzas).
Para más inri y desconcierto de los suyos, creó que una especie de índice de autores y lecturas que, si bien no se atrevió a prohibir, sí sugirió que sólo se explicasen como contraejemplos éticos; tal fue el caso de Epicuro o el escéptico Pirrón. Por último, consciente del peligro que suponen los mártires de toda causa, prohibió de forma tajante las ejecuciones de cristianos durante su gobierno. En una época carente de persecuciones, al privarles de la muerte tormentosa, a su vez, impedía para su fastidio la vía rápida hacia la salvación y promesas ultraterrenas.
Uno de los reproches que hacía a los cristianos era su falta de moral, dado que pese los pecados -de toda laya y magnitud- que hubiesen podido cometer, con el solo trámite del arrepentimiento -acaecido, en su mayoría, en las postrimerías- obtuviesen el perdón. A su entender, esta indulgencia les eximía de toda responsabilidad en vida, cuando, por el contrario, la única guía de sus actos debía ser la emulación diaria de la benevolencia que hacia los humanos mostraban los dioses, el único camino para la salvación del alma.
Durante su principado, aunque no hubo persecución directa, sí se dieron algunos brotes aislados de violencia, en su mayoría, fruto de viejos ajustes de cuentas larvados en la época de represión. Por ejemplo, Jorge, el obispo de Alejandría, fue linchado por una vengativa muchedumbre, pero Juliano, no proclive a la aplicación de la ley del talión, haciendo gala de un descarado doble rasero, se mostró condescendiente con la turba criminal. Empero -al César lo que es del César-, cuando tuvo oportunidad no eludió despacharse a gusto con los cristianos, debiéndose a su puño y letra la filípica Contra los galileos. Es de lamentar que el texto se perdiera de antiguo, pero tal y como ocurre con las semejantes obras de Celso y Porfirio, a día de hoy conocemos gran parte de su contenido original gracias a uno de sus refutadores, el patriarca Cirilo, y eso a pesar de que su réplica también nos ha llegado bastante fragmentada. Y aun así, podemos leerle entre líneas, lanzando andanadas de argumentos racionales que vemos rebotar, sin efecto, en las inquebrantables murallas de la fe.
Sabemos la poca valoración intelectual que atribuía a sus enemigos, a los que veía como palurdos adoradores de un simple mortal de origen judío -también apóstata, a su manera, sea dicho- que tras haber sufrido la vejación suprema de la crucifixión fue divinizado por sus correligionarios. Añádase que su grotesco martirio devino en acto de conmemoración, e incluso, para mayor desconcierto y escándalo, los mismos instrumentos de éste pasaron a ser objetos de latría, algo tanto o más desconcertante que la afición de sus fieles de adorar partes más o menos corruptas y pestilentes de cuerpos u objetos de santos como reliquias.
Pero al margen de estas acciones específicas, el principal caballo de batalla para hacer frente a la preponderancia del cristianismo fue el intento de fundar en paralelo una iglesia pagana de Estado. Consciente de la buena organización clerical de sus rivales, trató de emularla creando a su vez un colegio jerarquizado, provisto de sacerdotes y pontífices cuya rectitud moral y formas de conducirse debían ser un modelo de dignitas: nada de parasitar en las tabernas o recalar en los vulgares espectáculos del circo y el teatro, ni mucho menos dejarse ver en público con aurigas, histriones, meretrices y demás chusma de la farándula. El lugar de aquellos dechados de decoro debía estar junto a los menesterosos, asistiéndoles como la filantrópica competencia, valiéndose de la persuasión para iluminar el camino a los titubeantes y traerlos de vuelta al redil o pescar adeptos en el caladero de los indoctos aún no maleados.
Estos nuevos funcionarios espirituales tenían la misión de instruir en la renovada teología que Juliano se proponía establecer, aun a sabiendas de que el politeísmo pagano, a diferencia de las religiones de los libros revelados, siempre careció de dogmas y univocidad. El viejo Júpiter y familia ocupaban el papel preponderante que la tradición les otorgaba, sin bien, ahora, Helios -la divinidad solar a la que se festejaba en Roma el 25 de diciembre-, era elevado a la categoría de numen-rey, presidiendo la cúspide del panteón dada la importancia de su potencia genésica en la Creación. Incluso le dedicó un himno en alabanza (Discurso IV) en el que, lejos de limitarse a equipararle, como antaño, con el brillante Apolo, ensalzaba su luminosidad al dotarla de un sentido metafísico y trascendente; recuérdese, porfiaba con un nuevo dios que afirmaba ser la luz del mundo frente a las tinieblas (Juan 8:12). Sobre el particular merece traer a colación el desconcertante símil que algunas voces, buscándole tres pies al gato, han establecido con el célebre faraón hereje Ajenatón (nacido Amenofis IV), creador del primer monoteísmo (conocido) de la historia en torno al astro dios, Atón.Más allá de la sugestión que pudieran suscitar las rebuscadas concordancias, a nuestro parecer, en forma y fondo las distancias son insalvables, partiendo de los dieciocho siglos -se dice pronto- que median entre ambos fenómenos subversivos.
Para confeccionar su sofisticada cosmovisión, recurrió al sincretismo vertiendo en el mismo crisol el trascendente sentido de la teosofía neoplatónica aderezada con los pensamientos escatológicos acerca de la salvación del alma de algunos cultos mistéricos, como el mitraísmo -escisión, a su vez, del también solar Ahura Mazda iranio- o de su propia experiencia iniciática en Eleusis. Por otro lado, el ritual para establecer la comunicación con los dioses, la teúrgia, aportaba el esoterismo a la mescolanza. Como era de esperar, esta sui generis reelaboración fue demasiado alambicada y abstrusa para la mayoría de sus coetáneos, así como tampoco es apta para el común de los mortales en nuestros días. Hermética y muy elitista a nivel intelectual, estaba condenada al fracaso.
A todo ello ha de sumarse un hecho que nunca debe desdeñarse: al igual que en la actualidad, la mayor parte del colectivo social era, en realidad, bastante indiferente a los asuntos divinos…siempre y cuando éstos no afectasen a su vida diaria. Así pues, aquella jerigonza pirotécnica caló poco en el pueblo llano. Es más, cosechó también la incomprensión y el rechazo por parte de los suyos, dada la acusada deriva mística y santurrona que iba adquiriendo su pensamiento y obra. En cualquier caso, su proyecto quedó en agua de borrajas; muy pronto iba a morir.
Y lo hizo a la altura de su leyenda, siempre rodeado de controversia. El 5 de marzo del 363 partió de Antioquía del Orontes (Antakya) -proverbialmente lúbrica, en la que, según los Hechos de los Apóstoles (11:26), se acuñó el término cristiano- donde había estado preparando el enfrentamiento definitivo contra los persas sasánidas, destinado a derrocar al rey Sapor II y poner en su lugar a un dócil títere de Roma, el príncipe Hormisdas.
A su espalda dejaba una urbe cuyos habitantes respiraban aliviados por el gravoso coste que les había supuesto abastecer a la corte y el ejército en un año de pésimas cosechas a causa de la sequía. Lejos de obrar considerando la carestía, Juliano, a diario, se entregaba al despilfarro en neuróticos sacrificios propiciatorios -hecatombes incluidas-, mientras que sus lotófagos legionarios se echaban a perder con tanta barbacoa pública maridada con tintorro. Nadie comprendía el afán judicial que se había tomado y mucho menos soportaba su pacatería, reprendiendo a la plebe con la altivez de un sieso puritano por concurrir a los esparcimientos circenses que él tanto detestaba. Tras marcharse de allí, comunicó desairado que a su regreso triunfal trasladaría el séquito a Tarso. También, como desquite a la mala experiencia, se retrató cual sensible incomprendido en la divertida sátira El enemigo de la barba o Misopogon, donde ajustó cuentas con sus vulgares anfitriones.
En el enfrentamiento contra Persia, frecuentemente, se ha venido señalando como un ejemplo más de la emulación que ciertos romanos intentaron de las gestas alejandrinas. No obstante, a tenor de lo que afirma en El banquete acerca del macedonio, no parecía tenerle en alta estima, restándole mérito personal a las victorias (321b, 331 a-b), aparte de achacarle ser esclavo de sus emociones y el vino (318 c, 330 b-d), algo impropio de un discípulo del mesurado Aristóteles. A lo sumo, reconozcamos ciertas concomitancias biográficas: ambos murieron, en efecto, a los 32 años, en Mesopotamia, justo en el mismo mes, y no habiendo podido cumplir la totalidad de sus proyectos.
Más de 60.000 mílites -el mayor número movilizado en todo el siglo IV- avanzaron en distintos contingentes hacia las orillas del Tigris, llamados a converger frente a Ctesifonte, la capital sasánida. Pero un cúmulo de despropósitos y malas decisiones impidieron que tomaran y saqueasen la plaza como antaño lograran Trajano o Septimio Severo. Tras un éxito inicial frente a la vanguardia enemiga, teniendo la oportunidad de asestar la puntilla y entrar a sangre y fuego, se postergó el ataque definitivo hasta el reagrupamiento general ad portas para el asedio. Desoyendo todos los presagios funestos que se cernían sobre la expedición y su propia persona, confiando en que la diosa Fortuna volviese a sonreírle como antaño hiciera en la Galia, ordenó quemar la flota y distender los ánimos celebrando su trigésimo segundo cumpleaños con varios días de juegos.
El rival aprovechó el receso para organizar el contrataque, aplicando la política de tierra quemada. Al percatarse de que el resto de las tropas no terminaba de arribar -habían fiado su marcha a un supuesto tránsfuga persa que, por supuesto, les engañó- y evidenciándose la imposibilidad de abastecerse en el arrasado entorno circundante, rendido a la evidencia, dio la orden de retirada. Entre sus recientes lecturas, salta a la vista, no debía de incluirse la Vida de Craso escrita por Plutarco, dado que repitió algunos de los errores que condujeron al desastre de Carrhae en el 53 a. n. e.
Sapor II, que poco antes se había avenido a negociar los términos de un tratado de paz, jugó sus cartas con sabiduría eludiendo el enfrentamiento directo, mientras sometía al repliegue de la larga columna romana, sofocada por el calor de la estación, a continuos hostigamientos que la iban desangrando en un constante reguero de cadáveres.
Avisado de un ataque contra su retaguardia, Juliano, sin tiempo de ponerse la cota de malla, acudió en persona para repelerlo, recibiendo durante la escaramuza una lanzada que le atravesó las costillas y perforó el hígado. En un gesto instintivo para aliviar el dolor que sufría, trató de arrancarse la punta clavada, pero al tirar de la hoja ésta le cortó los dedos y, ante el nuevo espasmo, se desplomó de su cabalgadura. Aun con todo, se le pudo asistir y no expiró in situ, sino pocas horas después, rodeado de los suyos: los filósofos Máximo y Prisco, el prefecto del pretorio Salutio -a quien se atribuye el evangelio neoplatónico Sobre los dioses y el universo– y el médico Oribasio. Era la noche del 26 al 27 de junio del año 363.
A decir de Amiano (XXV, 3, 15-23) -presente en calidad de oficial-, aguardó a la Parca disertando acerca de la inmortalidad del alma, aunque se antoja bastante improbable que habiendo sufrido una laceración hepática -y la consiguiente hemorragia abdominal de un órgano tan vascularizado-, estuviera para muchas disquisiciones o siquiera mantuviese intacta el habla. Se trata, sin duda, de un bello y erudito homenaje que guiña a la propia muerte de Sócrates, junto a sus discípulos, consignada por Platón en el diálogo Critón. Miradas desde esta perspectiva, determinadas acciones llevadas a cabo por la conminación supraterrena recuerdan, en cierto modo, a la voz del agathòs daímōn que guiaba los pasos del sabio ateniense (en relación a estos y otros aspectos de su vida, Fernando Savater -cuando se dedicaba a la filosofía- le dedicó un libro, Juliano en Eleusis). Al margen de todo ello, es seguro que no exclamó antes de expirar “¡me venciste, Galileo!”. La invectiva se debe a Teodoreto, cuya Historia de la Iglesia (III, 25), un siglo posterior a la muerte del que llama apóstata, ha gozado de un amplio recorrido.
Llegados a este punto cabría preguntarse quién fue el brazo ejecutor. Mucho se ha especulado desde la antigüedad y candidatos no faltan. Gregorio de Nacianzo, en su quinto Discurso (13), despliega varias opciones: un quintacolumnista cristiano infiltrado en su escolta, un auxiliar bárbaro, un enemigo persa… Por otra parte, en el relieve de la investidura del rey sasánida Ardashir II, sito en Taq-i Bostan (Irán) -y fechado, como pronto, en el 379,cuando ascendió al trono-, ha habido quien ha identificado el cuerpo inerte que yace a sus pies con el de Juliano -aunque luzca cota de malla, contradiciendo a Amiano (XXV, 3, 3)-, pero, con toda probabilidad, se trata de mera propaganda y antoja bastante improbable siquiera que el sucesor de Sapor II estuviese presente en la contienda dieciséis años antes y por completo imposible que fuese el mismo ejecutor.
Pero aún mucho menos verosímiles son las hilarantes alternativas que atribuyen la mortal diana a la propia mano de Dios o la Virgen, conduciendo la trayectoria del venablo hacia el considerado anticristo, o la implicación en la componenda de los santos Macario y Artemio, o Teodoro y Sergio según otras versiones cuando no es el propio san Mercurio quien desciende de los cielos para atravesarle por impío, tal y como figura en la decimoquinta Cantiga de Santa María de Alfonso X el Sabio.
Tampoco podemos descartar un accidente a consecuencia del fuego amigo, ni dejar de apuntar la amarga sorna que para él tiene fallecer en Oriente a consecuencia de un traidor entre los suyos y de una lanzada en el costado, con tan sólo unos pocos meses menos de los que antaño tuviera su odiado galileo, Jesús de Nazaret; en cualquier caso, a todas luces parece cierto que el reino de ambos no era de este mundo.
Justo así parece querer evocarlo la columna honorífica que la curia de la antigua Ancyra (Ankara) le dedicó tras su paso en el 362 y la cual aún se yergue excelsa en un solitario parque como lo que él mismo fue, un verso suelto y postrero de un tiempo periclitado (en rigor hay que decir que otros, menos románticos, han visto en la labra de su capitel las hechuras propias de la posterior época justinianea…).
Abundando en esta misma línea elegíaca, también se le ha querido hacer receptor del último oráculo délfico:
«Dile al rey que la sala bien forjada ha caído al suelo.
Febo ya no tiene refugio, ni laurel profético ni fuente que hable.
Incluso el agua de la palabra se ha extinguido»[2].
[2] Traducción de Francisco García (SCOTT, M., Delfos. Historia del centro del mundo antiguo, Barcelona, Ariel, 2015).
Para el premio Nobel de Literatura Theodor Mommsen, autor de la monumental Historia de Roma, su gobierno fue la involución a una fase ya superada; por su parte, Jean Danielou, uno de los teólogos jesuitas más influyentes de la pasada centuria, opina en su Nueva historia de la Iglesia que “el reinado de Juliano fue, afortunadamente, demasiado breve para que diera tiempo a la reacción pagana a realizar estragos profundos”. ¿Era un loco clamando en el desierto por una causa perdida?, ¿en realidad creía en esos dioses o más bien los necesitaba y abogaba por ellos como sustento de un sistema e ideología de poder amenazados por los nuevos tiempos? Nunca lo sabremos. Murió sin descendencia que perpetuara sus proyectos. Sus edictos fueron paralizados y el cristianismo volvió a ser la religión oficial del Estado. A final de siglo, Teodosio I impuso el monoteísmo radical de la ortodoxia nicena y volvió a proscribir lo pagano; los juegos olímpicos se prohibieron, el fuego eterno de Vesta fue apagado, sumiéndose todo en La edad de la penumbra a la que Catherine Nixey dedicase su polémico ensayo sobre la destrucción de la cultura clásica.
Tal y como fue su deseo en vida, el séquito imperial no se dirigió al Orontes sino a Tarso, mas con él muerto. Allí, su cuerpo fue embalsamado y se le dio sepultura en un suburbio. Joviano, quien fuese su aún más efímero sucesor, al regreso de la guerra persa en la que también participara, rindió homenaje a la tumba a su paso por Cilicia. Aún con todo, aquel polémico predecesor había gobernado el imperio romano y, como tal, merecía el consiguiente respeto: se honra al rango, no a quien que lo encarna temporalmente. Una cosa es la fe y sus apariencias y otra, bastante distinta, la política y la cruda necesidad de legitimarse en el poder mediante un vínculo justificado, máxime cuando la sucesión ha sobrevenido en campaña como una solución de emergencia. Por mucho que la patrística se esforzase con encono en vilipendiarle, Juliano nunca sufrió la damnatio memoriae.
Su sepulcro, a decir de las fuentes, contaba con un epigrama de estilo homérico -tal vez escrito por Libanio u Oribasio- del que nos han llegado dos versiones: una breve, en dos hexámetros dactílicos, transmitida por Zósimo (III, 34): “Cruzó el Tigris de caudal impetuoso y aquí yace, Juliano, que fue tan virtuoso emperador como guerrero poderoso”, y otra, el doble de larga, recogida en la Alta Edad Media en las crónicas de Jorge Cedreno (I, 539 [Bonn]) y Juan Zonaras (XIII, 13).
Años más tarde -en una fecha indeterminada, quizá a fines siglo IV o ya a mediados del V, durante el gobierno de León I-, se trasladó el cadáver a Constantinopla y fue enterrado dentro de un sarcófago de pórfido -pétreo reflejo de la púrpura imperial- en el panteón dinástico que ordenase construir el fundador sobre la cuarta colina, anejo a la hoy desaparecida iglesia de los Santos Apóstoles que yace bajo la mezquita de Mehmed II.
Pero, ¿qué argumentos invitan a pensar que es el que se expone en el exterior de los Museos Arqueológicos con el número de inventario 3155? Un pasaje del tratado del siglo X Sobre las ceremonias de la corte bizantina (II, 42) y Cedreno coinciden en hacer constar que era de pórfido y de paredes curvas, empleando para designarlas un término griego que ha venido traduciéndose como «cilíndrico» (Κυλινδροειδής). Pues bien, aquel es el único de cuantos hay allí, o en toda Estambul, que responda a estas dos particularidades, aunque carece de los versos laudatorios.
Sobre su ausencia se ha esgrimido que, tal vez, sólo estuviesen pintados en la superficie o escritos en una tabula adyacente que actuase como cartela y el inclemente tiempo se los llevó, o fueron deliberadamente borrados o, aún con mucha mayor probabilidad, sólo se pusieron en el primer sarcófago, el de Tarso -hoy perdido-, pero no en el que halló definitiva sepultura, aunque sí se preservase el recuerdo del epígrafe, escrito al poco de morir. Por otro lado, el hecho de no poseer simbología cristiana alguna llevo a R. Delbruecken 1932 a plantear la hipótesis de que su origen, más allá de ser egipcio en cuanto a material -puesto que allí estaban las canteras de pórfido-, bien pudiera ser, por cronología y pertenencia, ptolemaico (!), llegando incluso a deslizar que otrora fuese el ataúd de alguno de los últimos faraones de la dinastía macedonia; sin embargo, aunque muy sugerente, su teoría no contaba con un sólido respaldo arqueológico ni paralelos.
Muchos siglos después, en 1750, el anticuario y mercader francés J. C. Flachat encontró varios sarcófagos más dispersos por Estambul. Su informe constata vagamente que uno de ellos -hoy en paradero desconocido- era también curvilíneo, aunque no consigna la existencia de epígrafe alguno y sí la de una inequívoca cruz.
Ya durante el sultanato de Abdülmecid I (1839-1861), al que fuera su Gran Maestro Artillero, Ahmet Fethi Paşa, le dio por coleccionar antigüedades, empleando como depósito de las mismas la vieja iglesia de Santa Irene, sita en el primer patio de Topkapı y empleada hasta entonces como arsenal a su cargo, creando con ello, de facto, el germen de la Colección Imperial Otomana. Allí fueron a parar, entre otras piezas, al menos dos sarcófagos de pórfido que habían sido descubiertos en las proximidades -indeterminadas- del referido templo cristiano, siendo uno de aquellos el teórico de Juliano, de cantos curvos.
Sin embargo, en propiedad cabría decir que el traslado de los mismos fue tan sólo parcial puesto que sus dos grandes y pesadas tapaderas, halladas en el segundo patio del complejo palatino, no pudieron moverse de su ubicación al estar enredadas por las raíces de un enorme plátano, abandonándose su extracción para un tiempo más propicio. De ello tenemos constancia puesto que fue grabado en el fuste de la tercera columna del pórtico noroccidental del segundo patio, empezando a contar desde la actual entrada al Harén. La inscripción, de bella caligrafía turca y fechada el15 de junio de 1847 (1 de rayab, 1263 de la Hégira), venía informar que las dos moles de piedra se emplazaban a una distancia de unos diez metros del labrado soporte.
Pero aquellas coordenadas, propias de un mapa del tesoro, fueron desatendidas hasta que en plena Primera Guerra Mundial, la Dirección de los Museos ordenó su extracción al arqueólogo francés Jean Ebersolt, quien entibó el preciado árbol para su preservación.
Tras el consiguiente hallazgo -junto a algunos materiales arquitectónicos bizantinos- se dejó también constancia del hecho justo a continuación del mentado epígrafe, fechando esta vez el 18 de octubre de 1916 (1 de muharram, 1335 de la Hégira).
Contemplando las fotografías de la época de su excavación (1916), nos permitimos una libérrima asociación de ideas citando a continuación las palabras del propio Juliano acerca de un sueño premonitorio que compartió con Oribasio en su decimocuarta epístola escrita en la Galia:
“Me pareció ver que un elevado árbol, plantado en un triclinio muy grande, se inclinaba hacia el suelo y en su raíz brotaba un joven retoño lleno de flores. Yo estaba angustiado por el retoño, temiendo que fuera arrancado junto con el grande y entonces, al acercarme, veo al grande cortado sobre la tierra y, en cambio, al pequeño derecho y levantado de la tierra. Cuando lo vi dije angustiado: «Este árbol corre peligro de no salvar siquiera su retoño.» Y alguien que me era totalmente desconocido me dijo: «Mira con atención y tranquilízate porque, al permanecer la raíz en tierra, el más pequeño se mantiene intacto y se asentará cada vez más firme»”[3].
[3] Traducción de José García y Pilar Jiménez (Gredos, 1982).
Tras el posterior ensamblaje de sus dos partes, se trasladó a su ubicación actual en el patio de los Museos Arqueológicos de Estambul. Y ahora, acerquémonos al mismo, nunca ha estado prohibido tocarlo. Las muchas cicatrices de sus paredes cuentan parte de su historia:
Tras la toma de la ciudad por los otomanos en 1453, la iglesia de los santos Apóstoles fue demolida, construyéndose sobre su emplazamiento el gran complejo (külliye) de Mehmed II el Conquistador -Fatih, en turco, como el nombre de todo el distrito urbano que preside. Algunas malas (y desinformadas) lenguas se empeñan en afirmar que los cadáveres de los mandatarios bizantinos allí enterrados se sacaron de sus tumbas para hacer con sus huesos el mortero de cal destinado a edificar la musulmana Estambul…pero no ha de olvidarse que los turcos tan sólo pudieron rebañar los exangües despojos que habían sobrevivido a la cuarta cruzada (1204) -cristianos latinos vs cristianos ortodoxos, todo queda en familia-, en el curso de la cual toda Constantinopla fue saqueada sin escrúpulo alguno -tal y como afirma el historiador coetáneo y testigo de los hechos, Nicetas Coniata (572.79-575.58)-, inclusive los panteones reales, profanados para rapiñar los ajuares de sus tumbas y las ricas vestimentas de sus ocupantes. De hecho, nuestro sarcófago presenta en la línea de unión entre el cuerpo y su cobertura varios lascados por presión que vienen a evidenciar el intento de abrirlo mediante el uso de una palanca; frustrado aquel primer intento, al parecer, se recurrió a algún objeto contundente a modo de ariete con el que se logró fracturar uno de los lados cortos, requiriéndose para su restauración posterior el ensamblaje mediante las dos grapas aún visibles.
Ahora bien, si el supuesto sarcófago de Juliano provenía de los Santos Apóstoles, ¿cómo y cuándo terminó en la punta del Serrallo? Sobre el particular no existe respuesta. Se sabe a ciencia cierta que Mehmed Fatih se hizo construir una primera residencia en el actual barrio de Beyazıt -conocida a posteriori como el Palacio Viejo (Eski Saray)-, hoy desaparecida bajo el solar del campus universitario. Alcanzada su senectud, ordenó la erección de otra nueva (Yeni Saray) sobre la acrópolis de la antigua Bizancio, dando origen al gran conjunto palatino conocido como Topkapı. Allí aún existen varios sarcófagos antiguos cuyos cuerpos inferiores se emplearon como pilones de fuentes -véase, verbigracia, el sito junto al kiosco Bagdad-. El reciclaje de materiales clásicos y medievales fue, desde la conquista, una práctica habitual y constatada en la arquitectura estambulita. Tal vez -sólo tal vez- el cuerpo pétreo de aquel ataúd sirviese durante algún tiempo como vaso o abrevadero de acémilas -capacidad tiene su receptáculo interno-, viniendo esto a explicar también la (aparentemente) extraña separación de su pesada cobija.
Desde su traslado al patio de los Museos, su identificación ha sido objeto de una irresoluta controversia entre los especialistas. Aún así, para la mayoría, los argumentos a favor son suficientes: se non è vero, è ben trovato. Carente de cuerpo en su interior, el sarcófago se ha convertido en una suerte de cenotafio hasta el que peregrinar para leer con solemnidad algunos pasajes de la vasta obra de Juliano; la «Gran Diosa», a quien dedicara un tratado, parece quererse sumar a las honras haciendo florecer las rosas del parterre contiguo.
Sea…
Dedicado a Alicia Sánchez Baena, acuarelista, a quien cunden los viajes más que a nadie
Supongamos que Shakespeare existió. Obviemos, por un rato, todas las controversias existentes acerca de su vida y las obras que se le atribuyen, vayamos al fondo, al del tiempo, a la historia. El célebre dramaturgo la empleó para contextualizar parte de sus escritos, dándoles color de época, aunque se tomara muchas licencias artísticas que hoy nos chirrían por anacrónicas, como el hacer que un reloj diese las horas en la antigua Roma. Entiéndase, no estaba en su anhelo el hacer un relato pulcro de lo pretérito, sino mover a sus personajes, como marionetas, por un escenario remoto para hablarnos de las pulsiones de nuestra propia naturaleza, las mismas desde que existimos. Valiéndose de este revestimiento, por ejemplo, con sus enriques y ricardos denunciaba, de tapadillo, el totalitarismo monárquico, los abusos y ambiciones desmedidas de los aristócratas. Del mismo modo, en sus famosas tragedias ambientadas antaño –Macbeth, Coriolano,Julio César, etc.-, tampoco faltaba la crítica social. Ahora bien, su público debía ser inteligente y leer entre líneas, captar sutilezas e ironías, puesto que un ataque deliberado al establishment terminaría con su cabeza clavada el Puente de Londres. Sin embargo, no era la pretensión de su arte el imponer una ética, sino proporcionar al respetable un espejo donde mirarse, “mostrar” -como se afirma en Hamlet– “a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico”. William Shakespeare no tenía alma de curilla, que cada cual sacase sus propias conclusiones y actuara, si le placía, en consideración. Transcurridos tantos siglos de su muerte, ¿no es esto preferible a la imposición de una y única moral subjetiva? Quizá por ello no dejen de llevarse a escena sus obras desde el momento del estreno; este es, verdaderamente, el valor de un clásico.
Uno que, seguro, ha de conocer bien la figura del bardo de Stratford-upon-Avon, por aquello de ser filólogo y profesor de lengua, literatura inglesa y teatro isabelino en la Universidad Jaume I de Castellón, es Santiago Posteguillo, aunque, sin duda, resulta más conocida su faceta creadora de exitosas trilogías de togas y espadas. Finiquitadas las vidas de Escipión y Trajano, aprovechando el boom de la literatura de género, el autor ya va por el segundo tomo que dedica a Julia Domna quien, más allá de ser la esposa del emperador Septimio Severo y madre de los siguientes, Geta y Caracalla, tuvo vida propia. Para modelar su personaje, el autor bebe y se inspira en las fuentes clásicas que a aquella se refieren, luego añade su imaginación. Los lectores acceden al libro siendo plenamente conscientes del género narrativo que tienen entre manos, una novela, no un sesudo ensayo académico pleno de notas a pie de página y mucha cautela aseverativa. Sin embargo, tras la reciente publicación de su último libro, asistimos, ojipláticos, a un linchamiento cibernético por parte de una caterva de nuevos inquisidores que, lejos de aceptar la libertad creativa inherente al arte contemporáneo -la literatura también lo es-, se arrogan la posesión de la verdad histórica -la “realidad”, afirman (¿tras su viaje al pasado?)-, que es única y, acabáramos, coincidente con la suya. ¿Tras tantos siglos de imposiciones y cánones estrictos, de censuras, índices y quemas de libros, estamos dispuestos, de nuevo, a retroceder?
Las obras completas de Shakespeare son ideales para llevarlas a una isla desierta y no sentirse solo; condensan casi todo lo referente al ser humano y las oscuridades del alma. Cuando leemos a estos ofendiditos on line, de puro simple, no podemos evitar acordarnos de algunos dejes de los magistrales personajes del inglés, pero en burdo. Al margen de los focos de algo que consideraban propio y les ha sido usurpado, en cierto modo, nos recuerdan, enternecidos, al viejo Falstaff cuando el díscolo Harry prospera a Enrique V y queda fuera de juego. No obstante, su lengua viperina, a golpe de tweets asonantes, tiene más del antonomástico resentido porque el mundo le hizo así, Ricardo III, cuya fealdad externa no difiere de la interior. Al igual que él, consumidos por la envidia, no soportan el éxito ajeno -“nada podrá complacernos si no es la paz de no ser nada”- y lo atacan, con furia, hasta su exterminio. Para llevar a cabo su misión de purga, en aras de una más que dudosa cientificidad, precisan voces que les conminen a actuar -como a Macbeth-, y en sus redes, nuevos patíbulos de escarnio, jalean a su claque (de bots rusos, pagados) preguntándoles, de manera retórica, si, por un casual, desearían asistir al juicio sumarísimo que se disponen a hacer. Lamentablemente, la concurrencia de la platea -cuya volubilidad, por decirlo suave, también temía Shakespeare- siempre está ávida de carnaza y claman por la libra que adeuda El mercader de Venecia a Shylock. En su proceder, dan la vuelta al monólogo de Marco Antonio en Julio César, comenzando su alocución, trapaces, mentando la honra, a continuación, apuñalan. Y ahí entra escena el papel de Yago, el celoso y maledicente camarilla de Otelo, experto en emponzoñar el juicio de terceros propagando su inquina hacia la prosperidad ajena. Como acto final, antes de bajar el telón, exultantes por lo hecho, retuitean la ovación que sus palmeros prodigan a la degollina, dándoles la razón. Asistimos al espectáculo como el rey Lear, consternados por la ingratitud que muestran hacia la mano que, paradójicamente, les da de comer, puesto que el novelista acrecienta el interés sobre el mundo romano del que aquellos tratan de vivir. Y podríamos seguir, en la dramatis personae no falta arquetipo alguno.
Todo esto resulta gracioso, pero está en juego algo muy importante, la libertad artística. Llegados al siglo XXI, aquella no debería constreñirse a los estrechos límites dictados por agentes represores, bastantes tuvimos ya; otra cosa es el mercado. ¿No sería preferible que, como público, accediéramos a la cultura desprovistos de prejuicios e intereses subrepticios inculcados?, ¿acaso no es mejor que cada cual, en base a su experiencia, se forme su opinión personal? La teoría y crítica literaria existen como oficio, son necesarias, ahí teníamos a Harold Bloom -un verdadero influyente–, sugiriéndonos lecturas, con argumentos, siempre en positivo. En las antípodas, desde la negatividad, teclean los odiadores -ellos dirían haters o trolls, como, vendidos al capital y a las tendencias, hablan de fake news-, emponzoñando trabajos que, para más inri, reconocen no haber leído en su totalidad (!), despotricando con esas faltas de ortografía que tanto les desacreditan, igual que sus insultos a los lectores de Posteguillo, tachados de analfabetos (cuando ni él mismo acentúa bien).
Nuestro Cicerón de cabecera, presto a desasnar a su grey…
¿No nos enriquecería más la pluralidad? ¿Y si el tiempo que emplean en calumniar en Twitter, ociosos ellos, lo invirtiesen en redactar su versión de los hechos, su propia Julia Domna?, ¿acaso no hemos construido el relato de nuestro pasado a partir de un cúmulo de múltiples perspectivas? El primer día en la carrera de historia nos enseñan que la verdad no existe, pero sí la mentira. Suspicaces por naturaleza, instintivamente, desconfiamos de quienes se autoproclaman adalides del rigor, pontificando desde sus cátedras virtuales una revelación que, por supuesto, sólo a ellos ha sido hecha; mucho ruido y pocas nueces, que diría Shakespeare. La ciencia muere un poco cuando un cuñado de la antigüedad se permite estipularnos lo que no leer a fin de evitar daños de percepción, y aún más, cuando, amenazantes, acotan los terrenos que los literatos no deben pisar con, lo que llaman despectivamente, sus juegos.
Al final, como, supongo, se van haciendo cargo, todo suele responder a algo más prosaico, el dinero. El profesor Posteguillo convierte en superventas todo lo que produce, mientras que las publicaciones de los que le acusan de intrusismo -filfa y refritos de “historia real” [sic]-, tienen una comercialización muchísimo menor. Y aún así, cuando cambian las tornas e, irónicamente, aquellos lenguaraces son, a su vez, criticados, como toda defensa esgrimen orgullosos sus cifras de venta, como si éstas fueran un marchamo de calidad y Belén Esteban no pudiera alardear de lo mismo. ¿Es la cantidad despachada sinónimo de calidad?
Abogando y defendiendo, con vehemencia, la libertad artística y creativa frente a este tipo de esnobismo censor, ¿corremos el riesgo de convertirnos, precisamente, en aquello a lo que nos enfrentamos?, ¿No nos enseña, precisamente, el Enrique IV que uno se malea enseguida por las mismas corruptelas que se propuso combatir?, ¿ser o no ser? El caso particular de Santiago Posteguillo -con quien, huelga decir, no tenemos comisión alguna- sirve para ilustrar una situación generalizada en las redes, el microcosmos explica el macrocosmos: cuanta más libertad de expresión tenemos, peor la utilizamos. La discrepancia es lícita, faltaría, y, en ocasiones, la confrontación de ideas o planteamientos es inevitable, pero ¿por qué no debatir desde el respeto y en términos educados en lugar de difamar con tono marisabidillo?, ¿no debería ser la crítica constructiva en lugar de encaminarse al sabotaje del esfuerzo de otros? En el fascinante y necesario mundo de la divulgación histórica, donde cada cual, por el bien común, aporta su granito de arena lo mejor que puede, ¿no debería existir mayor corporativismo y apoyo mutuo en lugar de tanta lucha deshonrosa por migajas?, ¿no será mejor, damas y caballeros, que entre bomberos no nos pisásemos la manguera?
Empezó a desnudarse cuando desperté de la siesta. Metro setenta, media melenita morena, gafas polarizadas, shorts, camiseta de tirantes, chanclas. El striptease descubrió un cuerpo bronceado, tatuajes, quedándose a las puertas del completo a sólo con un tanga de distancia (que ya es recato para el Migjorn). Miraba su móvil, quizá leyendo las crónicas insulares de Jacinto Antón, sabe Dios. Volví yo a El valle feliz de Schawarzenbach como radical anticlímax. Pero a ratos miraba de reojo, a qué engañarnos. En rigor, a unos 30 metros de distancia, no atisbaba mucho más allá de las plantas de sus pies de uñas rojas, perpendiculares a mi grávida horizontalidad de sobremesa. Ella, a ratos, se daba crema; yo, rumiaba frases del tipo: “¡Con treinta años en los tell de Siria, acabaría por echar raíces! Ya que solo tenemos una vida, no podemos derrocharla ni desperdiciarla. Haríamos bien en reflexionar a tiempo…”. Al poco se levantó de un brinco, hora de trabajar, supongo. Una precisa coreografía la vistió enseguida. Guardó sus pertenencias en el bolso. Con un golpe de mano recogió la toalla, sacudiendo la arena y poniéndosela al hombro. En el codo, el casco de la moto. Cuestión de segundos, profesionalidad. Poco después, mientras contemplaba nuestro campamento dominguero -sillas, cojines, nevera (cervezas, mejillones, gazpacho, melón), sombrillas, cámara, libros…-, oí un motor perdiéndose en el rally de la Pitiusa. Me prometí que, algún día, viajaría como ella.
Aeropuerto de Budapest, febrero de 2020.
No terminé Legionario. El manual (no oficial) del soldado romano (Akal, 2010), así que desconozco el contenido reglamentario del macuto (sarcina) de los fundadores de Aquincum, origen de la perla del Danubio, pero seguro que no era tan pesado como el mío. Dado que el regalo de mi partenaire por mi cumpleaños era una escapada de ocio, limité la arqueología, estrictamente, al viejo anfiteatro; hoy como entonces lleno de fieras, perros en concreto, corriendo por la arena y deyectando.
En esta ocasión, como en tantas otras, mis intereses venían determinados por aquellos lugares que otrora recorrió en la capital húngara Patrick Leigh Fermor, peregrino de la belleza. De su ya mítico periplo por la Europa de entreguerras, desde Holanda a Constantinopla a pie, nos quedan dos nostálgicos libros, El tiempo de los regalos (1977) y Entre los bosques y el agua (1986), publicados en grueso conjunto por RBA en 2011 (a título póstumo, a partir de sus anotaciones, la misma editorial pondría a la venta El último tramo en 2014). Al comienzo de los mismos, consigna el autor el contenido de su ato para atravesar en oblicuo el continente: “un viejo abrigo militar, varios jerséis, camisas de franela gris y un par de ellas blancas para vestir, una cazadora de cuero flexible, polainas, botas claveteadas, un saco de dormir (…), cuadernos de notas y blocs de dibujo, gomas de borrar, un cilindro de aluminio lleno de lápices Venus y Golden Sovereign, un viejo libro de poemas ingleses editado en Oxford (…), el Horacio, volumen I, de Loeb”, en cuya guarda, su madre “había anotado la traducción de un breve poema de Petronio (…): «Abandona tu hogar y busca costas extranjeras, oh joven…No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal…»”.
Sin embargo yo, a mi regreso, tras sólo cinco jornadas en la urbe, portaba en mi baqueteada mochila, cosida de banderas cual capa de tuno, pero más sosita que la de Pocholo, además del citado y voluminoso tomo: los Noble encounters de Michael O’Sullivan (CEU Press, 2018), Lonely Planet -que cargo pero nunca leo-, ropa sucia, cables varios, cámara réflex, teleobjetivo, agenda, postales, estuche -con seis bolígrafos, por si fallan cinco-, pipa, almohada ergonómica, botella de agua y dos del célebre vino Tokaji para brindar por el héroe, viajero y amante a la mínima ocasión. Añádase a este incómodo lastre, mi inapropiado atavío: Timberland, con sus 14 ojales -consciente del control de acceso a la terminal y la hinchazón de pies en vuelo-, pitillos ceñiditos -ideales para esterilizarme en las estrecheces de Ryanair-, cinturón -sin necesidad alguna, gracias a las croquetas-, tupido jersey de Aran con cuello alto -hay en mí un guiri con veleidades de marino-, bufanda, gorro y, por encima de todo, el cargante plumas McMurdo, de amplísimos bolsillos rebosantes de dos móviles, libreta, portaminas, edición en octavo de Moby Dick -complemento clave para mi look de predicador- cartera, dispositivo Iqos y sus correspondientes cargas, tabaco de liar, filtros, papel, Zippo, peniques ingleses (?), florines, guía de la Casa del Terror y fotocopias explicativas de sus salas, tapones de plástico, cucharilla de helado, caja de Barkleys…Súmenle la cueva de Alí Baba que constituye mi riñonera y el contenido de la maleta que facturé, llena de exóticas cervezas locales destinadas a engrosar mi ya de por sí atestada bodega (¿cuándo me encerrará la histeria del corona virus?).
En casa de herrero, cuchillo de palo. Llevo una década ganándome la vida con esto y cada vez me lo monto peor. Una vez en destino, me sobra más de la mitad de lo que traigo y he de arrastrarlo de aquí para allá cual mula de Mario. En los suelos del Historial de la Grande Guerre de Péronne he contemplado horrorizado, con empática incomodidad, los aparatosos equipos que portaban los soldados en las trincheras.
Al parecer, anhelo superarlos. Eso sí, en cuanto regreso, me enmiendo desde el arrepentimiento y, como vanos propósitos de año nuevo, confecciono magros listados de cosas que llevar a las maniobras…aunque llegado a la víspera, invariablemente, vuelva a atestar el equipaje de inútiles por síes. ¿Qué fue de la enseñanza de la chica del Migjorn?, ¿aprobaría Paddy mi petate?, ¿acaso no me había impuesto la ligereza tras leer La vida simple de Sylvain Tesson? A punto de sucumbir a la enésima decepción conmigo mismo, hallo el lado positivo a mis cargas de sherpa: cansan, y mucho, e invariablemente me duermo en el avión…siempre y cuando, claro está, me lo permita el paisanaje que los puebla, pero eso ya es harina de otro costal…
Epílogo
Moratalaz, horas después.
Llegamos a casa como Frodo y Samsagaz alcanzaron Orodruin. Pongo Netflix, cualquier cosa vale para volver a propiciar el sueño. Venga, va, Su último deseo, que sale Dafoe. Al poco de empezar, una voz en off: “Nos movíamos rápido. Llevábamos poco equipaje. Éramos jóvenes”. Palabra.
Muy fría, así la recuerdo. Rávena, al ocaso, se sumía en la niebla. Atrás quedaban los calores del Ca’ de Vèn y todos caldos de la Emilia-Romagna que nos echamos al coleto tratando de calentarnos. Para cuando salimos del restaurante, el vaho ya formaba un continuum con el humo de los cigarros, asemejándonos a dragones que habían bebido agua. Las paredes de los antiguos palazzi exudaban del relente, empapándose también los adoquines del casco viejo, atemorizando nuestros pasos, los únicos que, a esas horas de la noche, atravesaban la espectral plaza de san Francesco. Aquello era idéntico a la portada de El club Dante (Matthew Pearl, 2004), y, precisamente, hacia su tumba nos dirigíamos.
Llegados a este punto quedaría estupendo afirmar que, para entonces, había leído su Comedia -lo de Divina es posterior, como el apelativo de Buonarrotti-, pero no, ni todavía. Determinados clásicos los reservo para disfrutarlos cuando alcance la madurez (aún me como las uñas) y me regalen una buena edición con aparato crítico. Mis magros conocimientos sobre el bardo florentino los conformaban ciertas reminiscencias de las clases de literatura –Dolce stil novo, güelfos y gibelinos,Beatriz, exilio…- y los proporcionados por la referida novela. Surgida al calor de El Código Da Vinci (Dan Brown, 2003), el libro, como todos los que devoré en su época, volvía a repetir el esquema canónico: artista conocido – trasfondo histórico – conspiración – asesinatos – detectives heterodoxos. Tampoco es que fuera nada del otro jueves, pero menos da una piedra y la calígine bostoniana en el que se desarrollaba su intriga -el smog yankee-, venía que ni pintada a la atmósfera brumosa que se cernía sobre nosotros.
El mausoleo –Dantis poetae sepulcrum-, como es lógico, estaba cerrado, pero daba igual. Lo importante era estar presentes, sensibles al espíritu del lugar, el deleite romántico; no en balde, nos habían precedido en el mismo ritual Lord Byron y Oscar Wilde. Además, allí, quise creer, aparte de al toscano, podíamos convocar también a otro vate, aquel que guio la katábasis por el Infierno de su colega. Hasta la tumba de Dante, por supuesto, en último término, nos había llevado el más célebre de los aedos latinos, pero más que por sus Églogas o Bucólicas -a las que este urbanita, todavía, sigue sin cogerles el punto-, llegué gracias a La muerte de Virgilio (Hermann Broch, 1945), mucho antes que la Eneida cayese en mis manos. El gran canto dinástico de los Julio-Claudios -que su propio autor quiso arrojar al fuego en el lecho de muerte-, sí que lo tenía trabajado, incluso me afloraron algunos latines, los fáciles, “Arma virumque cano”, “Sic notus Ulixes?”, “Timeo danaos et dona ferentes” y, mi favorito, “Tu, Marcellus, eris”, cuando el hijo de Anquises, acompañado por la sibila cumana, contempla al sobrino de Octavio, muerto antes de tiempo, vagando en el reino de las sombras como premonición de la grandeza que habría de venir. Para ilustrarlo, nos queda el emotivo cuadro de Ingres, recreando un recital en el que la jovencísima Julia, la hija de Augusto y esposa de aquel, al oír el verso, colapsa de dolor, en contraste con la adusta actitud de matrona contenida que, ante el recuerdo del fallecido que estaba llamado a ocupar el solio imperial, sospechosamente, muestra Livia… ¡Qué señora!
Tu Marcellus eris. Jean-Auguste-Dominique Ingres, ca. 1820 (Toulouse, Musée des Augustins)
Y es que le tengo un especial cariño a esta pendenciera familia desde el Yo, Claudio, muchos años antes de estudiar a Suetonio, Casio Dión, Veleyo Patérculo, Tácito o Livio. No me duelen prendas en admitir que leo obras de ambientación histórica. Remarco, de ambientación, tengo claras las diferencias entre ambos géneros narrativos, aunque Kapuściński -el magistral cronista sui generis del pasado cercano- dijese que eran “orillas del mismo río”. Pese a ser consciente de la mala prensa que tienen estas novelas y sus lectores entre algunos envarados puristas del gremio, no tengo sus críticas muy en cuenta; la mayor parte, como yo, también leen la Ilíada o a Cátulo en castellano (que es oír a como a Sabina traducido al japonés).
La literatura contemporánea me ha llevado a los clásicos, no al revés y en aquella ciudad estaba por otros cuatro libros. Rávena fue la tumba de Roma (László Passuth, 1963), en la que se recrea la vida del (no tan) bárbaro Teodorico, caudillo de los ostrogodos, cuyo palacio y tumba no se hallaban muy distantes. Por otra parte, el paisaje del cercano puerto militar de Classe y sus lupanares, me lo proporcionó la aventura en el Adriático de los carismáticos centuriones Cato y Macro en La profecía del águila (Simon Scarrow, 2005). Ahora bien, aquellos dos sólo eran los entrantes a los principales textos que acicatearon mi viaje: Teodora, emperatriz de Bizancio (Gillian Bradshaw, 1987), sobre el devenir de aquella resuelta mujer, hija de un domador de osos, que, sin escrúpulo alguno, medró en la Constantinopla del siglo VI hasta alcanzar la más alta cumbre del poder, y, por supuesto, El conde Belisario de Robert Graves (1938), el más vilipendiado de los que osaron darle una vuelta a las fuentes para construir su propia versión. Pocos saben que éste fue catedrático de poesía en Oxford, y calidad de tal, considero, debe entenderse su producción. A este respecto, cabe citar lo dicho por J. R. R. Tolkien, colega de la misma universidad e igualmente veterano de la batalla del Somme -sus experiencias bélicas les resultaron muy fructíferas a ambos para crear sus guerras- quien afirmó que: “las leyendas dependen del lenguaje que las crea”. ¡Ya querrían muchos sesudos académicos escribir la mitad de bien!
Con todo aquello por bagaje, al día siguiente, acudí a San Vital a fin de poner cara a los protagonistas de mis libros, inmortalizados en el presbiterio de la iglesia en uno de los mosaicos más famosos de la historia del arte. A ambos lados del altar mayor, se exhibe un aparatoso ceremonial constantinopolitano en el que participa lo más granado de su siglo de oro. A la derecha, Teodora, con ojos saltones, recortándose sobre una aureola de santidad (!), engalanada con las joyas que siempre me han recordado a la célebre fotografía de Sofía Engastromenos luciendo el ‘Tesoro de Príamo’. La basilisa, oferente, posa acompañada de su séquito de cortesanas y eunucos. Justo enfrente, en pendant, Justiniano, de aviesa mirada, rodeado de su guardia de corps, clérigos y nobles, entre los que se ha querido ver a quien, con acierto y nostalgia, se ha denominado ‘el último general romano’: Belisario.
A falta de un epígrafe que lo identifique -como el existente junto al arzobispo local, Maximiano-, hemos de fiarnos de la tradición y creer que, el brazo armado del infructuoso intento de resucitar de sus cenizas la perdida grandeza del imperio, es el personaje barbudo que aparece a la izquierda del monarca, según lo vemos nosotros, su mano derecha en realidad. Se non è vero, è ben trovato. Contemplándolo extasiado, me daban igual las dudas existentes acerca de su presencia iconográfica. De forma que, enmendando Virgilio, exclamé: Tu, Belisarius, eris! Para mí, ahí estaba, mirándome, el héroe de la novela.
Gracias a esa experiencia cuasi mística, andando el tiempo, llegué a disfrutar, tanto como lo hice, devorando las Guerras y la Historia secreta de Procopio de Cesarea, la principal fuente para aquella época. Testigo directo de la mayor parte de los hechos que narra, sirvió junto a Belisario como consejero durante sus luchas contra los «bárbaros» -persas sasánidas, vándalos, bereberes y ostrogodos – y estuvo presente en la (re)conquista de Rávena por el general en el 540. Pese a que al comienzo de ambos volúmenes loa el genio estratégico del militar como paladín de la cristiandad, a posteriori, sin que alcancemos aún a saber el porqué, se distancia, convirtiéndolo en el blanco de su biliosa inquina. Ahora bien, peor parte se llevó Justiniano, al que sin ambages tilda de tirano y “príncipe de los demonios”, y también tuvo lo suyo para sus correspondientes esposas -Antonina y Teodora-, ya que en su opinión movían en la sombra, a su antojo, las marionetas de sus maridos. En lo concerniente al emperador, cabe decir que pese a que el militar siempre le guardo lealtad, acatando todas sus órdenes -incluso la de sofocar, con mano dura, la revuelta de la Nika del 532, con un saldo de 30.000 muertos en el hipódromo-, celoso de que le hiciese sombra un súbdito por la fama que iban cobrando sus victorias, le pagó con la ingratitud, haciéndole caer en desgracia. Algunos incluso le atribuyen haber ordenado que se le arrancasen los ojos, pero se antoja difícil de creer puesto que siguió comandando ejércitos e, incluso, poco antes de morir, se le encomendó la defensa de la capital ante el asedio de los búlgaros.
El vencedor de la temible caballería catafracta en Dara, el mismo que celebró el último triunfo de la antigüedad tras su victoria contra Gelimer en el norte de África, devendría en un personaje de la épica medieval como el Cid o Roldán, aunque, a decir del erudito bizantino Juan Tzetzes, terminó sus días mendigando óbolos por las calles de Constantinopla, donde murió el 13 de marzo del 565.
¿Fue Procopio más objetivo que Graves en la transmisión o también aliñaba sus relatos? La mera insinuación de que las derrotas sufridas por Belisario se debieron a la ira de Dios, hoy día, lo desacreditaría a ojos vista de la comunidad científica, pero las fuentes deben entenderse en el contexto que fueron escritas. Enjuiciar su historicidad con nuestros parámetros actuales supone un grave error de perspectiva, y el fatuo debate acerca de la Verdad -con mayúscula-, una discusión bizantina, en pretérito imperfecto. Ni siquiera su efigie (?) en San Vital, descompuesta en teselas, era fidedigna con el hombre…pero ahí estaba, escrutándome. Yo le sonreí. Mi viaje había sido motivado por la literatura. Desde pequeño, como a Nausícaa, me gustan los cuentos; la historia…sólo es trabajo.
“La historia (…) resulta tanto menos legible cuanto más histórica es”
Robert Graves
Antes de convertirse en el pequeño diablillo del mundo para el gran ̒Awdah y Gertrude Bell, o para el resto en el emir dinamita, el Garibaldi de Arabia o el rey sin corona de La Meca; de ascender vertiginosamente de alférez a teniente, capitán, mayor y coronel; de ser conocido como Aurens, Awrans, Laurens, Lurens, Orens o Urens, y, muy a su pesar, de forma más habitual, con el romántico título de Lawrence de Arabia -que odiaría tanto que, una vez concluida la Primera Guerra Mundial, cambiaría de apellido en dos ocasiones-; previamente a todo eso, y mucho antes de que lo inmortalizara en celuloide el hígado rubio de ojos azules que pactó con el demonio, Thomas Edward Lawrence (Tremadoc [Gales], 16 de agosto de 1888 – Bovington Camp [Inglaterra] 19 de mayo de 1935), Ned para su familia o T. E. para sus amigos -y de aquí en adelante-, fue historiador y arqueólogo.
A tenor de lo escrito por los múltiples autores que han glosado su vida, ya sea con un enfoque apologético, en ocasiones lindante con la hagiografía, u optando por una imagen detractora y capaz del vilipendio más bajuno, Lawrence, que a nadie deja indiferente, pronto encontró su vocación. Desde la niñez, una vez asentada su pecaminosamente nómada familia en Oxford, demostró tener una “afición que las personas mayores creyeron malsana en un chiquillo”: la arqueología.
El infante galés reverenciaba la historia y siendo aún niño se jactó ante un compañero de colegio de haber nacido el mismo día que Napoleón, pese a que por unas horas no fuese cierto. Años después un amigo diría que en él había “algo del dómine de labios delgados de Oxford”. De todo el pasado, T. E., al igual que J. R. R. Tolkien, sublimó la Edad Media, y de ésta, fundamentalmente, las Cruzadas. Leía todo acerca del medioevo, especialmente La mort d’Arthur. La épica de Malory, volumen que no en balde llevaría encima durante la rebelión del desierto junto con las comedias de Aristófanes y una compilación de poemas, forjó el alma de un niño retraído que se negaba a jugar con los demás, a ser como el resto y participar de sus reglas, tal vez sabedor de su latente diferencia. Era un personaje solitario que navegaba en canoa por el Cherwell y el Támesis o recorría las alcantarillas de la vieja ciudad y trazaba planos, temprana inclinación cartográfica que a la postre constituiría su primer servicio de guerra. El joven Lawrence, con el deseo de formar una pequeña colección arqueológica, gastaba parte de su asignación en comprar a los obreros de Oxford los fragmentos de alfarería que hallaban en su trabajo, los cuales estudiaba con minuciosidad hasta convertirse en un especialista con ideas propias que no tardaría en llamar la atención del Conservador del Museo Ashmolean, D. G. Hogarth. Cuando llegase a su madurez quería tener una imprenta de lujo y en esta época caviló la idea de escribir un libro sobre cerámica donde refutar algunos asertos erróneos de los sabios, pero este proyecto de redacción, como tantos otros, lamentablemente se quedó en el tintero.
La pasión por la Edad Media creció exponencialmente gracias al uso de la bicicleta, adfuit omen de las monturas con giba y la fatídica Brough Superior. Montado sobre su particular Hengroen, realizó largos periplos por Inglaterra con el propósito ver in situ las iglesias, catedrales y fortalezas mencionadas en sus libros. Estudiaba estos monumentos a conciencia completando sus pesquisas con dibujos, fotografías y calcos en brass rubbing. Poco después cruzó el Canal y llevó sus excursiones hasta Francia, donde en poco tiempo puedo ver los principales hitos de su patrimonio. Pero en estos viajes había algo más, T. E. durante toda su vida llevó a cabo la máxima délfica del autoconocimiento y en dichas expediciones, aun siendo un púber, ponía a prueba sus límites físicos mediante extenuantes jornadas de pedaleo, severos ayunos, vigilias o combatiendo la malaria en soledad. Se diría que conocía el designio que las Moiras le habían deparado y se entrenaba con dureza para enfrentarse a él.
En 1907 obtuvo una beca para estudiar historia en el Jesus College. Aburrido con la mayoría de las clases y el engolado Oxford Style, practicó el autodidactismo dando buena cuenta -mañana, tarde y noche- de la biblioteca de la Universidad. Allí añadió a su haber las lecturas premonitorias de los viajes orientales de J. L. Burckhardt y C. Niebuhr, así como uno de sus favoritos, el Arabia deserta de C. M. Doughty que más tarde llegaría a prologar. A diferencia de lo que podría pensarse, la adolescencia no le apartó de las románticas ensoñaciones medievales de su infancia sino que acrecentó su imaginario, dando comienzo, por ejemplo, a la redacción de una historia de Bizancio que nunca llegó a terminar. Para concluir sus estudios, T.E. tenía que realizar una Tesis y, de manera irrecusable, volvió la mirada hacia su perseguida Edad Media. El tema escogido fueron los castillos cruzados del siglo XII y la influencia arquitectónica que éstos ejercieron en relación a Europa. Ya conocía casi todas las fortificaciones de este periodo, tanto de Inglaterra como de Francia, pero el principal objeto de su estudio no se hallaba en el viejo continente sino en el vasto espacio donde se desarrolló el conflicto y que a comienzos del siglo XX todavía se hallaba bajo la férula de la Sublime Puerta. Por el momento…
En soledad, con una veintena de años y un parquísimo hato lastrado por un Colt, Lawrence se dirigió a Oriente, no sin antes acudir al Ashmolean para entrevistarse con Hogarth y pedirle consejo. El gran arqueólogo, que pronto se convertiría en su mentor y posterior compañero en el Servicio de Inteligencia británico, intentó disuadirle ante aquella arriesgada empresa, pero al ver la determinación de éste cejó en su empeño, encargándole la adquisición de algunas pequeñas piezas hititas para el Museo. En cuatro meses de estudio de campo visitó más de treinta castillos, recorriendo para ello un itinerario que hoy comprende partes de Israel, Jordania, Líbano, Palestina, Siria y Turquía. En su errático deambular padeció recidivas de malaria e incluso, en una ocasión, casi pierde la vida durante un robo, si bien cabe reseñar que, algún tiempo después, el mismo ladrón trabajaría a sus órdenes en la excavación de Karkemish (!). T. E. sentía una “ternura especial por los delincuentes”. Lo más meritorio es el hecho de que para documentar su Tesis realizó todo el larguísimo recorrido caminando, sin apenas chapurrear el idioma y viviendo con humildad de la sagrada hospitalidad oriental que le ofrecían los más despojados. Aunque en su vida nunca llegó a dominar el árabe, junto a ellos fue familiarizándose con sus dialectos y, lo que es más importante, de los problemas del sometimiento de este pueblo a la autoridad otomana. Lawrence regresó a Inglaterra con el trabajo hecho y documentado mediante apuntes, fotografías y planos de los castillos francos. Su tesis –The Influence of the Crusades on European Military Architecture to the end of XIIth Century (1910)- a día de hoy sigue vigente y es citada por los especialistas al haber demostrado que la arquitectura militar de Oriente ejerció una grandísima influencia sobre cruzados y éstos la exportaron paulatinamente a sus tierras de origen una vez concluidos sus nóstoi, justo lo contrario de lo que venía siendo aceptado con anterioridad. La Universidad de Oxford licenció a nuestro personaje con un First en Historia -la máxima graduación posible- y un Hogarth agradecido por las antikas recibidas, a la par que admirado por la capacidad del galés y sus conocimientos cerámicos y orientales, decidió apuntarle en el rol de su próxima campaña de excavaciones.
Gracias a los méritos realizados, T. E. obtuvo del Magdalen College una beca de cuatro años para continuar sus expediciones de investigación arqueológica en Oriente Próximo. Estas andanzas le posibilitarían la redacción de su anhelada obra monumental sobre las Cruzadas, pero otra vez el tiempo haría que su intención se viese frustrada. Tras un breve viaje por Atenas -donde cumplió su mayor deseo estético al ollar la sagrada naós del Partenón- y Constantinopla, llegó a la pequeña ciudad siria de Jerablús, junto a la que se erguía altiva la colina de Karkemish en la que el Museo Británico iba a reanudar sus excavaciones después de unos heterodoxos tanteos a la decimonónica en 1878. Este importantísimo yacimiento está constituido por un tell que señorea la orilla izquierda del Éufrates en su curso alto, donde, desde la noche de los tiempos, ha existido un vado natural. Quien controlase el paso, dominaba las rutas hacia al Levante mediterráneo, Anatolia y Mesopotamia, lo cual explica la magnitud estratigráfica de un emplazamiento habitado desde la prehistoria por innúmeras civilizaciones. Durante esta primera campaña de excavación, codirigidas por Hogarth y R. Campbell-Thompson, Lawrence ejerció de chico para todo. Tanto hacía fotografías, como clasificaba la cerámica o llevaba a cabo pequeñas labores de restauración. Si había que remangarse y picar, arrimaba el hombro como el que más y por ello los nativos que estaban a su cargo, a los que conocía por su nombre, lo respetaban como a su igual, virtud que en venideros tiempos de guerra le granjeó el respeto de sus hombres al ser capaz de soportar los mismos padecimientos.
Cuando el invierno llegó a Karkemish y las excavaciones se detuvieron, Hogarth recomendó al galés que siguiese formándose en técnicas de excavación en el lugar donde se aplicaba la metodología más avanzada del momento, Egipto, y junto a una de las figuras más importantes de la arqueología inglesa que por sí mismo constituía una facultad, sir W. M. Flinders Petrie. Sin embargo, la cosa empezó mal. Cuando el gran sabio vio al joven luciendo pantalones de fútbol y una chaqueta deportiva para desempeñar el ilustre oficio de excavar, le reprendió con sorna: “aquí no jugamos al cricket” . No obstante, cuando Petrie se percató de su versatilidad se bienquistó con él invitándole a participar en una segunda campaña. Lawrence se permitió declinar el ofrecimiento del gran pope al no interesarle la egiptología, la cual consideraba demasiado reglada en comparación con la misteriosa civilización de los hititas que estaban descubriendo en el jubiloso ambiente laboral que reinaba en Karkemish.
De esa breve estancia en Egipto quedó en su memoria el recuerdo de dormir entre ratas y vasos de alabastro, así como un olor, el de las especias que adobaban los cadáveres de la necrópolis y que impregnado en sus mortajas de lino se les pegaba en la piel al tener que cubrirse con éstas cuando la fría noche sobrevenía; las pudorosas momias ya no las necesitaban… La próxima vez que T. E. viese el país de las pirámides los cuatro jinetes del Apocalipsis estarían campando a sus anchas por el mundo.
Los siguientes años de intervenciones en el yacimiento sirio son mucho más conocidos gracias al divertidísimo libro del futuro excavador de Ur, Ciudades muertas y hombres vivos, todo un hilarante memorándum de la gran arqueología perdida. Hogarth delegó en C. L. Woolley la dirección de los trabajos tras la primera campaña y éste último renovó el contrato de Lawrence. En rigor, una parte imprecisa de Karkemish pertenecía a Inglaterra desde que el cónsul ante la Puerta, tiempo ha, la recibiese como regalo al ganarse la simpatía del caimacán de turno con un revolver, una capa y un par de botas. Desde aquel entonces había llovido mucho y cuando Woolley iba a tomar el relevo se encontró con varias trabas dispuestas por la corrupta burocracia otomana que esperaba con la mano extendida una renovación de la amistad, como presuponemos hizo Hogarth. El inglés no era de los que se arredraba -la experiencia de trabajo obtenida en el mezzogiorno italiano gozando de contactos en la Camorra siempre es beneficiosa a la hora de recorrer mundo- así que, escoltado por Haj Wahid -un asesino confeso reconvertido en cocinero de los británicos- decidió ir a ver al potentado que impedía su labor con el propósito de mostrarle el firmán del permiso. Al no encontrar benevolencia por parte de su interlocutor, le encañonó con su revólver en la sien. Después, todo fue jabón, cigarros y café a discreción.
Dada la perspectiva de las largas campañas que les esperaban, Woolley quiso construir una casa estable multifuncional. Una nueva lid surgió al momento, al obtener la negativa. Tras la protesta inglesa, por una vez sin la mediación de armas, se les concedió la venia de edificar una sola habitación. Los astutos europeos aceptaron complacidos porque habían ganado la mano al turco, ya que erigirían una gran estancia en forma de U que les proporcionaría tres ambientes ¡e incluso se permitieron alfombrar uno de ellos con un mosaico romano de siete metros! Salvados estos escollos, los trabajos prosiguieron en Karkemish con su habitual normalidad. Dinamita y pólvora. La primera, destinada a voladuras sobre los niveles romanos de la antigua Europus, cuyos restos -al no interesarles por su «modernidad»- eran libados al Éufrates; la segunda, para anunciar los hallazgos -tantos disparos al aire por la cerámica, tantos por los relieves-, un continuo estrépito alborozador que animaba la competitividad de las cuadrillas incentivadas por el sistema de propinas.
Los trabajadores de Karkemish, en su mayoría una reata de bandidos pendencieros, veneraban y respetaban a sus patrones británicos hasta el punto de trabajar gratis o nombrarles jueces para dirimir los inevitables conflictos que surgían en la mescolanza tribal que allí se daba. Quedan para el recuerdo las divertidas anécdotas protagonizadas por los dos capataces del yacimiento, el mentado Wahid, artillado incluso para cocinar, y Hamoudi, el chawîsh que acompañaría a Woolley y Mallowan (y Agatha Christie) en sus principales trabajos en Oriente. También las del joven Selim Ahmed, llamado Dahûm, al que Lawrence enseñó a leer y sacar fotografías. El mismo que tal vez se esconda bajo las siglas de la dedicatoria de su opera magna y que afirmaba ser gente del kalaat -el término dialectal para referirse a Karkemish- de toda la vida, arguyendo que sus ancestros siempre habitaron la ciudadela y “antes turcos, griegos, de todo, ¡siempre musulmanes eso sí!”. Quizá una de las historias más divertidas fue cuando T. E. se llevó a los dos últimos de veraneo a Oxford y quisieron arrancar los grifos de un cuarto de baño y llevárselos a Siria para tener en sus casas agua caliente o aquel otro momento en el que Gertrude Bell visitó el yacimiento y casi muere lapidada al creer los trabajadores que había acudido para desposarse con Lawrence y en un postrer momento le había rechazado.
Las excavaciones continuaron su gracioso curso extrayendo de la tierra una notabilísima cantidad de materiales que en la actualidad atesora el Museo de las Civilizaciones Anatólicas de Ankara tras la renuncia del Británico –rara avis- a sus derechos sobre los hallazgos y el yacimiento poco tiempo después.
Si surgía algún contratiempo, los efendiler acudían al lugar de los hechos escoltados por decenas de edecanes armados con palas, picos y armas de fuego y procedían a lo que sus leales adláteres llamaban ‘trabajo inglés’, que normalmente venía siendo un desenfundar que templaba todos los ánimos -¡incluso en un juicio como acusados!- o, en casos extremos, un buen golpe en la cabeza del problema para que éste no fuese a más.
El trabajo tomó un cariz más interesante, si cabe, a partir de 1912 con la llegada de los alemanes a las proximidades del yacimiento. A un grupo de ingenieros se les había encomendado construir un puente que salvase el Éufrates destinado al tren que uniría Berlín con Bagdad a través de Constantinopla. Obviamente, dado el clima de preguerra existente, detrás de aquella construcción subyacía un fin militar y en este contexto, si no antes, comienza la faceta de nuestros arqueólogos como espías al servicio de Su Majestad. Lógicamente, pertenecen al terreno de la hipótesis las acciones que emprendieron los ingleses con respecto a sus vecinos, pero para la posteridad queda la frase que el mismísimo Lord Kitchener dijo al joven T. E. poco tiempo antes de que estallase la Gran Guerra: “apresúrese, joven, excave antes de que llueva” .
A finales de 1913, Lawrence y Woolley fueron propuestos por Hogarth para formar parte de una curiosa expedición: encontrar la ruta del Éxodo entre Egipto y Palestina. En este caso, no existe ninguna duda de que tan interesante proyecto era sólo la tapadera de una operación de inteligencia. El Alto Mando inglés, consciente del inminente enfrentamiento entre las potencias europeas, encargó al capitán de los Royal Engineers S. Newcombe -futuro colaborador de T.E. en la voladura de trenes- la redacción de un informe militar de topografía estratégica sobre el sur de Palestina y las defensas de los otomanos en esta área, en previsión de una más que probable alianza de aquellos con Alemania en el conflicto que se cernía sobre el mundo. Nuestros dos arqueólogos, acompañados del joven Dahûm, revestían la misión de cientificidad. El Enfermo de Europa autorizó la misma dando salvoconductos al equipo para deambular durante seis semanas por algunas zonas del Sinaí, el Néguev y el Aravá. Naturalmente, los turcos fueron cautelosos y dotaron a los ingleses de una suerte de escolta en la distancia para vigilarles en todo momento y no les autorizaron la prospección de algunas zonas de gran potencial militar lindantes con una de las joyas de la corona británica, el Canal de Suez. El equipo dividido jugaba al ratón y al gato con sus custodios y en una ocasión T. E., infiltrado en zona prohibida, se jugó el pellejo nadando entre los tiburones del Mar Rojo para estudiar la isla del Faraón en el golfo de, ay…Aqaba. A efectos militares, como se demostraría posteriormente, el informe resultante de la expedición -llevada a cabo a comienzos de 1914- tuvo un gran valor en el desarrollo del conflicto. Tal vez lo más sorprendente sea que, en lo que concierne a la arqueología, incluso en esta mascarada de espías se hicieron logros y aportaciones a la ciencia, como el estudio de varios yacimientos nabateos y bizantinos o la más que probable identificación de la bíblica Kadesh-Barnea en el emplazamiento de Ain el-Qudeirat.
La fecha de 1914 también vio arder el manuscrito de la primera versión de Los siete pilares de la sabiduría, la obra que T.E. llevaba a cabo sobre otras tantas ciudades orientales: Alepo, Beirut, El Cairo, Constantinopla, Damasco, Esmirna y Medina. Nuestro biografiado, al igual que Paddy Leigh Fermor, era un escritor torturado por la perfección y al no juzgar como bueno su trabajo lo sacrificó a Hestia. Más allá de que se trataba de una historia comparada, se desconoce el contenido de esa obra, sin embargo, gracias a ese incendio deliberado nacería no muchos años después, bajo el mismo título primigenio, una de las obras más importantes de la prosa británica de todos los tiempos, aunque para eso primero habría que dejar la arqueología y combatir.
El estallido del conflicto acaeció cuando Lawrence se hallaba de vuelta en una Oxford sumida en la atmósfera patriotera jaleada por R. Kipling, R. Brooke y la resurrección del espíritu de la Carga de A. Tennyson.Como tantos jóvenes Oxbridge de su generación -entusiasmados y ardientes en su desesperada ansia de gloria-, dio un paso al frente ante la llamada de Lord Jartum preconizando el dulce et decorumest previo a la reinterpretación de la oda horaciana de W. Owen. Consideramos que en cualquier análisis de su intervención en la Primera Mundial no debería obviarse la perspectiva libresca y romántica de la vida que tenía nuestro personaje. T. E. no era un Tommy Atkins al uso, sino un guerrero de raigambre medieval -como también lo fue Von Richthofen en el bando enemigo- y su quehacer se entiende mejor asemejándolo con el de un afortunadísimo Alonso Quijano, cuyas acciones más conocidas, igualmente, fueron moldeadas por sus lecturas de juventud.
El horror de la guerra cauterizó al joven devolviendo a Inglaterra a un abatido y desencantado hombre similar al viejo cruzado de la pintura de K. F. Lessing. Al poco de reincorporarse a la Universidad diría de un famoso compañero: “Beazley es un tipo maravilloso que ha escrito casi los mejores poemas que jamás han salido de Oxford: pero tenía una concha dura en la que, con el tiempo, parece haber ido retrayéndose cada vez más (…) aquel maldito arte griego”. A él le ocurrió lo mismo. Poco a poco se fue aislando atormentado por el engaño de su personaje, hundiéndose en la introspección hasta renegar de su propio yo, de aquel Lawrence épico pero falso a su entender. Altibajos de felicidad, depresiones, flagelo. La toma de Aqaba, la carga en Tafileh, la captura de Damasco…dejaron sin objeto su vida y terminó por renunciar a ésta, mas no sin antes embarcarse en una particular traducción del segundo poema homérico, afirmando que “durante muchos años (…) estuve manejando armas, armaduras, (…) he cazado jabalíes (…), he navegado por el Egeo (y he gobernado barcos), he doblado arcos (…) y he matado a muchos hombres. Así que poseo conocimientos peculiares que me capacitan para entender la Odisea y experiencias peculiares que me la interpretan”.
La parca lo reclamó con 46 años, dejando atrás una leyenda que el cine magnificó. Hoy día todo el mundo conoce las románticas gestas de Lawrence de Arabia gracias al genial Peter O’Toole, pero no tanto esta curiosa -y a mí entender, determinante- faceta de un personaje que en múltiples ocasiones dejó constancia de que los momentos más felices de su vida fueron aquellos tiempos históricos en Karkemish, en los que comía loto a diario y se bañaba en el Éufrates tirándose por el tobogán que construyeron sus hombres para él. Siendo arqueólogo; en definitiva, uno de los nuestros.