El 2 de diciembre del 2012 tres amigos emprendieron un viaje. La fecha respondía a una elección deliberada, puesto que aquel mismo día, años atrás, Bonaparte se había auto-coronado emperador y, un tiempo después, ganó la batalla de Austerlitz. Sin embargo, el periplo que iniciaba no tenía relación con su gloria, sino todo lo contrario. Seis meses antes, concibieron la idea de repetir la agónica retirada que la Grande Armée llevó a cabo desde Rusia hasta Francia hará dos siglos, como un homenaje, aunque ellos la realizarían a lomos de una quejumbrosa Ural soviética con sidecar que no pasaba de 80 Km/h. y se gripaba con los octanos de la gasolina capitalista de nuestro continente.
Esta romántica y mitómana aventura de 4000 kilómetros entre las capitales de ambos países puede disfrutarse en Berézina. En sidecar con Napoleón (Aguilar, 2017), redactado por el líder de la misma, Sylvain Tesson (París, 1972).

La obra, galardonada con el Prix des Hussards, representa, efectivamente, una audaz epopeya de caballería, una suerte de Anábasis contemporánea, aunque el propio protagonista califique a su gesta como el proyecto de un borracho. Y alcohol no faltó durante el recorrido, “el vodka es bastante más eficaz que la esperanza. Y mucho menos vulgar” a la hora de hacer frente a las gélidas temperaturas atravesando la inmensidad rusa y europea (-17º el primer día, como iniciación); de tanto apretar y castañetear la mandíbula, afirma el autor, una mañana escupió medio diente en el lavabo.
Pero el relato de esta travesía sui generis trasciende la mera crónica de lo acaecido entre un punto A y el B. De forma muy amena se alterna la historia del ejército Francés retrocediendo y la suya propia, rumbo al oeste, salpimentando el texto de profundas reflexiones acerca de la patria, el valor, la heroicidad o la gloria -entendida como una forma de “conjurar el horror mediante actos elevados”-, surgidas durante las interminables horas en el ataúd de cinc del sidecar, surcando el asfalto bajo el que aún yacen miles de soldados. Fragmentos escogidos de las memorias de los supervivientes -una tropa de espectros carroñeros, caníbales y autófagos, comandados por mariscales con la pinta de un mozo de cuadra- son citados tras leerse durante la ruta como reconforte ante las penurias que padecían, evitando así la autocompasión. Ahora bien, en estas páginas, tan bien escritas, los infiernos se contrapuntean con ecos de Tolstói, Montaige o Proust, incluso figuran Kundera y Kerouac. Y también hay humor. Siendo “miope como un estadista” ¿cómo pudo conducir bajo aquellas tupidas cortinas de nieve que le impedían ver a pocos metros, con las gafas empañadas por el vaho y habiéndose olvidado de retirar la película ahumada que protegía la visera del casco nuevo?, y encima, de resaca. A eso añádanle que las más de las veces iba tocado con una réplica del célebre bicornio del corso, mientras que en su frágil vehículo flameaba la bandera del primer regimiento de lanceros de caballería ligera de la Guardia Imperial, componiendo la imagen de un Don Quijote redivivo que arrostraba al general Invierno y a su particular horda de cosacos, los tráileres de gran tonelaje que les rozaban en su avance.
El propio título del libro, Berézina -el río bielorruso que, durante la huida hacia delante, se tiñó de sangre en 1812- ha devenido en símil de catástrofe y caos. Sin embargo, pese a todo, Tesson y sus huestes consiguieron llegar a la Ciudad de la Luz después de 13 días, entrando a los Inválidos por la puerta de honor. Allí, bajo la lluvia, guardaron silencio ante la escultura de Napoleón, a pocos metros de su tumba. Ya sólo pensaba en volver a casa para tomar una ducha y purificarse de sus fantasmas. Es de alabar la belleza de aquel melancólico final, pero nos quedamos con un diálogo de la noche en la que surgió el viaje. Una amiga le preguntó, “por qué repetir la retirada”, y él contestó: “Por honor, querida, por honor”. Signifique lo que signifique esto en el siglo XXI, nos encanta.
Ángel Carlos Pérez Aguayo
13 de octubre de 2019