Dioses con pies de barro (y hombres puros)

           

SERRALLONGA ATSET, J., Dioses con pies de barro. El desafío humano a las leyes de la naturaleza…y sus consecuencias, Barcelona, Crítica, 2020. 240 págs. ISBN 978-84-9199-254-7.

Muestran los escaparates y páginas webs de libros que el confinamiento ha sido una época fértil para la escritura. Lejos de sucumbir al hartazgo generalizado sobre todo lo que rodea al coronavirus, algunos han profundizado en el tema desde la preclara dimensión que les provee su experiencia, encontrado una musa para la reflexión sobre el horror. Tal es el caso del polifacético Jordi Serrallonga, quien en calidad de naturalista, arqueólogo, explorador, docente y “primate nómada” -como se define-, presenta una también poliédrica obra, a caballo entre la divertida historia de la teoría evolutiva, el riguroso análisis científico de la pandemia y la particular biografía de un impenitente viajero “cuyo despacho es el mundo” y al que, a tenor de lo expuesto, sólo ven sus alumnos de la Universitat Oberta de Catalunya en las raras ocasiones que cuelga el arquetípico sombrero fedora. A lo largo de todo el ensayo late machaconamente el leitmotiv que le sirve de título -una sugerencia de Carmen Esteban, editora de Crítica-, somos, como especie, Dioses con pies de barro, sujetos como todas a la imparable evolución; la intolerancia a la lactosa lo evidencia. Desde Los persas de Esquilo se viene alertando a la humanidad sobre el riesgo de desafiar las leyes de la naturaleza. Ahora bien, de entonces a esta parte hemos llegado a un punto en el que, según se afirma, ésta “nos lee la cartilla”, aunque, entiéndase, la Pachamama carece de capacidad vengativa. Ahora bien, afortunadamente, “este no es un libro específico sobre la pandemia de la COVID-19” y Serrallonga sí un artero divulgador que sabe embarcar nuestro interés en el HMS Beagle rumbo a las Galápagos con Darwin, o junto a él mismo, el verdadero protagonista del texto, buscando atentos el rastro de los invisibles pumas que, en cuanto nos encerraron en nuestras casas, camparon a sus anchas por las calles de Santiago de Chile, haciendo inevitable la comparación con la Rebelión en la granja de George Orwell. Las páginas saltan de aquí a allá entre distintos lugares del globo en los que el investigador ha trabajado, trayendo ejemplos a colación para ilustrar el último mensaje del tomo: no somos la especie elegida, sólo llevamos aquí unos 250.000 años, podemos extinguirnos como otrora hicieron los dinosaurios, mas está en nuestra mano ralentizar el (¿inevitable?) desastre, conduciendo nuestros actos de una forma más sostenible y respetuosa con el medio invadido, colonizado y arrasado. Y he aquí el principal defecto que puede reprochársele al autor, quien usa la primera persona para narrar sus maravillosas y envidiables expediciones en pos de la ciencia y el conocimiento, pero luego emplea el plural mayestático atribuyendo acciones a un colectivo genérico en el que, quizá, pudiéramos no sentirnos integrados o responsables, ni en calidad de dioses, ni como ángeles exterminadores de especies. Salvando todas las distancias -que son muchas-, en ciertos pasajes parece evidenciarse la influencia de Nigel Barley, aunque este antropólogo, alcanzado el siglo XXI, ha perdido toda la inocencia y está de vuelta, tal vez con razón.