El abuelo fue explorador

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A finales del 2016, Bill Sheppard -exbombero reciclado en arqueólogo y escritor-, con sus dos hijos, Morgan y Cian, se enrolaron en la particular odisea planeada por su esposa y madre, respectivamente, Aileen, la nieta Tom Crean, el célebre explorador antártico. Próximo a cumplirse el siglo de la mayor gesta del abuelo, convenció a los suyos para repetir la famosa marcha que aquel llevó a cabo, junto a E. Shackleton y F. Worsley, a través del ignoto interior de la mayor de las Georgias del Sur.

Ahora bien, llegados a este punto cabe señalar dos diferencias básicas entre ambos periplos. En primer lugar, el célebre ancestro, al cruzar las gélidas latitudes australes, era un veterano de las expediciones del Discovery y el Terranova -ambas junto al malhadado capitán Scott-; además, la única razón que tenía para atravesar a contrarreloj ese infierno, era la de buscar apoyo para traer de vuelta a sus compañeros de tripulación, aislados en las Shetland meridionales desde que su nave, la Endurance, quedase atrapada en el hielo del mar de Weddell. Por el contrario, sus descendientes sólo perseguían conmemorar el aniversario y apenas contaban con experiencia -a lo sumo, algún cursillo de escalada en fin de semana (!)-, aunque consideraban que podrían suplir esta grave carencia entrenando el arrastre de trineos y, sobre todo, poniéndole entusiasmo… ¿sería suficiente?

El grupo aterrizó en las Malvinas el 24 de septiembre donde embarcó para salvar las 750 millas que había hasta su punto de partida, el mediodía de la isla de San Pedro. Desde allí, tras unas jornadas de aclimatación, los cuatro amateurs emprendieron la llamada Shackleton Traverse -los casi 50 kilómetros que separan la bahía del Rey Haakon de la antigua estación ballenera de Stromness-, eso sí, guiados por dos curtidos montañeros, S. Venables y C. Jones. Como era lógico pensar, los problemas no tardaron en sobrevenir.

El segundo día, tratando de alcanzar el glaciar que precisamente lleva el apellido Crean, en una bajada de 1000 metros con una inclinación de 70º, Sheppard se precipitó al vacío, aunque logró salvarse gracias a sus reflejos usando el piolet. Sus hijos, por su parte, casi tampoco lo cuentan de no haber reaccionado a tiempo para esquivar las rocas que se abalanzaron contra ellos. Sin duda, la peor parada resultó Aileen, quien al deslizarse por una pendiente se fracturó la pierna derecha. Impedida para todo movimiento, a un mar de distancia de cualquier hospital y sin posibilidad de rescate, la romántica aventura devino en operación de salvamento…

Hasta ahí podemos leer. El sino de este viaje está recogido en el libro Honouring Tom Crean. A Centenary Expedition with the Crean Family (2017), un auténtico best-seller en el condado de Kerry -la cuna del clan-, donde nos hicimos eco de esta sorprendente historia. Otra opción es que se la  cuenten allí mismo el autor o la desafortunada protagonista en el Fish & Wine que regentan en Kenmare, mientras se toman una de las cervezas que producen, la Expedition Ale.

Por nuestra parte, queremos señalar una paradoja. Ninguna de las expediciones en las que participó su antepasado logró el fin que perseguía, pero fue en el fracaso y no en la gloria donde aquel se mostró resolutivo, haciendo gala del verdadero heroísmo al arriesgarse para salvar a los demás. Cien años después, lo mismo le ocurrió a su parentela, y en la peor adversidad, supieron obrar con determinación, inspirados por su abnegado ejemplo. De esta forma, y no emulando el viaje, cumplieron el propósito de honrar la memoria de Tom Crean.

Aquellos que le conocieron afirman que casi nunca hablaba del pasado ni alardeó de la medalla concedida a su conspicuo valor. Con razón su figura forma parte del programa educativo irlandés, desde primaria.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

13 de octubre de 2019