Shakespeare, Posteguillo y el Twitter

El que se pasa el día en redes buscando casito…

Los Chikos del Maíz, Comanchería.

Supongamos que Shakespeare existió. Obviemos, por un rato, todas las controversias existentes acerca de su vida y las obras que se le atribuyen, vayamos al fondo, al del tiempo, a la historia. El célebre dramaturgo la empleó para contextualizar parte de sus escritos, dándoles color de época, aunque se tomara muchas licencias artísticas que hoy nos chirrían por anacrónicas, como el hacer que un reloj diese las horas en la antigua Roma. Entiéndase, no estaba en su anhelo el hacer un relato pulcro de lo pretérito, sino mover a sus personajes, como marionetas, por un escenario remoto para hablarnos de las pulsiones de nuestra propia naturaleza, las mismas desde que existimos. Valiéndose de este revestimiento, por ejemplo, con sus enriques y ricardos denunciaba, de tapadillo, el totalitarismo monárquico, los abusos y ambiciones desmedidas de los aristócratas. Del mismo modo, en sus famosas tragedias ambientadas antaño –Macbeth, Coriolano, Julio César, etc.-, tampoco faltaba la crítica social. Ahora bien, su público debía ser inteligente y leer entre líneas, captar sutilezas e ironías, puesto que un ataque deliberado al establishment terminaría con su cabeza clavada el Puente de Londres. Sin embargo, no era la pretensión de su arte el imponer una ética, sino proporcionar al respetable un espejo donde mirarse, “mostrar” -como se afirma en Hamlet– “a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico”. William Shakespeare no tenía alma de curilla, que cada cual sacase sus propias conclusiones y actuara, si le placía, en consideración. Transcurridos tantos siglos de su muerte, ¿no es esto preferible a la imposición de una y única moral subjetiva? Quizá por ello no dejen de llevarse a escena sus obras desde el momento del estreno; este es, verdaderamente, el valor de  un clásico.

Uno que, seguro, ha de conocer bien la figura del bardo de Stratford-upon-Avon, por aquello de ser filólogo y profesor de lengua, literatura inglesa y teatro isabelino en la Universidad Jaume I de Castellón, es Santiago Posteguillo, aunque, sin duda, resulta más conocida su faceta creadora de exitosas trilogías de togas y espadas. Finiquitadas las vidas de Escipión y Trajano, aprovechando el boom de la literatura de género, el autor ya va por el segundo tomo que dedica a Julia Domna quien, más allá de ser la esposa del emperador Septimio Severo y madre de los siguientes, Geta y Caracalla, tuvo vida propia. Para modelar su personaje, el autor bebe y se inspira en las fuentes clásicas que a aquella se refieren, luego añade su imaginación. Los lectores acceden al libro siendo plenamente conscientes del género narrativo que tienen entre manos, una novela, no un sesudo ensayo académico pleno de notas a pie de página y mucha cautela aseverativa. Sin embargo, tras la reciente publicación de su último libro, asistimos, ojipláticos, a un linchamiento cibernético por parte de una caterva de nuevos inquisidores que, lejos de aceptar la libertad creativa inherente al arte contemporáneo -la literatura también lo es-, se arrogan la posesión de la verdad histórica -la “realidad”, afirman (¿tras su viaje al pasado?)-, que es única y, acabáramos, coincidente con la suya.  ¿Tras tantos siglos de imposiciones y cánones estrictos, de censuras, índices y quemas de libros, estamos dispuestos, de nuevo, a retroceder?

Las obras completas de Shakespeare son ideales para llevarlas a una isla desierta y no sentirse solo; condensan casi todo lo referente al ser humano y las oscuridades del alma. Cuando leemos a estos ofendiditos on line, de puro simple, no podemos evitar acordarnos de algunos dejes de los magistrales personajes del inglés, pero en burdo. Al margen de los focos de algo que consideraban propio y les ha sido usurpado, en cierto modo, nos recuerdan, enternecidos, al viejo Falstaff cuando el díscolo Harry prospera a Enrique V y queda fuera de juego. No obstante, su  lengua viperina, a golpe de tweets asonantes, tiene más del antonomástico resentido porque el mundo le hizo así, Ricardo III, cuya fealdad externa no difiere de la interior. Al igual que él, consumidos por la envidia, no soportan el éxito ajeno -“nada podrá complacernos si no es la paz de no ser nada”- y lo atacan, con furia, hasta su exterminio. Para llevar a cabo su misión de purga, en aras de una más que dudosa cientificidad, precisan voces que les conminen a actuar -como a Macbeth-, y en sus redes, nuevos patíbulos de escarnio, jalean a su claque (de bots rusos, pagados) preguntándoles, de manera retórica, si, por un casual, desearían asistir al juicio sumarísimo que se disponen a hacer. Lamentablemente, la concurrencia de la platea -cuya volubilidad, por decirlo suave, también temía Shakespeare- siempre está ávida de carnaza y claman por la libra que adeuda El mercader de Venecia a Shylock. En su proceder, dan la vuelta al monólogo de Marco Antonio en Julio César, comenzando su alocución, trapaces, mentando la honra, a continuación, apuñalan. Y ahí entra escena el papel de Yago, el celoso y maledicente camarilla de Otelo, experto en emponzoñar el juicio de terceros propagando su inquina hacia la prosperidad ajena. Como acto final, antes de bajar el telón, exultantes por lo hecho, retuitean la ovación que sus palmeros prodigan a la degollina, dándoles la razón. Asistimos al espectáculo como el rey Lear, consternados por la ingratitud que muestran hacia la mano que, paradójicamente, les da de comer, puesto que el novelista acrecienta el interés sobre el mundo romano del que aquellos tratan de vivir. Y podríamos seguir, en la dramatis personae no falta arquetipo alguno.

Todo esto resulta gracioso, pero está en juego algo muy importante, la libertad artística. Llegados al siglo XXI, aquella no debería constreñirse a los estrechos límites dictados por agentes represores, bastantes tuvimos ya; otra cosa es el mercado. ¿No sería preferible que, como público, accediéramos a la cultura desprovistos de prejuicios e intereses subrepticios inculcados?, ¿acaso no es mejor que cada cual, en base a su experiencia, se forme su opinión personal? La teoría y crítica literaria existen como oficio, son necesarias, ahí teníamos a Harold Bloom -un verdadero influyente, sugiriéndonos lecturas, con argumentos, siempre en positivo. En las antípodas, desde la negatividad, teclean los odiadores -ellos dirían haters o trolls, como, vendidos al capital y a las tendencias, hablan de fake news-, emponzoñando trabajos que, para más inri, reconocen no haber leído en su totalidad (!), despotricando con esas faltas de ortografía que tanto les desacreditan, igual que sus insultos a los lectores de Posteguillo, tachados de analfabetos (cuando ni él mismo acentúa bien).

Nuestro Cicerón de cabecera, presto a desasnar a su grey…

¿No nos enriquecería más la pluralidad? ¿Y si el tiempo que emplean en calumniar en Twitter, ociosos ellos, lo invirtiesen en redactar su versión de los hechos, su propia Julia Domna?, ¿acaso no hemos construido el relato de nuestro pasado a partir de un cúmulo de múltiples perspectivas? El primer día en la carrera de historia nos enseñan que la verdad no existe, pero sí la mentira. Suspicaces por naturaleza, instintivamente, desconfiamos de quienes se autoproclaman adalides del rigor, pontificando desde sus cátedras virtuales una revelación que, por supuesto, sólo a ellos ha sido hecha; mucho ruido y pocas nueces, que diría Shakespeare. La ciencia muere un poco cuando un cuñado de la antigüedad se permite estipularnos lo que no leer a fin de evitar daños de percepción, y aún más, cuando, amenazantes, acotan los terrenos que los literatos no deben pisar con, lo que llaman despectivamente, sus juegos.

Al final, como, supongo, se van haciendo cargo, todo suele responder a algo más prosaico,  el dinero. El profesor Posteguillo convierte en superventas todo lo que produce, mientras que las publicaciones de los que le acusan de intrusismo -filfa y refritos de “historia real” [sic]-, tienen una comercialización muchísimo menor. Y aún así, cuando cambian las tornas e, irónicamente, aquellos lenguaraces son, a su vez, criticados, como toda defensa esgrimen orgullosos sus cifras de venta, como si éstas fueran un marchamo de calidad y Belén Esteban no pudiera alardear de lo mismo. ¿Es la cantidad despachada sinónimo de calidad?

Abogando y defendiendo, con vehemencia, la libertad artística y creativa frente a este tipo de esnobismo censor, ¿corremos el riesgo de convertirnos, precisamente, en aquello a lo que nos enfrentamos?, ¿No nos enseña, precisamente, el Enrique IV que uno se malea enseguida por las mismas corruptelas que se propuso combatir?, ¿ser o no ser? El caso particular de Santiago Posteguillo -con quien, huelga decir, no tenemos comisión alguna- sirve para ilustrar una situación generalizada en las redes, el microcosmos explica el macrocosmos: cuanta más libertad de expresión tenemos, peor la utilizamos. La discrepancia es lícita, faltaría, y, en ocasiones, la confrontación de ideas o planteamientos es inevitable, pero ¿por qué no debatir desde el respeto y en términos educados en lugar de difamar con tono marisabidillo?, ¿no debería ser la crítica constructiva en lugar de encaminarse al sabotaje del esfuerzo de otros? En el fascinante y necesario mundo de la divulgación histórica, donde cada cual, por el bien común, aporta su granito de arena lo mejor que puede, ¿no debería existir mayor corporativismo y apoyo mutuo en lugar de tanta lucha deshonrosa por migajas?, ¿no será mejor, damas y caballeros, que entre bomberos no nos pisásemos la manguera?

Ángel Carlos Aguayo Pérez

Vigo, 30 de junio de 2020