Tu, Belisarius, eris!

Muy fría, así la recuerdo. Rávena, al ocaso, se sumía en la niebla. Atrás quedaban los calores del Ca’ de Vèn y todos caldos de la Emilia-Romagna que nos echamos al coleto tratando de calentarnos. Para cuando salimos del restaurante, el vaho ya formaba un continuum con el humo de los cigarros, asemejándonos a dragones que habían bebido agua. Las paredes de los antiguos palazzi exudaban del relente, empapándose también los adoquines del casco viejo, atemorizando nuestros pasos, los únicos que, a esas horas de la noche, atravesaban la espectral plaza de san Francesco. Aquello era idéntico a la portada de El club Dante (Matthew Pearl, 2004), y, precisamente, hacia su tumba nos dirigíamos.

1.-PEARL, M., El Club Dante

Llegados a este punto quedaría estupendo afirmar que, para entonces, había leído su Comedia -lo de Divina es posterior, como el apelativo de Buonarrotti-, pero no, ni todavía. Determinados clásicos los reservo para disfrutarlos cuando alcance la madurez (aún me como las uñas) y me regalen una buena edición con aparato crítico. Mis magros conocimientos sobre el bardo florentino los conformaban ciertas reminiscencias de las clases de literatura –Dolce stil novo, güelfos y gibelinos, Beatriz, exilio…- y los proporcionados por la referida novela. Surgida al calor de El Código Da Vinci (Dan Brown, 2003), el libro, como todos los que devoré en su época, volvía a repetir el esquema canónico: artista conocido – trasfondo histórico – conspiración – asesinatos – detectives heterodoxos. Tampoco es que fuera nada del otro jueves, pero menos da una piedra y la calígine bostoniana en el que se desarrollaba su intriga -el smog yankee-, venía que ni pintada a la atmósfera brumosa que se cernía sobre nosotros.

El mausoleo –Dantis poetae sepulcrum-, como es lógico, estaba cerrado, pero daba igual. Lo importante era estar presentes, sensibles al espíritu del lugar, el deleite romántico; no en balde, nos habían precedido en el mismo ritual Lord Byron y Oscar Wilde. Además, allí, quise creer, aparte de al toscano, podíamos convocar también a otro vate, aquel que guio la katábasis por el Infierno de su colega. Hasta la tumba de Dante, por supuesto, en último término, nos había llevado el más célebre de los aedos latinos, pero más que por sus Églogas o Bucólicas -a las que este urbanita, todavía, sigue sin cogerles el punto-, llegué gracias a La muerte de Virgilio (Hermann Broch, 1945), mucho antes que la Eneida cayese en mis manos. El gran canto dinástico de los Julio-Claudios -que su propio autor quiso arrojar al fuego en el lecho de muerte-, sí que lo tenía trabajado, incluso me afloraron algunos latines, los fáciles, “Arma virumque cano”, “Sic notus Ulixes?”, “Timeo danaos et dona ferentes” y, mi favorito, “Tu, Marcellus, eris”, cuando el hijo de Anquises, acompañado por la sibila cumana, contempla al sobrino de Octavio, muerto antes de tiempo, vagando en el reino de las sombras como premonición de la grandeza que habría de venir. Para ilustrarlo, nos queda el emotivo cuadro de Ingres, recreando un recital en el que la jovencísima Julia, la hija de Augusto y esposa de aquel, al oír el verso, colapsa de dolor, en contraste con la adusta actitud de matrona contenida que, ante el recuerdo del fallecido que estaba llamado a ocupar el solio imperial, sospechosamente, muestra Livia… ¡Qué señora!

2.-Tu Marcellus eris. Jean-Auguste-Dominique Ingres, ca. 1820 (Toulouse, Musée des Augustins)
Tu Marcellus eris. Jean-Auguste-Dominique Ingres, ca. 1820 (Toulouse, Musée des Augustins)

Y es que le tengo un especial cariño a esta pendenciera familia desde el Yo, Claudio, muchos años antes de estudiar a Suetonio, Casio Dión, Veleyo Patérculo, Tácito o Livio. No me duelen prendas en admitir que leo obras de ambientación histórica. Remarco, de ambientación, tengo claras las diferencias entre ambos géneros narrativos, aunque Kapuściński -el magistral cronista sui generis del pasado cercano- dijese que eran “orillas del mismo río”. Pese a ser consciente de la mala prensa que tienen estas novelas y sus lectores entre algunos envarados puristas del gremio, no tengo sus críticas muy en cuenta; la mayor parte, como yo, también leen la Ilíada o a Cátulo en castellano (que es oír a como a Sabina traducido al japonés).

La literatura contemporánea me ha llevado a los clásicos, no al revés y en aquella ciudad estaba por otros cuatro libros. Rávena fue la tumba de Roma (László Passuth, 1963), en la que se recrea la vida del (no tan) bárbaro Teodorico, caudillo de los ostrogodos, cuyo palacio y tumba no se hallaban muy distantes. Por otra parte, el paisaje del cercano puerto militar de Classe y sus lupanares, me lo proporcionó la aventura en el Adriático de los carismáticos centuriones Cato y Macro en La profecía del águila (Simon Scarrow, 2005). Ahora bien, aquellos dos sólo eran los entrantes a los principales textos que acicatearon mi viaje: Teodora, emperatriz de Bizancio (Gillian Bradshaw, 1987), sobre el devenir de aquella resuelta mujer, hija de un domador de osos, que, sin escrúpulo alguno, medró en la Constantinopla del siglo VI hasta alcanzar la más alta cumbre del poder, y, por supuesto, El conde Belisario de Robert Graves (1938), el más vilipendiado de los que osaron darle una vuelta a las fuentes para construir su propia versión. Pocos saben que éste fue catedrático de poesía en Oxford, y calidad de tal, considero, debe entenderse su producción. A este respecto, cabe citar lo dicho por J. R. R. Tolkien, colega de la misma universidad e igualmente veterano de la batalla del Somme -sus experiencias bélicas les resultaron muy fructíferas a ambos para crear sus guerras- quien afirmó que: “las leyendas dependen del lenguaje que las crea”. ¡Ya querrían muchos sesudos académicos escribir la mitad de bien!

Con todo aquello por bagaje, al día siguiente, acudí a San Vital a fin de poner cara a los protagonistas de mis libros, inmortalizados en el presbiterio de la iglesia en uno de los mosaicos más famosos de la historia del arte. A ambos lados del altar mayor, se exhibe un aparatoso ceremonial constantinopolitano en el que participa lo más granado de su siglo de oro. A la derecha, Teodora, con ojos saltones, recortándose sobre una aureola de santidad (!), engalanada con las joyas que siempre me han recordado a la célebre fotografía de Sofía Engastromenos luciendo el ‘Tesoro de Príamo’. La basilisa, oferente, posa acompañada de su séquito de cortesanas y eunucos. Justo enfrente, en pendant, Justiniano, de aviesa mirada, rodeado de su guardia de corps, clérigos y nobles, entre los que se ha querido ver a quien, con acierto y nostalgia, se ha denominado ‘el último general romano’: Belisario.

3.-Belisario. San Vital de Rávena (Á.C.P. Aguayo, 19 · 4 · 2018)
Ángel Carlos Pérez Aguayo ©

A falta de un epígrafe que lo identifique -como el existente junto al arzobispo local, Maximiano-, hemos de fiarnos de la tradición y creer que, el brazo armado del infructuoso intento de resucitar de sus cenizas la perdida grandeza del imperio, es el personaje barbudo que aparece a la izquierda del monarca, según lo vemos nosotros, su mano derecha en realidad. Se non è vero, è ben trovato. Contemplándolo extasiado, me daban igual las dudas existentes acerca de su presencia iconográfica. De forma que, enmendando Virgilio, exclamé: Tu, Belisarius, eris! Para mí, ahí estaba, mirándome, el héroe de la novela.

Gracias a esa experiencia cuasi mística, andando el tiempo, llegué a disfrutar, tanto como lo hice, devorando las Guerras y la Historia secreta de Procopio de Cesarea, la principal fuente para aquella época. Testigo directo de la mayor parte de los hechos que narra, sirvió junto a Belisario como consejero durante sus luchas contra los «bárbaros» -persas sasánidas, vándalos, bereberes y ostrogodos – y estuvo presente en la (re)conquista de Rávena por el general en el 540. Pese a que al comienzo de ambos volúmenes loa el genio estratégico del militar como paladín de la cristiandad, a posteriori, sin que alcancemos aún a saber el porqué, se distancia, convirtiéndolo en el blanco de su biliosa inquina. Ahora bien, peor parte se llevó Justiniano, al que sin ambages tilda de tirano y “príncipe de los demonios”, y también tuvo lo suyo para sus correspondientes esposas -Antonina y Teodora-, ya que en su opinión movían en la sombra, a su antojo, las marionetas de sus maridos. En lo concerniente al emperador, cabe decir que pese a que el militar siempre le guardo lealtad, acatando todas sus órdenes -incluso la de sofocar, con mano dura, la revuelta de la Nika del 532, con un saldo de 30.000 muertos en el hipódromo-, celoso de que le hiciese sombra un súbdito por la fama que iban cobrando sus victorias, le pagó con la ingratitud, haciéndole caer en desgracia. Algunos incluso le atribuyen haber ordenado que se le arrancasen los ojos, pero se antoja difícil de creer puesto que siguió comandando ejércitos e, incluso, poco antes de morir, se le encomendó la defensa de la capital ante el asedio de los búlgaros.

El vencedor de la temible caballería catafracta en Dara, el mismo que celebró el último triunfo de la antigüedad tras su victoria contra Gelimer en el norte de África, devendría en un personaje de la épica medieval como el Cid o Roldán, aunque, a decir del erudito bizantino Juan Tzetzes, terminó sus días mendigando óbolos por las calles de Constantinopla, donde murió el 13 de marzo del 565.

¿Fue Procopio más objetivo que Graves en la transmisión o también aliñaba sus relatos? La mera insinuación de que las derrotas sufridas por Belisario se debieron a la ira de Dios, hoy día, lo desacreditaría a ojos vista de la comunidad científica, pero las fuentes deben entenderse en el contexto que fueron escritas. Enjuiciar su historicidad con nuestros parámetros actuales supone un grave error de perspectiva, y el fatuo debate acerca de la Verdad -con mayúscula-, una discusión bizantina, en pretérito imperfecto. Ni siquiera su efigie (?) en San Vital, descompuesta en teselas, era fidedigna con el hombre…pero ahí estaba, escrutándome. Yo le sonreí. Mi viaje había sido motivado por la literatura. Desde pequeño, como a Nausícaa, me gustan los cuentos; la historia…sólo es trabajo. 

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

2 de diciembre de 2019.

 

Arte en ruinas o el último Monuments Man

Dos obras me recuerdan a José Luis Díaz Reyes (Almendralejo, 1984). La primera, un dibujo de J. H. Füssli, El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (ca. 1778-80) donde le vemos abrumado ante lo que a diario desaparece, poco antes de tomar cartas en el asunto.

1.-El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (J. H. Füssli, ca. 1778-80)

Wikimedia Commons

La segunda, su encomiable reacción, en la figura de Grecia expirante entre las ruinas de Missolonghi, óleo de E. Delacroix (1826), exhortándonos a apoyar su lucha: la salvaguarda del patrimonio.

2.-Grecia expirante entre las ruinas de Missolonghi (E. Delacroix, 1826)

Wikimedia Commons

Díaz pide una caña antes de empezar a hablar, y tiene carrete. El alma de la Arte en ruinas acude a nuestra cita en Mérida para darme a conocer la acción que lleva a cabo, gratis et amore, desde que a finales del 2016 naciese la web en la que expone y denuncia la irreparable pérdida monumental que se da en Extremadura.

Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca, en 2014 migró para buscarse la vida (“tierra de conquistadores, no nos quedan más cojones…”), dando con sus huesos en Inglaterra. Fue en Londres donde tomó conciencia de las distintas soluciones de reaprovechamiento que podían darse a edificios e infraestructuras que, tiempo ha, dejaron de cumplir su función, reciclándose para cubrir otras necesidades, evitando así su pérdida. Cuando regresó a España, pensó que en su comunidad autónoma podría hacerse algo similar. Un buen día, cogió el coche y, cámara en mano, empezó a recorrer antiguos edificios venidos a menos o por completo abandonados, “muriéndose de risa”. Él, confeso amateur, se documenta previamente para saber el terreno que pisa, retrata los edificios con gusto y sube el resultado de los periplos a internet -y una síntesis en redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter)- a fin de enseñar y concienciarnos a todos (empezando por las administraciones), puesto que a todos nos compete. “El principal objetivo de Arte en ruinas era visibilizar, que la gente supiera al menos dónde están esos edificios porque eran muy difíciles de encontrar y siguen siéndolo”.

Oyéndolo hablar de la miríada de lugares que ya ha visitado, pareciera que su tierra fuese un país entero. Una de sus primeras exploraciones fue la Ermita de la Encarnación en Arroyo San Serván. Antes de ir, no encontró referencias escritas, ni testimonios -“la gente no sabía dónde estaba”-, ni siquiera, en nuestra actual sociedad de la imagen, fotografías. Pero gracias a su reportaje -he aquí un influencer cultural- ahora otros acuden a verla, “por lo menos no se está muriendo en el olvido, aunque se va a caer, porque ya se está cayendo, pero la gente la ha visitado”. Con posterioridad, mediante Google Analytics, ve el impacto que tienen sus publicaciones y, para mi sorpresa, me informa que los yacimientos arqueológicos de la antigüedad suscitan menos interés que las iglesias, castillos y conventos medievales. Afortunadamente, él no es clasista con sus ruinas.

3.-Ermita de la Encarnación en Arroyo San Serván

Ermita de la Encarnación en Arroyo San Serván – José Luis Díaz Reyes ©

Tras mucho deambular, atesora una ingente cantidad de material gráfico y notas de campo, bibliografía aparte. Cuando el tiempo se lo permite, va dándolo a conocer, a cuentagotas. Conviene recordarlo, no vive de ello, sino de su trabajo en la cooperativa de industrias creativas Wazo, aunque procura compaginar la devoción con el oficio y, si ha de hacer un viaje laboral, lo aprovecha para escaparse y visitar algo más. La gente le escribe para revelarle nuevos enclaves y a partir de ello ha creado una larga lista de sitios “exclusivamente en ruinas” que tiene pendientes, aunque, asevera, con todo una año de dedicación plena no le bastaría (!). Tras esa afirmación, miro por el rabillo del ojo a Inés Ponce, su compañera, para ver cómo reacciona, pero ésta añade que, a veces, yendo a un sitio -suelen hacerlo juntos y ella se encarga de la logística- han descubierto otro y otro más…como aquella vez cerca del convento de la Parra, cuando dieron con la ermita de San Pedro. “No das abasto. Parece una cosa positiva pero en realidad es muy negativa. Hay un montón de patrimonio al que no se le está sacando ningún tipo de provecho, ni cultural, ni económico”.

Existen algunas excepciones. La recuperación del ruinoso convento de la Coria en Trujillo por la Fundación Xavier Salas y su reconversión en un polivalente espacio museístico y cultural, o el de San Antonio de Almendralejo, que tras la desamortización se transformó en fábrica y hoy es una universidad popular dotada de biblioteca. Su región alberga tantísimo patrimonio que es muy complicado conservarlo. ¿A quién compete su custodia y conservación? El reciclaje de propiedades con valor histórico suscita el problema de la ingente inversión a realizar para su puesta en valor. ¿Quién desembolsa el dinero?, ¿la administración pública o el sector privado? En la década de los ochenta, la Junta invirtió una suma importante en rehabilitar los castillos más emblemáticos -en ocasiones mediante restauraciones bárbaras, “pero por lo menos se mantuvieron vivos”-; sin embargo, no se les sacó partido. Es complicado que algo se mantenga si ni siquiera se cobra la entrada por verlo y ese dinero se destina a su conservación, pero en nuestro país la autogestión está mal vista, a diferencia de lo que ocurre en el vecino Portugal con el mismo tipo de construcciones.  Además, reconozcámoslo, en España nos cuesta pagar por la cultura, la queremos gratis, o no la queramos.

Evidentemente, lo ideal sería que el ayuntamiento de turno fuese el encargado de salvaguardar los bienes de su municipio, aunque se antoja difícil con las míseras partidas que el Estado destina a estos fines o la catadura y educación de la mayor parte de nuestros políticos, meros gestores de la res publica con cierta tendencia, sean del color que sean, a saquear el erario. En relación a ello, Díaz cita el ejemplo de la ermita del Santo Cristo de Talaván y sus frescos, donde se representan a unos curiosos ‘ángeles malos’ -como él los llama-, tocados con lo que pudieran ser corozas inquisitoriales. Sin embargo, el edificio, hasta hace poco, se encontraba “en una situación de vergüenza”.

4.-Ermita del Santo Cristo de Talaván. Ángeles malos

Ermita del Santo Cristo de Talaván – José Luis Díaz Reyes ©

Tras su reportaje, varias personas -algunas de allende nuestras fronteras- se han puesto en contacto con él para pedirle más información a fin de visitar el conjunto y la asociación Talaván. Historia Viva ha conseguido revertir la situación, presionando al regidor… Ambos estamos de acuerdo en que si la concienciación a nivel cultural no alcanza a los gobernantes, “que hablan un lenguaje completamente distinto al nuestro”, habría que hacerles ver que la restauración de ciertos inmuebles con solera pudiera ser un motor económico para el lugar, pero aquellos suelen adolecer de una grave falta de miras.

Por otro lado, la iniciativa privada también suscita polémicas. Díaz, que conoce el paño, trae a colación otros dos casos. La familia Bosé compró el convento Rocamador para transformarlo en un hotel rural. Luego vinieron mal dadas y hoy por hoy está cerrado, “pero al menos no se cayó”, de momento. El otro ejemplo, quizá más paradigmático y sangrante, es el del convento de San Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar, un fantástico edificio del siglo XV que se descomponía mientras sus propietarios pleiteaban con la administración. El gobierno regional, al menos en este caso, se ha implicado, habida cuenta del flagrante delito que se estaba cometiendo, eso sí, tras haber salido en los papeles, “Hispania Nostra dio mucha caña”.

5.-Convento de san Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar

Convento de san Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar – José Luis Díaz Reyes ©

Es muy difícil que la Junta invierta y arregle todo, hay mucho patrimonio que se está perdiendo, muchos de los sitios a los que voy a ver van a desaparecer”. En ocasiones, bienintencionadas iniciativas particulares se pierden en el laberinto burocrático de los organismos, especialmente diseñados para desquiciar. Entre unos y otros, la casa sin barrer.

Antes de ensombrecernos, pedimos otra ronda y arreglamos el mundo. Pese a enrocarse en manifestar la suma complejidad del asunto, el entrevistado tiene un carácter jovial y no cae en el pesimismo. Considerando su experiencia, da gusto hablar con él de todos los temas que ponemos sobre la mesa: Airbnb, la gentrificación o los tornos que regulan el acceso a Venecia, también dotada de nuevo un fielato. Aun a sabiendas de que no vamos a dar con la solución, ambos somos idealistas y proponemos modelos gestión y turismo sostenible, cuyo tránsito revierta en el arte, la infraestructura y progreso de los territorios… Asociaciones o cooperativas pueden ejercer de lobbies de presión ante las autoridades, proponiendo eventos asociados a los sitios históricos -como el propio Festival de Teatro Clásico de Mérida- o rutas -culturales, gastronómicas, literarias, etc.- que los enlacen y lleven a pasar un fin de semana por zonas desconocidas o menos trilladas que el casco viejo de Cáceres.

6.-José Luis Díaz Reyes

José Luis Díaz Reyes ©

Pronto volvemos a su guerra y lanza un envite a mi desconcierto mentando una iglesia salmantina transformada en Zara. Veo su apuesta y la subo a una toledana, en discoteca, con el DJ sobre el altar mayor y sus fieles, a ciertas horas, en modo Eyes Wide Shut. En ambos casos el edificio se ha salvado, incluso ahora va más gente… “Extremadura es una región de por sí rural, y dentro existen zonas que aún lo son más. Hay que ser solidario”. Las patrias de Cortés y Pizarro, Medellín y Trujillo, hace diez años se deshacían y hay que ver cómo están en el presente, “porque vieron que había una posibilidad económica y de crecimiento”. Su cercanía con respecto a la A5 también contribuyó al desarrollo, pero de la Regina romana al castillo de Trevejo hay casi de 300 kilómetros y aún mucho por hacer, empezando por llevar, de una vez, la alta velocidad, enlazando Madrid con Lisboa. Al margen de Plasencia, Coria o Zafra, nadie conoce Hijoviejo, La Mata o Magacela -“uno de los pueblos con más encanto”- a los que, dada su proximidad, uno podría escaparse un fin de semana, pero no hay infraestructura para acoger a visitantes y, tarde o temprano, acabarán desapareciendo. “Hay zonas que son imposibles de salvar con el turismo”, como la Serena, “que a nivel patrimonial es donde más iglesias hay por metro cuadrado, pero se están perdiendo”; otras, como la Siberia, “la gran desconocida”, “espabilan a nivel cultural”, pero no es la tónica.

Acercándonos con peligro, de nuevo, al desánimo, aprovecho la ocasión para alabar la gran calidad de las fotografías que acompañan los post de Arte en ruinas. Hoy día, cualquier persona armada con un móvil dispara, pero la mayor parte de las imágenes de su web son muy impactantes, “estéticamente, es algo que valoro mucho”. “Tengo algunas destrezas”, reconoce, y desembocamos en Piranesi y la belleza romántica del pasado. Nuestro interlocutor retrata las ruinas no como osamentas descarnadas, sino con el cariño propio de un amante hacia su modelo, sacando lo mejor de la decadencia. Composición, la lenta búsqueda del mejor encuadre, el cálculo de la luz y la velocidad de obturación no le son ajenas, tampoco el manejo de una vieja Zenit soviética analógica. Y juega con ventaja, él trabaja en desiertos…

Tras despedirnos con la promesa de volver a quedar la próxima vez que vayamos por su zona, le regalo La piel del tambor de Pérez-Reverte, para que siga con sus iglesias. De regreso al hotel pienso que, aparte de ser quintos y colegas, somos almas gemelas recorriendo caminos similares -las Vidas paralelas de Plutarco-, el mismo arte en ruinas, aunque, paradójicamente, él se especializó en contemporáneo. Sea como fuere tenemos gustos afines y tal vez coincidamos en el Womad o ante un café del Quinto Cecilio -“allí se está de lujo”-, después de dar cuenta de un pollo asado a la orilla del Anas a su paso por la antigua Metellinum.

7.-Banner - crowdfunding

Una cosa es luchar, ingenuamente, contra el inexorable paso del tiempo y otra, muy distinta, es no hacer nada frente al colapso debido a la parsimonia o negligencia de terceros. Meses después de nuestra entrevista, Díaz ha dado un paso adelante, tratando de publicar un libro, Arte en Ruinas. Guía del patrimonio olvidado de Extremadura, con el Top Ten de sus reportajes en la web. “En 2016 partí de la premisa de que lo iba a hacer de todas maneras”, de forma altruista, sin ningún tipo de financiación. Sin embargo, su labor social y cultural, fuera de los circuitos institucionales, implica una gran inversión económica en la investigación previa, los viajes y estancias, la difusión, el mantenimiento web… y por ello, este verano, ha creado un proyecto de micro-mecenazgo a través de Verkami con el objeto de que su trabajo pueda ser más conocido, visibilizando el desastre antes de que sea demasiado tarde. Estoy seguro que mi amigo, el último Monuments Man, no está haciendo un brindis al sol…

Si usted desea ayudarle, sólo ha de pinchar AQUÍ.  

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

19 de julio de 2019

 

 

 

Tan tristes, tan pónticas (postales desde el exilio)

Toda épica terminó cuando dejamos atrás Adamklissi. Con las glorias de Trajano en el retrovisor y ufanos por ver cumplido nuestro objetivo, pusimos rumbo hacia el este, aún quedaban cosas por hacer. El paisaje tardó menos en cambiar que nosotros en percibirlo. Para cuando reparamos en ello nos encontrábamos en medio de la nada más inmensa, la estepa del confín occidental de Escitia.

Foto nº 1

De camino a Histria, el coche discurría por una monótona planicie en la que empezaron a aflorar, aquí y allá, ciertas elevaciones. Reconozco que tardé en intuir que esas colinas no eran naturales sino, en realidad, kurganes, los túmulos funerarios de los nómadas de la edad de hierro, jalonando su errar desde el remoto Altai hasta donde nos dirigíamos. Todo el hinterland de la antigua colonia milesia era una enorme necrópolis. Quizá fue por eso, unido a la falta de sol, que empecé a entristecerme.

El hecho de ver el cadáver de una serpiente nada más aparcar -sin duda, un mal augurio-, no contribuyó a mejorar mi ánimo. Tampoco las moscas muertas dentro de las vitrinas de aquel decadente museo al que fui en busca de arimaspos. Ni siquiera me hizo gracia, como suele, volver a constatar el inherente pragmatismo romano ante aquel epígrafe dedicado al último Flavio que se recicló en loor de Nerva -el rey ha muerto, ¡viva el rey!-; qué más daba, el viejo emperador no viviría lo suficiente para ver tamaña chapuza.

El yacimiento, por su parte, también conoció tiempos mejores. Vagamos constatando el abandono general, atentos a no caernos en alguna zanja de la añosa retícula Wheeler con la que se excavó. Los pocos mosaicos que no habían sido levantados se fragmentaban en teselas, corriendo parejo deterioro el mortero que ligaba los ladrillos, pulverizándose bajo la acción combinada de la humedad, el salitre y, aquel día, el batir furibundo de Bóreas, dejando por los suelos a Uniqlo y North Face. Frente a la orilla tuve mi único instante de lucidez al percibir bajo unas chapas oxidadas dos conocidas formas arquitectónicas, pronaos y naos, precedidas por los restos de lo que pudo haber sido el ara sacrificial. En efecto, acababa de descubrir un templo, pero según pude comprobar, cual voyeur asomándose entre rendijas, la desidia lo abocaba a desaparecer, cuarteándose en lascas.

Foto nº 2

Desde su fundación a comienzos del siglo VII a. n. e. hasta aquel instante, de toda la polis sólo quedaba erguida una columna, la parte por el todo del lejano esplendor del emporio comercial, aunque ésta había sido erguida por los exhumadores y su fuste no parecía casar con el capitel que la remataba (nada que no solucione una manita de cemento Portland). Con un frío cada vez más intenso, el viento doblando los carrizos en ángulo recto y pocas ganas de leer a Estrabón in situ, consideramos que ya estábamos de más.

Hasta aquella fecha, sólo había contemplado la bocana del Mar Negro desde la orilla asiática del Bósforo, oteándolo sobre la fortaleza turca de Anadolu Kavağı, pero yo quería verlo en todo su esplendor descrito en El vellocino de oro de Robert Graves y la curiosa biografía -vivo está- que le dedicó Neal Ascherson. Sin embargo, en el horizonte de Histria aquel se mezclaba con un lago de color potaje a consecuencia del aluvión que arrastra hasta su desembocadura el Danubio, que tampoco es azul, sino verde, ni suena a Strauss, puesto que ahora amenizan la travesía turística con el Despacito. Así pues, descendiendo la Dobruja, enfilamos hacia la segunda ciudad más importante de Rumanía y, de camino, vi cumplido mi deseo en Mamaia, el paraíso veraniego del país. En la playa, el célebre Ponto Euxino hizo gala de su antifrástico epíteto, mostrándose de todo menos acogedor con el extranjero que yo era. A Pilar, mi escudera ferrolana -hija y hermana de oficiales de la Armada-, aquel debió parecerle un mísero lago y, para mi sorpresa, ni se dignó en bajar del coche. En lo que a mí respecta, la evocadora contemplación me duró hasta que la lluvia apagó el cigarro, al tiempo que las gaviotas alzaron el vuelo, huyendo hacia el sur. Había que irse.

Foto nº 3

Para cuando llegamos a Constanza ya era de noche. Las farolas brillaban por su ausencia en el arrabal en el que nos alojamos, sumido en una espesa niebla conjurada con el viento que bamboleaba los árboles y convertía sus sombras en espectros. Pese a lo poco halagüeño del panorama y los rigores del clima (0º y bajando), decidimos salir a tomar el pulso a la antigua Tomis.

Nunca había visto una ciudad en blanco y negro. Todo estaba a medio gas, o en la reserva directamente. Supuse que era debido al marasmo de nuestra Semana Santa pero la mayoría ortodoxa me hizo desestimarlo. Era así de caduco, un escenario fúnebre, al menos fuera de temporada. El abandono campaba por doquier: calles completamente vacías entre cuyos adoquines brotaban malas hierbas, negocios de herrumbrosos cierres echados tiempo atrás, carteles medio arrancados anunciando eventos de hace años…

Foto nº 4

Llegando al comienzo del casco viejo las hostiles fauces de una Loba Capitolina parecieron indicarnos que no siguiésemos adelante, pero desoyendo su advertencia alcanzamos la plaza mayor, localizando para la siguiente jornada el museo. Frente a éste se alzaba la escultura de un hombre que, pese a envolverse con una gruesa toga, no estaba lo suficientemente abrigado: Ovidio.

Durante aquel lejano 2017 se cumplían dos milenios de su muerte en la inhóspita ciudad que pisábamos, única razón para estar allí, ateridos, bajo su pensativa figura. Transcurrido todo ese tiempo, aún se desconocen cuáles fueron las causas que motivaron su destierro. ¿Fue, en realidad, a consecuencia del Arte de amar? Los años transcurridos entre su publicación y el exilio parecen desestimar la idea. ¿Acaso, como también se ha dicho, tuvo un affaire con Julia, y Octavio, su padre, el decoroso legislador, ordenó deportarlos? ¿Cometió, quizá, el sacrilegio de ver desnuda a la casta matrona Livia y hubo que quitarle de en medio?, ¿o acaso ésta, siempre recurrente, propició la condena al sospechar que pudiera ser adepto a la promoción de Agripa Póstumo por delante de su hijo, el resentido Tiberio? Supongo que nunca lo sabremos…

Al comienzo, cuando me enteré de que el parlamento italiano revocó la sentencia 2000 años después de su muerte me pareció un gesto simbólico -y por ende importante- hacia la libertad de expresión (paradójicamente, el poeta vino al mundo en el 43 a. n. e., cuando a Cicerón -otro exiliado-, se le arrancó la lengua). Pero la simpatía me duró hasta leer las hilarantes declaraciones de Eleonora Guadagno, portavoz del promotor de la iniciativa, el demagógico Movimiento Cinco Estrellas: “Queremos cambiar estas decisiones que fueron tomadas por Augusto y solo por Augusto”. Trabajo tienen; aunque, ateniéndose al orden de los anales, tal vez deberían enmendar el trato que despachan a los que, como Eneas, huyendo de la guerra, anhelan las costas ausonias.

A la mañana siguiente tampoco salió el sol y la desvencijada Constanza, con luz, resultaba todavía más patética; el contexto perfecto para dar cuenta de los textos expatriados de Ovidio. Algunos autores han novelado su invierno en los límites imperiales –Dios ha nacido en el exilio (Vintila Horia, 1960); El último mundo (Hans Ransmayr, 1989); Lejos de Roma (Pablo Montoya, 2016)-, pero estando sobre el terreno resolvimos dejarnos guiar por el venero común que todos comparten, las fuentes primarias. En las Tristes -“no encontrarás nada agradable en todo el poema” (Trist. V, 1, 4-5)*-, el exquisito autor de las Metamorfosis nos hace partícipes de su viaje sin retorno a oriente y la vida que tuvo “en medio de hombres de una inhumana barbarie” (Trist. III, 9, 2-3), “mal pacificados” (Trist. V, 7, 14; Pont. II, 7, 1-2) y “más fieros y crueles que los lobos” (Trist. V, 7, 47), quienes, para colmo, apenas chapurreaban griego y se reían de él cuando hablaba en latín. Con el tiempo, he querido oír un eco de esta obra en Philippe Claudel, al comienzo de La nieta del señor Linh. Igualmente, de las más sentidas y desesperanzadas epístolas Pónticas -“desde hace bastante tiempo está cerrada la puerta a mi alegría” (Pont. II, 7, 38-39)-, en las que incluso desea fallecer -“si es que puede morir quien ya está muerto” (Pont. IV, 12, 43-44)-, se encuentra un remedo en El mundo de ayer, las memorias del también desarraigado Stefan Zweig. Los tres textos rezuman la amargura propia del testamento literario de quien ha caído en desgracia y sus creaciones fueron proscritas, cuando no quemadas.

Con estos mimbres y el volumen de Gredos en la mochila, nos echamos a la calle para recorrer, ruina a ruina, la vieja Tomis. Añadiendo todavía más lugubrez al lugar de su confinamiento, el de Sulmona hace derivar el nombre de las partes –tómoi­- en las que Medea, huyendo de la Cólquide en la nave Argos, allí mismo descuartizó el cadáver de su propio hermano, Absirte. “No hay debajo de los dos Polos otra tierra más desolada que ésta” (Pont. II, 7, 64-65) y los exiguos vestigios de su pasado son pocos, respondiendo al habitual revoltijo grecorromano que, desde los Balcanes hacia el este, se entremezcla con niveles de Bizancio y la Sublime Puerta. Llegado el mediodía ya lo habíamos visto todo, dos veces. El centro, superpuesto grosso modo al hábitat primigenio, es pequeño y uno termina desembocando siempre en la plaza del togado. Bajo la estatua figura un fragmento de las Tristes (III, 3, 73 ss.) que, como un siste, viator, interpela al transeúnte: “Aquí yazco yo, el poeta Nasón, cantor de tiernos amores, que sucumbí a causa de mi propio talento poético. Por tu parte, a ti, caminante, quienquiera que seas, si estuviste enamorado, que no te resulte molesto decir: «¡que los huesos de Nasón reposen apaciblemente!»”.

Foto nº 5

Quisieron las parcas que aquel día fuese 20 de abril (“Hola, chata, ¿cómo estás?…”) y me pillara en aquel lugar “que no debe visitar un hombre feliz” (Trist. III, 10, 76-77), de forma que, nostálgico perdido, me puse a escribir postales, copiando los citados versos a los pocos que pudieran entenderlos. El tiempo, a la postre, vendría a demostrarme el error de añorar a quien ya no está con nosotros, aunque por un instante les recordara y lamentase su pérdida. A Ovidio tampoco le valió ninguna de sus cartas, en prosa o en forma de elegía, puesto que sus amigos no tuvieron ascendiente sobre Augusto -por mucho que se rebajara a compararlo con Júpiter-, Tiberio ni Germánico para obtener su clemencia y poder sacarle de allí, si no de vuelta a Roma, al menos a un sitio menos crudo en el que no llovieran flechas envenenadas ni se solucionasen los problemas a golpe de puñal.

Haciendo un alto en el camino decidimos almorzar, grasa y alcohol, para entrar en calor. Según las fuentes, en aquellos pagos, a consecuencia de que “todas las estaciones tienen un frío desmedido” (Pont. III, 1, 14-15), “el vino fuera de la jarra se mantiene congelado” y, por ello, “no lo beben a sorbos sino que se reparte a trozos” (Trist. III, 10, 24-25), de manera que opté por la cerveza local, pero aquel meado sin gas, lejos de alegrarme, me sumió más en la melancolía. Mientras esperaba el café me entretuve en componer con los despojos del costillar un macabro bodegón en su honor, inmortalizándolo con una fotografía que, por supuesto, sólo comprendió Elena Castillo, aunque mi latinista de cabecera me lo dejó en aprobado al echar en falta alguna alusión formal a la célebre narizota del literato.

Foto nº 6

Empezó a llover y todo se volvió aún más tétrico; “la culpa no es del hombre, sino del lugar” (Trist. V, 7, 60-61). A la efigie de la plaza se le activaron los lacrimales y prosiguió su recitado: “si hubiera alguien que, por casualidad, te preguntara cómo estoy, les dirás que estoy vivo, pero no demasiado bien” (Trist. I, 1, 18-20). Bajamos hasta el paseo marítimo para corroborar que la decrepitud imperante alcanzaba, incluso, al icono de la urbe, el casino art nouveau de Daniel Renard. Los incipientes charcos, enriquecidos por las olas que vapuleaban el malecón, espejaban el entorno devolviendo un reflejo todavía más grotesco de su ya de por sí cochambrosa imagen. Se respiraba la grisácea y desasosegante atmósfera de las películas de Theo Angelopoulos, La mirada de Ulises o El paso suspendido de la cigüeña. Ya lo decía el verso, en Constanza “no verás otra cosa que tristeza” (Trist. III, 1, 9).

Entonces apareció; uno es libre y dueño de sus ensoñaciones. Paseaba encorvado junto a la barandilla, con la cabeza gacha, meditabundo.

Foto nº 7

Estuve observándole durante un rato hasta que decidí fotografiarle; si no salía, era su fantasma, devenido en el genius loci. Aquella figura, para mí, encarnaba la soledad espiritual del sensible, viviendo entre bárbaros indignos de su inspiración: “si miro el lugar, es un país odioso y no puede haber en todo el mundo ningún otro más triste” (Trist. V, 7, 44-45). Entonces se detuvo, girando sobre sí mismo, dándole la espalda al agua -“perdóname: como náufrago, le tengo miedo a todo mar” (Pont. II, 2, 126-127)-, mirando hacia el occidente que no volvería a pisar. Acto seguido, quise creer -y estaba muy dispuesto a ello-, se llevó la mano a la boca para reprimir un llanto, pero no pudo contener sus lágrimas y en la siguiente instantánea se enjuaga los ojos. Relegado en Nunca Jamás, añoraba todo. Ahora, en retrospectiva, caigo en la cuenta. Al día siguiente era 21 de abril, el cumpleaños de Roma.

Foto nº 6

A Ulises Adrados,

injustamente condenado al exilio.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

7 de abril de 2019

 

* Todas las citas están extraídas de OVIDIO, Tristes. Pónticas, Madrid, Gredos, 1982 (Traducción de José González Vázquez).