El último ferry de Esmirna

«Y aquellos planes qué no hicimos
porque sé que no hay destino alguno
que nos siente bien.
No es contigo en el camino
es caminar solo, conmigo, y que te vengas tú también
…»

Beret, Cóseme

 

El mejor viaje de 2025 fue el que no hice. Desde el preciso instante en que evacuamos a Ana de Turquía supe que tendría que volverme antes de lo previsto. Ya es extraño que caiga alguien al inicio de un periplo con la suficiente gravedad como para repatriarle -aún más raro que fuera del sufrido staff y el habitual binomio benemérito no se reconstruyera-, pero es inconcebible en Pausanias hacer regresar al grupo solo, máxime con una escala de por medio. Carlitos pa’casa, modo Elcano. Así somos, para lo bueno y para lo malo. Adiós exploración de Jonia: el nuevo museo arqueológico de Esmirna, Bayraklı, Yeşilova, Yassıtepe, Manisa, Akpınar, Clazomene, Eritras, Colofón, Metrópolis, Teos… habrían de esperar.

Sylvain Tesson afirmó en una entrevista: «Mi viaje primero lo sueño, después lo hago y, al final, lo revivo». Afortunado él, que cuando regresa puede escribirnos libros. Dadas las circunstancias, únicamente desarrollé la fase onírica, lo de plasmarlas a posteriori sobre un papel, con nuestro acuciante calendario, ni hablamos; este historiador sólo tiene oralidad et verba volant, scripta manent.  

Hasan Bey me sirvió un whisky mientras me lo pintaba precioso: tras una extenuante jornada de prospección, tomaríamos un té a media tarde en Focea y, para llegar a sus predios en Urla, en vez de coger la autopista de circunvalación, tomaríamos el último ferry que cruza la bahía. Lo llevaba imaginando desde que los vi surcando el vinoso ponto al ocaso del pasado 9 de enero desde la acrópolis de la vieja Esmirna, aunque para cualquier helenófilo embarcarse en ese puerto maldito y surcar el Egeo tiene su aquel. Por fin iba a disfrutar de la hospitalidad de mi cicerone, dragomán y ya, después de tantas vivencias juntos, amigo, alojándome en la «casita del jardín» y, sentados bajo la afamada parra de su porche, entregarnos cada noche al rakı y las mezes.

Pero todo ocurre por algo. Nuestro particular Dunkerque nos costó un Potosí, pero hice dos vuelos en primera, amortizando la barra libre como un pirata sabedor de que al llegar a mi domicilio estaría de Rodríguez; Dios aprieta pero no ahoga, Él es grande.

¡Peor fue Münster!

-¿Otro cigarro, Papá?

Cada uno lleva la espera, y sus nervios, lo mejor que puede, pienso, mientras por el rabillo del ojo la veo haciendo scrolling como una posesa.

Cuenta Donald L. Miller en Los amos del aire (Desperta Ferro, 2024) que eran, precisamente, esos momentos de espera previos a las misiones, los que peor llevaban las dotaciones de los B-17, las tristemente célebres «Fortalezas Volantes» que arrasaron Alemania desde el aire y en éste, a su vez, fueron exterminadas durante la Segunda Guerra Mundial. Aguardar incluso era peor que estar en el cielo helados y expuestos a los antiaéreos y a los más veloces aviones del enemigo. Allí, al menos, había qué hacer.

Sabela ha vuelto al frente, 10 horas de guardia nocturna en urgencias; hay que cotizar más, la vida está cara. Que yo me quede a solas con los nenos, a estas alturas, debería estar chupado, pero no. Mijalis aún es lactante -aunque cene cinta de lomo- e inevitablemente echará de menos a su madre… y a sus fertilísimas tetas. De eso no tengo. Ante eso, sólo puedo estar -¡qué importante es estar!-, acompañar, acunar, cantar y contar los mismos cuentos mil veces, mientras el flak -es decir, el sueño- nos agujerea el fuselaje y desquicia los nervios; con el bebé ni siquiera podemos (debemos) fumar.

Hasta el desarrollo de los cazas de escolta de largo alcance, los B-17 volaban solos rumbo al Reich. El navegante trazaba la ruta desde el sudeste inglés: vamos, soltamos y volvemos -¡qué fácil se escribe!-. 8, 10, 12 horas solos, sin otra cobertura que las propias ametralladoras, tratando de permanecer al abrigo de la formación cerrada hasta que empezase la fiesta al otro lado del Canal y todo se desbaratara.

El libro versa sobre el 100º Grupo de Bombardeo de la 8ª Fuerza Aérea yankee, el cual, durante el propio conflicto, fue conocido como el «Sangriento 100°»: el 77% de sus integrantes falleció, desapareció en combate, fue herido o cayó prisionero tras saltar en paracaídas. Una de sus peores misiones fue la de Münster, tras la cual sólo un avión regresó a la base…

Antes de irse al hospital, nos conjuramos. 11 horas sin escolta:

Currahee! ¡Peor fue Münster!

Demasiada Pompeya para Fernando (una reflexión sobre el complejo de inferioridad)

«Cuando abres la boca, se me cierran los oídos

y me pongo en automático.

No consigo seguir todos los hilos,

continente, contenido, dan igual, es matemático.

Con cada parrafada, la cosa no se acaba,

la lista es cada vez más larga…»

Ella Baila Sola, Tú a tus guerras y yo a mis batallas

No echó el mondongo de chiripa. Alcanzada la cumbre de la Almoloya (Murcia) tras un largo kilómetro de marcha empinada -a treinta y pico grados, sin agua, protección solar ni sombrero, fieles a nuestro precario modus operandi-, Fernando resollaba como la bestia parda que es. Reconozco que yo tampoco es que estuviera mucho mejor, de manera que senté mis reales para recuperar el (mal) aliento con otro pitillo mientras observaba en derredor para averiguar qué diantre se nos habría perdido en aquel erial; sólo faltaban los cardos que cruzan las calles en las películas del oeste. En cuando pude expresarme, aunque fuese a perdigones, quise saber el porqué de estar allí en vez de haciendo acopio en la huertica.   

-¿Qui’sto? (onomatopeya inquisitiva de su benjamín, simultánea al apunte con su rechoncho índice, destinada a conocer la naturaleza del ser y función de todo cuanto le rodea, centímetro a centímetro. Era sabedor de que le reventaría).

Mi compañero, a boca seca y rojo como los tomates que deberíamos estar adquiriendo, aún no conseguía articular palabra. Tan solo se limitó a dedicarme un mohín por la gracieta y dar dos golpecitos al panel que estaba leyendo. Pese a que el inclemente sol del mediodía proyectaba su fulgor sobre éste, conseguí vislumbrar entre los destellos el pirotécnico epíteto que alguien tuvo a bien calzarle al yacimiento: la «Pompeya argárica».  

Su lenguaje corporal denota cierto escepticismo (quiero creer) – © Á.C. A. P.

¡Acabáramos!, ¡pero cuán afortunado era! Aquella misma mañana, antes de tomar el Everest de Pliego, me había llevado hasta La Bastida de Totana (Murcia), la cual, para mi anonadamiento, denominaba su propia cartelería ¡la «Troya de Occidente»! (Whisky DYC, gente sin complejos). Y entonces aquello, ole con ole. Tras procesar lo que acababa de llevarme a los ojos, sin dejar de fruncir el ceño volví a escrutar el entono tratando de dar con algún volcán, las cauponas cañís, los cadáveres rebozados con escayola o las pinturas guarras, ¡por lo menos algo sepultado bajo una erupción, si no era mucho pedir (llámenme exigente)!, pero fue en balde. Por lo que se ve, la posibilidad de contemplar lo que se ha venido identificando como «el primer parlamento europeo» -¡cuán importante es tener el primero, el más antiguo o grande!- no supone bastante acicate para subir hasta allí arriba, de manera que se consideró oportuno incentivar al personal estableciendo la equiparación con todo un referente de primer orden, a ver si colaba. Tras dar cuenta del escrito, en el que eché muy en falta la revelación de tan rebuscada similitud (más allá de que sus «grandes edificios con talleres, almacenes y lugares para la reunión quedaron sellados por incendios»), me di un garbeo para ver si daba con los parecidos… o el libro de reclamaciones. Considerando los ínfimos recursos que todas nuestras administraciones destinan a la arqueología, me alivié pensando que, seguro, eso no habría salido del erario público. 

¿Pero qué nos pasa?, ¿para hacer valer lo nuestro -que es mucho, bueno e importante- siempre hemos de asemejarlo con terceros, foráneos y de campanillas? El sempiterno complejo de inferioridad que, con más alarde que vergüenza, ostentamos para con nuestra historia y patrimonio, en ocasiones, llega a alcanzar extremos aún más rocambolescos que los dos ejemplos mentados de Murcia, continúen leyendo… Lejos de contribuir a valorizar los enclaves que se asimilan a un primer espada, este tipo de hilarantes comparaciones -siempre odiosas-, las más de las veces, obran en sentido contrario, generando falsas expectativas y los consiguientes chascos. Aunque considero que no hay maldad intrínseca en estas acciones -más allá del clickbait tras el titular sensacionalista-, reduciendo las cosas a términos tan esenciales, más que divulgar, se vulgariza, evidenciándose una palmaria falta de conocimiento por parte de quien escribe este tipo de cosas presuponiendo pareja mentecatería en quien las lee; es un consuelo (de tontos) saber que este mal lo compartimos con muchos otros países y, por una vez, no es privativo del nuestro.

Por lo que nos toca, en mis noches más patrióticas tengo sueños húmedos en los que me veo dándole la vuelta a la tortilla (muy española y mucho española) invirtiendo los términos. ¿Por qué en nuestro próximo viaje no donamos un cartel alternativo a la Almoloya del golfo de Nápoles?, ¿o resulta que el orden de los factores sí altera el producto?¿Se imaginan el pasmo de los miles de turistas ante tal enunciado o las alambicadas peroratas que habrían de realizar sus guías para explicárselo?

No obstante, en el hipotético caso de hacer dicha ofrenda (en aras de la Ciencia, con mayúscula, por supuesto), incurriríamos en un flagrante agravio comparativo dando pie a otro más de nuestros cansinos pollitos ligados al terruño, puesto que somos conscientes de que no son pocas las voces que en otras provincias sitúan o reivindican la posesión de su propia Pompeya, justo al lado de donde bajan a comprar el pan. Hay quien ve en Iruña Veleia (Vitoria) a la «Pompeya de Álava», en Ulaca (Ávila), a la «Pompeya vettona» o a Torreparedones (Córdoba) como la «Pompeya cordobesa». Por otra parte, ampliando las miras espaciotemporales, se ha reconocido en Libisosa (Albacete) a la «Pompeya ibérica», en Cástulo (Jaén) a la «Pompeya de Hispania» y en Elvira (Granada) a la «Pompeya de Al-Andalus». ¿A quién corresponde dirimir si Baelo Claudia (Cádiz), la villa de Noheda (Cuenca) o Tiermes (Soria) es la genuina «Pompeya española» si a las tres se ha designado abanderadas nacionales? Es más, chovinistas como somos, ¡hasta poseemos la mismísima «Pompeya de la prehistoria»! (del mundo mundial) en el La Garma de Omoño (Cantabria).

Pero ojo al manojo, que hay más. Lejos de poder arrogarnos la tenencia de la única gemela digna de tal nombre, nuestra candidata habrá de verse las caras con otras muchas en la pugna por el título de esta suerte de mundial de la chamusquina. Citando sólo algunos ejemplos de los muchos, muchísimos, ¡demasiados! que uno encuentra en ciertas publicaciones, artículos de prensa y blogs de todo pelaje, Binchester (Inglaterra) también es la «Pompeya del norte», Butrinto, la «Pompeya de Albania», Dura Europos (Siria), la «Pompeya del desierto», Fréjus (Francia), la «Pompeya de la Provenza», Gerasa, la «Pompeya de Jordania», Jiangsu, la «Pompeya de China», Kampir Tepe, la «Pompeya de Uzbekistán», Lajia (China), «la Pompeya del Este», Leptis Magna (Libia), la «Pompeya de África», Must Farm (Inglaterra), la «Pompeya de (la edad de) Bronce» -AKA la «Pompeya británica»-, Pisa (Italia), la «Pompeya del mar», Priene, la «Pompeya de Anatolia» -algo a disputarse en una liguilla interna con Myra-Andriake, de homónima titulatura- Skara Brae, la «Pompeya escocesa», Teotihuacan (México), la «Pompeya de América», Vaison-la-Romaine, la «Pompeya francesa»…

Y la cosa no para de crecer. Cada vez que se produce un hallazgo más o menos notorio (a ver cuándo abrimos ese melón…), pasa a engrosar la lista, aunque esté en Egipto y el contexto -ni por cronología, estructuras, materiales, destrucción, etc.- guarde relación alguna con la tristemente célebre ciudad del Vesubio, por mucho que de forma interesada se le quieran buscar tres pies al gato. Dada la existencia de tiquismiquis como Pablo Aparicio Resco (vid. La Pompeya de los tontos, 2014) que ante tales bautizos ponen el grito en el cielo, a veces, hay que reconocerlo, se intenta matizar la cosa empleando comillas o interrogantes (Magdala, «¿la Pompeya de Israel?»), incluso se recurre al diminutivo para quitar algo de peso si aparece en Verona o Lyon una «pequeña Pompeya», mas son casos excepcionales. Uno bichea en la red y hasta da con una «Pompeya de las plantas prehistóricas», otra «Pompeya de los dinosaurios», una «Pompeya de microbios» o ya, el súmmum, la «Pompeya más antigua del mundo». ¿Y qué decir de la «Pompeya del Frente Occidental», la «Pompeya de Chernóbil» o la «Pompeya de los frontones»?

Cada uno de los siempre sufridos guías que trabajamos en Pausanias. Viajes arqueológicos y culturales tenemos definido nuestro ámbito de actuación, al menos en teoría. Dado que Pompeya es el cortijo privado de Fernandito, me preocupa mucho que terceros, con mayor o menor conocimiento de causa, amplíen de continuo sus ya de por sí vastas competencias, ¡paren de una vez, tiene una familia numerosa que disfrutar! Ante la amplísima ubicuidad de la que parece gozar, cabría definir qué es y qué no la dichosa Pompeya. Como, de momento, la RAE no reconoce esta voz en su diccionario, si nos da el coco, hemos de sacar nuestras propias conclusiones. Habida cuenta de los paralelismos esgrimidos, no se antoja necesario que el sitio de marras sea de época romana, ni acabase destruido por una erupción. Salta a la vista que tan sólo es suficiente con que albergue patrimonio a granel y/o que éste haya alcanzado nuestros días en un relativo buen estado de conservación, algo, por cierto, bastante subjetivo.

Must Farm, la «Pompeya británica», tan bien preservada que dan ganas de entrar a vivir

© Celtica.es

Pero, ¿acaso la genuina es así? Señala Mary Beard en su imprescindible y desmitificador libro Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana (Crítica, 2009) que «este lugar turístico sigue intentando preservar el mito de ciudad  antigua “congelada en el tiempo”, por la que podemos pasear como si todo hubiera ocurrido ayer», tal y «como afirman tantas guías y folletos». Sin embargo, a poco que se lea y recorran sus calles se hace patente que la fosilización de un instante aún hoy tangible no es cierta, no ha llegado intacta -como tampoco la tumba de Tutanjamón, aunque nos encante creerlo-. Poco tiempo después de que el desastre la asolara, la gente volvió a sus ruinas para recuperar cuantos objetos pudo bajo el lapilli, dejando, por ejemplo, el foro limpio de esculturas, por citar sólo un conocido caso. A partir de entonces, el paraje, que terminaría por conocerse como «La Cività», devino en cantera de materiales. Domenico Fontana la atravesó en parte cuando construyó el canal que derivaba las aguas del Sarno hasta Torre Annunziata a finales del Cinquecento, poco antes de que alguien perdiese la moneda de nuestro Felipe IV que salió a la luz en la Regio V durante la campaña del 2018. Las excavaciones borbónicas llevadas a cabo en el siglo XVIII, pese a su inmensa importancia para la propia historia de nuestra disciplina, en demasiadas ocasiones fueron deliberadamente destructivas. Añádase el bombardeo aliado que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial y el implacable paso del tiempo que degrada todo cuanto se exhuma, por no hablar de la dejadez en su gestión que hasta hace poco era noticia cada dos por tres. Los turistas, por supuesto, también deterioramos lo nuestro a cada paso, día tras día. Vamos, que no está nueva de paquete, y aun así es el yacimiento más importante para el estudio de la arqueología clásica.

Con la idea de este escrito en mente, el pasado 25 de agosto volvimos a pateárnosla de sol a sol, tiempo de sobra para reforzar la creencia de que no se parece en nada a la Almoloya ni a casi ninguno de los sitios con los que se ha asemejado. Ni es mejor, ni peor, tan solo diferente. Ahora bien, caben aceptarse determinados parangones -siempre y cuando se maticen tras el rimbombante titular-, dado que existen otros enclaves que, de igual manera, se vieron afectados por la acción volcánica, como la vecina Nola (Italia), la «Pompeya de la Prehistoria» -a la que también enterró el propio Vesubio, pero en la Edad de Bronce-, Cuicuilco, la «Pompeya mexicana» -honor al que también aspira San Juan Parangaricutiro-, Joya de Cerén (El Salvador), la «pequeña Pompeya maya» -en lid con León Viejo (Nicaragua) por ser la auténtica «Pompeya de América»-, etc.

En mi opinión, el paralelo menos chirriante en su comparación (que no equiparación), y sólo de algunos aspectos relativos, sobre todo, a su colapso, es el yacimiento de Akrotiri (Grecia), pese a la gran diferencia temporal -de unos 1700 años- que media entre ambos cataclismos y lo anacrónico que resulta referirse a una «Pompeya minoica» avant la lettre.

Más difícil todavía… – © El Universal

A este catastrófico diálogo se dedicó una fantástica exposición en la Escudería del Quirinal –Pompei e Santorini. L’eternità in un giorno– que tuve ocasión de ver junto a Fernando la primera y única vez que estuvimos juntos en Roma, a finales del 2019.

Por aquel entonces, aún teníamos claro cuál era el negociado de cada uno: él a Boston, yo a California, y, de vez en cuando, aliar nuestros egos en algún destino de amplio espectro (en cuyos altares libaríamos cerveza conspicuamente). Pero la COVID nos arrasó, dejándonos muchísimo peor de lo que ya traíamos de serie. Ahora, la nueva normalidad ha hecho que todo sea posible. Él explicando la Chipre de libidinoso Durrell (!) y yo de Grand Tour por sus predios napolitanos (eso sí, no soltó prenda con respecto al tugurio dónde se va con Ana a tomar tés después del cole… y seguro que también kombucha, los pillines). Espero que en un futuro próximo se retome el orden, él pueda regresar a sus piedras sobrevaloradas a que le devoren los mosquitos y yo a las doradas playas de la isla de Afrodita. Con tanta Pompeya como resulta que hay en el planeta, curro no le va a faltar, sólo espero que se haya puesto en forma porque está visto que va a viajar más que el capitán Cook.

De momento, mañana comenzamos a planificar lo que resta de año y todo el 2023, se vienen (como dicen los modernos) novedades. Suena Stonehenge, aunque está por ver si el de Salisbury o el de Bernardos (Segovia), el «Stonehenge de Castilla y León» o tal vez el de Guadalperal (Cáceres), el «Stonehenge español». La práctica totalidad de la Península Ibérica también es el corralito de Fernando y lo custodia con mucho celo frente a advenedizos intrusos, pero en el remoto caso de decantarnos por el «Stonehenge del Levante», sito en Rujm el-Hiri (Siria, en plenos Altos del Golán), él no iría como guía. Nuestros cónsules, Matteo y Jesús, en su sempiterna prudencia, nunca le destinan a oriente ante el más que factible riesgo de que el mármol le ciegue y no vuelva a ver de la misma forma esas cosas extrañas que tanto le gusta explicar; es sabido: el pato es feliz en su charca porque no conoce el mar. Egipto también sale en las quinielas, pero con lo del bicentenario del desciframiento de los jeroglíficos por Champollion y, sobre todo, los cien años que cumple en 2022 el descubrimientode la KV62, repleta de «cosas maravillosas», los vuelos y el alojamiento están imposibles, a menos que logremos hacer pasar al Señor de Sipán (Perú) por el «Tutankamon americano» (Sutton Hoo [Inglaterra] sería el «Tutankamón británico») o a la Señora de Cao como la «Cleopatra peruana»; de hecho, más temprano que tarde, deberíamos que retomar el proyecto incaico y chachapoya que el virus malogró. Un itinerario monográfico por la antigua Constantinopla también se postula como novedad para la Semana Santa, posibilitándonos de facto matar dos pájaros de un tiro y cumplir con otro anhelo visitando el barrio de Beşiktaş, cuyos recientes hallazgos han revelado el «Göbekli Tepe de Estambul».

Como adelanto, han de saber que, para este próximo invierno, ya estamos trabajando en un periplo por la Córdoba imperial y, agárrense, ¡califal! En el momento menos pensado se nos pelará el cable y ampliaremos aún más las cronologías en las que nos sentimos seguros, saltando al vacío para abarcar toda la historia del arte. ¿O acaso en el ya referido viaje la Vrbs Aeterna -la del Tíber, no a Braga, la «Roma portuguesa»-, no nos extasiamos mirando los frescos de Miguel Ángel en el Vaticano? Altamira, la «Capilla Sixtina del Paleolítico», o su rival en ello, Lascaux, tienen un limitadísimo acceso, pero ahí está la Huaca de la Luna (Perú), «la capilla Sixtina del arte moche», la cripta del Pecado Original de Matera (Italia), la «Capilla Sixtina del arte rupestre», la catedral de santa María Asunta de Cremona (Italia), «la Capilla Sixtina padana», el Panteón Real de San Isidoro de León, la «Capilla Sixtina del románico» o la sala capitular del monasterio de Santa María de Sigena (Huesca) a la que otras plumas elevan al cénit de todo el estilo europeo.

Para concluir, por supuesto, el anticlímax de toda esta moralina de curilla. Ya se lo ven venir, ¿verdad? Sí, yo también he recurrido a esos cansinos y sobados clichés cuando me encargaron redactar las guías arqueológicas de Timgad, la «Pompeya de Argelia», y Nîmes, la «Roma francesa», mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. En mi descargo sólo puedo alegar que encontré ambas expresiones citadas por las autoridades académicas que consulté para mi trabajo (quien esté libre de pecado…). Otrora, estaba convencido de que el uso de aquellos manifiestos sensacionalismos proveerían de más valor a los monumentos que debía describir (y, en consecuencia, la editorial aprobaría mi borrador, no encargándoselo a otro autor; poderoso caballero es don dinero). De hecho, pese a mi sentido arrepentimiento, lejos de enmendarme, hará unas pocas semanas, cuando escribí el texto que figura en la web de nuestro próximo viaje a la Provenza, volví a utilizar el símil con el único objetivo de atraer a más clientes a la causa (uno es vanidoso y siempre quiere que sus creaciones intelectuales tengan un rotundo éxito). Craso error, de igual calibre que cuando visitamos  Comacchio (Italia) y cual esnob me refiero a ésta como la «Venecia de los pobres». Ya les dejo a ustedes buscar a cuántas urbes y poblachos, con más o menos canales -o un simple y mal regato-, se equipara con la gran ciudad de la laguna, auguro que no les faltarán ejemplos. A la Dra. Esther Rodríguez [CSIC] corresponde hacer lo propio con todas y cada una de las Atlántidas que salen a su paso construyendo Tarteso.

Corría el 30 de abril de 2021 cuando dejamos atrás la «Pompeya argárica» de regreso a la Comunidad Autónoma de la Libertad. En tiempos de pandemia -con nuestro salvoconducto laboral en los dientes, por si nos volvían a parar los picoletos-, anhelábamos hacer cualquier viaje, el que sea, aunque fuera a un fake.

Aunque no lo parezca, sonrío…

Por aquella época, El madrileño de Puchito lo petaba en la radio y a la altura de Tobarra (no sé por qué recuerdo estas cosas) sonó el primer single del disco con su pegadizo estribillo: Demasiadas mujeres, demasiadas mujeres, demasiadas mujeres… Ha llovido desde aquello. Gracias a las vacunas hemos vuelto a poder viajar, hasta hartarnos de nuevo. Si Fernando se hará o no cargo de todas y cada una de las mentadas «pompeyas», tan sólo depende de su criterio científico. Desconozco si desde que no nos vemos -5 meses y 22 días, contados como una condena- por fin ha aprendido a dosificar sus energías, aunque lo dudo mucho. Acaba de cumplir cuarenta tacos y, conociendo el paño, apuesto a que sigue amaneciendo destrozado, como aquella vez en Creta en la que afirmó haber sido apaleado por todo un equipo de fútbol de sordomudos ingleses [sic] cuando se dirigía a su habitación calentito de rakí (la narración de esa aventura se la debe a ustedes, pídansela que a mí me da la risa). Ya le visualizo desayunando una tonelada de dulcecitos con la fatua esperanza de que el azúcar galvanice su ánimo para afrontar la siguiente jornada, mientras por lo bajini rumia entre dientes: Demasiada Pompeya, demasiada Pompeya, demasiada Pompeya…mi amigo Fernando, el C. Tangana de Torrejón.

Ángel Carlos Aguayo Pérez

Moratalaz, 4 de septiembre de 2022

Shakespeare, Posteguillo y el Twitter

El que se pasa el día en redes buscando casito…

Los Chikos del Maíz, Comanchería.

Supongamos que Shakespeare existió. Obviemos, por un rato, todas las controversias existentes acerca de su vida y las obras que se le atribuyen, vayamos al fondo, al del tiempo, a la historia. El célebre dramaturgo la empleó para contextualizar parte de sus escritos, dándoles color de época, aunque se tomara muchas licencias artísticas que hoy nos chirrían por anacrónicas, como el hacer que un reloj diese las horas en la antigua Roma. Entiéndase, no estaba en su anhelo el hacer un relato pulcro de lo pretérito, sino mover a sus personajes, como marionetas, por un escenario remoto para hablarnos de las pulsiones de nuestra propia naturaleza, las mismas desde que existimos. Valiéndose de este revestimiento, por ejemplo, con sus enriques y ricardos denunciaba, de tapadillo, el totalitarismo monárquico, los abusos y ambiciones desmedidas de los aristócratas. Del mismo modo, en sus famosas tragedias ambientadas antaño –Macbeth, Coriolano, Julio César, etc.-, tampoco faltaba la crítica social. Ahora bien, su público debía ser inteligente y leer entre líneas, captar sutilezas e ironías, puesto que un ataque deliberado al establishment terminaría con su cabeza clavada el Puente de Londres. Sin embargo, no era la pretensión de su arte el imponer una ética, sino proporcionar al respetable un espejo donde mirarse, “mostrar” -como se afirma en Hamlet– “a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico”. William Shakespeare no tenía alma de curilla, que cada cual sacase sus propias conclusiones y actuara, si le placía, en consideración. Transcurridos tantos siglos de su muerte, ¿no es esto preferible a la imposición de una y única moral subjetiva? Quizá por ello no dejen de llevarse a escena sus obras desde el momento del estreno; este es, verdaderamente, el valor de  un clásico.

Uno que, seguro, ha de conocer bien la figura del bardo de Stratford-upon-Avon, por aquello de ser filólogo y profesor de lengua, literatura inglesa y teatro isabelino en la Universidad Jaume I de Castellón, es Santiago Posteguillo, aunque, sin duda, resulta más conocida su faceta creadora de exitosas trilogías de togas y espadas. Finiquitadas las vidas de Escipión y Trajano, aprovechando el boom de la literatura de género, el autor ya va por el segundo tomo que dedica a Julia Domna quien, más allá de ser la esposa del emperador Septimio Severo y madre de los siguientes, Geta y Caracalla, tuvo vida propia. Para modelar su personaje, el autor bebe y se inspira en las fuentes clásicas que a aquella se refieren, luego añade su imaginación. Los lectores acceden al libro siendo plenamente conscientes del género narrativo que tienen entre manos, una novela, no un sesudo ensayo académico pleno de notas a pie de página y mucha cautela aseverativa. Sin embargo, tras la reciente publicación de su último libro, asistimos, ojipláticos, a un linchamiento cibernético por parte de una caterva de nuevos inquisidores que, lejos de aceptar la libertad creativa inherente al arte contemporáneo -la literatura también lo es-, se arrogan la posesión de la verdad histórica -la “realidad”, afirman (¿tras su viaje al pasado?)-, que es única y, acabáramos, coincidente con la suya.  ¿Tras tantos siglos de imposiciones y cánones estrictos, de censuras, índices y quemas de libros, estamos dispuestos, de nuevo, a retroceder?

Las obras completas de Shakespeare son ideales para llevarlas a una isla desierta y no sentirse solo; condensan casi todo lo referente al ser humano y las oscuridades del alma. Cuando leemos a estos ofendiditos on line, de puro simple, no podemos evitar acordarnos de algunos dejes de los magistrales personajes del inglés, pero en burdo. Al margen de los focos de algo que consideraban propio y les ha sido usurpado, en cierto modo, nos recuerdan, enternecidos, al viejo Falstaff cuando el díscolo Harry prospera a Enrique V y queda fuera de juego. No obstante, su  lengua viperina, a golpe de tweets asonantes, tiene más del antonomástico resentido porque el mundo le hizo así, Ricardo III, cuya fealdad externa no difiere de la interior. Al igual que él, consumidos por la envidia, no soportan el éxito ajeno -“nada podrá complacernos si no es la paz de no ser nada”- y lo atacan, con furia, hasta su exterminio. Para llevar a cabo su misión de purga, en aras de una más que dudosa cientificidad, precisan voces que les conminen a actuar -como a Macbeth-, y en sus redes, nuevos patíbulos de escarnio, jalean a su claque (de bots rusos, pagados) preguntándoles, de manera retórica, si, por un casual, desearían asistir al juicio sumarísimo que se disponen a hacer. Lamentablemente, la concurrencia de la platea -cuya volubilidad, por decirlo suave, también temía Shakespeare- siempre está ávida de carnaza y claman por la libra que adeuda El mercader de Venecia a Shylock. En su proceder, dan la vuelta al monólogo de Marco Antonio en Julio César, comenzando su alocución, trapaces, mentando la honra, a continuación, apuñalan. Y ahí entra escena el papel de Yago, el celoso y maledicente camarilla de Otelo, experto en emponzoñar el juicio de terceros propagando su inquina hacia la prosperidad ajena. Como acto final, antes de bajar el telón, exultantes por lo hecho, retuitean la ovación que sus palmeros prodigan a la degollina, dándoles la razón. Asistimos al espectáculo como el rey Lear, consternados por la ingratitud que muestran hacia la mano que, paradójicamente, les da de comer, puesto que el novelista acrecienta el interés sobre el mundo romano del que aquellos tratan de vivir. Y podríamos seguir, en la dramatis personae no falta arquetipo alguno.

Todo esto resulta gracioso, pero está en juego algo muy importante, la libertad artística. Llegados al siglo XXI, aquella no debería constreñirse a los estrechos límites dictados por agentes represores, bastantes tuvimos ya; otra cosa es el mercado. ¿No sería preferible que, como público, accediéramos a la cultura desprovistos de prejuicios e intereses subrepticios inculcados?, ¿acaso no es mejor que cada cual, en base a su experiencia, se forme su opinión personal? La teoría y crítica literaria existen como oficio, son necesarias, ahí teníamos a Harold Bloom -un verdadero influyente, sugiriéndonos lecturas, con argumentos, siempre en positivo. En las antípodas, desde la negatividad, teclean los odiadores -ellos dirían haters o trolls, como, vendidos al capital y a las tendencias, hablan de fake news-, emponzoñando trabajos que, para más inri, reconocen no haber leído en su totalidad (!), despotricando con esas faltas de ortografía que tanto les desacreditan, igual que sus insultos a los lectores de Posteguillo, tachados de analfabetos (cuando ni él mismo acentúa bien).

Nuestro Cicerón de cabecera, presto a desasnar a su grey…

¿No nos enriquecería más la pluralidad? ¿Y si el tiempo que emplean en calumniar en Twitter, ociosos ellos, lo invirtiesen en redactar su versión de los hechos, su propia Julia Domna?, ¿acaso no hemos construido el relato de nuestro pasado a partir de un cúmulo de múltiples perspectivas? El primer día en la carrera de historia nos enseñan que la verdad no existe, pero sí la mentira. Suspicaces por naturaleza, instintivamente, desconfiamos de quienes se autoproclaman adalides del rigor, pontificando desde sus cátedras virtuales una revelación que, por supuesto, sólo a ellos ha sido hecha; mucho ruido y pocas nueces, que diría Shakespeare. La ciencia muere un poco cuando un cuñado de la antigüedad se permite estipularnos lo que no leer a fin de evitar daños de percepción, y aún más, cuando, amenazantes, acotan los terrenos que los literatos no deben pisar con, lo que llaman despectivamente, sus juegos.

Al final, como, supongo, se van haciendo cargo, todo suele responder a algo más prosaico,  el dinero. El profesor Posteguillo convierte en superventas todo lo que produce, mientras que las publicaciones de los que le acusan de intrusismo -filfa y refritos de “historia real” [sic]-, tienen una comercialización muchísimo menor. Y aún así, cuando cambian las tornas e, irónicamente, aquellos lenguaraces son, a su vez, criticados, como toda defensa esgrimen orgullosos sus cifras de venta, como si éstas fueran un marchamo de calidad y Belén Esteban no pudiera alardear de lo mismo. ¿Es la cantidad despachada sinónimo de calidad?

Abogando y defendiendo, con vehemencia, la libertad artística y creativa frente a este tipo de esnobismo censor, ¿corremos el riesgo de convertirnos, precisamente, en aquello a lo que nos enfrentamos?, ¿No nos enseña, precisamente, el Enrique IV que uno se malea enseguida por las mismas corruptelas que se propuso combatir?, ¿ser o no ser? El caso particular de Santiago Posteguillo -con quien, huelga decir, no tenemos comisión alguna- sirve para ilustrar una situación generalizada en las redes, el microcosmos explica el macrocosmos: cuanta más libertad de expresión tenemos, peor la utilizamos. La discrepancia es lícita, faltaría, y, en ocasiones, la confrontación de ideas o planteamientos es inevitable, pero ¿por qué no debatir desde el respeto y en términos educados en lugar de difamar con tono marisabidillo?, ¿no debería ser la crítica constructiva en lugar de encaminarse al sabotaje del esfuerzo de otros? En el fascinante y necesario mundo de la divulgación histórica, donde cada cual, por el bien común, aporta su granito de arena lo mejor que puede, ¿no debería existir mayor corporativismo y apoyo mutuo en lugar de tanta lucha deshonrosa por migajas?, ¿no será mejor, damas y caballeros, que entre bomberos no nos pisásemos la manguera?

Ángel Carlos Aguayo Pérez

Vigo, 30 de junio de 2020

 

 

El abuelo fue explorador

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A finales del 2016, Bill Sheppard -exbombero reciclado en arqueólogo y escritor-, con sus dos hijos, Morgan y Cian, se enrolaron en la particular odisea planeada por su esposa y madre, respectivamente, Aileen, la nieta Tom Crean, el célebre explorador antártico. Próximo a cumplirse el siglo de la mayor gesta del abuelo, convenció a los suyos para repetir la famosa marcha que aquel llevó a cabo, junto a E. Shackleton y F. Worsley, a través del ignoto interior de la mayor de las Georgias del Sur.

Ahora bien, llegados a este punto cabe señalar dos diferencias básicas entre ambos periplos. En primer lugar, el célebre ancestro, al cruzar las gélidas latitudes australes, era un veterano de las expediciones del Discovery y el Terranova -ambas junto al malhadado capitán Scott-; además, la única razón que tenía para atravesar a contrarreloj ese infierno, era la de buscar apoyo para traer de vuelta a sus compañeros de tripulación, aislados en las Shetland meridionales desde que su nave, la Endurance, quedase atrapada en el hielo del mar de Weddell. Por el contrario, sus descendientes sólo perseguían conmemorar el aniversario y apenas contaban con experiencia -a lo sumo, algún cursillo de escalada en fin de semana (!)-, aunque consideraban que podrían suplir esta grave carencia entrenando el arrastre de trineos y, sobre todo, poniéndole entusiasmo… ¿sería suficiente?

El grupo aterrizó en las Malvinas el 24 de septiembre donde embarcó para salvar las 750 millas que había hasta su punto de partida, el mediodía de la isla de San Pedro. Desde allí, tras unas jornadas de aclimatación, los cuatro amateurs emprendieron la llamada Shackleton Traverse -los casi 50 kilómetros que separan la bahía del Rey Haakon de la antigua estación ballenera de Stromness-, eso sí, guiados por dos curtidos montañeros, S. Venables y C. Jones. Como era lógico pensar, los problemas no tardaron en sobrevenir.

El segundo día, tratando de alcanzar el glaciar que precisamente lleva el apellido Crean, en una bajada de 1000 metros con una inclinación de 70º, Sheppard se precipitó al vacío, aunque logró salvarse gracias a sus reflejos usando el piolet. Sus hijos, por su parte, casi tampoco lo cuentan de no haber reaccionado a tiempo para esquivar las rocas que se abalanzaron contra ellos. Sin duda, la peor parada resultó Aileen, quien al deslizarse por una pendiente se fracturó la pierna derecha. Impedida para todo movimiento, a un mar de distancia de cualquier hospital y sin posibilidad de rescate, la romántica aventura devino en operación de salvamento…

Hasta ahí podemos leer. El sino de este viaje está recogido en el libro Honouring Tom Crean. A Centenary Expedition with the Crean Family (2017), un auténtico best-seller en el condado de Kerry -la cuna del clan-, donde nos hicimos eco de esta sorprendente historia. Otra opción es que se la  cuenten allí mismo el autor o la desafortunada protagonista en el Fish & Wine que regentan en Kenmare, mientras se toman una de las cervezas que producen, la Expedition Ale.

Por nuestra parte, queremos señalar una paradoja. Ninguna de las expediciones en las que participó su antepasado logró el fin que perseguía, pero fue en el fracaso y no en la gloria donde aquel se mostró resolutivo, haciendo gala del verdadero heroísmo al arriesgarse para salvar a los demás. Cien años después, lo mismo le ocurrió a su parentela, y en la peor adversidad, supieron obrar con determinación, inspirados por su abnegado ejemplo. De esta forma, y no emulando el viaje, cumplieron el propósito de honrar la memoria de Tom Crean.

Aquellos que le conocieron afirman que casi nunca hablaba del pasado ni alardeó de la medalla concedida a su conspicuo valor. Con razón su figura forma parte del programa educativo irlandés, desde primaria.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

13 de octubre de 2019