…y a Jesús lo que es de Jesús

     En la Primera Guerra Mundial, se llamó a filas a los estudiantes de Oxford y Cambridge como oficiales, creyendo que un historiador (Graves), arqueólogo (Lawrence), abogado (Sassoon) o filólogo (Tolkien) era lo suficientemente listo para no dejarse matar y su distinguido ejemplo inspiraría a la soldadesca. Tras su instrucción, eran enviados al frente como tenientes. Y claro, palmaban a mansalva en las trincheras.

     Al Dr. Robles se le reclutó a inicios de 2024 como guía de Pausanias tras años buscando New Entry. Antes de presentárnoslo, el jefe nos imploró comportarnos y no espantarle. Por supuesto, tras estrecharle la mano, a fin de testar la pasta, le serví un lingotazo de raki a las 09:00 de la mañana. Lo rechazó; mi suspiro retumbó en Fitur:

     -Joder con el nuevo, a éste se lo follan vivo.

     Agendé su móvil con la abreviatura Pvt. (Private = soldado raso); el rango y nuestro respeto habría de ganárselo, en combate.

     En su infinita sabiduría, Matteo y Jesús se encargaron de formarle, llevándoselo de corista para aprender el oficio. A lo sumo, soltando un poco la correa, le permitían irse de maniobras con el Dr. Alonso, ese angelito, pero nada de viajar con Carlos, ¡peligro!, «no vayamos a perderle, como a Laura» [sic]. El chico -tenía 28 años- promete. Reconozco que en los informes de inteligencia que recibí todo eran elogios y, se dice, se cuenta, en la Autónoma aún se flagelan por escapárseles, mas decidió no descarnarse las rodillas. Ole.

     Próximo a cumplir un año en la agencia, por primera vez los generales destinaron a tres guías al British Museum; aún era preferible apoquinar el trío que dejarnos a solas, mandando a Fernandito de canguro (!). Y oigan, ¡lo que sabe!, da gusto oírle con tanta erudición como desparpajo, replicando a quien osa exclamar «¡este museo es una mierda!» con un «quien calla es cómplice». Y al salir del cole, en los abrevaderos no se quedaba atrás, buscando el equilibrio entre apolíneo y dionisíaco. Un fenómeno.

     Contemplándole actuar, con su entusiasmo, vi nuestro reflejo, empezando a dar tumbos por el mundo, cuando éramos soldados…y jóvenes.

     ¡Bienvenido a Vietnam, Ltn. (Lieutenant = Teniente) Robles!

 

 

Dioses con pies de barro (y hombres puros)

           

SERRALLONGA ATSET, J., Dioses con pies de barro. El desafío humano a las leyes de la naturaleza…y sus consecuencias, Barcelona, Crítica, 2020. 240 págs. ISBN 978-84-9199-254-7.

Muestran los escaparates y páginas webs de libros que el confinamiento ha sido una época fértil para la escritura. Lejos de sucumbir al hartazgo generalizado sobre todo lo que rodea al coronavirus, algunos han profundizado en el tema desde la preclara dimensión que les provee su experiencia, encontrado una musa para la reflexión sobre el horror. Tal es el caso del polifacético Jordi Serrallonga, quien en calidad de naturalista, arqueólogo, explorador, docente y “primate nómada” -como se define-, presenta una también poliédrica obra, a caballo entre la divertida historia de la teoría evolutiva, el riguroso análisis científico de la pandemia y la particular biografía de un impenitente viajero “cuyo despacho es el mundo” y al que, a tenor de lo expuesto, sólo ven sus alumnos de la Universitat Oberta de Catalunya en las raras ocasiones que cuelga el arquetípico sombrero fedora. A lo largo de todo el ensayo late machaconamente el leitmotiv que le sirve de título -una sugerencia de Carmen Esteban, editora de Crítica-, somos, como especie, Dioses con pies de barro, sujetos como todas a la imparable evolución; la intolerancia a la lactosa lo evidencia. Desde Los persas de Esquilo se viene alertando a la humanidad sobre el riesgo de desafiar las leyes de la naturaleza. Ahora bien, de entonces a esta parte hemos llegado a un punto en el que, según se afirma, ésta “nos lee la cartilla”, aunque, entiéndase, la Pachamama carece de capacidad vengativa. Ahora bien, afortunadamente, “este no es un libro específico sobre la pandemia de la COVID-19” y Serrallonga sí un artero divulgador que sabe embarcar nuestro interés en el HMS Beagle rumbo a las Galápagos con Darwin, o junto a él mismo, el verdadero protagonista del texto, buscando atentos el rastro de los invisibles pumas que, en cuanto nos encerraron en nuestras casas, camparon a sus anchas por las calles de Santiago de Chile, haciendo inevitable la comparación con la Rebelión en la granja de George Orwell. Las páginas saltan de aquí a allá entre distintos lugares del globo en los que el investigador ha trabajado, trayendo ejemplos a colación para ilustrar el último mensaje del tomo: no somos la especie elegida, sólo llevamos aquí unos 250.000 años, podemos extinguirnos como otrora hicieron los dinosaurios, mas está en nuestra mano ralentizar el (¿inevitable?) desastre, conduciendo nuestros actos de una forma más sostenible y respetuosa con el medio invadido, colonizado y arrasado. Y he aquí el principal defecto que puede reprochársele al autor, quien usa la primera persona para narrar sus maravillosas y envidiables expediciones en pos de la ciencia y el conocimiento, pero luego emplea el plural mayestático atribuyendo acciones a un colectivo genérico en el que, quizá, pudiéramos no sentirnos integrados o responsables, ni en calidad de dioses, ni como ángeles exterminadores de especies. Salvando todas las distancias -que son muchas-, en ciertos pasajes parece evidenciarse la influencia de Nigel Barley, aunque este antropólogo, alcanzado el siglo XXI, ha perdido toda la inocencia y está de vuelta, tal vez con razón.

ARRASTRANDO MALETAS / 1 El lastre

Es ligero equipaje para tan largo viaje…

Nino Bravo, Un beso y una flor

 

Formentera, septiembre de 2019.

Empezó a desnudarse cuando desperté de la siesta. Metro setenta, media melenita morena, gafas polarizadas, shorts, camiseta de tirantes, chanclas. El striptease descubrió un cuerpo bronceado, tatuajes, quedándose a las puertas del completo a sólo con un tanga de distancia (que ya es recato para el Migjorn). Miraba su móvil, quizá leyendo las crónicas insulares de Jacinto Antón, sabe Dios. Volví yo a El valle feliz de Schawarzenbach como radical anticlímax. Pero a ratos miraba de reojo, a qué engañarnos. En rigor, a unos 30 metros de distancia, no atisbaba mucho más allá de las plantas de sus pies de uñas rojas, perpendiculares a mi grávida horizontalidad de sobremesa. Ella, a ratos, se daba crema; yo, rumiaba frases del tipo: “¡Con treinta años en los tell de Siria, acabaría por echar raíces! Ya que solo tenemos una vida, no podemos derrocharla ni desperdiciarla. Haríamos bien en reflexionar a tiempo…”. Al poco se levantó de un brinco, hora de trabajar, supongo. Una precisa coreografía la vistió enseguida. Guardó sus pertenencias en el bolso. Con un golpe de mano recogió la toalla, sacudiendo la arena y poniéndosela al hombro. En el codo, el casco de la moto. Cuestión de segundos, profesionalidad. Poco después, mientras contemplaba nuestro campamento dominguero -sillas, cojines, nevera (cervezas, mejillones, gazpacho, melón), sombrillas, cámara, libros…-, oí un motor perdiéndose en el rally de la Pitiusa. Me prometí que, algún día, viajaría como ella.

Aeropuerto de Budapest, febrero de 2020.

No terminé Legionario. El manual (no oficial) del soldado romano (Akal, 2010), así que desconozco el contenido reglamentario del macuto (sarcina) de los fundadores de Aquincum, origen de la perla del Danubio, pero seguro que no era tan pesado como el mío. Dado que el regalo de mi partenaire por mi cumpleaños era una escapada de ocio, limité la arqueología, estrictamente, al viejo anfiteatro; hoy como entonces lleno de fieras, perros en concreto, corriendo por la arena y deyectando.

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Ángel Carlos Pérez Aguayo ©

En esta ocasión, como en tantas otras, mis intereses venían determinados por aquellos lugares que otrora recorrió en la capital húngara Patrick Leigh Fermor, peregrino de la belleza. De su ya mítico periplo por la Europa de entreguerras, desde Holanda a Constantinopla a pie, nos quedan dos nostálgicos libros, El tiempo de los regalos (1977) y Entre los bosques y el agua (1986), publicados en grueso conjunto por RBA en 2011 (a título póstumo,  a partir de sus anotaciones, la misma editorial pondría a la venta El último tramo en 2014). Al comienzo de los mismos, consigna el autor el contenido de su ato para atravesar en oblicuo el continente: “un viejo abrigo militar, varios jerséis, camisas de franela gris y un par de ellas blancas para vestir, una cazadora de cuero flexible, polainas, botas claveteadas, un saco de dormir (…), cuadernos de notas y blocs de dibujo, gomas de borrar, un cilindro de aluminio lleno de lápices Venus y Golden Sovereign, un viejo libro de poemas ingleses editado en Oxford (…), el Horacio, volumen I, de Loeb”, en cuya guarda, su madre “había anotado la traducción de un breve poema de Petronio (…): «Abandona tu hogar y busca costas extranjeras, oh joven…No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal…»”.

 Sin embargo yo, a mi regreso, tras sólo cinco jornadas en la urbe, portaba en mi baqueteada mochila, cosida de banderas cual capa de tuno, pero más sosita que la de Pocholo, además del citado y voluminoso tomo: los Noble encounters de Michael O’Sullivan (CEU Press, 2018), Lonely Planet -que cargo pero nunca leo-, ropa sucia, cables varios, cámara réflex, teleobjetivo, agenda, postales, estuche -con seis bolígrafos, por si fallan cinco-, pipa, almohada ergonómica, botella de agua y dos del célebre vino Tokaji para brindar por el héroe, viajero y amante a la mínima ocasión. Añádase a este incómodo lastre, mi inapropiado atavío: Timberland, con sus 14 ojales -consciente del control de acceso a la terminal y la hinchazón de pies en vuelo-, pitillos ceñiditos -ideales para esterilizarme en las estrecheces de Ryanair-, cinturón -sin necesidad alguna, gracias a las croquetas-, tupido jersey de Aran con cuello alto -hay en mí un guiri con veleidades de marino-, bufanda, gorro y, por encima de todo, el cargante plumas McMurdo, de amplísimos bolsillos rebosantes de dos móviles, libreta, portaminas, edición en octavo de Moby Dick -complemento clave para mi look de predicador- cartera, dispositivo Iqos y sus correspondientes cargas, tabaco de liar, filtros, papel, Zippo, peniques ingleses (?), florines, guía de la Casa del Terror y fotocopias explicativas de sus salas, tapones de plástico, cucharilla de helado, caja de Barkleys…Súmenle la cueva de Alí Baba que constituye mi riñonera y el contenido de la maleta que facturé, llena de exóticas cervezas locales destinadas a engrosar mi ya de por sí atestada bodega (¿cuándo me encerrará la histeria del corona virus?).

En casa de herrero, cuchillo de palo. Llevo una década ganándome la vida con esto y cada vez me lo monto peor. Una vez en destino, me sobra más de la mitad de lo que traigo y he de arrastrarlo de aquí para allá cual mula de Mario. En los suelos del Historial de la Grande Guerre de Péronne he contemplado horrorizado, con empática incomodidad, los aparatosos equipos que portaban los soldados en las trincheras.

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Ángel Carlos Pérez Aguayo ©

Al parecer, anhelo superarlos. Eso sí, en cuanto regreso, me enmiendo desde el arrepentimiento y, como vanos propósitos de año nuevo, confecciono magros listados de cosas que llevar a las maniobras…aunque llegado a la víspera, invariablemente, vuelva a atestar el equipaje de inútiles por síes. ¿Qué fue de la enseñanza de la chica del Migjorn?, ¿aprobaría Paddy mi petate?, ¿acaso no me había impuesto la ligereza tras leer La vida simple de Sylvain Tesson? A punto de sucumbir a la enésima decepción conmigo mismo, hallo el lado positivo a mis cargas de sherpa: cansan, y mucho, e invariablemente me duermo en el avión…siempre y cuando, claro está, me lo permita el paisanaje que los puebla, pero eso ya es harina de otro costal…

 

Epílogo

Moratalaz, horas después.

Llegamos a casa como Frodo y Samsagaz alcanzaron Orodruin. Pongo Netflix, cualquier cosa vale para volver a propiciar el sueño. Venga, va, Su último deseo, que sale Dafoe. Al poco de empezar, una voz en off: “Nos movíamos rápido. Llevábamos poco equipaje. Éramos jóvenes”. Palabra.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

29 de febrero de 2020

Tu, Belisarius, eris!

Muy fría, así la recuerdo. Rávena, al ocaso, se sumía en la niebla. Atrás quedaban los calores del Ca’ de Vèn y todos caldos de la Emilia-Romagna que nos echamos al coleto tratando de calentarnos. Para cuando salimos del restaurante, el vaho ya formaba un continuum con el humo de los cigarros, asemejándonos a dragones que habían bebido agua. Las paredes de los antiguos palazzi exudaban del relente, empapándose también los adoquines del casco viejo, atemorizando nuestros pasos, los únicos que, a esas horas de la noche, atravesaban la espectral plaza de san Francesco. Aquello era idéntico a la portada de El club Dante (Matthew Pearl, 2004), y, precisamente, hacia su tumba nos dirigíamos.

1.-PEARL, M., El Club Dante

Llegados a este punto quedaría estupendo afirmar que, para entonces, había leído su Comedia -lo de Divina es posterior, como el apelativo de Buonarrotti-, pero no, ni todavía. Determinados clásicos los reservo para disfrutarlos cuando alcance la madurez (aún me como las uñas) y me regalen una buena edición con aparato crítico. Mis magros conocimientos sobre el bardo florentino los conformaban ciertas reminiscencias de las clases de literatura –Dolce stil novo, güelfos y gibelinos, Beatriz, exilio…- y los proporcionados por la referida novela. Surgida al calor de El Código Da Vinci (Dan Brown, 2003), el libro, como todos los que devoré en su época, volvía a repetir el esquema canónico: artista conocido – trasfondo histórico – conspiración – asesinatos – detectives heterodoxos. Tampoco es que fuera nada del otro jueves, pero menos da una piedra y la calígine bostoniana en el que se desarrollaba su intriga -el smog yankee-, venía que ni pintada a la atmósfera brumosa que se cernía sobre nosotros.

El mausoleo –Dantis poetae sepulcrum-, como es lógico, estaba cerrado, pero daba igual. Lo importante era estar presentes, sensibles al espíritu del lugar, el deleite romántico; no en balde, nos habían precedido en el mismo ritual Lord Byron y Oscar Wilde. Además, allí, quise creer, aparte de al toscano, podíamos convocar también a otro vate, aquel que guio la katábasis por el Infierno de su colega. Hasta la tumba de Dante, por supuesto, en último término, nos había llevado el más célebre de los aedos latinos, pero más que por sus Églogas o Bucólicas -a las que este urbanita, todavía, sigue sin cogerles el punto-, llegué gracias a La muerte de Virgilio (Hermann Broch, 1945), mucho antes que la Eneida cayese en mis manos. El gran canto dinástico de los Julio-Claudios -que su propio autor quiso arrojar al fuego en el lecho de muerte-, sí que lo tenía trabajado, incluso me afloraron algunos latines, los fáciles, “Arma virumque cano”, “Sic notus Ulixes?”, “Timeo danaos et dona ferentes” y, mi favorito, “Tu, Marcellus, eris”, cuando el hijo de Anquises, acompañado por la sibila cumana, contempla al sobrino de Octavio, muerto antes de tiempo, vagando en el reino de las sombras como premonición de la grandeza que habría de venir. Para ilustrarlo, nos queda el emotivo cuadro de Ingres, recreando un recital en el que la jovencísima Julia, la hija de Augusto y esposa de aquel, al oír el verso, colapsa de dolor, en contraste con la adusta actitud de matrona contenida que, ante el recuerdo del fallecido que estaba llamado a ocupar el solio imperial, sospechosamente, muestra Livia… ¡Qué señora!

2.-Tu Marcellus eris. Jean-Auguste-Dominique Ingres, ca. 1820 (Toulouse, Musée des Augustins)
Tu Marcellus eris. Jean-Auguste-Dominique Ingres, ca. 1820 (Toulouse, Musée des Augustins)

Y es que le tengo un especial cariño a esta pendenciera familia desde el Yo, Claudio, muchos años antes de estudiar a Suetonio, Casio Dión, Veleyo Patérculo, Tácito o Livio. No me duelen prendas en admitir que leo obras de ambientación histórica. Remarco, de ambientación, tengo claras las diferencias entre ambos géneros narrativos, aunque Kapuściński -el magistral cronista sui generis del pasado cercano- dijese que eran “orillas del mismo río”. Pese a ser consciente de la mala prensa que tienen estas novelas y sus lectores entre algunos envarados puristas del gremio, no tengo sus críticas muy en cuenta; la mayor parte, como yo, también leen la Ilíada o a Cátulo en castellano (que es oír a como a Sabina traducido al japonés).

La literatura contemporánea me ha llevado a los clásicos, no al revés y en aquella ciudad estaba por otros cuatro libros. Rávena fue la tumba de Roma (László Passuth, 1963), en la que se recrea la vida del (no tan) bárbaro Teodorico, caudillo de los ostrogodos, cuyo palacio y tumba no se hallaban muy distantes. Por otra parte, el paisaje del cercano puerto militar de Classe y sus lupanares, me lo proporcionó la aventura en el Adriático de los carismáticos centuriones Cato y Macro en La profecía del águila (Simon Scarrow, 2005). Ahora bien, aquellos dos sólo eran los entrantes a los principales textos que acicatearon mi viaje: Teodora, emperatriz de Bizancio (Gillian Bradshaw, 1987), sobre el devenir de aquella resuelta mujer, hija de un domador de osos, que, sin escrúpulo alguno, medró en la Constantinopla del siglo VI hasta alcanzar la más alta cumbre del poder, y, por supuesto, El conde Belisario de Robert Graves (1938), el más vilipendiado de los que osaron darle una vuelta a las fuentes para construir su propia versión. Pocos saben que éste fue catedrático de poesía en Oxford, y calidad de tal, considero, debe entenderse su producción. A este respecto, cabe citar lo dicho por J. R. R. Tolkien, colega de la misma universidad e igualmente veterano de la batalla del Somme -sus experiencias bélicas les resultaron muy fructíferas a ambos para crear sus guerras- quien afirmó que: “las leyendas dependen del lenguaje que las crea”. ¡Ya querrían muchos sesudos académicos escribir la mitad de bien!

Con todo aquello por bagaje, al día siguiente, acudí a San Vital a fin de poner cara a los protagonistas de mis libros, inmortalizados en el presbiterio de la iglesia en uno de los mosaicos más famosos de la historia del arte. A ambos lados del altar mayor, se exhibe un aparatoso ceremonial constantinopolitano en el que participa lo más granado de su siglo de oro. A la derecha, Teodora, con ojos saltones, recortándose sobre una aureola de santidad (!), engalanada con las joyas que siempre me han recordado a la célebre fotografía de Sofía Engastromenos luciendo el ‘Tesoro de Príamo’. La basilisa, oferente, posa acompañada de su séquito de cortesanas y eunucos. Justo enfrente, en pendant, Justiniano, de aviesa mirada, rodeado de su guardia de corps, clérigos y nobles, entre los que se ha querido ver a quien, con acierto y nostalgia, se ha denominado ‘el último general romano’: Belisario.

3.-Belisario. San Vital de Rávena (Á.C.P. Aguayo, 19 · 4 · 2018)
Ángel Carlos Pérez Aguayo ©

A falta de un epígrafe que lo identifique -como el existente junto al arzobispo local, Maximiano-, hemos de fiarnos de la tradición y creer que, el brazo armado del infructuoso intento de resucitar de sus cenizas la perdida grandeza del imperio, es el personaje barbudo que aparece a la izquierda del monarca, según lo vemos nosotros, su mano derecha en realidad. Se non è vero, è ben trovato. Contemplándolo extasiado, me daban igual las dudas existentes acerca de su presencia iconográfica. De forma que, enmendando Virgilio, exclamé: Tu, Belisarius, eris! Para mí, ahí estaba, mirándome, el héroe de la novela.

Gracias a esa experiencia cuasi mística, andando el tiempo, llegué a disfrutar, tanto como lo hice, devorando las Guerras y la Historia secreta de Procopio de Cesarea, la principal fuente para aquella época. Testigo directo de la mayor parte de los hechos que narra, sirvió junto a Belisario como consejero durante sus luchas contra los «bárbaros» -persas sasánidas, vándalos, bereberes y ostrogodos – y estuvo presente en la (re)conquista de Rávena por el general en el 540. Pese a que al comienzo de ambos volúmenes loa el genio estratégico del militar como paladín de la cristiandad, a posteriori, sin que alcancemos aún a saber el porqué, se distancia, convirtiéndolo en el blanco de su biliosa inquina. Ahora bien, peor parte se llevó Justiniano, al que sin ambages tilda de tirano y “príncipe de los demonios”, y también tuvo lo suyo para sus correspondientes esposas -Antonina y Teodora-, ya que en su opinión movían en la sombra, a su antojo, las marionetas de sus maridos. En lo concerniente al emperador, cabe decir que pese a que el militar siempre le guardo lealtad, acatando todas sus órdenes -incluso la de sofocar, con mano dura, la revuelta de la Nika del 532, con un saldo de 30.000 muertos en el hipódromo-, celoso de que le hiciese sombra un súbdito por la fama que iban cobrando sus victorias, le pagó con la ingratitud, haciéndole caer en desgracia. Algunos incluso le atribuyen haber ordenado que se le arrancasen los ojos, pero se antoja difícil de creer puesto que siguió comandando ejércitos e, incluso, poco antes de morir, se le encomendó la defensa de la capital ante el asedio de los búlgaros.

El vencedor de la temible caballería catafracta en Dara, el mismo que celebró el último triunfo de la antigüedad tras su victoria contra Gelimer en el norte de África, devendría en un personaje de la épica medieval como el Cid o Roldán, aunque, a decir del erudito bizantino Juan Tzetzes, terminó sus días mendigando óbolos por las calles de Constantinopla, donde murió el 13 de marzo del 565.

¿Fue Procopio más objetivo que Graves en la transmisión o también aliñaba sus relatos? La mera insinuación de que las derrotas sufridas por Belisario se debieron a la ira de Dios, hoy día, lo desacreditaría a ojos vista de la comunidad científica, pero las fuentes deben entenderse en el contexto que fueron escritas. Enjuiciar su historicidad con nuestros parámetros actuales supone un grave error de perspectiva, y el fatuo debate acerca de la Verdad -con mayúscula-, una discusión bizantina, en pretérito imperfecto. Ni siquiera su efigie (?) en San Vital, descompuesta en teselas, era fidedigna con el hombre…pero ahí estaba, escrutándome. Yo le sonreí. Mi viaje había sido motivado por la literatura. Desde pequeño, como a Nausícaa, me gustan los cuentos; la historia…sólo es trabajo. 

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

2 de diciembre de 2019.

 

Juan Rigo Morey, capitán y vividor

A principio de los noventa, cambió las aulas donde ejercía de profesor de Humanidades por la inmensidad del océano. Su sueño era navegar, recorrer sin prisa el Mediterráneo. Y no se ha cansado de hacerlo.

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Con menos edad que un guardiamarina se embarcó junto a su hermano y ya ha pasado medio siglo navegando. El capitán Rigo camina por Madrid con una ligera escora, casi haciendo bordos, no está en su medio, claramente. Mallorquín, adoptado parisino y “griego a tiempo parcial” -como él mismo se define-, no pisaba la capital desde hace veinticinco años, poco menos del tiempo que lleva amarrando en Ítaca y otros predios del viejo reino de Ulises. Pero mil días después de publicar su último libro –Cuaderno de islas. Una guía personal sobre el Jónico (Ruleta Rusa)- por fin se dignó en presentárnoslo, llenando hasta la bandera la librería náutica Robinson. Puede que os preguntéis por qué…

Lo tenía todo y lo dejó en pos de un sueño de libertad. Historiador, profesor de Humanidades y doctorando, a comienzos de los noventa soltó amarras y se hizo a la mar para vivir de ella como patrón y periodista náutico. Aunque durante el otoño se recoge en sus cuarteles de invierno en la Ciudad de la Luz, enviando misceláneas crónicas al Diario de Mallorca desde cualquier bistrot bohemio, en cuanto regresa la primavera migra hacia el archipiélago menos turístico de Grecia, desviviéndose por merecer el bello epíteto levendi con el que allí se define al valeroso que sabe gozar de la vida. Su postrera obra precisamente habla de eso, del disfrute pleno en el último reducto del “Mediterráneo puro, fuera de clichés”. “Yo pasaba por el Jónico, no lo busqué” -afirma-, pero allí encontró el sosegado paraíso que lo retrotrajo a las Baleares de su juventud donde conoció a Robert Graves, una magdalena de Proust con olor a salitre, aceite de oliva y algo recién pescado a la brasa. Con sabor a Homero, sin miedo al anisakis.

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Dice no ser ambicioso y contentarse con lo que tiene, y es mucho: un barquito, amigos en cada puerto y un ancla para fondear donde le place. Frente a la imagen estereotipada de las Cícladas, con casitas encaladas y cúpulas celestes, las islas del oeste griego parecen sacadas de la Toscana, frondosas, irreales, ajenas a lo pensado. Casi nadie las conoce, excepto Corfú, y allí, a lo sumo, recala el autor para proveerse de blanco a granel en un puerto de pescadores que jamás alguien visitaría, excepto él, por supuesto. Juan Rigo y su muy heterodoxa guía son así, para satisfacción del lector. Calas donde uno se duerme la siesta amarrado a un árbol, mecido por olas y una nana de cigarras, desenfrenados bailes en la oscuridad sobre charcos de alcohol y copas rotas, humeantes espetones de corderos que aún balan asándose en una playa desierta, sugestivas noches estrelladas sin más ruido que la jarcia, lejos de toda civilización… E Ítaca siempre en el horizonte.

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Para escribir su libro Cuaderno de islas. Una guía personal sobre el Jónico,
 el Capitán Rigo realizó el periplo a bordo de su velero, llamado Odyssée.

Aunque el capitán frecuenta otros lares de este mar occidental, siempre da con sus huesos en el más literario de todos (con permiso de los hermanos Durrell). El largo viaje que recomendaba Kavafis, colmado de aventuras y experiencias, nunca parece terminarse y un año tras otro retorna a bordo de su velero, el apropiado Odyssée, al poco de florecer las buganvillas. Pasa toda la temporada de navegación por el jónico llevando de acá para allá a quien acepta como tripulación, pero siendo su propio jefe se reserva el final del estío en la que llama su isla, aguardando ansioso el prensado de la aceituna y el vino nuevo, a poniente de un mundo que toca a su fin.

La última vez que le vimos, para nuestro asombro, desenfundó del bolsillo un pequeño cuaderno que hace las veces de agenda. A sus casi setenta años de edad ha decidido organizarse la vida como el resto de los mortales. Aquel objeto representa todo lo contrario a su carácter, tan errático y envidiosamente libre. El mito parece desplomarse hasta que se carcajea socarrón, como un parroquiano de la posada del almirante Benbow, y entonces abre las páginas y exclama: “¡Está vacía!”. Así es.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

Man on the Moon, 29 de julio de 2019.

https://manonthemoonmag.es/explorers/juan-rigo-morey-capitan-y-vividor/

 

Thomas Edward Lawrence (de Arabia), arqueólogo

La historia (…) resulta tanto menos legible cuanto más histórica es

Robert Graves

 

Antes de convertirse en el pequeño diablillo del mundo para el gran ̒Awdah y Gertrude Bell, o para el resto en el emir dinamita, el Garibaldi de Arabia o el rey sin corona de La Meca; de ascender vertiginosamente de alférez a teniente, capitán, mayor y coronel; de ser conocido como Aurens, Awrans, Laurens, Lurens, Orens o Urens, y, muy a su pesar, de forma más habitual, con el romántico título de Lawrence de Arabia -que odiaría tanto que, una vez concluida la Primera Guerra Mundial, cambiaría de apellido en dos ocasiones-; previamente a todo eso, y mucho antes de que lo inmortalizara en celuloide el hígado rubio de ojos azules que pactó con el demonio, Thomas Edward Lawrence (Tremadoc [Gales], 16 de agosto de 1888 – Bovington Camp [Inglaterra] 19 de mayo de 1935), Ned para su familia o T. E. para sus amigos -y de aquí en adelante-, fue historiador y arqueólogo.

A tenor de lo escrito por los múltiples autores que han glosado su vida, ya sea con un enfoque apologético, en ocasiones lindante con la hagiografía, u optando por una imagen detractora y capaz del vilipendio más bajuno, Lawrence, que a nadie deja indiferente, pronto encontró su vocación. Desde la niñez, una vez asentada su pecaminosamente nómada familia en Oxford, demostró tener una “afición que las personas mayores creyeron malsana en un chiquillo”: la arqueología.

El infante galés reverenciaba la historia y siendo aún niño se jactó ante un compañero de colegio de haber nacido el mismo día que Napoleón, pese a que por unas horas no fuese cierto. Años después un amigo diría que en él había “algo del dómine de labios delgados de Oxford”.  De todo el pasado, T. E., al igual que J. R. R. Tolkien, sublimó la Edad Media, y de ésta, fundamentalmente, las Cruzadas. Leía todo acerca del medioevo, especialmente La mort d’Arthur. La épica de Malory, volumen que no en balde llevaría encima durante la rebelión del desierto junto con las comedias de Aristófanes y una compilación de poemas, forjó el alma de un niño retraído que se negaba a jugar con los demás, a ser como el resto y participar de sus reglas, tal vez sabedor de su latente diferencia. Era un personaje solitario que navegaba en canoa por el Cherwell y el Támesis o recorría las alcantarillas de la vieja ciudad y trazaba planos, temprana inclinación cartográfica que a la postre constituiría su primer servicio de guerra. El joven Lawrence, con el deseo de formar una pequeña colección arqueológica, gastaba parte de su asignación en comprar a los obreros de Oxford los fragmentos de alfarería que hallaban en su trabajo, los cuales estudiaba con minuciosidad hasta convertirse en un especialista con ideas propias que no tardaría en llamar la atención del Conservador del Museo Ashmolean, D. G. Hogarth. Cuando llegase a su madurez quería tener una imprenta de lujo y en esta época caviló la idea de escribir un libro sobre cerámica donde refutar algunos asertos erróneos de los sabios, pero este proyecto de redacción, como tantos otros, lamentablemente se quedó en el tintero.

La pasión por la Edad Media creció exponencialmente gracias al uso de la bicicleta, adfuit omen de las monturas con giba y la fatídica Brough Superior. Montado sobre su particular Hengroen, realizó largos periplos por Inglaterra con el propósito ver in situ las iglesias, catedrales y fortalezas mencionadas en sus libros. Estudiaba estos monumentos a conciencia completando sus pesquisas con dibujos, fotografías y calcos en brass rubbing. Poco después cruzó el Canal y llevó sus excursiones hasta Francia, donde en poco tiempo puedo ver los principales hitos de su patrimonio. Pero en estos viajes había algo más, T. E. durante toda su vida llevó a cabo la máxima délfica del autoconocimiento y en dichas expediciones, aun siendo un púber, ponía a prueba sus límites físicos mediante extenuantes jornadas de pedaleo, severos ayunos, vigilias o combatiendo la malaria en soledad. Se diría que conocía el designio que las Moiras le habían deparado y se entrenaba con dureza para enfrentarse a él.

En 1907 obtuvo una beca para estudiar historia en el Jesus College. Aburrido con la mayoría de las clases y el engolado Oxford Style, practicó el autodidactismo dando buena cuenta -mañana, tarde y noche- de la biblioteca de la Universidad. Allí añadió a su haber las lecturas premonitorias de los viajes orientales de  J. L. Burckhardt y C. Niebuhr, así como uno de sus favoritos, el Arabia deserta de C. M. Doughty que más tarde llegaría a prologar.  A diferencia de lo que podría pensarse, la adolescencia no le apartó de las románticas ensoñaciones medievales de su infancia sino que acrecentó su imaginario, dando comienzo, por ejemplo, a la redacción de una historia de Bizancio que nunca llegó a terminar. Para concluir sus estudios, T.E. tenía que realizar una Tesis y, de manera irrecusable, volvió la mirada hacia su perseguida Edad Media. El tema escogido fueron los castillos cruzados del siglo XII y la influencia arquitectónica que éstos ejercieron en relación a Europa. Ya conocía casi todas las fortificaciones de este periodo, tanto de Inglaterra como de Francia, pero el principal objeto de su estudio no se hallaba en el viejo continente sino en el vasto espacio donde se desarrolló el conflicto y que a comienzos del siglo XX todavía se hallaba bajo la férula de la Sublime Puerta. Por el momento…

En soledad, con una veintena de años y un parquísimo hato lastrado por un Colt, Lawrence se dirigió a Oriente, no sin antes acudir al Ashmolean para entrevistarse con Hogarth y pedirle consejo. El gran arqueólogo, que pronto se convertiría en su mentor y posterior compañero en el Servicio de Inteligencia británico, intentó disuadirle ante aquella arriesgada empresa, pero al ver la determinación de éste cejó en su empeño, encargándole la adquisición de algunas pequeñas piezas hititas para el Museo. En cuatro meses de estudio de campo visitó más de treinta castillos, recorriendo para ello un itinerario que hoy comprende partes de Israel, Jordania, Líbano, Palestina, Siria y Turquía. En su errático deambular padeció recidivas de malaria e incluso, en una ocasión, casi pierde la vida durante un robo, si bien cabe reseñar que, algún tiempo después, el mismo ladrón trabajaría a sus órdenes en la excavación de Karkemish (!). T. E. sentía una “ternura especial por los delincuentes”. Lo más meritorio es el hecho de que para documentar su Tesis realizó todo el larguísimo recorrido caminando, sin apenas chapurrear el idioma y viviendo con humildad de la sagrada hospitalidad oriental que le ofrecían los más despojados. Aunque en su vida nunca llegó a dominar el árabe, junto a ellos fue familiarizándose con sus dialectos y, lo que es más importante, de los problemas del sometimiento de este pueblo a la autoridad otomana. Lawrence regresó a Inglaterra con el trabajo hecho y documentado mediante apuntes, fotografías y planos de los castillos francos. Su tesis –The Influence of the Crusades on European Military Architecture to the end of XIIth Century (1910)- a día de hoy sigue vigente y es citada por los especialistas al haber demostrado que la arquitectura militar de Oriente ejerció una grandísima influencia sobre cruzados y éstos la exportaron paulatinamente a sus tierras de origen una vez concluidos sus nóstoi, justo lo contrario de lo que venía siendo aceptado con anterioridad. La Universidad de Oxford licenció a nuestro personaje con un First en Historia -la máxima graduación posible- y un Hogarth agradecido por las antikas recibidas, a la par que admirado por la capacidad del galés y sus conocimientos cerámicos y orientales, decidió apuntarle en el rol de su próxima campaña de excavaciones.

Gracias a los méritos realizados, T. E. obtuvo del Magdalen College una beca de cuatro años para continuar sus expediciones de investigación arqueológica en Oriente Próximo. Estas andanzas le posibilitarían la redacción de su anhelada obra monumental sobre las Cruzadas, pero otra vez el tiempo haría que su intención se viese frustrada. Tras un breve viaje por Atenas -donde cumplió su mayor deseo estético al ollar la sagrada naós del Partenón- y Constantinopla, llegó a la pequeña ciudad siria de Jerablús, junto a la que se erguía altiva la colina de Karkemish en la que el Museo Británico iba a reanudar sus excavaciones después de unos heterodoxos tanteos a la decimonónica en 1878. Este importantísimo yacimiento está constituido por un tell que señorea la orilla izquierda del Éufrates en su curso alto, donde, desde la noche de los tiempos, ha existido un vado natural. Quien controlase el paso, dominaba las rutas hacia al Levante mediterráneo, Anatolia y Mesopotamia, lo cual explica la magnitud estratigráfica de un emplazamiento habitado desde la prehistoria por innúmeras civilizaciones. Durante esta primera campaña de excavación, codirigidas por Hogarth y R. Campbell-Thompson, Lawrence ejerció de chico para todo. Tanto hacía fotografías, como clasificaba la cerámica o llevaba a cabo pequeñas labores de restauración. Si había que remangarse y picar, arrimaba el hombro como el que más y por ello los nativos que estaban a su cargo, a los que conocía por su nombre, lo respetaban como a su igual, virtud que en venideros tiempos de guerra le granjeó el respeto de sus hombres al ser capaz de soportar los mismos padecimientos.

            Cuando el invierno llegó a Karkemish y las excavaciones se detuvieron,  Hogarth recomendó al galés que siguiese formándose en técnicas de excavación en el lugar donde se aplicaba la metodología más avanzada del momento, Egipto, y junto a una de las figuras más importantes de la arqueología inglesa que por sí mismo constituía una facultad, sir W. M. Flinders Petrie. Sin embargo, la cosa empezó mal. Cuando el gran sabio vio al joven luciendo pantalones de fútbol y una chaqueta deportiva para desempeñar el ilustre oficio de excavar, le reprendió con sorna: “aquí no jugamos al cricket. No obstante, cuando Petrie se percató de su versatilidad se bienquistó con él invitándole a participar en una segunda campaña. Lawrence se permitió declinar el ofrecimiento del gran pope al no interesarle la egiptología, la cual consideraba demasiado reglada en comparación con la misteriosa civilización de los hititas que estaban descubriendo en el jubiloso ambiente laboral que reinaba en Karkemish.

Fotografía nº 1.-C. L. Woolley y T. E. Lawrence en Karkemish

C. L. Woolley y T. E. Lawrence en Karkemish, luciendo ambos las chaquetas de sport que tanto disgustaban a Petrie (© Wikimedia)

De esa breve estancia en Egipto quedó en su memoria el recuerdo de dormir entre ratas y vasos de alabastro, así como un olor, el de las especias que adobaban los cadáveres de la necrópolis y que impregnado en sus mortajas de lino se les pegaba en la piel al tener que cubrirse con éstas cuando la fría noche sobrevenía; las pudorosas momias ya no las necesitaban… La próxima vez que T. E. viese el país de las pirámides los cuatro jinetes del Apocalipsis estarían campando a sus anchas por el mundo.

Los siguientes años de intervenciones en el yacimiento sirio son mucho más conocidos gracias al divertidísimo libro del futuro excavador de Ur, Ciudades muertas y hombres vivos, todo un hilarante memorándum de la gran arqueología perdida. Hogarth delegó en C. L. Woolley la dirección de los trabajos tras la primera campaña y éste último renovó el contrato de Lawrence. En rigor, una parte imprecisa de Karkemish pertenecía a Inglaterra desde que el cónsul ante la Puerta, tiempo ha, la recibiese como regalo al ganarse la simpatía del caimacán de turno con un revolver, una capa y un par de botas. Desde aquel entonces había llovido mucho y cuando Woolley iba a tomar el relevo se encontró con varias trabas dispuestas por la corrupta burocracia otomana que esperaba con la mano extendida una renovación de la amistad, como presuponemos hizo Hogarth. El inglés no era de los que se arredraba -la experiencia de trabajo obtenida en el mezzogiorno italiano gozando de contactos en la Camorra siempre es beneficiosa a la hora de recorrer mundo- así que, escoltado por Haj Wahid -un asesino confeso reconvertido en cocinero de los británicos- decidió ir a ver al potentado que impedía su labor con el propósito de mostrarle el firmán del permiso. Al no encontrar benevolencia por parte de su interlocutor, le encañonó con su revólver en la sien. Después, todo fue jabón, cigarros y café a discreción.

Dada la perspectiva de las largas campañas que les esperaban, Woolley quiso construir una casa estable multifuncional. Una nueva lid surgió al momento, al obtener la negativa. Tras la protesta inglesa, por una vez sin la mediación de armas, se les concedió la venia de edificar una sola habitación. Los astutos europeos aceptaron complacidos porque habían ganado la mano al turco, ya que erigirían una gran estancia en forma de U que les proporcionaría tres ambientes ¡e incluso se permitieron alfombrar uno de ellos con un mosaico romano de siete metros! Salvados estos escollos, los trabajos prosiguieron en Karkemish con su habitual normalidad. Dinamita y pólvora. La primera, destinada a voladuras sobre los niveles romanos de la antigua Europus, cuyos restos -al no interesarles por su «modernidad»- eran libados al Éufrates; la segunda, para anunciar los hallazgos -tantos disparos al aire por la cerámica, tantos por los relieves-, un continuo estrépito alborozador que animaba la competitividad de las cuadrillas incentivadas por el sistema de propinas.

Los trabajadores de Karkemish, en su mayoría una reata de bandidos pendencieros, veneraban y respetaban a sus patrones británicos hasta el punto de trabajar gratis o nombrarles jueces para dirimir los inevitables conflictos que surgían en la mescolanza tribal que allí se daba. Quedan para el recuerdo las divertidas anécdotas protagonizadas por los dos capataces del yacimiento, el mentado Wahid, artillado incluso para cocinar, y Hamoudi, el chawîsh que acompañaría a Woolley y Mallowan (y Agatha Christie) en sus principales trabajos en Oriente. También las del joven Selim Ahmed, llamado Dahûm, al que Lawrence enseñó a leer y sacar fotografías. El mismo que tal vez se esconda bajo las siglas de la dedicatoria de su opera magna y que afirmaba ser gente del kalaat -el término dialectal para referirse a Karkemish- de toda la vida, arguyendo que sus ancestros siempre habitaron la ciudadela y “antes turcos, griegos, de todo, ¡siempre musulmanes eso sí!”. Quizá una de las historias más divertidas fue cuando T. E. se llevó a los dos últimos de veraneo a Oxford y quisieron arrancar los grifos de un cuarto de baño y llevárselos a Siria para tener en sus casas agua caliente o aquel otro momento en el que Gertrude Bell visitó el yacimiento y casi muere lapidada al creer los trabajadores que había acudido para desposarse con Lawrence y en un postrer momento le había rechazado.

Las excavaciones continuaron su gracioso curso extrayendo de la tierra una notabilísima cantidad de materiales que en la actualidad atesora el Museo de las Civilizaciones Anatólicas de Ankara tras la renuncia del Británico –rara avis- a sus derechos sobre los hallazgos y el yacimiento poco tiempo después.

Fotografía nº 2.-T.E. Lawrence y C.L. Woolley en Karkemish

T.E. Lawrence y C.L. Woolley en Karkemish durante 1912, posando ante un relieve neohitita recién extraído (© Wikimedia)

Si surgía algún contratiempo, los efendiler acudían al lugar de los hechos escoltados por decenas de edecanes armados con palas, picos y armas de fuego y procedían a lo que sus leales adláteres llamaban ‘trabajo inglés’, que normalmente venía siendo un desenfundar que templaba todos los ánimos -¡incluso en un juicio como acusados!- o, en casos extremos, un buen golpe en la cabeza del problema para que éste no fuese a más.

El trabajo tomó un cariz más interesante, si cabe, a partir de 1912 con la llegada de los alemanes a las proximidades del yacimiento. A un grupo de ingenieros se les había encomendado construir un puente que salvase el Éufrates destinado al tren que uniría Berlín con Bagdad a través de Constantinopla. Obviamente, dado el clima de preguerra existente, detrás de aquella construcción subyacía un fin militar y en este contexto, si no antes, comienza la faceta de nuestros arqueólogos como espías al servicio de Su Majestad. Lógicamente, pertenecen al terreno de la hipótesis las acciones que emprendieron los ingleses con respecto a sus vecinos, pero para la posteridad queda la frase que el mismísimo Lord Kitchener dijo al joven T. E. poco tiempo antes de que estallase la Gran Guerra: “apresúrese, joven, excave antes de que llueva” .

            A finales de 1913, Lawrence y Woolley fueron propuestos por Hogarth para formar parte de una curiosa expedición: encontrar la ruta del Éxodo entre Egipto y Palestina. En este caso, no existe ninguna duda de que tan interesante proyecto era sólo la tapadera de una operación de inteligencia. El Alto Mando inglés, consciente del inminente enfrentamiento entre las potencias europeas, encargó al capitán de los Royal Engineers S. Newcombe -futuro colaborador de T.E. en la voladura de trenes- la redacción de un informe militar de topografía estratégica sobre el sur de Palestina y las defensas de los otomanos en esta área, en previsión de una más que probable alianza de aquellos con Alemania en el conflicto que se cernía sobre el mundo. Nuestros dos arqueólogos, acompañados del joven Dahûm, revestían la misión de cientificidad. El Enfermo de Europa autorizó la misma dando salvoconductos al equipo para deambular durante seis semanas por algunas zonas del Sinaí, el Néguev y el Aravá. Naturalmente, los turcos fueron cautelosos y dotaron a los ingleses de una suerte de escolta en la distancia para vigilarles en todo momento y no les autorizaron la prospección de algunas zonas de gran potencial militar lindantes con una de las joyas de la corona británica, el Canal de Suez. El equipo dividido jugaba al ratón y al gato con sus custodios y en una ocasión T. E., infiltrado en zona prohibida, se jugó el pellejo nadando entre los tiburones del Mar Rojo para estudiar la isla del Faraón en el golfo de, ay…Aqaba. A efectos militares, como se demostraría posteriormente, el informe resultante de la expedición -llevada a cabo a comienzos de 1914- tuvo un gran valor en el desarrollo del conflicto. Tal vez lo más sorprendente sea que, en lo que concierne a la arqueología, incluso en esta mascarada de espías se hicieron logros y aportaciones a la ciencia, como el estudio de varios yacimientos nabateos y bizantinos o la más que probable identificación de la bíblica Kadesh-Barnea en el emplazamiento de Ain el-Qudeirat.

            La fecha de 1914 también vio arder el manuscrito de la primera versión de Los siete pilares de la sabiduría, la obra que T.E. llevaba a cabo sobre otras tantas ciudades orientales: Alepo, Beirut, El Cairo, Constantinopla, Damasco, Esmirna y Medina. Nuestro biografiado, al igual que Paddy Leigh Fermor, era un escritor torturado por la perfección y al no juzgar como bueno su trabajo lo sacrificó a Hestia. Más allá de que se trataba de una historia comparada, se desconoce el contenido de esa obra, sin embargo, gracias a ese incendio deliberado nacería no muchos años después, bajo el mismo título primigenio, una de las obras más importantes de la prosa británica de todos los tiempos, aunque para eso primero habría que dejar la arqueología y combatir.

El estallido del conflicto acaeció cuando Lawrence se hallaba de vuelta en una Oxford sumida en la atmósfera patriotera jaleada por R. Kipling, R. Brooke y la resurrección del espíritu de la Carga de A. Tennyson. Como tantos jóvenes Oxbridge de su generación -entusiasmados y ardientes en su desesperada ansia de gloria-, dio un paso al frente ante la llamada de Lord Jartum preconizando el dulce et decorum est previo a la reinterpretación de la oda horaciana de W. Owen. Consideramos que en cualquier análisis de su intervención en la Primera Mundial no debería obviarse la perspectiva libresca y romántica de la vida que tenía nuestro personaje. T. E. no era un Tommy Atkins al uso, sino un guerrero de raigambre medieval -como también lo fue Von Richthofen en el bando enemigo- y su quehacer se entiende mejor asemejándolo con el de un afortunadísimo Alonso Quijano, cuyas acciones más conocidas, igualmente, fueron moldeadas por sus lecturas de juventud.

El horror de la guerra cauterizó al joven devolviendo a Inglaterra a un abatido y desencantado hombre similar al viejo cruzado de la pintura de  K. F. Lessing. Al poco de reincorporarse a la Universidad diría de un famoso compañero: “Beazley es un tipo maravilloso que ha escrito casi los mejores poemas que jamás han salido de Oxford: pero tenía una concha dura en la que, con el tiempo, parece haber ido retrayéndose cada vez más (…) aquel maldito arte griego”. A él le ocurrió lo mismo. Poco a poco se fue aislando atormentado por el engaño de su personaje, hundiéndose en la introspección hasta renegar de su propio yo, de aquel Lawrence épico pero falso a su entender. Altibajos de felicidad, depresiones, flagelo. La toma de Aqaba, la carga en Tafileh, la captura de Damasco…dejaron sin objeto su vida y terminó por renunciar a ésta, mas no sin antes embarcarse en una particular traducción del segundo poema homérico, afirmando que “durante muchos años (…) estuve manejando armas, armaduras, (…) he cazado jabalíes (…), he navegado por el Egeo (y he gobernado barcos), he doblado arcos (…) y he matado a muchos hombres. Así que poseo conocimientos peculiares que me capacitan para entender la Odisea y experiencias peculiares que me la interpretan”.

La parca lo reclamó con 46 años, dejando atrás una leyenda que el cine magnificó. Hoy día todo el mundo conoce las románticas gestas de Lawrence de Arabia gracias al genial Peter O’Toole, pero no tanto esta curiosa -y a mí entender, determinante- faceta de un personaje que en múltiples ocasiones dejó constancia de que los momentos más felices de su vida fueron aquellos tiempos históricos en Karkemish, en los que comía loto a diario y se bañaba en el Éufrates tirándose por el tobogán que construyeron sus hombres para él. Siendo arqueólogo; en definitiva, uno de los nuestros.

Ángel Carlos Pérez Aguayo

17 de octubre de 2019

http://www.pausanias.es/blog/thomas-edward-lawrence-arqueologo/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El abuelo fue explorador

Portada

A finales del 2016, Bill Sheppard -exbombero reciclado en arqueólogo y escritor-, con sus dos hijos, Morgan y Cian, se enrolaron en la particular odisea planeada por su esposa y madre, respectivamente, Aileen, la nieta Tom Crean, el célebre explorador antártico. Próximo a cumplirse el siglo de la mayor gesta del abuelo, convenció a los suyos para repetir la famosa marcha que aquel llevó a cabo, junto a E. Shackleton y F. Worsley, a través del ignoto interior de la mayor de las Georgias del Sur.

Ahora bien, llegados a este punto cabe señalar dos diferencias básicas entre ambos periplos. En primer lugar, el célebre ancestro, al cruzar las gélidas latitudes australes, era un veterano de las expediciones del Discovery y el Terranova -ambas junto al malhadado capitán Scott-; además, la única razón que tenía para atravesar a contrarreloj ese infierno, era la de buscar apoyo para traer de vuelta a sus compañeros de tripulación, aislados en las Shetland meridionales desde que su nave, la Endurance, quedase atrapada en el hielo del mar de Weddell. Por el contrario, sus descendientes sólo perseguían conmemorar el aniversario y apenas contaban con experiencia -a lo sumo, algún cursillo de escalada en fin de semana (!)-, aunque consideraban que podrían suplir esta grave carencia entrenando el arrastre de trineos y, sobre todo, poniéndole entusiasmo… ¿sería suficiente?

El grupo aterrizó en las Malvinas el 24 de septiembre donde embarcó para salvar las 750 millas que había hasta su punto de partida, el mediodía de la isla de San Pedro. Desde allí, tras unas jornadas de aclimatación, los cuatro amateurs emprendieron la llamada Shackleton Traverse -los casi 50 kilómetros que separan la bahía del Rey Haakon de la antigua estación ballenera de Stromness-, eso sí, guiados por dos curtidos montañeros, S. Venables y C. Jones. Como era lógico pensar, los problemas no tardaron en sobrevenir.

El segundo día, tratando de alcanzar el glaciar que precisamente lleva el apellido Crean, en una bajada de 1000 metros con una inclinación de 70º, Sheppard se precipitó al vacío, aunque logró salvarse gracias a sus reflejos usando el piolet. Sus hijos, por su parte, casi tampoco lo cuentan de no haber reaccionado a tiempo para esquivar las rocas que se abalanzaron contra ellos. Sin duda, la peor parada resultó Aileen, quien al deslizarse por una pendiente se fracturó la pierna derecha. Impedida para todo movimiento, a un mar de distancia de cualquier hospital y sin posibilidad de rescate, la romántica aventura devino en operación de salvamento…

Hasta ahí podemos leer. El sino de este viaje está recogido en el libro Honouring Tom Crean. A Centenary Expedition with the Crean Family (2017), un auténtico best-seller en el condado de Kerry -la cuna del clan-, donde nos hicimos eco de esta sorprendente historia. Otra opción es que se la  cuenten allí mismo el autor o la desafortunada protagonista en el Fish & Wine que regentan en Kenmare, mientras se toman una de las cervezas que producen, la Expedition Ale.

Por nuestra parte, queremos señalar una paradoja. Ninguna de las expediciones en las que participó su antepasado logró el fin que perseguía, pero fue en el fracaso y no en la gloria donde aquel se mostró resolutivo, haciendo gala del verdadero heroísmo al arriesgarse para salvar a los demás. Cien años después, lo mismo le ocurrió a su parentela, y en la peor adversidad, supieron obrar con determinación, inspirados por su abnegado ejemplo. De esta forma, y no emulando el viaje, cumplieron el propósito de honrar la memoria de Tom Crean.

Aquellos que le conocieron afirman que casi nunca hablaba del pasado ni alardeó de la medalla concedida a su conspicuo valor. Con razón su figura forma parte del programa educativo irlandés, desde primaria.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

13 de octubre de 2019