Tu, Belisarius, eris!

Muy fría, así la recuerdo. Rávena, al ocaso, se sumía en la niebla. Atrás quedaban los calores del Ca’ de Vèn y todos caldos de la Emilia-Romagna que nos echamos al coleto tratando de calentarnos. Para cuando salimos del restaurante, el vaho ya formaba un continuum con el humo de los cigarros, asemejándonos a dragones que habían bebido agua. Las paredes de los antiguos palazzi exudaban del relente, empapándose también los adoquines del casco viejo, atemorizando nuestros pasos, los únicos que, a esas horas de la noche, atravesaban la espectral plaza de san Francesco. Aquello era idéntico a la portada de El club Dante (Matthew Pearl, 2004), y, precisamente, hacia su tumba nos dirigíamos.

1.-PEARL, M., El Club Dante

Llegados a este punto quedaría estupendo afirmar que, para entonces, había leído su Comedia -lo de Divina es posterior, como el apelativo de Buonarrotti-, pero no, ni todavía. Determinados clásicos los reservo para disfrutarlos cuando alcance la madurez (aún me como las uñas) y me regalen una buena edición con aparato crítico. Mis magros conocimientos sobre el bardo florentino los conformaban ciertas reminiscencias de las clases de literatura –Dolce stil novo, güelfos y gibelinos, Beatriz, exilio…- y los proporcionados por la referida novela. Surgida al calor de El Código Da Vinci (Dan Brown, 2003), el libro, como todos los que devoré en su época, volvía a repetir el esquema canónico: artista conocido – trasfondo histórico – conspiración – asesinatos – detectives heterodoxos. Tampoco es que fuera nada del otro jueves, pero menos da una piedra y la calígine bostoniana en el que se desarrollaba su intriga -el smog yankee-, venía que ni pintada a la atmósfera brumosa que se cernía sobre nosotros.

El mausoleo –Dantis poetae sepulcrum-, como es lógico, estaba cerrado, pero daba igual. Lo importante era estar presentes, sensibles al espíritu del lugar, el deleite romántico; no en balde, nos habían precedido en el mismo ritual Lord Byron y Oscar Wilde. Además, allí, quise creer, aparte de al toscano, podíamos convocar también a otro vate, aquel que guio la katábasis por el Infierno de su colega. Hasta la tumba de Dante, por supuesto, en último término, nos había llevado el más célebre de los aedos latinos, pero más que por sus Églogas o Bucólicas -a las que este urbanita, todavía, sigue sin cogerles el punto-, llegué gracias a La muerte de Virgilio (Hermann Broch, 1945), mucho antes que la Eneida cayese en mis manos. El gran canto dinástico de los Julio-Claudios -que su propio autor quiso arrojar al fuego en el lecho de muerte-, sí que lo tenía trabajado, incluso me afloraron algunos latines, los fáciles, “Arma virumque cano”, “Sic notus Ulixes?”, “Timeo danaos et dona ferentes” y, mi favorito, “Tu, Marcellus, eris”, cuando el hijo de Anquises, acompañado por la sibila cumana, contempla al sobrino de Octavio, muerto antes de tiempo, vagando en el reino de las sombras como premonición de la grandeza que habría de venir. Para ilustrarlo, nos queda el emotivo cuadro de Ingres, recreando un recital en el que la jovencísima Julia, la hija de Augusto y esposa de aquel, al oír el verso, colapsa de dolor, en contraste con la adusta actitud de matrona contenida que, ante el recuerdo del fallecido que estaba llamado a ocupar el solio imperial, sospechosamente, muestra Livia… ¡Qué señora!

2.-Tu Marcellus eris. Jean-Auguste-Dominique Ingres, ca. 1820 (Toulouse, Musée des Augustins)
Tu Marcellus eris. Jean-Auguste-Dominique Ingres, ca. 1820 (Toulouse, Musée des Augustins)

Y es que le tengo un especial cariño a esta pendenciera familia desde el Yo, Claudio, muchos años antes de estudiar a Suetonio, Casio Dión, Veleyo Patérculo, Tácito o Livio. No me duelen prendas en admitir que leo obras de ambientación histórica. Remarco, de ambientación, tengo claras las diferencias entre ambos géneros narrativos, aunque Kapuściński -el magistral cronista sui generis del pasado cercano- dijese que eran “orillas del mismo río”. Pese a ser consciente de la mala prensa que tienen estas novelas y sus lectores entre algunos envarados puristas del gremio, no tengo sus críticas muy en cuenta; la mayor parte, como yo, también leen la Ilíada o a Cátulo en castellano (que es oír a como a Sabina traducido al japonés).

La literatura contemporánea me ha llevado a los clásicos, no al revés y en aquella ciudad estaba por otros cuatro libros. Rávena fue la tumba de Roma (László Passuth, 1963), en la que se recrea la vida del (no tan) bárbaro Teodorico, caudillo de los ostrogodos, cuyo palacio y tumba no se hallaban muy distantes. Por otra parte, el paisaje del cercano puerto militar de Classe y sus lupanares, me lo proporcionó la aventura en el Adriático de los carismáticos centuriones Cato y Macro en La profecía del águila (Simon Scarrow, 2005). Ahora bien, aquellos dos sólo eran los entrantes a los principales textos que acicatearon mi viaje: Teodora, emperatriz de Bizancio (Gillian Bradshaw, 1987), sobre el devenir de aquella resuelta mujer, hija de un domador de osos, que, sin escrúpulo alguno, medró en la Constantinopla del siglo VI hasta alcanzar la más alta cumbre del poder, y, por supuesto, El conde Belisario de Robert Graves (1938), el más vilipendiado de los que osaron darle una vuelta a las fuentes para construir su propia versión. Pocos saben que éste fue catedrático de poesía en Oxford, y calidad de tal, considero, debe entenderse su producción. A este respecto, cabe citar lo dicho por J. R. R. Tolkien, colega de la misma universidad e igualmente veterano de la batalla del Somme -sus experiencias bélicas les resultaron muy fructíferas a ambos para crear sus guerras- quien afirmó que: “las leyendas dependen del lenguaje que las crea”. ¡Ya querrían muchos sesudos académicos escribir la mitad de bien!

Con todo aquello por bagaje, al día siguiente, acudí a San Vital a fin de poner cara a los protagonistas de mis libros, inmortalizados en el presbiterio de la iglesia en uno de los mosaicos más famosos de la historia del arte. A ambos lados del altar mayor, se exhibe un aparatoso ceremonial constantinopolitano en el que participa lo más granado de su siglo de oro. A la derecha, Teodora, con ojos saltones, recortándose sobre una aureola de santidad (!), engalanada con las joyas que siempre me han recordado a la célebre fotografía de Sofía Engastromenos luciendo el ‘Tesoro de Príamo’. La basilisa, oferente, posa acompañada de su séquito de cortesanas y eunucos. Justo enfrente, en pendant, Justiniano, de aviesa mirada, rodeado de su guardia de corps, clérigos y nobles, entre los que se ha querido ver a quien, con acierto y nostalgia, se ha denominado ‘el último general romano’: Belisario.

3.-Belisario. San Vital de Rávena (Á.C.P. Aguayo, 19 · 4 · 2018)
Ángel Carlos Pérez Aguayo ©

A falta de un epígrafe que lo identifique -como el existente junto al arzobispo local, Maximiano-, hemos de fiarnos de la tradición y creer que, el brazo armado del infructuoso intento de resucitar de sus cenizas la perdida grandeza del imperio, es el personaje barbudo que aparece a la izquierda del monarca, según lo vemos nosotros, su mano derecha en realidad. Se non è vero, è ben trovato. Contemplándolo extasiado, me daban igual las dudas existentes acerca de su presencia iconográfica. De forma que, enmendando Virgilio, exclamé: Tu, Belisarius, eris! Para mí, ahí estaba, mirándome, el héroe de la novela.

Gracias a esa experiencia cuasi mística, andando el tiempo, llegué a disfrutar, tanto como lo hice, devorando las Guerras y la Historia secreta de Procopio de Cesarea, la principal fuente para aquella época. Testigo directo de la mayor parte de los hechos que narra, sirvió junto a Belisario como consejero durante sus luchas contra los «bárbaros» -persas sasánidas, vándalos, bereberes y ostrogodos – y estuvo presente en la (re)conquista de Rávena por el general en el 540. Pese a que al comienzo de ambos volúmenes loa el genio estratégico del militar como paladín de la cristiandad, a posteriori, sin que alcancemos aún a saber el porqué, se distancia, convirtiéndolo en el blanco de su biliosa inquina. Ahora bien, peor parte se llevó Justiniano, al que sin ambages tilda de tirano y “príncipe de los demonios”, y también tuvo lo suyo para sus correspondientes esposas -Antonina y Teodora-, ya que en su opinión movían en la sombra, a su antojo, las marionetas de sus maridos. En lo concerniente al emperador, cabe decir que pese a que el militar siempre le guardo lealtad, acatando todas sus órdenes -incluso la de sofocar, con mano dura, la revuelta de la Nika del 532, con un saldo de 30.000 muertos en el hipódromo-, celoso de que le hiciese sombra un súbdito por la fama que iban cobrando sus victorias, le pagó con la ingratitud, haciéndole caer en desgracia. Algunos incluso le atribuyen haber ordenado que se le arrancasen los ojos, pero se antoja difícil de creer puesto que siguió comandando ejércitos e, incluso, poco antes de morir, se le encomendó la defensa de la capital ante el asedio de los búlgaros.

El vencedor de la temible caballería catafracta en Dara, el mismo que celebró el último triunfo de la antigüedad tras su victoria contra Gelimer en el norte de África, devendría en un personaje de la épica medieval como el Cid o Roldán, aunque, a decir del erudito bizantino Juan Tzetzes, terminó sus días mendigando óbolos por las calles de Constantinopla, donde murió el 13 de marzo del 565.

¿Fue Procopio más objetivo que Graves en la transmisión o también aliñaba sus relatos? La mera insinuación de que las derrotas sufridas por Belisario se debieron a la ira de Dios, hoy día, lo desacreditaría a ojos vista de la comunidad científica, pero las fuentes deben entenderse en el contexto que fueron escritas. Enjuiciar su historicidad con nuestros parámetros actuales supone un grave error de perspectiva, y el fatuo debate acerca de la Verdad -con mayúscula-, una discusión bizantina, en pretérito imperfecto. Ni siquiera su efigie (?) en San Vital, descompuesta en teselas, era fidedigna con el hombre…pero ahí estaba, escrutándome. Yo le sonreí. Mi viaje había sido motivado por la literatura. Desde pequeño, como a Nausícaa, me gustan los cuentos; la historia…sólo es trabajo. 

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

2 de diciembre de 2019.

 

Juan Rigo Morey, capitán y vividor

A principio de los noventa, cambió las aulas donde ejercía de profesor de Humanidades por la inmensidad del océano. Su sueño era navegar, recorrer sin prisa el Mediterráneo. Y no se ha cansado de hacerlo.

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Con menos edad que un guardiamarina se embarcó junto a su hermano y ya ha pasado medio siglo navegando. El capitán Rigo camina por Madrid con una ligera escora, casi haciendo bordos, no está en su medio, claramente. Mallorquín, adoptado parisino y “griego a tiempo parcial” -como él mismo se define-, no pisaba la capital desde hace veinticinco años, poco menos del tiempo que lleva amarrando en Ítaca y otros predios del viejo reino de Ulises. Pero mil días después de publicar su último libro –Cuaderno de islas. Una guía personal sobre el Jónico (Ruleta Rusa)- por fin se dignó en presentárnoslo, llenando hasta la bandera la librería náutica Robinson. Puede que os preguntéis por qué…

Lo tenía todo y lo dejó en pos de un sueño de libertad. Historiador, profesor de Humanidades y doctorando, a comienzos de los noventa soltó amarras y se hizo a la mar para vivir de ella como patrón y periodista náutico. Aunque durante el otoño se recoge en sus cuarteles de invierno en la Ciudad de la Luz, enviando misceláneas crónicas al Diario de Mallorca desde cualquier bistrot bohemio, en cuanto regresa la primavera migra hacia el archipiélago menos turístico de Grecia, desviviéndose por merecer el bello epíteto levendi con el que allí se define al valeroso que sabe gozar de la vida. Su postrera obra precisamente habla de eso, del disfrute pleno en el último reducto del “Mediterráneo puro, fuera de clichés”. “Yo pasaba por el Jónico, no lo busqué” -afirma-, pero allí encontró el sosegado paraíso que lo retrotrajo a las Baleares de su juventud donde conoció a Robert Graves, una magdalena de Proust con olor a salitre, aceite de oliva y algo recién pescado a la brasa. Con sabor a Homero, sin miedo al anisakis.

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Dice no ser ambicioso y contentarse con lo que tiene, y es mucho: un barquito, amigos en cada puerto y un ancla para fondear donde le place. Frente a la imagen estereotipada de las Cícladas, con casitas encaladas y cúpulas celestes, las islas del oeste griego parecen sacadas de la Toscana, frondosas, irreales, ajenas a lo pensado. Casi nadie las conoce, excepto Corfú, y allí, a lo sumo, recala el autor para proveerse de blanco a granel en un puerto de pescadores que jamás alguien visitaría, excepto él, por supuesto. Juan Rigo y su muy heterodoxa guía son así, para satisfacción del lector. Calas donde uno se duerme la siesta amarrado a un árbol, mecido por olas y una nana de cigarras, desenfrenados bailes en la oscuridad sobre charcos de alcohol y copas rotas, humeantes espetones de corderos que aún balan asándose en una playa desierta, sugestivas noches estrelladas sin más ruido que la jarcia, lejos de toda civilización… E Ítaca siempre en el horizonte.

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Para escribir su libro Cuaderno de islas. Una guía personal sobre el Jónico,
 el Capitán Rigo realizó el periplo a bordo de su velero, llamado Odyssée.

Aunque el capitán frecuenta otros lares de este mar occidental, siempre da con sus huesos en el más literario de todos (con permiso de los hermanos Durrell). El largo viaje que recomendaba Kavafis, colmado de aventuras y experiencias, nunca parece terminarse y un año tras otro retorna a bordo de su velero, el apropiado Odyssée, al poco de florecer las buganvillas. Pasa toda la temporada de navegación por el jónico llevando de acá para allá a quien acepta como tripulación, pero siendo su propio jefe se reserva el final del estío en la que llama su isla, aguardando ansioso el prensado de la aceituna y el vino nuevo, a poniente de un mundo que toca a su fin.

La última vez que le vimos, para nuestro asombro, desenfundó del bolsillo un pequeño cuaderno que hace las veces de agenda. A sus casi setenta años de edad ha decidido organizarse la vida como el resto de los mortales. Aquel objeto representa todo lo contrario a su carácter, tan errático y envidiosamente libre. El mito parece desplomarse hasta que se carcajea socarrón, como un parroquiano de la posada del almirante Benbow, y entonces abre las páginas y exclama: “¡Está vacía!”. Así es.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

Man on the Moon, 29 de julio de 2019.

https://manonthemoonmag.es/explorers/juan-rigo-morey-capitan-y-vividor/

 

Thomas Edward Lawrence (de Arabia), arqueólogo

La historia (…) resulta tanto menos legible cuanto más histórica es

Robert Graves

 

Antes de convertirse en el pequeño diablillo del mundo para el gran ̒Awdah y Gertrude Bell, o para el resto en el emir dinamita, el Garibaldi de Arabia o el rey sin corona de La Meca; de ascender vertiginosamente de alférez a teniente, capitán, mayor y coronel; de ser conocido como Aurens, Awrans, Laurens, Lurens, Orens o Urens, y, muy a su pesar, de forma más habitual, con el romántico título de Lawrence de Arabia -que odiaría tanto que, una vez concluida la Primera Guerra Mundial, cambiaría de apellido en dos ocasiones-; previamente a todo eso, y mucho antes de que lo inmortalizara en celuloide el hígado rubio de ojos azules que pactó con el demonio, Thomas Edward Lawrence (Tremadoc [Gales], 16 de agosto de 1888 – Bovington Camp [Inglaterra] 19 de mayo de 1935), Ned para su familia o T. E. para sus amigos -y de aquí en adelante-, fue historiador y arqueólogo.

A tenor de lo escrito por los múltiples autores que han glosado su vida, ya sea con un enfoque apologético, en ocasiones lindante con la hagiografía, u optando por una imagen detractora y capaz del vilipendio más bajuno, Lawrence, que a nadie deja indiferente, pronto encontró su vocación. Desde la niñez, una vez asentada su pecaminosamente nómada familia en Oxford, demostró tener una “afición que las personas mayores creyeron malsana en un chiquillo”: la arqueología.

El infante galés reverenciaba la historia y siendo aún niño se jactó ante un compañero de colegio de haber nacido el mismo día que Napoleón, pese a que por unas horas no fuese cierto. Años después un amigo diría que en él había “algo del dómine de labios delgados de Oxford”.  De todo el pasado, T. E., al igual que J. R. R. Tolkien, sublimó la Edad Media, y de ésta, fundamentalmente, las Cruzadas. Leía todo acerca del medioevo, especialmente La mort d’Arthur. La épica de Malory, volumen que no en balde llevaría encima durante la rebelión del desierto junto con las comedias de Aristófanes y una compilación de poemas, forjó el alma de un niño retraído que se negaba a jugar con los demás, a ser como el resto y participar de sus reglas, tal vez sabedor de su latente diferencia. Era un personaje solitario que navegaba en canoa por el Cherwell y el Támesis o recorría las alcantarillas de la vieja ciudad y trazaba planos, temprana inclinación cartográfica que a la postre constituiría su primer servicio de guerra. El joven Lawrence, con el deseo de formar una pequeña colección arqueológica, gastaba parte de su asignación en comprar a los obreros de Oxford los fragmentos de alfarería que hallaban en su trabajo, los cuales estudiaba con minuciosidad hasta convertirse en un especialista con ideas propias que no tardaría en llamar la atención del Conservador del Museo Ashmolean, D. G. Hogarth. Cuando llegase a su madurez quería tener una imprenta de lujo y en esta época caviló la idea de escribir un libro sobre cerámica donde refutar algunos asertos erróneos de los sabios, pero este proyecto de redacción, como tantos otros, lamentablemente se quedó en el tintero.

La pasión por la Edad Media creció exponencialmente gracias al uso de la bicicleta, adfuit omen de las monturas con giba y la fatídica Brough Superior. Montado sobre su particular Hengroen, realizó largos periplos por Inglaterra con el propósito ver in situ las iglesias, catedrales y fortalezas mencionadas en sus libros. Estudiaba estos monumentos a conciencia completando sus pesquisas con dibujos, fotografías y calcos en brass rubbing. Poco después cruzó el Canal y llevó sus excursiones hasta Francia, donde en poco tiempo puedo ver los principales hitos de su patrimonio. Pero en estos viajes había algo más, T. E. durante toda su vida llevó a cabo la máxima délfica del autoconocimiento y en dichas expediciones, aun siendo un púber, ponía a prueba sus límites físicos mediante extenuantes jornadas de pedaleo, severos ayunos, vigilias o combatiendo la malaria en soledad. Se diría que conocía el designio que las Moiras le habían deparado y se entrenaba con dureza para enfrentarse a él.

En 1907 obtuvo una beca para estudiar historia en el Jesus College. Aburrido con la mayoría de las clases y el engolado Oxford Style, practicó el autodidactismo dando buena cuenta -mañana, tarde y noche- de la biblioteca de la Universidad. Allí añadió a su haber las lecturas premonitorias de los viajes orientales de  J. L. Burckhardt y C. Niebuhr, así como uno de sus favoritos, el Arabia deserta de C. M. Doughty que más tarde llegaría a prologar.  A diferencia de lo que podría pensarse, la adolescencia no le apartó de las románticas ensoñaciones medievales de su infancia sino que acrecentó su imaginario, dando comienzo, por ejemplo, a la redacción de una historia de Bizancio que nunca llegó a terminar. Para concluir sus estudios, T.E. tenía que realizar una Tesis y, de manera irrecusable, volvió la mirada hacia su perseguida Edad Media. El tema escogido fueron los castillos cruzados del siglo XII y la influencia arquitectónica que éstos ejercieron en relación a Europa. Ya conocía casi todas las fortificaciones de este periodo, tanto de Inglaterra como de Francia, pero el principal objeto de su estudio no se hallaba en el viejo continente sino en el vasto espacio donde se desarrolló el conflicto y que a comienzos del siglo XX todavía se hallaba bajo la férula de la Sublime Puerta. Por el momento…

En soledad, con una veintena de años y un parquísimo hato lastrado por un Colt, Lawrence se dirigió a Oriente, no sin antes acudir al Ashmolean para entrevistarse con Hogarth y pedirle consejo. El gran arqueólogo, que pronto se convertiría en su mentor y posterior compañero en el Servicio de Inteligencia británico, intentó disuadirle ante aquella arriesgada empresa, pero al ver la determinación de éste cejó en su empeño, encargándole la adquisición de algunas pequeñas piezas hititas para el Museo. En cuatro meses de estudio de campo visitó más de treinta castillos, recorriendo para ello un itinerario que hoy comprende partes de Israel, Jordania, Líbano, Palestina, Siria y Turquía. En su errático deambular padeció recidivas de malaria e incluso, en una ocasión, casi pierde la vida durante un robo, si bien cabe reseñar que, algún tiempo después, el mismo ladrón trabajaría a sus órdenes en la excavación de Karkemish (!). T. E. sentía una “ternura especial por los delincuentes”. Lo más meritorio es el hecho de que para documentar su Tesis realizó todo el larguísimo recorrido caminando, sin apenas chapurrear el idioma y viviendo con humildad de la sagrada hospitalidad oriental que le ofrecían los más despojados. Aunque en su vida nunca llegó a dominar el árabe, junto a ellos fue familiarizándose con sus dialectos y, lo que es más importante, de los problemas del sometimiento de este pueblo a la autoridad otomana. Lawrence regresó a Inglaterra con el trabajo hecho y documentado mediante apuntes, fotografías y planos de los castillos francos. Su tesis –The Influence of the Crusades on European Military Architecture to the end of XIIth Century (1910)- a día de hoy sigue vigente y es citada por los especialistas al haber demostrado que la arquitectura militar de Oriente ejerció una grandísima influencia sobre cruzados y éstos la exportaron paulatinamente a sus tierras de origen una vez concluidos sus nóstoi, justo lo contrario de lo que venía siendo aceptado con anterioridad. La Universidad de Oxford licenció a nuestro personaje con un First en Historia -la máxima graduación posible- y un Hogarth agradecido por las antikas recibidas, a la par que admirado por la capacidad del galés y sus conocimientos cerámicos y orientales, decidió apuntarle en el rol de su próxima campaña de excavaciones.

Gracias a los méritos realizados, T. E. obtuvo del Magdalen College una beca de cuatro años para continuar sus expediciones de investigación arqueológica en Oriente Próximo. Estas andanzas le posibilitarían la redacción de su anhelada obra monumental sobre las Cruzadas, pero otra vez el tiempo haría que su intención se viese frustrada. Tras un breve viaje por Atenas -donde cumplió su mayor deseo estético al ollar la sagrada naós del Partenón- y Constantinopla, llegó a la pequeña ciudad siria de Jerablús, junto a la que se erguía altiva la colina de Karkemish en la que el Museo Británico iba a reanudar sus excavaciones después de unos heterodoxos tanteos a la decimonónica en 1878. Este importantísimo yacimiento está constituido por un tell que señorea la orilla izquierda del Éufrates en su curso alto, donde, desde la noche de los tiempos, ha existido un vado natural. Quien controlase el paso, dominaba las rutas hacia al Levante mediterráneo, Anatolia y Mesopotamia, lo cual explica la magnitud estratigráfica de un emplazamiento habitado desde la prehistoria por innúmeras civilizaciones. Durante esta primera campaña de excavación, codirigidas por Hogarth y R. Campbell-Thompson, Lawrence ejerció de chico para todo. Tanto hacía fotografías, como clasificaba la cerámica o llevaba a cabo pequeñas labores de restauración. Si había que remangarse y picar, arrimaba el hombro como el que más y por ello los nativos que estaban a su cargo, a los que conocía por su nombre, lo respetaban como a su igual, virtud que en venideros tiempos de guerra le granjeó el respeto de sus hombres al ser capaz de soportar los mismos padecimientos.

            Cuando el invierno llegó a Karkemish y las excavaciones se detuvieron,  Hogarth recomendó al galés que siguiese formándose en técnicas de excavación en el lugar donde se aplicaba la metodología más avanzada del momento, Egipto, y junto a una de las figuras más importantes de la arqueología inglesa que por sí mismo constituía una facultad, sir W. M. Flinders Petrie. Sin embargo, la cosa empezó mal. Cuando el gran sabio vio al joven luciendo pantalones de fútbol y una chaqueta deportiva para desempeñar el ilustre oficio de excavar, le reprendió con sorna: “aquí no jugamos al cricket. No obstante, cuando Petrie se percató de su versatilidad se bienquistó con él invitándole a participar en una segunda campaña. Lawrence se permitió declinar el ofrecimiento del gran pope al no interesarle la egiptología, la cual consideraba demasiado reglada en comparación con la misteriosa civilización de los hititas que estaban descubriendo en el jubiloso ambiente laboral que reinaba en Karkemish.

Fotografía nº 1.-C. L. Woolley y T. E. Lawrence en Karkemish

C. L. Woolley y T. E. Lawrence en Karkemish, luciendo ambos las chaquetas de sport que tanto disgustaban a Petrie (© Wikimedia)

De esa breve estancia en Egipto quedó en su memoria el recuerdo de dormir entre ratas y vasos de alabastro, así como un olor, el de las especias que adobaban los cadáveres de la necrópolis y que impregnado en sus mortajas de lino se les pegaba en la piel al tener que cubrirse con éstas cuando la fría noche sobrevenía; las pudorosas momias ya no las necesitaban… La próxima vez que T. E. viese el país de las pirámides los cuatro jinetes del Apocalipsis estarían campando a sus anchas por el mundo.

Los siguientes años de intervenciones en el yacimiento sirio son mucho más conocidos gracias al divertidísimo libro del futuro excavador de Ur, Ciudades muertas y hombres vivos, todo un hilarante memorándum de la gran arqueología perdida. Hogarth delegó en C. L. Woolley la dirección de los trabajos tras la primera campaña y éste último renovó el contrato de Lawrence. En rigor, una parte imprecisa de Karkemish pertenecía a Inglaterra desde que el cónsul ante la Puerta, tiempo ha, la recibiese como regalo al ganarse la simpatía del caimacán de turno con un revolver, una capa y un par de botas. Desde aquel entonces había llovido mucho y cuando Woolley iba a tomar el relevo se encontró con varias trabas dispuestas por la corrupta burocracia otomana que esperaba con la mano extendida una renovación de la amistad, como presuponemos hizo Hogarth. El inglés no era de los que se arredraba -la experiencia de trabajo obtenida en el mezzogiorno italiano gozando de contactos en la Camorra siempre es beneficiosa a la hora de recorrer mundo- así que, escoltado por Haj Wahid -un asesino confeso reconvertido en cocinero de los británicos- decidió ir a ver al potentado que impedía su labor con el propósito de mostrarle el firmán del permiso. Al no encontrar benevolencia por parte de su interlocutor, le encañonó con su revólver en la sien. Después, todo fue jabón, cigarros y café a discreción.

Dada la perspectiva de las largas campañas que les esperaban, Woolley quiso construir una casa estable multifuncional. Una nueva lid surgió al momento, al obtener la negativa. Tras la protesta inglesa, por una vez sin la mediación de armas, se les concedió la venia de edificar una sola habitación. Los astutos europeos aceptaron complacidos porque habían ganado la mano al turco, ya que erigirían una gran estancia en forma de U que les proporcionaría tres ambientes ¡e incluso se permitieron alfombrar uno de ellos con un mosaico romano de siete metros! Salvados estos escollos, los trabajos prosiguieron en Karkemish con su habitual normalidad. Dinamita y pólvora. La primera, destinada a voladuras sobre los niveles romanos de la antigua Europus, cuyos restos -al no interesarles por su «modernidad»- eran libados al Éufrates; la segunda, para anunciar los hallazgos -tantos disparos al aire por la cerámica, tantos por los relieves-, un continuo estrépito alborozador que animaba la competitividad de las cuadrillas incentivadas por el sistema de propinas.

Los trabajadores de Karkemish, en su mayoría una reata de bandidos pendencieros, veneraban y respetaban a sus patrones británicos hasta el punto de trabajar gratis o nombrarles jueces para dirimir los inevitables conflictos que surgían en la mescolanza tribal que allí se daba. Quedan para el recuerdo las divertidas anécdotas protagonizadas por los dos capataces del yacimiento, el mentado Wahid, artillado incluso para cocinar, y Hamoudi, el chawîsh que acompañaría a Woolley y Mallowan (y Agatha Christie) en sus principales trabajos en Oriente. También las del joven Selim Ahmed, llamado Dahûm, al que Lawrence enseñó a leer y sacar fotografías. El mismo que tal vez se esconda bajo las siglas de la dedicatoria de su opera magna y que afirmaba ser gente del kalaat -el término dialectal para referirse a Karkemish- de toda la vida, arguyendo que sus ancestros siempre habitaron la ciudadela y “antes turcos, griegos, de todo, ¡siempre musulmanes eso sí!”. Quizá una de las historias más divertidas fue cuando T. E. se llevó a los dos últimos de veraneo a Oxford y quisieron arrancar los grifos de un cuarto de baño y llevárselos a Siria para tener en sus casas agua caliente o aquel otro momento en el que Gertrude Bell visitó el yacimiento y casi muere lapidada al creer los trabajadores que había acudido para desposarse con Lawrence y en un postrer momento le había rechazado.

Las excavaciones continuaron su gracioso curso extrayendo de la tierra una notabilísima cantidad de materiales que en la actualidad atesora el Museo de las Civilizaciones Anatólicas de Ankara tras la renuncia del Británico –rara avis- a sus derechos sobre los hallazgos y el yacimiento poco tiempo después.

Fotografía nº 2.-T.E. Lawrence y C.L. Woolley en Karkemish

T.E. Lawrence y C.L. Woolley en Karkemish durante 1912, posando ante un relieve neohitita recién extraído (© Wikimedia)

Si surgía algún contratiempo, los efendiler acudían al lugar de los hechos escoltados por decenas de edecanes armados con palas, picos y armas de fuego y procedían a lo que sus leales adláteres llamaban ‘trabajo inglés’, que normalmente venía siendo un desenfundar que templaba todos los ánimos -¡incluso en un juicio como acusados!- o, en casos extremos, un buen golpe en la cabeza del problema para que éste no fuese a más.

El trabajo tomó un cariz más interesante, si cabe, a partir de 1912 con la llegada de los alemanes a las proximidades del yacimiento. A un grupo de ingenieros se les había encomendado construir un puente que salvase el Éufrates destinado al tren que uniría Berlín con Bagdad a través de Constantinopla. Obviamente, dado el clima de preguerra existente, detrás de aquella construcción subyacía un fin militar y en este contexto, si no antes, comienza la faceta de nuestros arqueólogos como espías al servicio de Su Majestad. Lógicamente, pertenecen al terreno de la hipótesis las acciones que emprendieron los ingleses con respecto a sus vecinos, pero para la posteridad queda la frase que el mismísimo Lord Kitchener dijo al joven T. E. poco tiempo antes de que estallase la Gran Guerra: “apresúrese, joven, excave antes de que llueva” .

            A finales de 1913, Lawrence y Woolley fueron propuestos por Hogarth para formar parte de una curiosa expedición: encontrar la ruta del Éxodo entre Egipto y Palestina. En este caso, no existe ninguna duda de que tan interesante proyecto era sólo la tapadera de una operación de inteligencia. El Alto Mando inglés, consciente del inminente enfrentamiento entre las potencias europeas, encargó al capitán de los Royal Engineers S. Newcombe -futuro colaborador de T.E. en la voladura de trenes- la redacción de un informe militar de topografía estratégica sobre el sur de Palestina y las defensas de los otomanos en esta área, en previsión de una más que probable alianza de aquellos con Alemania en el conflicto que se cernía sobre el mundo. Nuestros dos arqueólogos, acompañados del joven Dahûm, revestían la misión de cientificidad. El Enfermo de Europa autorizó la misma dando salvoconductos al equipo para deambular durante seis semanas por algunas zonas del Sinaí, el Néguev y el Aravá. Naturalmente, los turcos fueron cautelosos y dotaron a los ingleses de una suerte de escolta en la distancia para vigilarles en todo momento y no les autorizaron la prospección de algunas zonas de gran potencial militar lindantes con una de las joyas de la corona británica, el Canal de Suez. El equipo dividido jugaba al ratón y al gato con sus custodios y en una ocasión T. E., infiltrado en zona prohibida, se jugó el pellejo nadando entre los tiburones del Mar Rojo para estudiar la isla del Faraón en el golfo de, ay…Aqaba. A efectos militares, como se demostraría posteriormente, el informe resultante de la expedición -llevada a cabo a comienzos de 1914- tuvo un gran valor en el desarrollo del conflicto. Tal vez lo más sorprendente sea que, en lo que concierne a la arqueología, incluso en esta mascarada de espías se hicieron logros y aportaciones a la ciencia, como el estudio de varios yacimientos nabateos y bizantinos o la más que probable identificación de la bíblica Kadesh-Barnea en el emplazamiento de Ain el-Qudeirat.

            La fecha de 1914 también vio arder el manuscrito de la primera versión de Los siete pilares de la sabiduría, la obra que T.E. llevaba a cabo sobre otras tantas ciudades orientales: Alepo, Beirut, El Cairo, Constantinopla, Damasco, Esmirna y Medina. Nuestro biografiado, al igual que Paddy Leigh Fermor, era un escritor torturado por la perfección y al no juzgar como bueno su trabajo lo sacrificó a Hestia. Más allá de que se trataba de una historia comparada, se desconoce el contenido de esa obra, sin embargo, gracias a ese incendio deliberado nacería no muchos años después, bajo el mismo título primigenio, una de las obras más importantes de la prosa británica de todos los tiempos, aunque para eso primero habría que dejar la arqueología y combatir.

El estallido del conflicto acaeció cuando Lawrence se hallaba de vuelta en una Oxford sumida en la atmósfera patriotera jaleada por R. Kipling, R. Brooke y la resurrección del espíritu de la Carga de A. Tennyson. Como tantos jóvenes Oxbridge de su generación -entusiasmados y ardientes en su desesperada ansia de gloria-, dio un paso al frente ante la llamada de Lord Jartum preconizando el dulce et decorum est previo a la reinterpretación de la oda horaciana de W. Owen. Consideramos que en cualquier análisis de su intervención en la Primera Mundial no debería obviarse la perspectiva libresca y romántica de la vida que tenía nuestro personaje. T. E. no era un Tommy Atkins al uso, sino un guerrero de raigambre medieval -como también lo fue Von Richthofen en el bando enemigo- y su quehacer se entiende mejor asemejándolo con el de un afortunadísimo Alonso Quijano, cuyas acciones más conocidas, igualmente, fueron moldeadas por sus lecturas de juventud.

El horror de la guerra cauterizó al joven devolviendo a Inglaterra a un abatido y desencantado hombre similar al viejo cruzado de la pintura de  K. F. Lessing. Al poco de reincorporarse a la Universidad diría de un famoso compañero: “Beazley es un tipo maravilloso que ha escrito casi los mejores poemas que jamás han salido de Oxford: pero tenía una concha dura en la que, con el tiempo, parece haber ido retrayéndose cada vez más (…) aquel maldito arte griego”. A él le ocurrió lo mismo. Poco a poco se fue aislando atormentado por el engaño de su personaje, hundiéndose en la introspección hasta renegar de su propio yo, de aquel Lawrence épico pero falso a su entender. Altibajos de felicidad, depresiones, flagelo. La toma de Aqaba, la carga en Tafileh, la captura de Damasco…dejaron sin objeto su vida y terminó por renunciar a ésta, mas no sin antes embarcarse en una particular traducción del segundo poema homérico, afirmando que “durante muchos años (…) estuve manejando armas, armaduras, (…) he cazado jabalíes (…), he navegado por el Egeo (y he gobernado barcos), he doblado arcos (…) y he matado a muchos hombres. Así que poseo conocimientos peculiares que me capacitan para entender la Odisea y experiencias peculiares que me la interpretan”.

La parca lo reclamó con 46 años, dejando atrás una leyenda que el cine magnificó. Hoy día todo el mundo conoce las románticas gestas de Lawrence de Arabia gracias al genial Peter O’Toole, pero no tanto esta curiosa -y a mí entender, determinante- faceta de un personaje que en múltiples ocasiones dejó constancia de que los momentos más felices de su vida fueron aquellos tiempos históricos en Karkemish, en los que comía loto a diario y se bañaba en el Éufrates tirándose por el tobogán que construyeron sus hombres para él. Siendo arqueólogo; en definitiva, uno de los nuestros.

Ángel Carlos Pérez Aguayo

17 de octubre de 2019

http://www.pausanias.es/blog/thomas-edward-lawrence-arqueologo/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El abuelo fue explorador

Portada

A finales del 2016, Bill Sheppard -exbombero reciclado en arqueólogo y escritor-, con sus dos hijos, Morgan y Cian, se enrolaron en la particular odisea planeada por su esposa y madre, respectivamente, Aileen, la nieta Tom Crean, el célebre explorador antártico. Próximo a cumplirse el siglo de la mayor gesta del abuelo, convenció a los suyos para repetir la famosa marcha que aquel llevó a cabo, junto a E. Shackleton y F. Worsley, a través del ignoto interior de la mayor de las Georgias del Sur.

Ahora bien, llegados a este punto cabe señalar dos diferencias básicas entre ambos periplos. En primer lugar, el célebre ancestro, al cruzar las gélidas latitudes australes, era un veterano de las expediciones del Discovery y el Terranova -ambas junto al malhadado capitán Scott-; además, la única razón que tenía para atravesar a contrarreloj ese infierno, era la de buscar apoyo para traer de vuelta a sus compañeros de tripulación, aislados en las Shetland meridionales desde que su nave, la Endurance, quedase atrapada en el hielo del mar de Weddell. Por el contrario, sus descendientes sólo perseguían conmemorar el aniversario y apenas contaban con experiencia -a lo sumo, algún cursillo de escalada en fin de semana (!)-, aunque consideraban que podrían suplir esta grave carencia entrenando el arrastre de trineos y, sobre todo, poniéndole entusiasmo… ¿sería suficiente?

El grupo aterrizó en las Malvinas el 24 de septiembre donde embarcó para salvar las 750 millas que había hasta su punto de partida, el mediodía de la isla de San Pedro. Desde allí, tras unas jornadas de aclimatación, los cuatro amateurs emprendieron la llamada Shackleton Traverse -los casi 50 kilómetros que separan la bahía del Rey Haakon de la antigua estación ballenera de Stromness-, eso sí, guiados por dos curtidos montañeros, S. Venables y C. Jones. Como era lógico pensar, los problemas no tardaron en sobrevenir.

El segundo día, tratando de alcanzar el glaciar que precisamente lleva el apellido Crean, en una bajada de 1000 metros con una inclinación de 70º, Sheppard se precipitó al vacío, aunque logró salvarse gracias a sus reflejos usando el piolet. Sus hijos, por su parte, casi tampoco lo cuentan de no haber reaccionado a tiempo para esquivar las rocas que se abalanzaron contra ellos. Sin duda, la peor parada resultó Aileen, quien al deslizarse por una pendiente se fracturó la pierna derecha. Impedida para todo movimiento, a un mar de distancia de cualquier hospital y sin posibilidad de rescate, la romántica aventura devino en operación de salvamento…

Hasta ahí podemos leer. El sino de este viaje está recogido en el libro Honouring Tom Crean. A Centenary Expedition with the Crean Family (2017), un auténtico best-seller en el condado de Kerry -la cuna del clan-, donde nos hicimos eco de esta sorprendente historia. Otra opción es que se la  cuenten allí mismo el autor o la desafortunada protagonista en el Fish & Wine que regentan en Kenmare, mientras se toman una de las cervezas que producen, la Expedition Ale.

Por nuestra parte, queremos señalar una paradoja. Ninguna de las expediciones en las que participó su antepasado logró el fin que perseguía, pero fue en el fracaso y no en la gloria donde aquel se mostró resolutivo, haciendo gala del verdadero heroísmo al arriesgarse para salvar a los demás. Cien años después, lo mismo le ocurrió a su parentela, y en la peor adversidad, supieron obrar con determinación, inspirados por su abnegado ejemplo. De esta forma, y no emulando el viaje, cumplieron el propósito de honrar la memoria de Tom Crean.

Aquellos que le conocieron afirman que casi nunca hablaba del pasado ni alardeó de la medalla concedida a su conspicuo valor. Con razón su figura forma parte del programa educativo irlandés, desde primaria.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

13 de octubre de 2019

Los últimos de Napoleón

El 2 de diciembre del 2012 tres amigos emprendieron un viaje. La fecha respondía a una elección deliberada, puesto que aquel mismo día, años atrás, Bonaparte se había auto-coronado emperador y, un tiempo después, ganó la batalla de Austerlitz. Sin embargo, el periplo que iniciaba no tenía relación con su gloria, sino todo lo contrario. Seis meses antes, concibieron la idea de repetir la agónica retirada que la Grande Armée llevó a cabo desde Rusia hasta Francia hará dos siglos, como un homenaje, aunque ellos la realizarían a lomos de una quejumbrosa Ural soviética con sidecar que no pasaba de 80 Km/h. y se gripaba con los octanos de la gasolina capitalista de nuestro continente.

Esta romántica y mitómana aventura de 4000 kilómetros entre las capitales de ambos países puede disfrutarse en Berézina. En sidecar con Napoleón (Aguilar, 2017), redactado por el líder de la misma, Sylvain Tesson (París, 1972).

Portada

La obra, galardonada con el Prix des Hussards, representa, efectivamente, una audaz epopeya de caballería, una suerte de Anábasis contemporánea, aunque el propio protagonista califique a su gesta como el proyecto de un borracho. Y alcohol no faltó durante el recorrido, “el vodka es bastante más eficaz que la esperanza. Y mucho menos vulgar” a la hora de hacer frente a las gélidas temperaturas atravesando la inmensidad rusa y europea (-17º el primer día, como iniciación); de tanto apretar y castañetear la mandíbula, afirma el autor, una mañana escupió medio diente en el lavabo.

Pero el relato de esta travesía sui generis trasciende la mera crónica de lo acaecido entre un punto A y el B. De forma muy amena se alterna la historia del ejército Francés retrocediendo y la suya propia, rumbo al oeste, salpimentando el texto de profundas reflexiones acerca de la patria, el valor, la heroicidad o la gloria -entendida como una forma de “conjurar el horror mediante actos elevados”-, surgidas durante las interminables horas en el ataúd de cinc del sidecar, surcando el asfalto bajo el que aún yacen miles de soldados. Fragmentos escogidos de las memorias de los supervivientes -una tropa de espectros carroñeros, caníbales y autófagos, comandados por mariscales con la pinta de un mozo de cuadra- son citados tras leerse durante la ruta como reconforte ante las penurias que padecían, evitando así la autocompasión. Ahora bien, en estas páginas, tan bien escritas, los infiernos se contrapuntean con ecos de Tolstói, Montaige o Proust, incluso figuran Kundera y Kerouac. Y también hay humor. Siendo “miope como un estadista” ¿cómo pudo conducir bajo aquellas tupidas cortinas de nieve que le impedían ver a pocos metros, con las gafas empañadas por el vaho y habiéndose olvidado de retirar la película ahumada que protegía la visera del casco nuevo?, y encima, de resaca. A eso añádanle que las más de las veces iba tocado con una réplica del célebre bicornio del corso, mientras que en su frágil vehículo flameaba la bandera del primer regimiento de lanceros de caballería ligera de la Guardia Imperial, componiendo la imagen de un Don Quijote redivivo que arrostraba al general Invierno y a su particular horda de cosacos, los tráileres de gran tonelaje que les rozaban en su avance.

El propio título del libro, Berézina -el río bielorruso que, durante la huida hacia delante, se tiñó de sangre en 1812- ha devenido en símil de catástrofe y caos. Sin embargo, pese a todo, Tesson y sus huestes consiguieron llegar a la Ciudad de la Luz después de 13 días, entrando a los Inválidos por la puerta de honor. Allí, bajo la lluvia, guardaron silencio ante la escultura de Napoleón, a pocos metros de su tumba. Ya sólo pensaba en volver a casa para tomar una ducha y purificarse de sus fantasmas. Es de alabar la belleza de aquel melancólico final, pero nos quedamos con un diálogo de la noche en la que surgió el viaje. Una amiga le preguntó, “por qué repetir la retirada”, y él contestó: “Por honor, querida, por honor”. Signifique lo que signifique esto en el siglo XXI, nos encanta.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

13 de octubre de 2019

 

 

 

 

 

Arte en ruinas o el último Monuments Man

Dos obras me recuerdan a José Luis Díaz Reyes (Almendralejo, 1984). La primera, un dibujo de J. H. Füssli, El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (ca. 1778-80) donde le vemos abrumado ante lo que a diario desaparece, poco antes de tomar cartas en el asunto.

1.-El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (J. H. Füssli, ca. 1778-80)

Wikimedia Commons

La segunda, su encomiable reacción, en la figura de Grecia expirante entre las ruinas de Missolonghi, óleo de E. Delacroix (1826), exhortándonos a apoyar su lucha: la salvaguarda del patrimonio.

2.-Grecia expirante entre las ruinas de Missolonghi (E. Delacroix, 1826)

Wikimedia Commons

Díaz pide una caña antes de empezar a hablar, y tiene carrete. El alma de la Arte en ruinas acude a nuestra cita en Mérida para darme a conocer la acción que lleva a cabo, gratis et amore, desde que a finales del 2016 naciese la web en la que expone y denuncia la irreparable pérdida monumental que se da en Extremadura.

Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca, en 2014 migró para buscarse la vida (“tierra de conquistadores, no nos quedan más cojones…”), dando con sus huesos en Inglaterra. Fue en Londres donde tomó conciencia de las distintas soluciones de reaprovechamiento que podían darse a edificios e infraestructuras que, tiempo ha, dejaron de cumplir su función, reciclándose para cubrir otras necesidades, evitando así su pérdida. Cuando regresó a España, pensó que en su comunidad autónoma podría hacerse algo similar. Un buen día, cogió el coche y, cámara en mano, empezó a recorrer antiguos edificios venidos a menos o por completo abandonados, “muriéndose de risa”. Él, confeso amateur, se documenta previamente para saber el terreno que pisa, retrata los edificios con gusto y sube el resultado de los periplos a internet -y una síntesis en redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter)- a fin de enseñar y concienciarnos a todos (empezando por las administraciones), puesto que a todos nos compete. “El principal objetivo de Arte en ruinas era visibilizar, que la gente supiera al menos dónde están esos edificios porque eran muy difíciles de encontrar y siguen siéndolo”.

Oyéndolo hablar de la miríada de lugares que ya ha visitado, pareciera que su tierra fuese un país entero. Una de sus primeras exploraciones fue la Ermita de la Encarnación en Arroyo San Serván. Antes de ir, no encontró referencias escritas, ni testimonios -“la gente no sabía dónde estaba”-, ni siquiera, en nuestra actual sociedad de la imagen, fotografías. Pero gracias a su reportaje -he aquí un influencer cultural- ahora otros acuden a verla, “por lo menos no se está muriendo en el olvido, aunque se va a caer, porque ya se está cayendo, pero la gente la ha visitado”. Con posterioridad, mediante Google Analytics, ve el impacto que tienen sus publicaciones y, para mi sorpresa, me informa que los yacimientos arqueológicos de la antigüedad suscitan menos interés que las iglesias, castillos y conventos medievales. Afortunadamente, él no es clasista con sus ruinas.

3.-Ermita de la Encarnación en Arroyo San Serván

Ermita de la Encarnación en Arroyo San Serván – José Luis Díaz Reyes ©

Tras mucho deambular, atesora una ingente cantidad de material gráfico y notas de campo, bibliografía aparte. Cuando el tiempo se lo permite, va dándolo a conocer, a cuentagotas. Conviene recordarlo, no vive de ello, sino de su trabajo en la cooperativa de industrias creativas Wazo, aunque procura compaginar la devoción con el oficio y, si ha de hacer un viaje laboral, lo aprovecha para escaparse y visitar algo más. La gente le escribe para revelarle nuevos enclaves y a partir de ello ha creado una larga lista de sitios “exclusivamente en ruinas” que tiene pendientes, aunque, asevera, con todo una año de dedicación plena no le bastaría (!). Tras esa afirmación, miro por el rabillo del ojo a Inés Ponce, su compañera, para ver cómo reacciona, pero ésta añade que, a veces, yendo a un sitio -suelen hacerlo juntos y ella se encarga de la logística- han descubierto otro y otro más…como aquella vez cerca del convento de la Parra, cuando dieron con la ermita de San Pedro. “No das abasto. Parece una cosa positiva pero en realidad es muy negativa. Hay un montón de patrimonio al que no se le está sacando ningún tipo de provecho, ni cultural, ni económico”.

Existen algunas excepciones. La recuperación del ruinoso convento de la Coria en Trujillo por la Fundación Xavier Salas y su reconversión en un polivalente espacio museístico y cultural, o el de San Antonio de Almendralejo, que tras la desamortización se transformó en fábrica y hoy es una universidad popular dotada de biblioteca. Su región alberga tantísimo patrimonio que es muy complicado conservarlo. ¿A quién compete su custodia y conservación? El reciclaje de propiedades con valor histórico suscita el problema de la ingente inversión a realizar para su puesta en valor. ¿Quién desembolsa el dinero?, ¿la administración pública o el sector privado? En la década de los ochenta, la Junta invirtió una suma importante en rehabilitar los castillos más emblemáticos -en ocasiones mediante restauraciones bárbaras, “pero por lo menos se mantuvieron vivos”-; sin embargo, no se les sacó partido. Es complicado que algo se mantenga si ni siquiera se cobra la entrada por verlo y ese dinero se destina a su conservación, pero en nuestro país la autogestión está mal vista, a diferencia de lo que ocurre en el vecino Portugal con el mismo tipo de construcciones.  Además, reconozcámoslo, en España nos cuesta pagar por la cultura, la queremos gratis, o no la queramos.

Evidentemente, lo ideal sería que el ayuntamiento de turno fuese el encargado de salvaguardar los bienes de su municipio, aunque se antoja difícil con las míseras partidas que el Estado destina a estos fines o la catadura y educación de la mayor parte de nuestros políticos, meros gestores de la res publica con cierta tendencia, sean del color que sean, a saquear el erario. En relación a ello, Díaz cita el ejemplo de la ermita del Santo Cristo de Talaván y sus frescos, donde se representan a unos curiosos ‘ángeles malos’ -como él los llama-, tocados con lo que pudieran ser corozas inquisitoriales. Sin embargo, el edificio, hasta hace poco, se encontraba “en una situación de vergüenza”.

4.-Ermita del Santo Cristo de Talaván. Ángeles malos

Ermita del Santo Cristo de Talaván – José Luis Díaz Reyes ©

Tras su reportaje, varias personas -algunas de allende nuestras fronteras- se han puesto en contacto con él para pedirle más información a fin de visitar el conjunto y la asociación Talaván. Historia Viva ha conseguido revertir la situación, presionando al regidor… Ambos estamos de acuerdo en que si la concienciación a nivel cultural no alcanza a los gobernantes, “que hablan un lenguaje completamente distinto al nuestro”, habría que hacerles ver que la restauración de ciertos inmuebles con solera pudiera ser un motor económico para el lugar, pero aquellos suelen adolecer de una grave falta de miras.

Por otro lado, la iniciativa privada también suscita polémicas. Díaz, que conoce el paño, trae a colación otros dos casos. La familia Bosé compró el convento Rocamador para transformarlo en un hotel rural. Luego vinieron mal dadas y hoy por hoy está cerrado, “pero al menos no se cayó”, de momento. El otro ejemplo, quizá más paradigmático y sangrante, es el del convento de San Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar, un fantástico edificio del siglo XV que se descomponía mientras sus propietarios pleiteaban con la administración. El gobierno regional, al menos en este caso, se ha implicado, habida cuenta del flagrante delito que se estaba cometiendo, eso sí, tras haber salido en los papeles, “Hispania Nostra dio mucha caña”.

5.-Convento de san Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar

Convento de san Antonio de Padua en Garrovillas de Alconétar – José Luis Díaz Reyes ©

Es muy difícil que la Junta invierta y arregle todo, hay mucho patrimonio que se está perdiendo, muchos de los sitios a los que voy a ver van a desaparecer”. En ocasiones, bienintencionadas iniciativas particulares se pierden en el laberinto burocrático de los organismos, especialmente diseñados para desquiciar. Entre unos y otros, la casa sin barrer.

Antes de ensombrecernos, pedimos otra ronda y arreglamos el mundo. Pese a enrocarse en manifestar la suma complejidad del asunto, el entrevistado tiene un carácter jovial y no cae en el pesimismo. Considerando su experiencia, da gusto hablar con él de todos los temas que ponemos sobre la mesa: Airbnb, la gentrificación o los tornos que regulan el acceso a Venecia, también dotada de nuevo un fielato. Aun a sabiendas de que no vamos a dar con la solución, ambos somos idealistas y proponemos modelos gestión y turismo sostenible, cuyo tránsito revierta en el arte, la infraestructura y progreso de los territorios… Asociaciones o cooperativas pueden ejercer de lobbies de presión ante las autoridades, proponiendo eventos asociados a los sitios históricos -como el propio Festival de Teatro Clásico de Mérida- o rutas -culturales, gastronómicas, literarias, etc.- que los enlacen y lleven a pasar un fin de semana por zonas desconocidas o menos trilladas que el casco viejo de Cáceres.

6.-José Luis Díaz Reyes

José Luis Díaz Reyes ©

Pronto volvemos a su guerra y lanza un envite a mi desconcierto mentando una iglesia salmantina transformada en Zara. Veo su apuesta y la subo a una toledana, en discoteca, con el DJ sobre el altar mayor y sus fieles, a ciertas horas, en modo Eyes Wide Shut. En ambos casos el edificio se ha salvado, incluso ahora va más gente… “Extremadura es una región de por sí rural, y dentro existen zonas que aún lo son más. Hay que ser solidario”. Las patrias de Cortés y Pizarro, Medellín y Trujillo, hace diez años se deshacían y hay que ver cómo están en el presente, “porque vieron que había una posibilidad económica y de crecimiento”. Su cercanía con respecto a la A5 también contribuyó al desarrollo, pero de la Regina romana al castillo de Trevejo hay casi de 300 kilómetros y aún mucho por hacer, empezando por llevar, de una vez, la alta velocidad, enlazando Madrid con Lisboa. Al margen de Plasencia, Coria o Zafra, nadie conoce Hijoviejo, La Mata o Magacela -“uno de los pueblos con más encanto”- a los que, dada su proximidad, uno podría escaparse un fin de semana, pero no hay infraestructura para acoger a visitantes y, tarde o temprano, acabarán desapareciendo. “Hay zonas que son imposibles de salvar con el turismo”, como la Serena, “que a nivel patrimonial es donde más iglesias hay por metro cuadrado, pero se están perdiendo”; otras, como la Siberia, “la gran desconocida”, “espabilan a nivel cultural”, pero no es la tónica.

Acercándonos con peligro, de nuevo, al desánimo, aprovecho la ocasión para alabar la gran calidad de las fotografías que acompañan los post de Arte en ruinas. Hoy día, cualquier persona armada con un móvil dispara, pero la mayor parte de las imágenes de su web son muy impactantes, “estéticamente, es algo que valoro mucho”. “Tengo algunas destrezas”, reconoce, y desembocamos en Piranesi y la belleza romántica del pasado. Nuestro interlocutor retrata las ruinas no como osamentas descarnadas, sino con el cariño propio de un amante hacia su modelo, sacando lo mejor de la decadencia. Composición, la lenta búsqueda del mejor encuadre, el cálculo de la luz y la velocidad de obturación no le son ajenas, tampoco el manejo de una vieja Zenit soviética analógica. Y juega con ventaja, él trabaja en desiertos…

Tras despedirnos con la promesa de volver a quedar la próxima vez que vayamos por su zona, le regalo La piel del tambor de Pérez-Reverte, para que siga con sus iglesias. De regreso al hotel pienso que, aparte de ser quintos y colegas, somos almas gemelas recorriendo caminos similares -las Vidas paralelas de Plutarco-, el mismo arte en ruinas, aunque, paradójicamente, él se especializó en contemporáneo. Sea como fuere tenemos gustos afines y tal vez coincidamos en el Womad o ante un café del Quinto Cecilio -“allí se está de lujo”-, después de dar cuenta de un pollo asado a la orilla del Anas a su paso por la antigua Metellinum.

7.-Banner - crowdfunding

Una cosa es luchar, ingenuamente, contra el inexorable paso del tiempo y otra, muy distinta, es no hacer nada frente al colapso debido a la parsimonia o negligencia de terceros. Meses después de nuestra entrevista, Díaz ha dado un paso adelante, tratando de publicar un libro, Arte en Ruinas. Guía del patrimonio olvidado de Extremadura, con el Top Ten de sus reportajes en la web. “En 2016 partí de la premisa de que lo iba a hacer de todas maneras”, de forma altruista, sin ningún tipo de financiación. Sin embargo, su labor social y cultural, fuera de los circuitos institucionales, implica una gran inversión económica en la investigación previa, los viajes y estancias, la difusión, el mantenimiento web… y por ello, este verano, ha creado un proyecto de micro-mecenazgo a través de Verkami con el objeto de que su trabajo pueda ser más conocido, visibilizando el desastre antes de que sea demasiado tarde. Estoy seguro que mi amigo, el último Monuments Man, no está haciendo un brindis al sol…

Si usted desea ayudarle, sólo ha de pinchar AQUÍ.  

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

19 de julio de 2019

 

 

 

Tan tristes, tan pónticas (postales desde el exilio)

Toda épica terminó cuando dejamos atrás Adamklissi. Con las glorias de Trajano en el retrovisor y ufanos por ver cumplido nuestro objetivo, pusimos rumbo hacia el este, aún quedaban cosas por hacer. El paisaje tardó menos en cambiar que nosotros en percibirlo. Para cuando reparamos en ello nos encontrábamos en medio de la nada más inmensa, la estepa del confín occidental de Escitia.

Foto nº 1

De camino a Histria, el coche discurría por una monótona planicie en la que empezaron a aflorar, aquí y allá, ciertas elevaciones. Reconozco que tardé en intuir que esas colinas no eran naturales sino, en realidad, kurganes, los túmulos funerarios de los nómadas de la edad de hierro, jalonando su errar desde el remoto Altai hasta donde nos dirigíamos. Todo el hinterland de la antigua colonia milesia era una enorme necrópolis. Quizá fue por eso, unido a la falta de sol, que empecé a entristecerme.

El hecho de ver el cadáver de una serpiente nada más aparcar -sin duda, un mal augurio-, no contribuyó a mejorar mi ánimo. Tampoco las moscas muertas dentro de las vitrinas de aquel decadente museo al que fui en busca de arimaspos. Ni siquiera me hizo gracia, como suele, volver a constatar el inherente pragmatismo romano ante aquel epígrafe dedicado al último Flavio que se recicló en loor de Nerva -el rey ha muerto, ¡viva el rey!-; qué más daba, el viejo emperador no viviría lo suficiente para ver tamaña chapuza.

El yacimiento, por su parte, también conoció tiempos mejores. Vagamos constatando el abandono general, atentos a no caernos en alguna zanja de la añosa retícula Wheeler con la que se excavó. Los pocos mosaicos que no habían sido levantados se fragmentaban en teselas, corriendo parejo deterioro el mortero que ligaba los ladrillos, pulverizándose bajo la acción combinada de la humedad, el salitre y, aquel día, el batir furibundo de Bóreas, dejando por los suelos a Uniqlo y North Face. Frente a la orilla tuve mi único instante de lucidez al percibir bajo unas chapas oxidadas dos conocidas formas arquitectónicas, pronaos y naos, precedidas por los restos de lo que pudo haber sido el ara sacrificial. En efecto, acababa de descubrir un templo, pero según pude comprobar, cual voyeur asomándose entre rendijas, la desidia lo abocaba a desaparecer, cuarteándose en lascas.

Foto nº 2

Desde su fundación a comienzos del siglo VII a. n. e. hasta aquel instante, de toda la polis sólo quedaba erguida una columna, la parte por el todo del lejano esplendor del emporio comercial, aunque ésta había sido erguida por los exhumadores y su fuste no parecía casar con el capitel que la remataba (nada que no solucione una manita de cemento Portland). Con un frío cada vez más intenso, el viento doblando los carrizos en ángulo recto y pocas ganas de leer a Estrabón in situ, consideramos que ya estábamos de más.

Hasta aquella fecha, sólo había contemplado la bocana del Mar Negro desde la orilla asiática del Bósforo, oteándolo sobre la fortaleza turca de Anadolu Kavağı, pero yo quería verlo en todo su esplendor descrito en El vellocino de oro de Robert Graves y la curiosa biografía -vivo está- que le dedicó Neal Ascherson. Sin embargo, en el horizonte de Histria aquel se mezclaba con un lago de color potaje a consecuencia del aluvión que arrastra hasta su desembocadura el Danubio, que tampoco es azul, sino verde, ni suena a Strauss, puesto que ahora amenizan la travesía turística con el Despacito. Así pues, descendiendo la Dobruja, enfilamos hacia la segunda ciudad más importante de Rumanía y, de camino, vi cumplido mi deseo en Mamaia, el paraíso veraniego del país. En la playa, el célebre Ponto Euxino hizo gala de su antifrástico epíteto, mostrándose de todo menos acogedor con el extranjero que yo era. A Pilar, mi escudera ferrolana -hija y hermana de oficiales de la Armada-, aquel debió parecerle un mísero lago y, para mi sorpresa, ni se dignó en bajar del coche. En lo que a mí respecta, la evocadora contemplación me duró hasta que la lluvia apagó el cigarro, al tiempo que las gaviotas alzaron el vuelo, huyendo hacia el sur. Había que irse.

Foto nº 3

Para cuando llegamos a Constanza ya era de noche. Las farolas brillaban por su ausencia en el arrabal en el que nos alojamos, sumido en una espesa niebla conjurada con el viento que bamboleaba los árboles y convertía sus sombras en espectros. Pese a lo poco halagüeño del panorama y los rigores del clima (0º y bajando), decidimos salir a tomar el pulso a la antigua Tomis.

Nunca había visto una ciudad en blanco y negro. Todo estaba a medio gas, o en la reserva directamente. Supuse que era debido al marasmo de nuestra Semana Santa pero la mayoría ortodoxa me hizo desestimarlo. Era así de caduco, un escenario fúnebre, al menos fuera de temporada. El abandono campaba por doquier: calles completamente vacías entre cuyos adoquines brotaban malas hierbas, negocios de herrumbrosos cierres echados tiempo atrás, carteles medio arrancados anunciando eventos de hace años…

Foto nº 4

Llegando al comienzo del casco viejo las hostiles fauces de una Loba Capitolina parecieron indicarnos que no siguiésemos adelante, pero desoyendo su advertencia alcanzamos la plaza mayor, localizando para la siguiente jornada el museo. Frente a éste se alzaba la escultura de un hombre que, pese a envolverse con una gruesa toga, no estaba lo suficientemente abrigado: Ovidio.

Durante aquel lejano 2017 se cumplían dos milenios de su muerte en la inhóspita ciudad que pisábamos, única razón para estar allí, ateridos, bajo su pensativa figura. Transcurrido todo ese tiempo, aún se desconocen cuáles fueron las causas que motivaron su destierro. ¿Fue, en realidad, a consecuencia del Arte de amar? Los años transcurridos entre su publicación y el exilio parecen desestimar la idea. ¿Acaso, como también se ha dicho, tuvo un affaire con Julia, y Octavio, su padre, el decoroso legislador, ordenó deportarlos? ¿Cometió, quizá, el sacrilegio de ver desnuda a la casta matrona Livia y hubo que quitarle de en medio?, ¿o acaso ésta, siempre recurrente, propició la condena al sospechar que pudiera ser adepto a la promoción de Agripa Póstumo por delante de su hijo, el resentido Tiberio? Supongo que nunca lo sabremos…

Al comienzo, cuando me enteré de que el parlamento italiano revocó la sentencia 2000 años después de su muerte me pareció un gesto simbólico -y por ende importante- hacia la libertad de expresión (paradójicamente, el poeta vino al mundo en el 43 a. n. e., cuando a Cicerón -otro exiliado-, se le arrancó la lengua). Pero la simpatía me duró hasta leer las hilarantes declaraciones de Eleonora Guadagno, portavoz del promotor de la iniciativa, el demagógico Movimiento Cinco Estrellas: “Queremos cambiar estas decisiones que fueron tomadas por Augusto y solo por Augusto”. Trabajo tienen; aunque, ateniéndose al orden de los anales, tal vez deberían enmendar el trato que despachan a los que, como Eneas, huyendo de la guerra, anhelan las costas ausonias.

A la mañana siguiente tampoco salió el sol y la desvencijada Constanza, con luz, resultaba todavía más patética; el contexto perfecto para dar cuenta de los textos expatriados de Ovidio. Algunos autores han novelado su invierno en los límites imperiales –Dios ha nacido en el exilio (Vintila Horia, 1960); El último mundo (Hans Ransmayr, 1989); Lejos de Roma (Pablo Montoya, 2016)-, pero estando sobre el terreno resolvimos dejarnos guiar por el venero común que todos comparten, las fuentes primarias. En las Tristes -“no encontrarás nada agradable en todo el poema” (Trist. V, 1, 4-5)*-, el exquisito autor de las Metamorfosis nos hace partícipes de su viaje sin retorno a oriente y la vida que tuvo “en medio de hombres de una inhumana barbarie” (Trist. III, 9, 2-3), “mal pacificados” (Trist. V, 7, 14; Pont. II, 7, 1-2) y “más fieros y crueles que los lobos” (Trist. V, 7, 47), quienes, para colmo, apenas chapurreaban griego y se reían de él cuando hablaba en latín. Con el tiempo, he querido oír un eco de esta obra en Philippe Claudel, al comienzo de La nieta del señor Linh. Igualmente, de las más sentidas y desesperanzadas epístolas Pónticas -“desde hace bastante tiempo está cerrada la puerta a mi alegría” (Pont. II, 7, 38-39)-, en las que incluso desea fallecer -“si es que puede morir quien ya está muerto” (Pont. IV, 12, 43-44)-, se encuentra un remedo en El mundo de ayer, las memorias del también desarraigado Stefan Zweig. Los tres textos rezuman la amargura propia del testamento literario de quien ha caído en desgracia y sus creaciones fueron proscritas, cuando no quemadas.

Con estos mimbres y el volumen de Gredos en la mochila, nos echamos a la calle para recorrer, ruina a ruina, la vieja Tomis. Añadiendo todavía más lugubrez al lugar de su confinamiento, el de Sulmona hace derivar el nombre de las partes –tómoi­- en las que Medea, huyendo de la Cólquide en la nave Argos, allí mismo descuartizó el cadáver de su propio hermano, Absirte. “No hay debajo de los dos Polos otra tierra más desolada que ésta” (Pont. II, 7, 64-65) y los exiguos vestigios de su pasado son pocos, respondiendo al habitual revoltijo grecorromano que, desde los Balcanes hacia el este, se entremezcla con niveles de Bizancio y la Sublime Puerta. Llegado el mediodía ya lo habíamos visto todo, dos veces. El centro, superpuesto grosso modo al hábitat primigenio, es pequeño y uno termina desembocando siempre en la plaza del togado. Bajo la estatua figura un fragmento de las Tristes (III, 3, 73 ss.) que, como un siste, viator, interpela al transeúnte: “Aquí yazco yo, el poeta Nasón, cantor de tiernos amores, que sucumbí a causa de mi propio talento poético. Por tu parte, a ti, caminante, quienquiera que seas, si estuviste enamorado, que no te resulte molesto decir: «¡que los huesos de Nasón reposen apaciblemente!»”.

Foto nº 5

Quisieron las parcas que aquel día fuese 20 de abril (“Hola, chata, ¿cómo estás?…”) y me pillara en aquel lugar “que no debe visitar un hombre feliz” (Trist. III, 10, 76-77), de forma que, nostálgico perdido, me puse a escribir postales, copiando los citados versos a los pocos que pudieran entenderlos. El tiempo, a la postre, vendría a demostrarme el error de añorar a quien ya no está con nosotros, aunque por un instante les recordara y lamentase su pérdida. A Ovidio tampoco le valió ninguna de sus cartas, en prosa o en forma de elegía, puesto que sus amigos no tuvieron ascendiente sobre Augusto -por mucho que se rebajara a compararlo con Júpiter-, Tiberio ni Germánico para obtener su clemencia y poder sacarle de allí, si no de vuelta a Roma, al menos a un sitio menos crudo en el que no llovieran flechas envenenadas ni se solucionasen los problemas a golpe de puñal.

Haciendo un alto en el camino decidimos almorzar, grasa y alcohol, para entrar en calor. Según las fuentes, en aquellos pagos, a consecuencia de que “todas las estaciones tienen un frío desmedido” (Pont. III, 1, 14-15), “el vino fuera de la jarra se mantiene congelado” y, por ello, “no lo beben a sorbos sino que se reparte a trozos” (Trist. III, 10, 24-25), de manera que opté por la cerveza local, pero aquel meado sin gas, lejos de alegrarme, me sumió más en la melancolía. Mientras esperaba el café me entretuve en componer con los despojos del costillar un macabro bodegón en su honor, inmortalizándolo con una fotografía que, por supuesto, sólo comprendió Elena Castillo, aunque mi latinista de cabecera me lo dejó en aprobado al echar en falta alguna alusión formal a la célebre narizota del literato.

Foto nº 6

Empezó a llover y todo se volvió aún más tétrico; “la culpa no es del hombre, sino del lugar” (Trist. V, 7, 60-61). A la efigie de la plaza se le activaron los lacrimales y prosiguió su recitado: “si hubiera alguien que, por casualidad, te preguntara cómo estoy, les dirás que estoy vivo, pero no demasiado bien” (Trist. I, 1, 18-20). Bajamos hasta el paseo marítimo para corroborar que la decrepitud imperante alcanzaba, incluso, al icono de la urbe, el casino art nouveau de Daniel Renard. Los incipientes charcos, enriquecidos por las olas que vapuleaban el malecón, espejaban el entorno devolviendo un reflejo todavía más grotesco de su ya de por sí cochambrosa imagen. Se respiraba la grisácea y desasosegante atmósfera de las películas de Theo Angelopoulos, La mirada de Ulises o El paso suspendido de la cigüeña. Ya lo decía el verso, en Constanza “no verás otra cosa que tristeza” (Trist. III, 1, 9).

Entonces apareció; uno es libre y dueño de sus ensoñaciones. Paseaba encorvado junto a la barandilla, con la cabeza gacha, meditabundo.

Foto nº 7

Estuve observándole durante un rato hasta que decidí fotografiarle; si no salía, era su fantasma, devenido en el genius loci. Aquella figura, para mí, encarnaba la soledad espiritual del sensible, viviendo entre bárbaros indignos de su inspiración: “si miro el lugar, es un país odioso y no puede haber en todo el mundo ningún otro más triste” (Trist. V, 7, 44-45). Entonces se detuvo, girando sobre sí mismo, dándole la espalda al agua -“perdóname: como náufrago, le tengo miedo a todo mar” (Pont. II, 2, 126-127)-, mirando hacia el occidente que no volvería a pisar. Acto seguido, quise creer -y estaba muy dispuesto a ello-, se llevó la mano a la boca para reprimir un llanto, pero no pudo contener sus lágrimas y en la siguiente instantánea se enjuaga los ojos. Relegado en Nunca Jamás, añoraba todo. Ahora, en retrospectiva, caigo en la cuenta. Al día siguiente era 21 de abril, el cumpleaños de Roma.

Foto nº 6

A Ulises Adrados,

injustamente condenado al exilio.

 

Ángel Carlos Pérez Aguayo

7 de abril de 2019

 

* Todas las citas están extraídas de OVIDIO, Tristes. Pónticas, Madrid, Gredos, 1982 (Traducción de José González Vázquez).