ARRASTRANDO MALETAS / 1 El lastre

Es ligero equipaje para tan largo viaje…

Nino Bravo, Un beso y una flor

 

Formentera, septiembre de 2019.

Empezó a desnudarse cuando desperté de la siesta. Metro setenta, media melenita morena, gafas polarizadas, shorts, camiseta de tirantes, chanclas. El striptease descubrió un cuerpo bronceado, tatuajes, quedándose a las puertas del completo a sólo con un tanga de distancia (que ya es recato para el Migjorn). Miraba su móvil, quizá leyendo las crónicas insulares de Jacinto Antón, sabe Dios. Volví yo a El valle feliz de Schawarzenbach como radical anticlímax. Pero a ratos miraba de reojo, a qué engañarnos. En rigor, a unos 30 metros de distancia, no atisbaba mucho más allá de las plantas de sus pies de uñas rojas, perpendiculares a mi grávida horizontalidad de sobremesa. Ella, a ratos, se daba crema; yo, rumiaba frases del tipo: “¡Con treinta años en los tell de Siria, acabaría por echar raíces! Ya que solo tenemos una vida, no podemos derrocharla ni desperdiciarla. Haríamos bien en reflexionar a tiempo…”. Al poco se levantó de un brinco, hora de trabajar, supongo. Una precisa coreografía la vistió enseguida. Guardó sus pertenencias en el bolso. Con un golpe de mano recogió la toalla, sacudiendo la arena y poniéndosela al hombro. En el codo, el casco de la moto. Cuestión de segundos, profesionalidad. Poco después, mientras contemplaba nuestro campamento dominguero -sillas, cojines, nevera (cervezas, mejillones, gazpacho, melón), sombrillas, cámara, libros…-, oí un motor perdiéndose en el rally de la Pitiusa. Me prometí que, algún día, viajaría como ella.

Aeropuerto de Budapest, febrero de 2020.

No terminé Legionario. El manual (no oficial) del soldado romano (Akal, 2010), así que desconozco el contenido reglamentario del macuto (sarcina) de los fundadores de Aquincum, origen de la perla del Danubio, pero seguro que no era tan pesado como el mío. Dado que el regalo de mi partenaire por mi cumpleaños era una escapada de ocio, limité la arqueología, estrictamente, al viejo anfiteatro; hoy como entonces lleno de fieras, perros en concreto, corriendo por la arena y deyectando.

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Ángel Carlos Pérez Aguayo ©

En esta ocasión, como en tantas otras, mis intereses venían determinados por aquellos lugares que otrora recorrió en la capital húngara Patrick Leigh Fermor, peregrino de la belleza. De su ya mítico periplo por la Europa de entreguerras, desde Holanda a Constantinopla a pie, nos quedan dos nostálgicos libros, El tiempo de los regalos (1977) y Entre los bosques y el agua (1986), publicados en grueso conjunto por RBA en 2011 (a título póstumo,  a partir de sus anotaciones, la misma editorial pondría a la venta El último tramo en 2014). Al comienzo de los mismos, consigna el autor el contenido de su ato para atravesar en oblicuo el continente: “un viejo abrigo militar, varios jerséis, camisas de franela gris y un par de ellas blancas para vestir, una cazadora de cuero flexible, polainas, botas claveteadas, un saco de dormir (…), cuadernos de notas y blocs de dibujo, gomas de borrar, un cilindro de aluminio lleno de lápices Venus y Golden Sovereign, un viejo libro de poemas ingleses editado en Oxford (…), el Horacio, volumen I, de Loeb”, en cuya guarda, su madre “había anotado la traducción de un breve poema de Petronio (…): «Abandona tu hogar y busca costas extranjeras, oh joven…No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal…»”.

 Sin embargo yo, a mi regreso, tras sólo cinco jornadas en la urbe, portaba en mi baqueteada mochila, cosida de banderas cual capa de tuno, pero más sosita que la de Pocholo, además del citado y voluminoso tomo: los Noble encounters de Michael O’Sullivan (CEU Press, 2018), Lonely Planet -que cargo pero nunca leo-, ropa sucia, cables varios, cámara réflex, teleobjetivo, agenda, postales, estuche -con seis bolígrafos, por si fallan cinco-, pipa, almohada ergonómica, botella de agua y dos del célebre vino Tokaji para brindar por el héroe, viajero y amante a la mínima ocasión. Añádase a este incómodo lastre, mi inapropiado atavío: Timberland, con sus 14 ojales -consciente del control de acceso a la terminal y la hinchazón de pies en vuelo-, pitillos ceñiditos -ideales para esterilizarme en las estrecheces de Ryanair-, cinturón -sin necesidad alguna, gracias a las croquetas-, tupido jersey de Aran con cuello alto -hay en mí un guiri con veleidades de marino-, bufanda, gorro y, por encima de todo, el cargante plumas McMurdo, de amplísimos bolsillos rebosantes de dos móviles, libreta, portaminas, edición en octavo de Moby Dick -complemento clave para mi look de predicador- cartera, dispositivo Iqos y sus correspondientes cargas, tabaco de liar, filtros, papel, Zippo, peniques ingleses (?), florines, guía de la Casa del Terror y fotocopias explicativas de sus salas, tapones de plástico, cucharilla de helado, caja de Barkleys…Súmenle la cueva de Alí Baba que constituye mi riñonera y el contenido de la maleta que facturé, llena de exóticas cervezas locales destinadas a engrosar mi ya de por sí atestada bodega (¿cuándo me encerrará la histeria del corona virus?).

En casa de herrero, cuchillo de palo. Llevo una década ganándome la vida con esto y cada vez me lo monto peor. Una vez en destino, me sobra más de la mitad de lo que traigo y he de arrastrarlo de aquí para allá cual mula de Mario. En los suelos del Historial de la Grande Guerre de Péronne he contemplado horrorizado, con empática incomodidad, los aparatosos equipos que portaban los soldados en las trincheras.

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Ángel Carlos Pérez Aguayo ©

Al parecer, anhelo superarlos. Eso sí, en cuanto regreso, me enmiendo desde el arrepentimiento y, como vanos propósitos de año nuevo, confecciono magros listados de cosas que llevar a las maniobras…aunque llegado a la víspera, invariablemente, vuelva a atestar el equipaje de inútiles por síes. ¿Qué fue de la enseñanza de la chica del Migjorn?, ¿aprobaría Paddy mi petate?, ¿acaso no me había impuesto la ligereza tras leer La vida simple de Sylvain Tesson? A punto de sucumbir a la enésima decepción conmigo mismo, hallo el lado positivo a mis cargas de sherpa: cansan, y mucho, e invariablemente me duermo en el avión…siempre y cuando, claro está, me lo permita el paisanaje que los puebla, pero eso ya es harina de otro costal…

 

Epílogo

Moratalaz, horas después.

Llegamos a casa como Frodo y Samsagaz alcanzaron Orodruin. Pongo Netflix, cualquier cosa vale para volver a propiciar el sueño. Venga, va, Su último deseo, que sale Dafoe. Al poco de empezar, una voz en off: “Nos movíamos rápido. Llevábamos poco equipaje. Éramos jóvenes”. Palabra.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

29 de febrero de 2020

Los últimos de Napoleón

El 2 de diciembre del 2012 tres amigos emprendieron un viaje. La fecha respondía a una elección deliberada, puesto que aquel mismo día, años atrás, Bonaparte se había auto-coronado emperador y, un tiempo después, ganó la batalla de Austerlitz. Sin embargo, el periplo que iniciaba no tenía relación con su gloria, sino todo lo contrario. Seis meses antes, concibieron la idea de repetir la agónica retirada que la Grande Armée llevó a cabo desde Rusia hasta Francia hará dos siglos, como un homenaje, aunque ellos la realizarían a lomos de una quejumbrosa Ural soviética con sidecar que no pasaba de 80 Km/h. y se gripaba con los octanos de la gasolina capitalista de nuestro continente.

Esta romántica y mitómana aventura de 4000 kilómetros entre las capitales de ambos países puede disfrutarse en Berézina. En sidecar con Napoleón (Aguilar, 2017), redactado por el líder de la misma, Sylvain Tesson (París, 1972).

Portada

La obra, galardonada con el Prix des Hussards, representa, efectivamente, una audaz epopeya de caballería, una suerte de Anábasis contemporánea, aunque el propio protagonista califique a su gesta como el proyecto de un borracho. Y alcohol no faltó durante el recorrido, “el vodka es bastante más eficaz que la esperanza. Y mucho menos vulgar” a la hora de hacer frente a las gélidas temperaturas atravesando la inmensidad rusa y europea (-17º el primer día, como iniciación); de tanto apretar y castañetear la mandíbula, afirma el autor, una mañana escupió medio diente en el lavabo.

Pero el relato de esta travesía sui generis trasciende la mera crónica de lo acaecido entre un punto A y el B. De forma muy amena se alterna la historia del ejército Francés retrocediendo y la suya propia, rumbo al oeste, salpimentando el texto de profundas reflexiones acerca de la patria, el valor, la heroicidad o la gloria -entendida como una forma de “conjurar el horror mediante actos elevados”-, surgidas durante las interminables horas en el ataúd de cinc del sidecar, surcando el asfalto bajo el que aún yacen miles de soldados. Fragmentos escogidos de las memorias de los supervivientes -una tropa de espectros carroñeros, caníbales y autófagos, comandados por mariscales con la pinta de un mozo de cuadra- son citados tras leerse durante la ruta como reconforte ante las penurias que padecían, evitando así la autocompasión. Ahora bien, en estas páginas, tan bien escritas, los infiernos se contrapuntean con ecos de Tolstói, Montaige o Proust, incluso figuran Kundera y Kerouac. Y también hay humor. Siendo “miope como un estadista” ¿cómo pudo conducir bajo aquellas tupidas cortinas de nieve que le impedían ver a pocos metros, con las gafas empañadas por el vaho y habiéndose olvidado de retirar la película ahumada que protegía la visera del casco nuevo?, y encima, de resaca. A eso añádanle que las más de las veces iba tocado con una réplica del célebre bicornio del corso, mientras que en su frágil vehículo flameaba la bandera del primer regimiento de lanceros de caballería ligera de la Guardia Imperial, componiendo la imagen de un Don Quijote redivivo que arrostraba al general Invierno y a su particular horda de cosacos, los tráileres de gran tonelaje que les rozaban en su avance.

El propio título del libro, Berézina -el río bielorruso que, durante la huida hacia delante, se tiñó de sangre en 1812- ha devenido en símil de catástrofe y caos. Sin embargo, pese a todo, Tesson y sus huestes consiguieron llegar a la Ciudad de la Luz después de 13 días, entrando a los Inválidos por la puerta de honor. Allí, bajo la lluvia, guardaron silencio ante la escultura de Napoleón, a pocos metros de su tumba. Ya sólo pensaba en volver a casa para tomar una ducha y purificarse de sus fantasmas. Es de alabar la belleza de aquel melancólico final, pero nos quedamos con un diálogo de la noche en la que surgió el viaje. Una amiga le preguntó, “por qué repetir la retirada”, y él contestó: “Por honor, querida, por honor”. Signifique lo que signifique esto en el siglo XXI, nos encanta.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

13 de octubre de 2019